CIE EXORDIO CERO MAYA LIBRO LIBRE HUATAPERA PROFESOR ESCRITOR
                          












 



 


     

 

 

 

 

 










.

 

Microhistoria y ciencias sociales

 

Luis González y González

  El Colegio de Michoacán

 

EL TERRUÑO

 

al que me referiré en primera persona si ustedes me lo permiten, del que salía a los doce años de edad para incorporarme a la segun­da urbe de la República Mexicana por siete años, y a la ciudad hoy más poblada del mundo, por treinta y tres, me hizo objeto de bro­mas entre condiscípulos y mentores durante algún tiempo. La co­munidad de San José de Gracia me había esculpido de tal modo que resulté rey de burlas al llegar tocado con sombrero a una escuela de Guadalajara en una época fantásticamente sinsombrerista; al preguntar a uno de mis condiscípulos urbanos por la denomina­ción de las grandes flores de metal que pendían del techo de la escuela y echaban bocanadas de aire frío; al intentar el ejercicio de deportes como el basquet y el futbol, tan distintos a los de mi tierra, y al hacer uso de uno de los múltiples lenguajes paros.

Logré deshacerme del sombrero con rapidez; nunca pude ser deportista de ciudad, conseguí acostumbrarme al uso de aparatos mecánicos y eléctricos; me hice de palabras y gestos gentiles que me permitieron compartir pasablemente con profesores, profesionistas, políticos y potentados de la urbe, y por último, muchos años después, me sentí gratamente sorprendido al ver la reva­lorización de lo aldeano, al percatarme que los valores de la gente campesina dejaban de ser asunto de la humorística para volverse asunto de las ciencias sociales. El ejercicio y la defensa de la vida aldeana que antes me produjo burlas, hoy me produce invitaciones a distinguidos institutos de alta cultura de -cito por orden cronológico- México, San Diego California, Maracaibo, Madrid, San Juan de Puerto Rico y Bogotá; algunos diplomas y medallas, y so­bre todo, miles de lectores de Pueblo en vilo, del volumen que escri­bí en 1967, cuando todavía el interés por las minisociedades no se volvía torrencial. Ahora lo es, y por lo mismo, conviene preguntar­se por tan extraño fenómeno, y antes que nada por el objeto de ese interés por los terruños.

Los terruños, parroquias, municipios o simplemente minisociedades sólo sabría definirlos al partir de mi patria chica o matria. Desde esta perspectiva los veo como entes sociales que no cesan de perder, en estos tiempos de comunicaciones masivas y transportes rapidísimos, sus peculiaridades. Quizá desaparezcan en un futuro próximo, pese a la revalorización de que son objeto. Ahora todavía conforman a la mitad de los habitantes de la Repú­blica Mexicana y a diez millones de mexicanos que han sufrido el doble destierro de su matria y de su patria, de su terruño y de su nación como los que trabajan en tierras estadounidenses. Hasta hace poco, no más de treinta años, la gran mayoría de la gente mexicana provenía de sociedades pueblerinas o terruños que ofrecían como características más visibles y comunes las siguientes:

Un espacio corto, abarcable de una sola mirada hecha desde las torres de la iglesia pueblerina o desde la cumbre del cerro guar­dián. Los terruños de mi país son trozos de tierra de quinientos a mil kilómetros cuadrados que suele equivaler a un municipio o una parroquia. Este ámbito es unas diez veces más corto que una re­gión y cincuenta veces más chico que el promedio de los Estados de la República Mexicana. En ésta caben dos mil trescientos setenta y ocho patrias chicas o municipios, distinguibles entre sí pese a te­ner todos ellos muchos rasgos comunes.

La población de la gran mayoría de los municipios mexica­nos no suele ser numerosa. Para decir algo, el noventa por ciento de los municipios de la República Mexicana rara vez pasa de los quince o veinte mil habitantes; en parte juntos en el pueblo o la villa, y en parte dispersos en el campo. Todos en estrecha relación con el ambiente físico, por prácticas agrícolas o ganaderas, y por el afecto. Los vecinos de una comunidad pequeña, parroquial, no sólo viven de actividades campestres, sin ruido de máquinas ni vistosos anuncios mercantiles. También se sienten emotivamente unidos a su tierra. Los lugareños hablan de mi tierra! Entre signos de admi­ración. En el destierro, la fijación afectiva al terruño es mayor. En cualquier tertulia de gente pueblerina que se ha ausentado de su pueblo se cae en la canción nostálgica y en la conversa sobre el pai­saje nativo y el deseo de volver al regazo maternal de la tierra propia, ya para morir allí o para hacerla florecer de nuevo.

