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LAS PRIMERAS BANDERAS DEL MOVIMIENTO POR

LA INDEPENDENCIA. EL PATRIMONIO HISTÓRICO

DE MÉXICO EN EL MUSEO DEL EJÉRCITO

ESPAÑOL

 

Marta Terán

Instituto Nacional de Antropología e Historia

Dirección de Estudios Históricos

 

Conservación del patrimonio lejos de México

 

El proyecto: “Galería del Bicentenario de la Independencia de México” consiste en el hallazgo de trofeos escenarios perdidos o desconocidos que exigen esfuerzos más allá de los académicos para darlos a conocer, conservarlos o restaurarlos. En noviembre de 1998 localicé en España las dos enseñas de la independencia de San Miguel el Grande, Guanajuato. Estas banderas son fundamentales no únicamente por ser las primeras propiamente mexicanas, también lo son por lo que explican del surgimiento y derrota del primer movimiento emancipador.

En el Museo del Ejército de España, cuya sede es el Palacio del Buen Retiro de Madrid, hay cuatro piezas mexicanas entre los “Trofeos tomados al enemigo”. La primera pieza y la segunda son las banderas casi iguales de San Miguel el Grande, con las que los rebeldes dieron el “grito de la insurrección” en la noche del 16 de septiembre de 1810. La tercera es el Pendón de Hernán Cortes de la ciudad de Oaxaca (del siglo XVI), usado por los insurgentes y recuperado por los realistas. La cuarta pieza es una bandera blanca con una Cruz de Borgoña no reglamentaria. Fueron enviadas al Ministerio de la Guerra de España desde Nueva España, entre 1814 y 1815.

  

  

Los pasos hacia su conserva-ción son de gran complejidad porque estos tesoros perte-necen a los españoles. Informar en México y en España sobre su importancia, crear sensibilidad para restaurar las ban-deras, hacer copias y darlas a conocer es un comienzo.[1] Mi búsqueda de seis años terminó con la satisfacción de colaborar en la identificación de las banderas de San Miguel, con el responsable de comprobar la procedencia de las piezas en el Museo del Ejército. Las encontré gracias a la red de comunicación entre historiadores que fundó el Dr. Felipe Castro Gutiérrez, H-México, que me llevó en Zaragoza hasta el Sr. Luis Sorando.[2] Mi ahora amigo tuvo la paciencia de enseñarme a leer los elementos iconográficos que componen las banderas, se intresó en analizar los documentos procedentes del Archivo General de la Nación de México y corrigió las referencias por las que había sido prácticamente imposible dar con ellas.[3]

Doy gracias al Dr. Enrique Florescano por sus orientaciones y a Dios porque las banderas de San Miguel no se separaron en los siglos. Estos hallazgos del Instituto Nacional de Antropología e Historia son la recompensa de quienes combinamos la investigación histórica, arqueológica o antropológica, con la conservación del patrimonio. Si algún día se exhiben en México las banderas de San Miguel, encontrarán un magnífico complemento en un conjunto de piezas que nos queda por rescatar. Cuarenta y tres cañones de fundición insurgente, la mitad de los que capturaron los realistas junto con las banderas en la batalla de Puente de Calderón. Estas piezas “se desmuñonaron, clavaron y se metieron a fuerza los muñones por la boca, y se enterraron”. Para exhibir semejante lote “con su porción de balerío” habría que realizar una temporada de excavación en Jalisco.[4]

 

Trofeos del enemigo

 

Bien podríamos considerar a las banderas de San Miguel el Grande las iniciales o las primeras que plasmaron mediante símbolos las causas con las que dio comienzo la guerra por la independencia. En ellas se reunieron los motivos esenciales de la iconografía que luego notaremos en las banderas, sellos y otras imágenes que se van a enarbolar en los meses y años siguientes al 16 de septiembre de 1810. En estos elementos iconográficos los distintos grupos de la sociedad novohispana habían depositado sentimientos públicos muy importantes: sentimientos religiosos, de lealtad y patrióticos que fueron centrales, por lo mismo, en las primeras consignas del levantamiento armado. En las vivas a la Virgen de Guadalupe, al rey Fernandó VII, prisionero de Napoleón, y a México, al sentirse peligrar su religión y su suelo. Hay que recordar que en Europa los franceses amenazaban por igual a la monarquía que a la iglesia; también habían hecho cautivo al papa Pío VII.

Las banderas de San Miguel durante cuatro meses encabezaron la parte de los contingentes y regimientos a las órdenes del capitán Ignacio Allende. Entre el 16 de septiembre de 1810, en el que hubo ovaciones y gritos tanto en Dolores muy temprano, como en Atotonilco en medio del camino y en San Miguel el Grande de noche; y el fatal día 17 de enero de 1811. En este último sobrevino el desenlace de la importante cita en el Puente de Calderón, entre el ejército realista y la mayor concentración de gentes que los insurgentes reunieron en su tiempo (mucho más de cien mil personas con más de cien cañones).

Entonces las banderas, de dos vistas (faces) y casi idénticas cayeron en manos de los regimientos españoles comandados por el general Félix María Calleja. Para capturarlas don José Terán y don José Ordaz, del Regimiento de dragones de España, tuvieron uno que apresar y el segundo matar a quienes las portaban. Desde mediados del siglo XIX y hasta ahora se las tuvo como banderas de infantería, tomadas en el encuentro que en Temalaca propició la captura de José María Morelos en 1815. Pero la posesión de estas enseñas fue consecuencia de la derrota de Puente de Calderón sin que exista duda pues sus características responden a la descripción que de ellas hizo el general Calleja, con estas palabras: “Dos banderas sobre tafetán celeste, con la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe y al reverso el arcángel San Miguel con el Aguila Imperial y varios trofeos y jeroglíficos, las primeras con las que los rebeldes levantaron el grito de la insurrección en la villa de San Miguel el Grande y que se tomaron en la acción de Calderón del l7de enero de 1811”.[5]

