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Y LA ESPERANZA EN EL FUTURO

 

Gerardo Sánchez Díaz

Instituto de Investigaciones Históricas

Universidad Michoacana

 

Entre Salamanca y, Arévalo, en el corazón de la meseta castellana, en medio de campos cubiertos por dorados trigales, cruzados de vez en cuando por rebaños de ovejas y, en un  paisaje circundado de lomeríos cubiertos de encinares, se levanta la villa de Madrigal de las Altas Torres, fundación de origen medieval cuyas murallas carcomidas por el tiempo dan testimonio del paso de siglos abigarrados de acontecimientos de la vieja España. A gran distancia, recorriendo viejos y, polvorientos caminos se aprecia a lo lejos su silueta, formada por un gran caserío en desniveles, sobre los que sobresale la torre de la antigua parroquia de San Nicolás Obispo, santo patrono de ese lugar. Al recorrer sus calles, se da uno cuenta de las características que guardan sus construcciones, de amplios muros de adobe y piedra con techos de teja que, a veces, terminan hacia la calle en aleros que sirven a los transeúntes para protegerse de la lluvia o de los rayos del sol. Su silueta se aprecia desde lejos y en ella llama la atención la iglesia de San Nicolás y las murallas que rodean al escenario. El decaimiento de la villa... contrasta con los vestigios que aún se pueden apreciar de mejores tiempos, sobre todo de cuando en alguna ocasión fue la sede de la corte castellana».

 

Si recorremos sus calles, en su mayoría empedradas, nos damos cuenta que afín quedan vivos los recuerdos de la importancia real que tuvo por los múltiples escudos de nobles familias que la habitaron en otros tiempos, entre ellas destacan los blasones de los Samaniego y, de la familia Quiroga. «Muchos de esos viejos edificios, como el palacio en donde vivió el rey Juan II de Castilla con su primera esposa doña María de Aragón y en donde vio la luz primera la célebre reina Isabel la Católica, nacida del segundo matrimonio de Juan II con Isabel de Portugal».

 

En Madrigal sólo queda un vestigio de lo que fue la casa de los Quiroga, que nos recuerda la nobleza de esa familia, ésa fue la casa en la que, a final del siglo XV, habitó el matrimonio formado por Vasco Vázquez de Quiroga, nativo de la provincia de Lugo, y María Alonso de la Cárcel, originaria de Arévalo, en la provincia de Ávila, quienes fueron padres de Álvaro, padre de Gaspar de Quiroga, que llegaría a ser cardenal primado de España e inquisidor general; Constara, que profesó como religiosa en el convento de las Agustinas de Nuestra Señora de Gracia, en Madrigal, y Vasco, el futuro primer obispo de Michoacán.

 

Hay divergencias entre los biógrafos de Quiroga acerca de la fecha de su nacimiento, unos la sitúan en 1478, otros en 1479, pero la más difundida, y que es producto de la tradición corresponde a 1470. Aun cuando no hay ningún testimonio, tradicionalmente se ha señalado como el 3 de febrero de ese año la fecha de su nacimiento. Su vida infantil y de adolescente seguramente transcurrió en la quietud de la villa de Madrigal, para salir después a la Universidad de Salamanca a cursar la carrera de abogado. Poco sabemos de esta etapa de su vida y, ya en el ejercicio de su profesión, entre 1525 y 1526 lo encontramos, según las investigaciones realizadas por el doctor Benedict Warren, como juez., impartiendo justicia en Orán, al norte de África, tierra en la que también pudo observar las diferencias culturales del mundo musulmán en contraste con la tradición cristiana occidental, de la cual él formaba parte. Por el mismo estudio que ha dado a conocer el mencionado historiador, sabernos del papel que jugó el licenciado Vasco de Quiroga en el campo diplomático, cuando en nombre de la corona española participó en la negociación y, el tratado de paz entre la monarquía hispana y el reino musulmán de Tremecén. Así «el trabajo de Quiroga en Orán fue en muchos aspectos una preparación para el tipo de trabajo que realizaría en mayor escala en el Nuevo Mundo. Orán era una colonia recientemente conquistada, cuyas condiciones, todavía inestables, hacían que las relaciones entre conquistadores y conquistados no fueran muy satisfactorias. Su trabajo allí consistió en investigar las injusticias de un oficial previamente enviado por la Corona, cuya administración había suscitado quejas de varios grupos en la colonia. Estuvo además trabajando en una región en donde la mayoría de la gente poseía una cultura y formación no hispánicas. En la Nueva España se encontraría con esos mismos problemas, aunque con mayor alcance e importancia básica y, trataría de solucionarlos con la misma atención a los requisitos estrechos de la ley».