Cada municipio de la especie pequeña posee sus límites ad­ministrativos que lo separan de otros; cada uno suele tener su pue­blo y sus rancherías; en todos, pulula una población corta, unos miles de seres humanos que se conocen entre sí, que se llaman por su nombre y apellido o por su apodo. La sociedad municipal, en sentido estricto no es de ninguna manera anónima como la de las urbes. En la minicomunidad cada quien conoce a su vecino y mu­chas veces lo unen a él vínculos de sangre. Hay terruños, como el mío, donde todos los vecinos son parientes, donde va uno por la calle diciéndoles a los que encuentra: "buenos días, tío" “qui'hubo, primo", "ándale, sobrino"... En ningún terruño se da el caso extre­mo a que alude el aforismo ("entre sí parientes y enemigos todos") pero no son raras las enemistades entre parroquianos que desapa­recen y se mudan en amistad cuando los distanciados llegan a co­incidir en el mismo destierro. En las comunidades pequeñas, las ligas de orden social son poco acusadas en el orden económico y mucho en el orden sanguíneo. En cuestión de discordias, la lucha entre familias le hace sombra a la lucha de clases.

No en todos los terruños mexicanos existe o ha existido un mandamás o cacique, pero sí en la enorme mayoría. En pocos mu­nicipios, el presidente municipal y los munícipes son las verdade­ras autoridades. Los ayuntamientos suelen ejecutar las órdenes del líder comunitario que logró imponerse a sus coterráneos ora por ascendencia moral como es el caso de los curas caciques, ora por su poderío económico o su fuerza física como es el caso del don Per­petuo, el de las caricaturas de Rius. Es raro el terruño, (y lo era más en el pasado inmediato), sin templo parroquial, sin palacio munici­pal y sin mandamás. Este, por supuesto, casi siempre en buenas relaciones con una élite en la que no faltan el todista, el mentiroso, los ricos y los viejos de la comuna mayor y de las rancherías.

Sería exagerado decir que en cada parroquia o municipio imperan valores culturales totalmente propios, una filosofía y una ética diferente, o si se quiere, una distinta visión del mundo. Con todo, en tratándose de México, es posible escribir ampliamente de las culturas locales, de los valores que le dan sentido y cohesión a cada uno de los tres mil terruños de la República. Es raro encontrar comunidades que no tengan sus propias maneras de dar gusto al cuerpo, sus propios comestibles y fritangas. En la mayoría de estas células de la sociedad mexicana hay matices éticos o costumbres que las diferencian de sus vecinas. Cada terruño de México tiene su liturgia específica para mantener providente y amigo a su patrono celestial, a su santo patrono. Cada una de las miles de fiestas patro­nales que se celebran en México tiene su modo particular de ser. Lo mismo puede decirse de cada una de las artesanías locales.

Ignacio Ramírez, el hombre de la reforma liberal de México cuya perspicacia no se pone en duda, llegó a decir que México no era una nación sino un conjunto de naciones diferentes. Afirmar de México que es un mosaico multicolor, es aparte de una cursilería, una vedad de a kilo. No es necesario insistir en la osatura troceada de México, en los miles de Méxicos, en "many mexicos", en multi­México, en un país altamente plural desde antes de la conquista española y confirmado en su multicolorismo por esa conquista. Los españoles que forjaron la nacionalidad mexicana provenían de un país que era suma de muchas particularidades, de compartimien­tos estancos, según lo dice Ortega y Gasset en su España invertebrada.