Ese día el general Calleja reunió, de las deshechas tropas de Ignacio Allende y Miguel Hidalgo, cinco banderas y dos estandartes según los partes de guerra. De los siete, cuatro: dos banderas y dos estandartes portaban a la Virgen de Guadalupe. Para entonces ya se habían recogido a los insurgentes algunas banderas en los enfrentamientos de Las Cruces y Arroyo Zarco. Los partes militares registraron la captura de al menos otros dos estandartes guadalupanos en la clásica batalla de encuentro en Aculco que libraron sin desearlo ninguna de las partes, los insurgentes con los realistas (7-XI- 181 O).[6] El general Calleja, vencedor tanto en Aculco como en Calderón, puso, pues, un interés especial en las banderas de San Miguel en relación con las demás imágenes guadalupanas que se recogieron en campaña. Estas eran banderas de guerra.[7] En el Museo del Ejército forman parte de la colección frágil y rica de banderas, estandartes, guiones, vexiloides y trofeos, así españoles como procedentes de muchas partes del mundo.

El general Calleja alentaba la concesión de premios a las acciones destacadas de los “buenos criollos” que tenía “el honor de mandar”. Para establecer una tajante diferencia con la política de los jefes insurgentes que se basaba en el logro rápido de grados militares batalla tras batalla (como Miguel Hidalgo que llegó a Generalísimo pues su tropa estaba en plena formación) Calleja favoreció dar premios capaces de inflamar el corazón de los soldados y fomentar su coraje. Aunque el historiador Christon 1. Archer ha explicado cómo la creación anterior del ejército formal para fines de la defensa del continente había hecho conocer una novedosa cultura militar en la Nueva España, notable especialmente desde el mandato del virrey Branciforte (en la década de 1790 prácticamente se formalizaron regimientos por todas las provincias), todavía no somos muy sensibles a ver su influencia en la sociedad colonial tardía. El comentario es para vislumbrar en idea la importancia que debió tener tanto portar las enseñas de guerra propias, como la captura de las contrarias. Del elevado valor que debieron darles sus seguidores habla una sociedad absolutamente acostumbrada a fijarse en las imágenes. El mismo valor en ambos lados pues si el ejército había comenzado a perfeccionarse para la defensa continental desde la década mencionada, al dividirse en 1810 una parte logró casi sofocar la rebelión que la otra parte había hecho encender, como señaló el profesor Archer.[8]

Cuando tomó el mando del virreinato el general Venegas se abrieron paso los elementos culturales que la guerra entonces gestaba en España. La experiencia obtenida por Venegas al destacarse en la batalla de Bailén, una de las primeras defensas contra los franceses en la Península, le sirvió en la Nueva España para armar algunas campañas contrainsurgentes al coincidir su arribo con el inicio del movimiento. Traía la instrucción de conceder premios a las acciones que se distinguieran por contrarrestarlo, tanto militares como civiles, política en la que estuvieron de acuerdo quienes ponderaban la varonía, la inteligencia, la disciplina, elogiaban el gusto por la palabra y reconocían su eficacia, como el general Calleja o el conde Colombini, escritor de arengas poéticas al pueblo contra los enemigos franceses.[9]

Las banderas de San Miguel se fueron a España en un sobresaliente conjunto de reliquias en 1814, junto con una “Nota de las alhajas y muebles que el virrey de Nueva España remite al Excelentísimo Ministro de la Guerra para que se sirva tenerlo a disposición de S.A. la Regencia del Reino”. Calleja envió este riquísimo cargamento con el correo oficial y el del público con muchas dificultades ante las mayores que tenía para remitir cosas vía Puebla y Veracruz, en sus arduos esfuerzos por evitar que se volvieran a concentrar enormes multitudes en torno a los insurgentes. El valor fetichista lo vuelve singular por ser las piezas que eligió atesorar entre las que ganó en combate a los insurgentes, algunas hoy en los museos y otras perdidas en el tiempo.[10] Le recordaban la gran victoria a los primeros jefes en Puente de Calderón, la expulsión de la Junta de Zitácuaro de su primera sede en 1812, la dispersión de los insurgentes en Texas en 1813 y varias victorias muy importantes sobre las tropas de José María Morelos y Mariano Matamoros entre 1812 y 1814.[11]

Las banderas de San Miguel comenzaron la colección porque nada hay anterior a la victoria de Puente de Calderón. Los trofeos se concentraron en México al hacerse Calleja virrey de Nueva España.[12] Trasladar a Madrid el monumento a su inteligencia militar tiene que ver con que hacia 1814 todo se preparaba para recibir nuevamente a Fernando VII. Otros militares españoles también enviaron trofeos para demos-trar sus hazañas. Por ejemplo, Melchor Alvarez, quien co-mandaba el Regi-miento de Saboya y recuperé Oaxaca de las armas insur-gentes, al enviar en una urna el Pendón de Hernán Cortés” creó un malentendido que también esperé más de un siglo para ser explicado. Es una de las más viejas piezas del Museo del Ejército.[13]

 

   

La trayectoria del general y virrey Félix María Calleja le hizo merecedor del título de Conde de Calderón. Los trofeos, más de veinticinco años después de llegar a Madrid, en 1841, existían sin guardarse el registro, depositados en el Museo de Artillería. Antecesor del Museo del Ejército.[14] En 1910, en la conmemoración del Centenario de la Independencia, el rey Alfonso XIII devolvió a México algunas de estas reliquias.[15] Con las banderas de San Miguel se quedaron el Pendón de Hernán Cortés y la enseña blanca y azul de la que se hablará adelante. El denominador de todas es la Corona si consideramos que Hernán Cortés realizó la conquista a su servicio, mientras que las otras tres ostentan aspas de Borgoña.[16]

 

 

 

Lectura de las composiciones iconográficas

 

Las banderas de San Miguel, de un metro veinticuatro centímetros por uno treinta y siete, de sus dos vistas o faces pintadas sobre tafetán, las del anverso son grandes cuadros blancos centrales con la Virgen de Guadalupe pintada perpendicularmente al asta. Las del reverso son cuadros azul celeste intenso que llevan un escudo central. En él, con el lago de fondo se encuentra el águila mexicana sobre el nopal con la serpiente en su pico. Corno era natural en las composiciones militares, el escudo está orlado de “trofeos y jeroglíficos” según les dijo el general Calleja.

