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MEMORIA Y TRADICIÓN QUIROGUIANA

EN SANTA FE DE LA LAGUNA

Juan Carlos Cortés Máximo

Instituto de Investigaciones Históricas

Universidad Michoacana

 

Santa Fe de la Laguna es un pueblo rico en cultura, donde el patrimonio material y la oralidad son fuentes de saber harto valoradas, de tal modo que durante siglos han servido como referentes para determinar la organización política, social y geográfica de la comunidad. Además de asegurar un lugar especial en la memoria de la colectividad a Tata Vasco, fundador del pueblo-hospital. Así, el pasado y el presente se entrelazan con un hilo muy sutil, el de la palabra, que en la comunidad se convierte en un lazo fuerte que sostiene y mantiene vigentes la memoria y tradición de su gente.

 

Al adentrarme en el estudio de la historia de mi pueblo pude reconocer, al igual que otros estudiosos, la necesidad de profundizar en el pasado, sobre todo en lo ocurrido años posteriores a la muerte de Tata Vasco, y más allá de lo que disponían las ordenanzas. Acerca de esto último, Benedict Warren sugiere que dichos ordenamientos en realidad pertenecieron al pueblo- hospital de Santa Fe de México, y que fue en el último cuarto del siglo ovni cuando el canónigo Juan Joseph Moreno añadió que dichas ordenanzas también se aplicaron en Santa Fe de la Laguna.

 

Dilucidar esa problemática implica y requiere otro género de fuentes, por lo que preferí ligar el pasado y presente del pueblo, a través del estudio de ciertos relatos orales, y lo que éstos refieren respecto al patrimonio material. Con esta idea comencé a darle un sentido particular a las pláticas de los abuelos, y en ellas encontré la explicación a algunos cuestionamientos muy básicos, tal vez, pero relevantes para Santa Fe, como la justificación de la extensión de tierra que constituye el área geográfica de la comunidad. Así pues, sobre este y otros temas hablaré más adelante, pero para adentrarnos en ellos, en primer lugar, tocaré de forma breve la faceta prehispánica de nuestros ancestros «chichimecas». Luego me centraré en el pueblo-hospital; por un lado, en función de ciertos testimonios orales que perviven en la memoria de los «Santa Fe de la Laguna anapuecha», y por el otro, de acuerdo a la literatura histórica.

 

Es común que la gente adulta utilice el término «apachecha» para referirse a los antiguos habitantes de Ueamuo centro político v ceremonial donde se asentó Sicuirancha, líder de los chichimecas uacúsecha, que huía de los habitantes de Naranjan, tras haber recuperado a su dios Curicaueri, arrebatado por los zizambanecha. Los descendientes de ese jefe chichimeca, Paucume, Uapeani y, Curatame, y los hijos de éste, Uapeani y Paucume permanecieron en aquel lugar. El asentamiento de estos «jefes chichimecas» por cinco generaciones demuestra por sí mismo la importancia del centro ceremonial. Hoy día aún podemos ver evidencias de dicha presencia, a través de las amplias terrazas existentes, mandadas construir por ellos mismos. Igualmente, algunos comuneros han encontrado puntas de obsidiana en la parte noroeste del pequeño volcán, también llamado Ueamuo, prueba fehaciente de que ese grupo hacía recorridos en esa dirección para cazar venados. Hace va algunos años, una familia de alfareros que acostumbra extraer arcilla alrededor del sitio pre­hispánico, encontró lo que al parecer fue el entierro y la ofrenda funeraria de algún jefe chichimeca. En esa excavación, los artesanos encontraron collares (uekachakuecha), orejeras (tirintikuecha), además de restos óseos. Es probable que haya sido la tumba de Sicuirancha y/o Curatame, pues la Relación de Mi­choacán relata que fueron enterrados en Ueamuo «al pie del cu».

 

Con motivo de los augurios que anunciaban la llegada de gente nueva al territorio tarasco, el Zuanga Irecha rememoraba que Ueamuo había sido la «primera morada», en alusión a que sus ancestros habían habitado allí. Cuando los castellanos arribaron a Tzintzuntzan, aquel sitio se encontraba deshabitado desde hacía muchos años. Poco después del arribo de conquistadores y evangelizadores, el panorama que imperaba entre los tarascos era el siguiente: se continuaba adorando a los antiguos dioses; no habían dejado la poligamia, ni la embriaguez, muy por el contrario robaban y, privaban de la vida a los españoles. Para enmendar esta realidad, los religiosos castigaban la rebeldía con azotes, pero esto último, en vez de ayudar a la pacificación y conversión, agravaba el ambiente, por lo que los indios preferían escabullirse y refugiarse en los cerros. La Segunda Audiencia de México, enterada de dicho escenario, consideró que lo más conveniente era enviar a Vasco de Quiroga como « juez visitador» para que procediera a realizar lo mismo que en México, de lo cual se obtenía va buenos resultados evangelizadores.