En México, y no sólo en él, el terruño (espacio abarcable de una sola mirada, población corta y rústica, mutuo conocimiento y parentesco entre los pobladores, fijación afectiva al paisaje propio, régimen político patriarcal o caciquil, patrono celeste y fiesta del santo patrono, sistema de prejuicios no exento de peculiaridades) el terruño, también llamado mi tierra, el municipio, la parroquia, el pueblo o la tierruca, fue en la época precapitalista, desde la domi­nación española hasta el ayer de los días del presidente Cárdenas, una realidad insoslayable y todavía lo es en menores proporciones. Los esfuerzos de la modernización no le han quitado a México su naturaleza disímbola. Es un país de entrañas particularistas que revela muy poco de su ser cuando se le mira como unidad nacio­nal, que hay que verlo microscópicamente, como suma de unida­des locales, pero sin dejar de atender a esas otras unidades de aná­lisis que son la región, el Estado y la zona. En pocos países del mundo, como en México, se justifica el análisis microhistórico.

 

LA MICROHISTORIA

 

como método para dar con la clave de una nación. En 1971 propuse la microhistoria para el multiméxico, y quince años después, sigue válida, a mi modo de ver, tal propuesta, aunque con variantes en su formulación. Entonces tenía vagos los conceptos de terruño y microhistoria. No se me alcanzaba la diferencia entre la breve co­munidad del terruño donde predominan los lazos de sangre y de mutuo conocimiento y la mediana comunidad de la región donde son particularmente importantes los lazos económicos. No distin­guía a plenitud entre un pueblo, cabeza de una tierruca, y una ciu­dad mercado, núcleo de una región. Por lo mismo, confundía la historia regional con la historia parroquial. A una y otra las llamé microhistoria o historia matria.

El término de microhistoria -pienso hoy- habría que reser­varIo para el estudio histórico que se haga de objetos de poca am­plitud espacial. En un término que debería aplicarse a la manera espontánea como guardan su pretérito los mexicanos menos cul­tos, mediante la historia que se cuenta o se canta por los viejos en miles de terruños. El papá grande de la microhistoria que se postu­la aquí es el papá grande de cada pueblo que narra con sencillez, a veces en forma de canción o corrido acaeceres de una minicomunidad donde todos se conocen y reconocen.

De la microhistoria contada o cantada por los "viejitos" se suele pasar a la microhistoria escrita por los muchos aficionados o "todistas" pueblerinos. En México abundan las historias parroquiales escritas por gente de cultura general. Se trata de microhistoriadores sin contacto con la vida universitaria, que sí en vigorosa comunicación con la vida lugareña. No frecuentan aulas, pero sí cafés y bares. Por lo demás, es difícil definirlos porque a la microhistórica acuda gente de muy distinta condición. y sin em­bargo, es posible rastrear en ellos algunos rasgos comunes: la acti­tud romántica, entre otros.

Repito lo que dije en Nueva invitación a la microhistoria: "Emo­ciones que no razones son las que inducen al quehacer microhistórico. Las microhistorias manan normalmente del amor a las raíces", el amor a la madre. "Sin mayores obstáculos, el peque­ño mundo que nos nutre y nos sostiene se transfigura en la imagen de la madre... Por eso, a la llamada patria chica le viene mejor el nombre de matria", y la narrativa que reconstruye su dimensión temporal puede decírsele, además de microhistoria, historia matria. En la gran mayoría de nuestros cronistas locales anida el "mamaísmo", el amor impetuoso al ámbito maternal. El microhistoriador espontáneo trabaja "con el fin, seguramente mor­boso, de volver al tiempo ido, a las raíces, al ilusorio edén, al claus­tro del vientre materno".

Con todo, al microhistoriador edípico no se le desdeña por eso. Si los científicos sociales lo han mirado como al pardear es por que se ocupa de nimiedades o hilvana sus relatos con poco oficio. Quizás sólo estudió la primaria. Quizás sea profesionista, pero no historiador de profesión. Normalmente le falta rigor intelectual; no posee la teoría de su práctica. "Con mucha frecuencia ignora las fuentes de conocimiento histórico" y no sabe hacer acopio de fi­chas. También padece de credulidad; le falta pericia crítica. Sus li­bros están generalmente hartos de amor al terruño y ayunos de investigación rigurosa. Por su poco oficio, cae con frecuencia en el vicio de la hybris, rebasa la medida de la razón. Según Leuilliot: "El microhistoriador tiende a desbordarse, en lugar de restringirse a un tema. No dudará en meter una digresión, a menudo muy erudi­ta, en una monografía aldeana; no eliminará, sistemáticamente, todo lo que pueda aparecer sin relación con su tema... Lo multidisci­plinario se realiza vigorosamente en los cronistas locales". Casi to­dos muestran una enorme capacidad para referirse a todo y una soberana incapacidad de síntesis. Sus obras suelen ser verdaderos mazacotes; libros de todas las cosas y de algunas más.