En su estado de conservación algunos de estos trofeos apenas se distinguen: lanza, alabarda dos tubos de cañón, un arco de flechas, tambor. Hay dos estandartes o guiones terminados en picos, uno blanco y otro rojo o carmesí, a cada lado, bajo dos aspas de Borgoña, una roja en fondo blanco y la otra blanca en rojo. Este escudo central que forma el águila, además, está superado o timbrado por el arcángel San Miguel, en cuya mano derecha tiene una cruz y en la izquierda una balanza, todo perpendicular al asta. Hay, entre ambas, dos variaciones notables más allá de las que existen de color y trazo: la primera, la balanza que sostiene San Miguel, en la bandera gemela aparece en la mano opuesta. La otra tiene que ver con la presentación del aspa de Borgoña, en una bandera pintada en cruz y en la otra no.

Desconocemos todo de la creación de estas banderas. Allende, Aldama, Abasolo y Jiménez pertenecían al Regimiento de dragones de la Reina; Ignacio Allende era capitán de la Primera Compañía de granaderos. Sin embargo, estas enseñas con las que se levantaron los de San Miguel no son las del Regimiento de los dragones de la Reina pues, de forma reglamentaria, ellos debían usar guiones terminados en dos farpas o picos. Es muy probable que se trate de los que aparecen en las banderas de San Miguel, pintados en los reglamentarios colores carmesí y blanco, orlando el escudo central del Aguila.[17] Por la forma y medidas de las banderas de San Miguel, éstas se acercan a las de infantería, pues son casi idénticas entre sí y se trata de banderas militares.

Pero tampoco hay seguridad en que hubieran sido las de la Primera Compañía del Regimiento, por más que éste se formó al calor de la declaración de guerra de España contra los revolucionarios franceses (1793), en 1794, siendo financiado enteramente por las familias pudientes de la villa por medio de su Ayuntamiento.[18] Pudiera ser que las banderas de la Primera Compañía sean las aspas de Borgoña que aparecen sobre los guiones; entonces, todo parece indicar que las banderas de San Miguel fueron hechas especialmente para el levantamiento, que en algún momento se pensó para el día de la fiesta del patrono de la villa, el 29 de septiembre. En cualquier caso, se hicieron entre 1794 y 1810.

El lienzo al óleo de la Virgen que los rebeldes se llevaron de Atotonilco fue capturado por los realistas relativamente pronto, en Aculco. Al parecer, comenzó a colocarse delante de los seguidores de Hidalgo y como la primera y más importante enseña guadalupana, ya perdida, su lugar se fue cubriendo con otras. En ese sentido, las banderas de San Miguel que presentan a la Virgen de Guadalupe en una cara y andaban con los regimientos de Ignacio Allende, simplemente reiteran la abundancia de imágenes que se juntaron en tan pocos meses e invitan a identificarlas. La presencia de la Virgen de Guadalupe al comenzar la guerra, como se sabe, cuenta con una buena cantidad de interpretaciones que, para explicarla, han considerado desde los antecedentes coloniales de la expansión de la fe y del patriotismo criollo, hasta los significados de Guadalupe como valor religioso fundamental y símbolo nacional. En algunos estudios sobresale la convicción de que la Virgen estaba ya dispuesta para abanderar la guerra por la independencia desde antes de que fuera convocada, tanto como en otros se manifiesta una gran duda al respecto.[19] La cantidad de imágenes guadalupanas en el inicio de la guerra por la independencia apunta hacia lo primero, sin contar con las que se hicieron después de formarse la Junta de Zitácuaro en 1811.

Ahora bien, las banderas de San Miguel son unas complejas composiciones que contienen muchos juegos simbólicos nacidos de sus dos vistas y del hecho de presentarj untos los emblemas de la religión y de la patria: la Virgen y el águila mexicana. Lo que sus realizadores representaron venía de la tradición religiosa y patriótica iniciada en el siglo XVII con el primer impreso guadalupano (1648) del padre Miguel Sánchez.[20] Una interpretación apocalíptica de la aparición de la Virgen María en el suelo de México de la que podía derivarse que México tenía el destino de ser nación soberana. Esa es la secuencia iconográfica que parecen culminar nuestras banderas, la de las composiciones que asociaron ambos símbolos en la tradición del patriotismo criollo de la Nueva España.[21]

Son las primeras banderas propiamente mexicanas y militares que incorporaron el emblema del águila y acaso las únicas que anduvieron con los insurgentes en esta primera etapa de las inmensas concentraciones de gentes. Sabíamos de la presencia de águilas por Miguel Hidalgo, porque en algunas ocasiones lució en el pecho una banda con el águila rampante frente al león de Castilla. Luego por su declaración final antes de perder la vida, donde señaló entre las Armas de la causa, a la Virgen de Guadalupe, las del rey Fernando y “algunos también la Aguila de México”.[22] La descripción del general Calleja de las banderas de San Miguel aclaró quiénes eran los algunos” que portaban águilas. Estas estaban tan dispuestas como la Virgen para ir a la guerra.[23]

Las águilas efectivamente se multiplicaron a partir de la Junta de Zitácuaro en varias modalidades de representación y materiales, aunque ahora sabemos que no fueron las primeras en utilizar el águila, como antes se creyó, sino las de San Miguel. En la colección de los trofeos de Calleja, de los que habían pertenecido a la Junta de Zitácuaro iban dos cuños de hierro recogidos en el mismo salón donde ésta celebraba sus sesiones. El sello de estos cuños era el águila mexicana pues son conocidas las monedas de la Junta. En las banderas, por su parte, aparecieron águilas en complejas composiciones con las cuatro estrellas de San Miguel para simbolizar las cuatro demarcaciones militares en que se dividió la Junta, o bien con escudos y tableros azul y blanco que asociaban la religión, y hasta con el lema: Oculis et Unguibus aeque Victrix (“Con los ojos y con las uñas igualmente victoriosos”) que usaron especialmente las tropas de Morelos. 