 

Al finalizar la primera década de la dominación colonial en México, lo encontramos formando parte de la Segunda Audiencia, que tuvo como misión investigar los desmanes de la Primera, especialmente del célebre Nuño de Guzmán, de quien habían llegado ante los reyes de España innumerables quejas de sus crímenes, atropellos y latrocinios en contra de los naturales y aun de aquellos españoles, especialmente religiosos, que se oponían a sus ambiciones y, rapiña. A su llegada a la Nueva España, el licenciado Quiroga encontró un panorama social desolador, ocasionado por el resquebrajamiento de las antiguas estructuras políticas y sociales mesoamericanas, cuyo origen fue la guerra de conquista y la imposición del sistema colonial. En las calles de la ciudad de México, al igual que en Tzintzuntzan, pudo observar hambre y miseria. Vio cómo muchos indios recogían desperdicios para mitigar su hambre. Ante este panorama desolador, el licenciado Quiroga se propuso encontrar una respuesta a esos problemas y la encontró en la lectura de las teorías sociales del célebre humanista inglés Tomás Moro. Así nació su proyecto de formación de los hospitales-pueblo de Santa Fe de México y Santa Fe de la Laguna en Michoacán, como lugares de encuentro solidario y de práctica de la caridad cristiana, basada en un nuevo modelo de convivencia en donde las prácticas piadosas y el trabajo productivo se entrelazaban con el aprendizaje y el descanso corporal.

 

Por otro lado, el licenciado Quiroga se enfrentó con la ley, en la mano a muchos españoles voraces, especialmente encomenderos, que sólo veían en los naturales de esta tierra instrumentos de enriquecimiento, aunque éste estuviera amasado en sangre. Durante décadas sostuvo un larguísimo pleito con el encomendero Juan Infante por la posesión de las tierras de Uayameo, en las que había levantado su hospital-pueblo de Santa Fe de la Laguna. Esta lucha la continuaría más adelante como primer obispo de Michoacán y en más de alguna ocasión se le escuchó declarar ante escribanos, que prefería perder su cargo de prelado y la propia vida, antes que permitir que el encomendero Infante se posesionara de las tierras en las que él estaba construyendo su modelo de reorganización social: el hospital-pueblo de Santa Fe, el mismo que además servía de sostén para otra de sus grandes fundaciones en tierras michoacanas: el Real Colegio de San Nicolás Obispo, establecido en Pátzcuaro, en el que se formaban los futuros sacerdotes que atenderían la administración de los sacramentos en su diócesis y colaborarían en la difusión del nuevo modelo cultural.

 

La defensa de los derechos de los pueblos indígenas, tanto lacustres como serranos de Michoacán, modeló con el paso del tiempo lo que hasta nuestros días conocemos como la tradición indigenista quiroguiana, que se convirtió en devoción y forma de identidad de los indígenas, aun a siglos de su muerte. Así lo pudo constatar el historiador jesuita Francisco Xavier Clavijero, durante su permanencia en Michoacán entre 1763 y, 1765, quien al referirse a la figura de don Vasco dice que en ese tiempo pudo observar que: «Este insigne prelado, digno de compararse con los primeros padres del cristianismo, trabajó infinito a favor de los michoacanenses, instruyéndolos como apóstol y, amándolos como padre; construyó templos; fundó hospitales y, señaló a cada lugar de indios un ramo principal de comercio, a fin de que su recíproca dependencia los tuviese unidos con los vínculos de la caridad, y, de este modo se perfeccionasen en las artes, y a nadie faltase recursos para vivir. La memoria de tantos beneficios se conserva tan viva en aquellos naturales, después de pasados dos siglos, como si todavía viviese su bienhechor. El primer cuidado que tienen las indias, cuando sus hijos empiezan a hacer uso de la razón, es hablarles de Tata Vasco (así lo llaman todavía por el amor filial que le conservan), declarándoles lo que hizo a favor de su Nación, enseñándoles su retrato, y acostumbrándolos a no pasar nunca delante de él sin arrodillarse».