Pero la historiografía parroquial o microhistoria no está com­prometida con la tradición hasta el grado de que no pueda superar­la. No es esencial en la microhistoria el ser simple enumeración de hechos y el no saber esculpir imágenes interinas del pasado, aco­piar pruebas, hacer crítica de monumentos y documentos, percibir las intenciones de la gente y realizar, como mandan los manuales de metodología científica, las operaciones de síntesis. De hecho, ya se está haciendo una microhistoria de carácter científico, guiada por el criterio de la veracidad de los hechos y la comprensión de los hacedores.

La nueva microhistoria no sale al encuentro de su pequeño mundo sin un buen equipo de preguntas, sin programa, sin marco teórico, sin ideas previas y prejuicios, y en definitiva, sin la imagen provisional del pasado que se busca. El nuevo microhistoriador, que ha recibido formación universitaria para investigar lo sido, se somete a rigores de método más penosos, en algunas etapas del viaje, que los padecidos por quienes practican las demás historias. En la etapa heurística, de aprendizaje para uno mismo, de juntado información, la especie microhistórica está sujeta a leyes más áspe­ras que las demás especies metidas en la averiguación del pasado.

La gente encopetada y los hechos de fuste, asunto de las macrohistorias tradicionales, ha dejado muchos testimonios de su existencia. No así la gente humilde y la vida cotidiana, objetos de la microhistoria. Por lo mismo, ésta se ve obligada a echar mano de pruebas vistas desdeñosamente por la grande y genei\al historia. La micro se agarra de luces tan mortecinas como las proporciona­das por las cicatrices terrestres de origen humano; por los utensi­lios y las construcciones que estudian los arqueólogos y por la tra­dición oral, cara a los etnólogos. Echa mano también de papeles de familia (cartas privadas y escrituras contractuales); registros ecle­siásticos de bautizos, confirmaciones, matrimonios, pago de diez­mos y muertes; registros notariales de compra-ventas, disposicio­nes testamentarias y tantas cosas más; censos de población y de índole económica; informes de curas, alcaldes, gobernadores y otras personas que sirven de enlace entre el poder municipal y los pode­res de mayor aliento. La microhistoria que se ha venido haciendo en México en los últimos años se sirve también de libros de viaje­ros, de crónicas periodísticas y de las relaciones hechas por histo­riadores aficionados. El microhistoriador ha de hacer grandes ca­minatas o investigación pedestre, excavaciones arqueológicas, mu­chas y pacientes entrevistas, larguísimos sentones en archivos pú­blicos y privados y en bibliotecas.

La microhistoria puede ofrecer una información abundante y firme si los investigadores tienen la paciencia del santo Job y la múltiple sabiduría del rey Salomón. El macrohistoriador recibe ayu­da de un numeroso ejército de archiveros, bibliógrafos, numismáticos, arqueólogos, sifilógrafos, lingüistas, filósofos, cronólogos y demás profesionales en las disciplinas auxiliares de la historia. El microhistoriador, en las jornadas de recolección y de crítica de documentos, se rasca generalmente con sus propias uñas; establece sólo, o con pocos auxilios, la autoría, la integridad, la sin­ceridad y la competencia de documentos y reliquias. Un buen microhistoriador, don Rafael Montejano y Aguiñaga, escribe: "Los historiadores de provincia (los ocupados en historias locales), so­mos ermitaños reclusos en las cavernas de una problemática muy dura... En nosotros se ha hecho verdad lo que cantó Machado: "Ca­minante: no hay camino, se hace camino al andar".