  

  

Sin embargo. la más fina inspiración de las banderas de San Miguel en la iconografia de Zitácuaro quedó plasmada en los sellos del águila en simbiosis con la Virgen usados en los documentos insurgentes, águilas-vírgenes en orlas de trofeos militares. Quizá surgió en el juego ilusorio que hacían las banderas con sus vistas dobles, de modo que sobre la cabeza del águila se puso la corona que en estas banderas ciñe la cabeza de la Virgen y bajo el águila apostada en las calzadas heráldicas de México se plasmaron las iníciales del lema guadalupano: NFTON (Non Fecit Taliter Omni Nationi).[24]

Si el descubrimiento de que la simbiosis del águila y la Virgen insurgentes comenzó en las banderas de San Miguel tiene su importancia, más el reconocer en ellas los sentimientos de lealtad a Femando VIL que se expresaron en la Nueva España desde 1808 al saberse invadida la Península por los franceses. Lo indica la adopción que hicieron los rebeldes de sus Armas, las aspas de Borgoña, y de los guiones militares de los ejércitos españoles. Fueron muchas las banderas con aspas y los guiones que se les recogieron en combate a los insurgentes. Los partes militares reportaron al menos una con aspa capturada cuando apresaron a Hidalgo en Acatita de Baján (21-III-1811). El mayor lote de banderas que traían los insurgentes fue arrebatado una semana después al sobrino del cura Hidalgo, Tomás Ortiz y a Julián Rodríguez. El 2 de enero de 1812 Calleja tomó en Zitácuaro, además de las piezas para acuñar monedas y la famosa bandera “El doliente de Hidalgo”, otra con la cruz de Borgoña que mandó al virrey Venegas. Ese mismo año varios meses después se recogieron otras aspas, pero al menos una sobresaliente por pertenecer a las tropas de Morelos. Fue en la acción del Cerro del Calvario, parte del sitio de Cuautla y acción premiada con el primero de los escudos ideados por Calleja de la que antes se habló.

La Virgen Madre de Dios estuvo presente en los dos ejércitos, insurgente y realista, aunque en cada uno bajo distinta advocación (a la Virgen de Guadalupe y a la Virgen de Los Remedios).[25] Las aspas de Borgoña, en cambio, con mínima variación fueron las banderas de los dos ejércitos, al menos hasta finales de 1813 o a la restauración del rey en 1814. Es el momento de hablar del aspa azul interpretada en tela blanca. Sin conocerse el conjunto de trofeos con los que llegó a España procedente de México, esta bandera no reglamentaria (las banderas con aspas eran carmesí y blancas), pudo haberse cogido en cualquiera de las importantes acciones mencionadas, pero siendo azul, todo me lleva a pensar que fue hecha (o éstas comenzaron a hacerse) al conmemorarse en Zitácuaro la erección de la Suprema Junta Nacional Americana en 1811.[26]

Una Sumaria información remitida por el conde Colombini al virrey Venegas a fin de octubre de 1812 narra el momento en el que “el Cabecilla Rayón quedaba mandado en Jefe”. Colombini escribió que Ignacio López Rayón, el 23 de agosto de 1811 “se hizo jurar por principal cabeza y defensor de la América por haber faltado Hidalgo y Allende”, celebrándose el acto “con la bendición de dos banderas..”.[27] José Joaquín Alveriz había informado que eran: “una blanca con las armas del rey y otra encarnada que decían de América con la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe”. Lo confirmaron los soldados del Regimiento de las Tres Villas, Simón Valiente y Diego León.[28]

La hipótesis de que la bandera que se conserva en Madrid la hizo la Junta, se sustenta en el curioso juego de colores que narraron los soldados. El blanco y el azul corresponden a los colores marianos y al menos es claro que el fondo del aspa de Zitácuaro era blanco. Lo que especulamos es si dicha aspa pudo ser azul. En favor se inclina el que, al poner el emblema del rey en azul, podían juntarse en la bandera las causas de la religión y de Femando VII, igualmente amenazados. El color carmesí, propio de las aspas de Borgoña, se tomó en préstamo para dar fondo a la Virgen pues arriba se dijo que la bandera de Guadalupe se había mandado hacer “encarnada”. Con eso se lograba el mismo objetivo de reunir las dos causas a través del intercambio de colores. Estos juegos iconográficos y las libertades que los criollos se tomaron en relación con las disposiciones emblemáticas españolas son característicos de la imaginería insurgente, quizá por la necesidad de distinción, al utilizarse muchos emblemas y simbolismos iguales entre los dos ejércitos.

Las banderas de San Miguel nos llaman a evocar los sentimientos públicos comentados al principio porque presentan en magnífica forma los símbolos que, así conjugados, explican las causas generales o grandes causas por las que se inició la guerra por la independencia. Representan su tiempo extraordinariamente bien porque condensan los sucesos acontecidos entre la primera declaración de guerra española a los revolucionarios franceses en 1793 y la invasión de las tropas napoleónicas a España en 1808.[29] La amenaza a la religión en la primera fecha (ante las campañas de descristianización de los franceses) y, en la segunda fecha al rey al confinarlo en Bayona, se volvieron amenazas a la patria en 1810. A dos años del reinado de José Bonaparte comenzó a ser común pensar que perdida la guerra de independencia española los franceses iban a querer tomar estos dominios. Los europeos eran los únicos que podían entregar Nueva España a los franceses, ningún otro grupo social le hubiera interesado.

Esta sospecha los alejó de los americanos que en las provincias del Obispado de Michoacán desde 1809 comenzaron emprender acciones a favor de la independencia o de separar a la patria de la suerte de España. Los insurgentes frente a la restauración monárquica abandonaron la causa del rey, sin embargo, la de la religión llegó hasta la consumación de la independencia. Las Tres Garantías de 1821 fueron la Unión, la Religión y la Independencia.