 

De esa forma, la figura de don Vasco se convirtió en un apoyo moral para la sobrevivencia de la identidad de todos los michoacanos, especialmente de aquellos que mantenían relación con sus dos fundaciones principales, el hospital-pueblo de Santa Fe y el Colegio de San Nicolás. A mediados del siglo XVIII, cuando se veía peligrar la existencia del Colegio de San Nicolás, frente a una nueva institución diocesana representada por el Colegio Seminario de Valladolid, el entonces rector del Colegio de San Nicolás, Juan José Moreno, recurrió a la figura de don Vasco para defender la primacía del Colegio de San Nicolás y para ello escribió su famoso libro Fragmentos de la vida y virtudes del ilustrísimo y reverendísimo señor don Vasco de Quiroga, primer Obispo de la Santa Iglesia Catedral de Michoacán y fundador del Real y Primitivo Colegio de San Nicolás Obispo de Valladolid, en el que e entrelazan dos historias: la de don Vasco y la del Colegio de San Nicolás como una sola cosa. Nadie podía entonces atreverse a profanar la memoria del primer obispo, relegando la institución creada por su voluntad y a la que había cedido su herencia espiritual y sus bienes materiales. Esa primera biografía de don Visco y primera historia del colegio, se convirtió en un escudo de defensa de la institución nicolaita y aseguró su sobrevivencia.

 

En el último siglo, ha sido mucho lo que se ha escrito en torno a la vida y quehaceres de don Vasco en la tierra michoacana. Se han publicado centenares de artículos, folletos, libros y tesis de grado acerca de la figura, fundaciones  y acciones del primer obispo de Michoacán, las mismas que, gracias a un ensayo bibliográfico emprendido por el doctor Silvia Zagala, consumado quiroguista del siglo XX, hoy podemos enterarnos que lo que se encuentra en letras de imprenta existe en otros idiomas como el inglés, francés, alemán, portugués y ruso, sobre don Vasco, que también hacen referencia a las tierras michoacanas, especialmente al Pátzcuaro que tanto amo y en el que hoy, descansa este quijote de las utopías renacentistas, autor de ideas que aún siguen en proceso de construcción, a pesar de los modelos impuestos por el modernismo y la globalización, carentes de principios humanitarios.

 

Fragmento de la Vida y Virtudes de Don Vasco de Quiroga.

Para concluir, hacemos nuestras las palabras que hace medio siglo escribiera el gran educador de la juventud mexicana, don Miguel Arroyo de la Parra, quien en un mensaje titulado Don Vasco de Quiroga nos llama a la pelea, expresó: «Vasco de Quiroga, con todo y su báculo episcopal, pertenece a nuestro pueblo, pertenece al porvenir. De análogo modo que Hidalgo, con su traje talar y su estandarte guadalupano, insurgiendo contra el pasado colonial es símbolo de México y, nada tiene en común con los que ayer lo excomulgaron y execraron y hoy, oportunistas celebran allí te deums en su homenaje; Quiroga visto con riguroso sentido histórico, es antípoda del sentido acomodaticio, pertenece por entero a los que en esta hora batallan por abrir caminos a la aurora, por desbrozar la senda a una sociedad basada en la propiedad colectiva de los medios de producción en donde, por tanto, extinguidas las causas que labran la injusticia social, el indio como el negro sean iguales al blanco y al mestizo, no en la palabra solemne de la ley sino en la realidad sencilla del hecho cotidiano. Menos que mármoles y bronces, don Vasco nos reclama perseverar en la ejecución de aquellas tareas que a él le tocó iniciar.

 

Muralla de Madrigal de las Altas Torres

«Con la fuerza de su acción y de su pensamiento, hoy don Vasco nos llama a la pelea en defensa de los pueblos indígenas de México; para romper las ataduras políticas que impiden su desarrollo democrático; para destruir las desigualdades económicas que causan su hambre y, su miseria; porque dejen de ser considerados cual menores o incapaces, necesitados de protección o de tutela y se eleven al pleno goce de su dignidad de hombres; por ayudarlos a desarrollar una cultura de perfiles propios, nacional por su forma; moderna y avanzada por su contenido».

Trigales en Madrigal de las Altas Torres

Plaza de Isabel la Católica, Madrigal de las Altas Torres.

Portada del antiguo palacio de marqueses de Castellanos, Madrigal de las Altas Torres.

Pila bautismal donde fueron bautizados Isabel la Católica y Vasco de Quiroga

Artesonado de la iglesia de San Nicolás de Bari, Madrigal de las Altas Torres.

Claustro del monasterio de monjas agustinas, Madrigal de las Altas Torres.

Almenas en la puerta de Cantalapiedra, murallas de Madrigal de las Altas Torres.