El microhistoriador llega a lo microhistórico a través de un arduo vía crucis cuya última estación es la hermenéutica, opera­ción imprescindible en el género histórico que nos ocupa. El histo­riador de grandes hazañas nacionales cumple si explica los hechos por casualidad eficiente, y el que traza las líneas del devenir del género humano, satisface a sus lectores si acude a la explicación formal, si se saca de la manga leyes del desarrollo histórico. El microhistoriador para cumplir con sus antepasados y con los lecto­res de la comunidad que historia, requiere ser comprensivo; nece­sita comprender por simpatía a hombres de otras épocas; se ve obli­gado a someterlos a juicio a partir de los ideales de la gente que estudia. La microhistoria, más que al saber, aspira al conocer. El relato microhistórico comporta, por definición, la comprensión de los actores.

La historia matria, más que por la fundación de la comuni­dad que estudia, se interesa en los fundadores y el sentido que le dieron a su obra. En un nivel microscópico de historización cuen­tan sobre todo los seres humanos y sus intenciones. En una tarea que es parte del culto a los ancestros, es más importante revivir difuntos que hacer la simple enumeración de sus conductas o el establecimiento de las leyes de su devenir. El saber microhistórico se dirige al hombre de carne y hueso, a la resurrección de los ante­pasados propios, de la gente de casa y sus maneras de pensar y vivir. Por otra parte, la microhistoria se interesa en todos los aspec­tos de las minisociedades.

La historia sin más, y sobre todo en los tiempos que corren, pretende ser científica hasta en las etapas de regreso del fundo his­tórico. Mientras la macro intenta descubrir leyes causales, la microhistoria se reduce al desentierro de hombres de estatura nor­mal y de comunidades pequeñas, no se requiere de ayudas científi­cas y sí de los auxilios del arte. La micro se comporta como ciencia cuando va hacia lo histórico y como arte a su regreso de lo históri­co. En palabras de Eric Dardel, la micro "pertenece a la narración como el cuento y la epopeya. Exponer la historia concreta es siem­pre de algún modo contar historias" , narrar sucedidos a la manera como lo hacen de viva voz los cronistas aldeanos. La microhistoria, cuyo principal cliente es el pueblo raso que la necesita, ha de comu­nicarse en la lengua de la tribu, en el habla de los buenos conversa­dores. No por simpática, la microhistoria va a ser excluida de la república de

 

LAS CIENCIAS SOCIALES

 

a la que pertenece con igual derecho que la economía, lq sociología, la demografía, la jurisprudencia, la ciencia política y las demás his­torias. Si las ciencias sistemáticas del hombre no son susceptibles de expresiones tan cálidas e interesantes como las de la narración microhistórica, no es porque sean más científicas, que sí menos hu­manas. Como el quehacer microhistórico suele estar saturado de emoción, se expresa, de modo natural, en forma grata, artística, atra­yente; no árida y fría como la expresión de asuntos ajenos al próji­mo; tampoco retórica, cursi, que es la manera de expresar la falsa emoción. La historia matria exige un modo de decir hijo del senti­miento.

La microhistoria es la menos ciencia y la más humana de las ciencias del hombre. Su antípoda es la economía. Si no me equivo­co, la economía se aleja cada vez a mayor velocidad del hombre de carne y hueso. La más joven de las ciencias humanas se fue del hogar, concretamente de la cocina, antes que los otros saberes de pretensión humanística. Tras la ciencia económica marcha la socio­logía que ocupa un sitio intermedio entre la muy matematizada economía y la antropología social. Aunque ésta se niega a perma­necer en la simple descripción de costumbres lugareñas o regiona­les, aún no se remonta al cielo de las teorías. La reflexión política o politología también mantiene los pies en la tierra, casi al punto de la macrohistoria, salvo la llamada historia cuantitativa.

La historia local o del terruño, la microhistoria, es una ciencia de lo particular anterior a cualquier síntesis. Es una disciplina que arremete contra las explicaciones al vapor. Es el aguafiestas de las falsas generalizaciones. Siempre da lata. Siempre le busca excep­ciones a la teoría que esgrimen las demás ciencias del hombre. Su principal ayuda a la familia de las humanidades es la de poner pe­ros a las simplificaciones de economistas, sociólogos, antropólogos, politólogos y demás científicos de lo humano, de un asunto tan complejo que se presta poco a generalizaciones. La microhistoria sirve antes que nada para señalar las lagunas en los territorios de las otras ciencias sociales.