Los criollos, los indios, las castas y la plebe se abanderaron en los emblemas esenciales de la religiosidad, la lealtad y el patriotismo desde el primer día. Si las banderas de San Miguel contuvieron los elementos que se impulsaron por separado en las composiciones iconográficas posteriores de banderas, sellos y monedas, no sería exacto suponer que la Junta de Zitácuaro se ciñó a ellos como una voluntad; simplemente las banderas de San Miguel tuvieron la cualidad de reunirlos. De reunir las Armas de las que habló Miguel Hidalgo en su declaración final. Estos sentimientos públicos manifestaron la elección de los novohispanos frente a la guerra, la reacción de la sociedad tradicional ante el francesismo. Hay otros campos de investigación donde con mayor facilidad es posible comprender los gritos complementarios, los ¡Mueran! ¡Mueran los gachupines y muera el mal gobierno! que se escucharon al iniciar el movimiento. En estas condenas colectivas también se reflejó el prejuicio de que los europeos iban a entregar Nueva España a los franceses.[30] Con tal justificación fue más fácil corear contra ellos la voz con la que entonces comenzaban las batallas ¡A degüello...!

En las banderas de San Miguel y en las series de composiciones iconográficas que comienzan a aparecer desde la Junta de Zitácuaro, se entrecruzan los tiempos pasado y futuro de México en su patriotismo. Hay un elemento central que abandona su forma corpórea de representarse, San Miguel, para tomar una representación apocalíptica: el primer general y sus ejércitos de ángeles contra Satanás se vuelven estrellas.[31] Después de las banderas de San Miguel inició esta secuencia de representaciones iconográficas, con la Junta de Zitácuaro. Las primeras estrellas aparecieron en la bandera de “El Doliente de Hidalgo”, a los cuatro costados, cuatro estrellas significaron los cuatro ejércitos en que se dividió la Junta. Estas cuatro estrellas se repiten en algunas de las enseñas usadas por las tropas de José María Morelos. Muchas banderas de guerra continuarán luciendo estrellas, como la Trigarante.

NOTAS:


 

[1]En las ilustraciones que acompañan este texto se observa el grado de deterioro de las banderas. Efectivamente están muy maltratadas aunque su restauración no es imposible. En el Museo del Ejército está aprobada, si bien no ha iniciado, la restauración de todas.

[2]El Dr. Antonio Ibarra me puso en relación con el Dr. Carlos López, conocedor de la historia naval y militar de América. El último amablemente solicité al Sr. Luis Sorando. vocal de la Sociedad Española de Vexilología, una oportunidad para conversar sobre banderas mexicanas en España. Doy gracias por la prontitud de los enlaces pues Luis Sorando estaba completando el primer Catálogo razonado de las 1644 piezas del Museo del Ejército, entre trofeos del enemigo trofeos españoles. Hace tres años recibió la Cruz del Mérito que otorga la institución militar por su magnífico trabajo.

[3]Luis Sorando Muzás dio una noticia general sobre las banderas mexicanas en: “Las banderas del Museo del Ejército”, Revista Española de Defensa, 130, Diciembre de 1998, Madrid, p. 60-63. En este artículo se da a conocer su existencia pero indicando que pertenecían a José María Morelos, sin embargo, pronto aparecerá en forma de libro, del mismo autor, un Catálogo razonado de piezas del Museo del Ejército (Madrid, 1999), donde corrige las referencias de las banderas de San Miguel. Por mi parte, insistí en la importancia de estas banderas y di su descripción en: Marta Terán: “La relación del Aguila mexicana con la Virgen de Guadalupe entre los siglos XVII y XIX”, en Historias 34, Dirección de Estudios Históricos-INAH, abril-septiembre de 1995, p61. La primera imagen y explicación de ellas aparecerán en México en el artículo: “La Virgen de Guadalupe contra Napoleón Bonaparte. La defensa de la religión en el Obispado de Michoacán entre 1793 y 1814” en Estudios de Historia Novohispana, 19, Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, 1999.

[4]Ramón Díaz de Ortega, Real Cuerpo de Artillería. Ejército de Operaciones del Centro. “Estado que manifiesta el número y calibre de las piezas de artillería y municiones tomadas a los insurgentes el 17 de enero de 1 811 en la batalla del Puente de Calderón, con expresión de las procedentes de las fundiciones del Rey, y de las que han sido fundidas por los insurgentes”. Hernández y Dávalos, CDHIM, II, cuadro en p. 368. Anexo 1 de este escrito.

[5]Ernesto Lemoine citó la descripción de los estandartes de San Miguel con la referencia de su fuente, en Morelos y la revolución de 1810, Morelia, Gobierno del Estado de Michoacán, 1978, p. 234.

[6]Hace más de un siglo (1896) el general Sóstenes Rocha, en una controversia sobre el estandarte verdadero de Miguel Hidalgo tomado en Atotonilco, comentó: “Bien podría ser que el señor cura Hidalgo hubiera tenido dos o más estandartes de la Virgen de Guadalupe”. Saber cuál era fue un debate de la segunda mitad del siglo XIX entre historiadores, pintores, congresistas, jefes políticos, periodistas, generales. Jacinto Barrera Bassols, Pes quisa sobre dos estandartes. Historia de una pieza de museo, México, Ediciones Sinfiltro, 1995, p87. En este debate se habló de uno de los trofeos tomados en Puente de Calderón, de la “Bandera azul con la Virgen de Guadalupe” que ganó el granadero Albino Hernández, del Regimiento de San Carlos, a un insurgente llamado Sánchez. Los otros trofeos de Puente de Calderón fueron dos banderas que ganaron el cabo Eleuterio Negrete y los soldados Florentino Valero y Victoriano Salazar, del Regimiento de San Luis; otra Eugenio Valcanez de los dragones del Regimiento de México y otra que fue levantada del suelo por el cabo Mariano Barrera del Regimiento de Querétaro. J. E. Hernández y Davalos, Colección de documentos para la historia de la independencia de México, de 1808 a 1821, (CDHIM). México, José María Sandoval impresor, tomo II, documento 195, “Parte detallado de la acción de Calderón con sus documentos comprobantes”. Félix María Calleja. Guadalajara, 3 de febrero de 1811. Luis Castillo Ledón, Hidalgo, la vida del héroe, Morelia, Universidad Michoacana, 1993 (1a ed. 1917). p. 291 y 341-344. En el Museo Nacional de Historia del Castillo de Chapultepec se encuentran dos de las banderas de los primeros encuentros, tanto un estandarte guadalupano usado por los insurgentes, como el lienzo original de Atotonilco (de 167 centímetros por 102).

[7]Las referencias más antiguas de las banderas que se conocen son del Museo de Artillería español de 1856: los números 2933 y 2934. En el Museo del Ejército actualmente están clasificados con los números 40. 165 y 40. 166 de la sección de los “Trofeos tomados al enemigo”. Hay dos banderas tomadas en Bailén a los Regimientos suizos; la gran bandera inglesa capturada en Mahón en 1782 y la que se apoderó Bernardo de Gálvez en pro de la independencia de Estados Unidos por esos mismos años y luego retomada por los liberales en 1820 para proclamar la Constitución de Cádiz de 1812. Hay banderas peruanas, portorriqueñas, cubanas, filipinas, etc. Luis Sorando Muzás, “Las banderas del Museo del Ejército”.

[8]El problema era que no se desconocía que en España la invasión había favorecido el ascenso, por un acto glorioso, de las clases de tropas a las categorías de oficial sin que los nominados necesariamente fueran nobles, lo que antes era absolutamente vedado. También se hizo una medalla, de la “Orden de Femando VII” (1808), mejor conocida como “La Laureada”, que se suprimió al regreso del rey y se restableció al año siguiente. La cesión de condecoraciones por mérito de guerra fue también una novedad del momento, como las arengas, manifiestos y otro tipo de escritos dirigidos a contrarrestar la publicidad de los franceses y encender los ánimos de los españoles, “para servir al importantísimo objeto de consolidar la fidelidad y firmeza”. Ver de José Semprún y Alfonso Bullón de Mendoza, El ejército realista en la independencia americana, Madrid, Mapfre, 1992, p. 25 y s.: de Christon I. Archer, El ejército en el México borbónico, 1760-1810, México, FCE, 1 983 Hugh M. Hamill, ““Ivencer o morir por la patria!”. La invasión de España y algunas consecuencias para México, 1808-1810”, en Josefina Z. Vázquez Coord., Interpretaciones de la Independencia de México, México, Nueva Imagen, 1997.

[9]Al comentarlo con el general Calleja de modo reservado después de la batalla de Puente de Calderón, Venegas le avisó que no había recibido aún la aprobación de España para conceder distinciones y premios en dinero. Entonces Calleja piensa en escudos para colocar sobre el pecho. “Distinciones de pura imaginación”, le escribió al virrey Venegas, pues “Un laurel en la antigua Roma le produjo más victorias que hojas pendían de sus ramas”, aunque insiste en que se otorguen medallas como en España. Continúa Calleja: “Juzgo de necesidad, en obsequio del Soberano y de la Patria, que VE, se sirva acordar desde luego a la tropa y oficiales algún premio o distinción que les haga olvidar los riesgos a que se exponen y apreciar su suerte, contrastando de este modo la perniciosa idea que procuran inspirarles por todas partes los sediciosos, ya en conversaciones y ya en proclamas, de que exponen sus vidas sin necesidad ni utilidad, en beneficio de un gobierno que no les dispensa premio ni ventaja, al paso que serían todas suyas si se convirtiesen a favor del que procuran establecer sobre la ruina del legítimo”. V.E. con su sabiduría y prudencia, sabrá hacer de estas noticias e/uso conveniente”. El escudo de la batalla de Cerro del Calvario contra las tropas de José María Morelos en 1812 es el primero de una serie que se hará para conmemorar encuentros notables y especialmente la rendición de las fortificaciones insurgentes. J.M. Hernández y Dávalos, CDHIM, 11, Doc. 183: “Parte, Cartas Reservadas de Calleja y el Virrey y Bosquejo de la batalla de Calderón desde el 17 de enero de 1811”. p. 339 y s. Estas noticias fueron utilizadas para contrarrestar los argumentos de los insurgentes en la propaganda realista. Hugh M. í-lamill Jr., “Royalist Propaganda and “La Porción Humilde del Pueblo” During Mexican Independence”, en The Americas, 36, april 1980, p. 423 y s.

[10]Archivo General de la Nación, Correspondencia virreyes (Calleja), tomo 268-A, foja 105, número. 32. «Nota de las alhajas y muebles que el virrey de Nueva España remite al Excelentísimo ministro de la guerra para que se sirva tenerlo a disposición de S.A. la Regencia del Reino” (en f. 107). Iba el famoso retrato en lienzo de José María Morelos que le hicieron en Oaxaca en 1812; un pectoral también suyo compuesto de seis topacios y, pendiente de él, una medalla de oro con la imagen de Guadalupe en forma de relicario, con un círculo de perlas finas chicas y orla con 18 topacios todo pendiente, a su vez, de un collar compuesto de 61 topacios. Su espadín con puño de oro, su bastón de plata de cuatro piezas con puño de oro y otro en forma de látigo forrado de chaquira; su sombrero con galón de oro de seis dedos de ancho con presilla bordada de oro y algunas piedras; su casaca de uniforme de Capitán General y otra de Teniente General con 22 botones de oro macizo. Otras prendas eran dos bandas, una carmesí de Capitán General y la segunda, celeste, de Generalísimo; un aderezo de caballo con mantilla y tapafunda de terciopelo carmesí, bordados de plata y con fleco de lo mismo. Para entonces y sin estas pertenencias Morelos seguía en campaña. Como cosa del destino y curiosidad de Calleja viajaban, al lado, las pertenencias del cura Mariano Matamoros quien, hasta su derrota en Puruarán y muerte posterior había sido la mano derecha e inolvidable amigo de Morelos. Matamoros había regalado a Morelos el mencionado traje de Capitán General, grado que tomó en Oaxaca y cuyo uniforme estrenó cuando en esa capital fue jurada la Junta de Zitácuaro en septiembre de 1812. Iban de Matamoros un cotón o casaquilla de casimir negro bordado en oro y piedras, su casaca bordada de mariscal de campo con la que entró a Oaxaca y una chaqueta con igual bordado y collarín y vuelta morada.