Tiene también una función desmitificadora cuando irrumpe en el mundo del conocimiento las seudociencias. En México es muy frecuente la inclinación a sacrilizar los mitos provenientes de los países poderosos. Con bastante frecuencia esgrimimos filosofías que pretenden sustituir la observación. Mediante diversos trucos de pro­paganda se nos da gato por liebre, ideología en vez de ciencia. Para evitar ser víctima de los impostores también se recomienda, como preventivo, la microhistoria.

Y ya puesto en este plan de doctor pedante y soporífiro, diré que no sólo sirve para rectificar y desmentir. También nutre y no únicamente cura. Cuida de caer en la excesiva confianza a que con­duce la ciencia, pero también proporciona conocimiento científico. Muchos científicos sociales le conceden un valor ancilar, en primer término, los macrohistoriadores. Don Alfonso Reyes le escribía a don Daniel Cosío Villegas: "Es tiempo de volver los ojos hacia nues­tros cronistas e historiadores locales... Muchos casos nacionales se entenderían mejor procediendo a la síntesis de los conflictos y su­cesos registrados en cada región" y en cada terruño. Al valor ancilar, de criada, de la microhistoria se refieren también diversos estudios de la naturaleza humana. Muchos profesionales de las disciplinas que tienen por asunto al hombre juzgan que la mejor manera de conseguir una imagen redonda de la grey humana en su conjunto es el estudio de principio a fin de una pequeña comunidad de hom­bre.

Lucien Pebvre escribe: "Nunca he conocido, y aún no conoz­co, más que un medio para comprender bien, para situar bien la historia grande. Este medio consiste en poseer a fondo, en todo su desarrollo, la historia de una región". Se ha llegado al momento de asimilar las minucias de los microhistoriadores en la construcción de la gran historia. Claude Morín, un historiógrafo canadiense de reconocida seriedad, dice: "La visión macroscópica mejorará gra­cias a la ayuda que le prestarán las monografías locales". En Poster se lee: "Lo que es verdad para Tzintzuntzan parece serIo también para las comunidades campesinas de otras partes del mundo". Se­gún l. M. Lewis, aún "los antropólogos estructuralistas más extre­mos", requieren de las aportaciones de los reporteros locales. Tam­bién "los antropólogos de la pelea pasada, los que se disputan el campo bajo las opuestas banderas del evolucionismo y del difusionismo, coinciden en el interés de la corriente de investiga­ción microhistórica.

Los sociólogos que no rechazan el conocimiento histórico, ven provechosa a la cenicienta de la familia clío. Según Henri Lefebvre cualquier "trabajo de conjunto debe apoyarse en el mayor número posible de monografías terrúñicas y regionales". Hasta los econo­mistas requieren de los servicios del microhistoriador. Beutin sos­tiene que "la historia de una hacienda, de un pueblo, de una ciu­dad puede ser ejemplar para muchos casos semejantes -aunque to­dos no estén igualmente estructurado s- y servir de tipo" o ilustra­ción de amplios sectores de la vida económica. Supongo que no faltará un politólogo que diga que la historia política local aclara mil cosas. La relación de la microhistoria con la ciencia social crece a medida que se produce el distanciamiento con la filosofía y la literatura, las antiguas aliadas del quehacer histórico.

Ahora ya es un hecho la función de ancila de la historia matria. Esta, según opiniones generalizadas, ejerce bien el papel de sierva de las otras maneras de historiar y de otros modos de aprehender la vida humana. Por dar respuestas a muchas interrogaciones de las ciencias sociales, según Chaunu, la microhistoria "es útil en el sentido más noble y al mismo tiempo el más concreto". Para el his­toriador francés, la ciencia microhistórica, sobre todo si sigue el sen­dero cuantitativo, se convierte en la "investigación básica de las ciencias y las técnicas sociales", el ama de llaves de economistas, demógrafos, politólogos, antropólogos e incluso de historiadores de espacios más anchos que el del terruño.

La microhistoria no padece por falta de defensores oriundos de las ciencias sociales. Abundan los abogados de fuera y de casa aunque éstos debieran ser más pues en pocos lugares como México las disciplinas del pasado interesan a muchos. Los libros microhistóricos tienen ya una abundante clientela en la comuni­dad de los científicos sociales, sólo superada por el atractivo que ejercen en el público común, en el pueblo raso. La rama microhistórica del saber histórico es todavía más lectura popular que sabia, más alimento de legos que de colegas, pero ese es otro cuento. Para la presente ponencia ya es hora de

 

LA CONCLUSIÓN

 

o epílogo. El tiempo no da para más, pide un hasta aquí. Sería pa­sarse de la raya si nos detuviéramos a estudiar el interés legítimo del lector lego en la microhistoria. Un exceso mayor sería el de de­tenerse en los efectos prácticos del relato microhistórico. Lo único que cabe para concluir es poner en pocas palabras lo dicho deshilvanadamente en tres términos: terruño, microhistoria y cien­cia social. Todo lo restante es ripio y cura en salud.

De las instancias que utiliza el mexicano en su presentación (nombre propio, apellido familia, la matria o el terruño donde na­ció, la región que lo engloba, la entidad federativa o la patria) aquí hemos esbozado la del terruño, que podría llamarse matria pero que ordinariamente se denomina patria chica, parroquia, munici­pio y tierra. El terruño es dueño de un espacio corto y un tiempo largo. El común en la República Mexicana empieza en el siglo XVI con la política de congregaciones indias y la fundación de comuni­dades españolas. Se trata de pocos kilómetros de superficie, mu­chos años y poca gente. Las personas que ocupan sucesivamente un terruño se conocen entre sí. La lucha de clases suele ser mínima y la de familias máxima. Las relaciones con el territorio propio tien­den a ser amorosas, con las comunas vecinas, de lucha, y con la ciudad próxima, de ocios y negocios. Diez, doce o quince de estas mini comunidades confluyen generalmente en una ciudad merca­do, cabeza de una región. En lo cultural, cada terruño maneja un haz de prejuicios que rigen desde la mesa hasta el altar, pasando por un código de honor, una cosmovisión, un andadito y una ma­nera de hacer arte.

El espejo obvio del terruño es la microhistoria que hasta fe­chas recientes fue ejercida por aficionados de memoria excepcional que la comunicaban de viva voz en forma un tanto difusa y mítica. Como quiera, en algunas comunidades se practicaba la crónica es­crita desde el siglo XIX, y por excepción en la época novohispana. Varios terruños o parroquias de México han conseguido reciente­mente tener relatos microhistóricos plenos de dignidad científica y de valor artístico. La nueva microhistoria indaga los avatares de un terruño desde su fundación hasta el presente. Pregunta por los su­cesivos actores y acciones de la minicomunidad. Toma muy en se­rio la geografía, los modos de producción y los frutos del munici­pio. Le da mucha importancia a los lazos de parentesco y demás aspectos de la organización social. Destaca los valores culturales de los distintos tiempos. Se asoma a la vida del pequeño mundo al través de multitud de reliquias y testimonios. Ve, escucha y lee con sentido crítico. Hace serios esfuer­zos de comprensión. Le importan poco las relaciones causales y no dis­fraza el habla corriente con terminajos a la moda. Le vendría bien la expresión audiovisual del cine y la tele.

La microhistoria es la menuda sabiduría que no sólo sirve a los sa­bios campanudos. Es principalmente autosapiencia popular que hace libres a las minisociedades, y les ayuda al cambio en un sentido de mejoría; proporciona viejas fórmulas de buen vivir a los moralistas; procura salud a los golpeados por el ajetreo, y ha venido a ser recientemente sierva o ancila de las ciencias sistemáticas de la sociedad: destruye falsas generalizaciones y per­mite hacer generalizaciones válidas a los científicos sociales. Y por todas las virtudes anteriores, la práctica de la microhistoria bien vale el vaso de un buen vino que pedía Berceo, justifica suficiente­mente una ocupación académica, un acomodo susceptible de atraer lucros menores, de subir sin prisas en el mundillo universitario y de conquistar fama en el breve contorno de la propia tierra, en el cenáculo de familias y amigos, en la querida tierruca.