[11]En el conjunto de reliquias iba otro formidable trofeo, un cotón (o vestido de algodón propio de un heraldo) en la forma de dalmática con las Armas de Castilla y de León. Según Calleja, era “Una de las vestiduras que usaban los Cuatro Reyes de Armas, en la primera Junta Insurreccional que formaron en Zitácuaro, y una corbata o golilla forrada en lienzo para los mismos”. Los realistas habían entrado el 2 de enero de 1812 en el salón “en que celebraba sus acciones la misma Junta”. El rey cautivo Fernando VII desde la erección de la Junta de Zitácuaro, en 1811, había poseído un asiento vacío en espera de la restauración. Para conocer la relación de la Junta con el rey ver de Moisés Guzmán Pérez, La Junta de Zitácuaro, 1811-1813. Hacia la institucionalización de la insurgencia, Morelia, Universidad Michoacana, 1994. Completaba el monumento una medalla de plata grande que representaba la alianza de los insurgentes con los angloamericanos y que llevaban en el pecho los principales jefes que declararon la independencia en el norte, con los que los realistas habían combatido en la acción de Texas, el 18 de agosto de 1813. AGN, Correspondencia virreyes, documento 33. “El Virrey de la N. España D. Félix María Calleja. Participa el recobro de la Provincia de Oaxaca portas tropas de 5. Majestad, anuncia el de la fortaleza de Acapulco y hace relación de los demás sucesos militares de esa provincia, desde el mes de marzo último”.

[12]Era común que los mandos militares retuvieran algunos trofeos ganados en acciones de guerra. Calleja capturó otros de sumo valor como los varios atuendos que usó Miguel Hidalgo anteriores al uniforme que llevaba puesto de Generalísimo, también encontrados en Puente de Calderón y enviados como muchos otros al virrey Venegas. AGN. Operaciones de guerra, Realistas, tomo 15 foja 362, “Oficio de remisión, de Calleja al virrey, de los uniformes que usaba Hidalgo y que fueron recogidos en la batalla de Puente de Calderón”.

[13]Luis Sorando, “Las banderas del Museo del Ejército”. Luis Sorando, el día en que recibió la Cruz del Ménto pudo comprobar que se trataba del pendón del siglo XVI en muy malas condiciones que probablemente Cortés dio a la ciudad de Oaxaca para sus paseos y no la pieza fundamental del conquistador de la Nueva España. La urna nunca antes se había abierto. Don .Melchor Álvarez lo había enviado al Ministerio Universal de Indias con una nota que hizo creer que era el que usó Cortés en la conquista. Fue rescatado con otras cinco banderas en la acción de Avotlán. AGN. Correspondencia virreyes, tomo 268-A, foja 109. documento 33. “El Virrey de la N, España D. Félix María Calleja. Participa el recobro de la Provincia de Oaxaca por las tropas de S. Majestad.

[14]Archivo Histórico Militar de Segovia. Sección 2a. Div. 8a., legajo 456-7 “15 de junio de 1841. Ordenando se entreguen en el Museo de Artilleria varias prendas y efectos pertenecientes al cura Morelos” (Morelos). Entonces se mencionó una “Relación de Prendas que se hayan a cargo del portero mayor de la Secretaria del despacho de la Guerra...” En los documentos queda claro que aunque se sabía eso por tradición. no existían en el Archivo las prendas a las que se hacía referencia.

[15]Regresaron, entre otras piezas, la casaca y el retrato al óleo que podemos visitar en el Museo del Castillo de Chapultepec. El pintor plasmó el rostro de Morelos. su pectoral de topacios. SLI sombrero y bastón y otras cosas descritas por Calleja. Curiosamente. en el cuadro, si bien se aparecía en la parte superior un escudo con el águila y la serpiente. no es posible apreciar la medalla de la Virgen de Guadalupe porque hay sobre ella una mano de Morelos.

[16]La Cruzo aspa nudosa de Borgoña es un emblema que fue usado en las banderas españolas desde el siglo XVI hasta 1843. Fue llevado a España por Felipe el Hermoso, padre de Carlos V. Lo formaban dos troncos de árbol cruzados, después simplificado en un aspa con nudos, generalmente roja o carmesí en tela blanca. Sirva como ejemplo la bandera del Regimiento de infantería del Príncipe usado por Bernardo de Gálvez en su incursión a Panzacola.

[17]En Acatita de Baján, al apresar a Hidalgo le cogieron dos guiones. Estos, reglamentariamente, debían llevar el escudo del rey por una cara y el del regimiento en la otra. En la Colección de banderas del Museo Nacional de Historia, de México, se tiene un guión clasificado como del siglo XVII, sin embargo, solo puede ser posterior a 1760 porque lleva el escudo adoptado por Carlos III ese año. También en Aculco, antes de Puente de Calderón, se lograron tomar tres banderas a los Regimientos rebeldes, dos al de Celaya y una que perteneciera al de Valladolid, sin poderse saber si se refieren a guiones o propiamente a banderas.

[18]Estéban Sánchez de Tagle estudió la formación del Regimiento de dragones de San Miguel en: Por un regimiento el régimen. Política y sociedad: la formación del Regimiento de Dragones de la Reina de San Miguel El Grande, México, INAH, 1982.

[19]Francisco de la Maza, El guadalupanismo mexicano; Jacques Lafaye, Quetzalcóatl y Guadalupe: la formación de la conciencia nacional en México, México, Fondo de Cultura Económica, 1977; Ernesto de la Torre Villar, En torno al guadalupanismo, México, Porrúa, 1985; David A. Brading, Los orígenes del nacionalismo mexicano Eric R. Wolf, “The Virgin of Guadalupe, a Mexican National Symbol”, Journal of American Folklore, 71: 34-39, 1958; William B: Taylor, “The Virgin of Guadalupe in New Spain. An lnquiry into the Social History of Manan Devotion”, American Ethnologist, 14, no. 1:9-33, 1987; Enrique Florescano, Memoria mexicana,, capítulos VII y VIII. Matt Mejer, “María Insurgente”, en Historia mexicana, vol. 23(3), marzo de 1974. Victor Turnery Edith Tumer, Image andPilgrimage in Christian Culture Culture, New York, Columbia University Press, 1978.

[20]Miguel Sánchez, Imagen de la Virgen María Madre de Dios de Guadalupe. Milagrosamente aparecida en la ciudad de México. Celebrada en su historia con la profecía del Capítulo doce del Apocalipsis (1648), Se incluye en Ernesto de la Torre Villar y Ramiro Navarro de Anda, Testimonios históricos guadalupanos, México, FCE. 1982. Miguel Sánchez, poco después de ver publicado su impreso se había incorporado al Oratorio de San Felipe Neri, cuyos oratorianos pusieron en el siglo XVIII una casa muy prestigiada en San Miguel. Uno de los pintores que en ese siglo más difundió imágenes guadalupanas que asociaron el escudo del Aguila con la Virgen fue Juan Patricio Morlete, nacido también en San Miguel el Grande. Marta Terán, “La relación del águila mexicana con la Virgen de Guadalupe entre los siglos XVII y XIX”, Historias 34, 1995, p. 61.

[21]Estudiada por Francisco de la Maza, El guadalupanismo mexicano, México, Porrúa, 1953; David A. Brading, Los orígenes del nacionalismo mexicano, México, SepSetentas, 1973; Jaime Cuadriello, “Visiones en Patmos-Tenochtitlan. La Mujer Aguila”, en Artes de México. Visiones de Guadalupe, México. Revista libro bimestral no. 29, 1995. Enrique Florescano, Memoria mexicana, México, FCE. 1993; y La bandera mexicana. Breve historia de sufundación y simbolismo, México, FCE, 1998.

[22]Hidalgo dijo en su declaración final: “Que realmente no hubo orden alguna asignando Armas ningunas: Que no hubo más que saliendo el declarante el diez y seis de septiembre referido con dirección a San Miguel el Grande, al paso por Atotonilco tomó una imagen de Guadalupe que puso en manos de uno para que la llevase delante de la gente que le acompañaba, y de allí vino que los regimientos pasados y los que se fueron después formando tumultuariamente, igual que los pelotones de la plebe que se les reunió, fueron tomando la misma imagen de Guadalupe por Armas, a que al principio generalmente agregaban la del Sr. Don Fernando Séptimo, y algunos también la Aguila de México”. Hernández y Dávalos, CDHGI. 1, p. 13.

[23]Sobre la permanencia de símbolo del Aguila ver de Manuel Carrera Stampa. El Escudo Nacional, Secretaría de Gobernación, 1994 (18 Ed. 1960), y el libro citado de Enrique Florescano, La bcmdera mexicana. En ambos libros el lector podrá encontrar las series iconográficas fundamentales para seguir las sugerencias de este texto.

[24]Sellos de la Suprema Junta Nacional Americana. En el segundo las siglas NETON se leen sobre el mundo católico y en las calzadas heráldicas se indica a qué ejército pertenecen: del Poniente.

[25]Solange Alberro. “Remedios y Guadalupe: de la unión a la discordia”, en Clara García Ayluardo y Manuel Ramos Medina, coordinadores. Manf estaciones religiosas en el mundo colonial americano, México, INAH-Condumex-UIA. 1997, p. 315-330.

[26]El Aspa azul tiene la referencia no. 44.127 del Museo del Ejército de Madrid.

[27]AGN, Infidencias, vol. 24, exp. 3, fs. 118-131: “Sumaria información sobre la venida a esta capital de tres soldados del Regimiento de infantería de México, y dos del Provincial de Tres Villas, procedentes de Zitácuaro en donde estaban prisioneros y sobre el estado, fuerza y noticias de aquella Villa”, remitida por el conde Colombini al virrey Venegas, documento que conocí por Moisés Guzmán Pérez.

[28]AGN, Infidencias, vol. 24, exp. 3, fs. 120 y 127. Los otros soldados se llamaban Ignacio Araujo y Pedro Arellano. Habían podido escapar “por el auxilio de un indio de razón y bueno”. Como resultado de la “desgraciada acción del 22 de mayo de 1811” habían caído presos. Así vieron sucesos muy importantes como la formación de la Junta, por Rayón, con José María Liceaga y Tomás Ortiz. Este último apenas llegado de Sultepec con 200 hombres. También el momento en que el cabecilla Benedicto López habló de indultarse y lo impidió el gobernador de los indios. En la Villa había más de mil hombres concentrados y, “junto con toda la indiada de pueblos y barrios”, “con todos los de afuera” eran unos 8,000 o 10,000 los hombres de los que disponía Rayón. De dinero, poseía 19,800 y pico de pesos que había tomado del diezmo.

[29]Guadalupe Nava Otero, Cabildos de la Nueva España en 1808, México, Sepsetentas, 1973; Hira de Gortari Rabiela, “Julio-agosto de 1808: la ‘lealtad mexicana”, en Historia Mexicana, México, julio septiembre de 1989, p. 181-203; F. X. Guerra, “Dos años cruciales (1808-1809)” en Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas, México, FCE, p. 155 y s.;

[30]He desarrollado hipótesis sobre las causas económicas y culturales que prendieron los sentimientos de odio que hay en los gritos: ¡Mueran los gachupines y muera el mal gobierno En, Marta Terán: “Los decretos insurgentes que abolieron el arrendamiento de las tierras de los indios en 1810”, en Memorias de la Academia Mexicana de la Historia. Academia Mexicana de la Historia, Tomo XL, 1997, p. 87-110.

[31]Ya se había puesto a San Miguel como estrella que bendecía al águila mexicana.