 

Así que Quiroga se trasladó a Tzintzuntzan, capital del antiguo Irechekua (señorío), y, de inmediato entabló conversación con el gobernador Pedro Cuinieréngari y otros principales, para expresarles su apoyo procurando defenderlos de las injusticias v asegurando su bienestar, claro, siempre y cuando rindieran obediencia a los rever españoles, y, ello implicaba entre otros asuntos abandonar el culto a sus antiguos dioses y que los hombres se casaran con una sola mujer. Después de algunas pláticas Tata Vasco logró convencerlo, además de conseguir que se le donara una fracción de tierra para construir el pueblo-hospital.

 

Las tierras que Cuinirengari donó para constituir el Pueblo-Hospital estaban cerca de Ueamuo. De acuerdo a Benedict Warren dicha institución fue fundada el 14 de septiembre de 1533, día de la exaltación de la Santa Cruz. Se dice que en un principio había cierta resistencia por parte de los tarascos para acudir al recinto hospitalario. La tradición oral refiere que:

 

«Tata Vasco tocaba la campana para que los indios localizados en la altiplanicie, en dirección al cerro del Tzirate, asistieran al Hos­pital. Fue tal la negativa de los p'urhépecha de asentarse donde se encontraba el recinto hospitalario, que ese grupo prefirió quedarse en la parte alta del pueblo que hoy conocemos como Santa Fe Chiquito, o bien como Kalakua anapuecha (los de arriba)».

 

En la actualidad varias familias viven en «Santa Fe Chiquito», el cual forma el barrio de San Pedro Tatzepari, pero no tiene continuidad territorial con el de San Pedro Urhepati, donde se ubica la capilla. Alfonso Gortaire sostiene, a manera de hipótesis, que dicha sección de habitantes «es de conformación posterior al conjunto del pueblo». Desconozco los motivos por los cuales ese grupo poblacional se encuentra apartado de su matriz original; lo único que puedo decir es que desde principios del siglo XX, más allá de «Santa Fe Chiquito», había familias asentadas en forma dispersa en el paraje denominado Uérhatiru. No fue sino hasta la primera década del siglo 1t, que los jefes de familia cambiaron su lugar de residencia, pasando de la altiplanicie al núcleo donde se encontraba -y se ubica- la mayor parte de la población.

 

El pueblo de Santa Fe se compone del barrio de San Pedro, ya mencionado, el de San Juan, San Sebastián y el de Santo Tomás, los cuales a su vez se dividen en Urhepati (el primero) y Tatzepari (el de atrás). Cada barrio cuenta con su respectiva capilla, entre los cuales destaca el último, por el detalle de su fachada en cuya parte superior se observa una especie de «florero» rodeado con seis conchas. Actualmente la comunidad mantiene la organización cívica y religiosa, a través de estos barrios, gracias a la protección y defensa que realizó Tata Vasco a favor del pueblo-hospital. Para mostrar esto último, basta mencionar como ejemplo la fiesta en honor al «Señor de la Exaltación». Al acercarse la fiesta más importante (el 14 de septiembre), cada uno de los «consejos de barrio» y sus integrantes se reúnen para determinar el monto de cooperación para la banda de música que comienza a tocar el día 13 y que concluye el 15 del mes en cuestión. En dicha junta, los jefes de barrio, en compañía de los vecinos, acuerdan la cantidad que debe aportar cada cabeza de familia. Al término de la fiesta, v dos semanas después, buena parte del pueblo junto con el párroco, se trasladan hasta el cerro del Tzirate, donde se cree que apareció el Cristo. Sobre la aparición subsiste un relato que dice más o menos así:

 

«Un leñador sordomudo, oriundo de Tzintzuntzan, andaba en las faldas del Tzirate, cuando de pronto presintió que algo había sucedido cerca de donde leñaba; se dirigió al lugar y se encontró con un monolito de cantera. Inmediatamente descendió y se dirigió a Tzintzuntzan para comunicar a las autoridades lo que había encontrado. Sin embargo, como era sordomudo los habitantes no le entendían, pero ante la insistencia del leñador, se organizó una comitiva para acompañarlo. Cuando llegaron a ese lugar, se dieron cuenta de que la cantera tenía forma de cruz con un relieve apenas perceptible de la imagen de Cristo crucificado. Las personas que acudieron al lugar, lo pusieron en una carreta para llevárselo a su iglesia de Tzintzuntzan. Pero ¿cuál fue su sorpresa? Que precisamente en el cruce de caminos, una que va para Tzintzuntzan y otra para Santa Fe, se le desprendió una rueda por el peso del monolito. Una vez que la repararon, continuaron la marcha en la misma dirección, pero de nueva cuenta se le cayó. Ello ocurrió tres veces hasta que cambiaron el curso de la carreta por la vereda que conduce a Santa Fe. Cuando los tzintzuntzeños se dirigieron en dirección al Pueblo-Hospital, no volvió a caerse la rueda, muy por el contrario se sintió más ligera y descendió sin ningún problema. Y lo que en realidad sucedió fue que Tata Cristu no quería irse a la parroquia de Tzintzuntzan, sino quedarse en la iglesia de Santa Fe de la Laguna».

 

Con esta narración la comunidad se explica el origen y el culto que rinden al Señor de la Exaltación; es una tradición oral orientada a legitimar la presencia de «Tata Cristo» en la comunidad, atribuyendo que él mismo eligió quedarse en el templo de Santa Fe, mas no en Tzintzuntzan.

 

Así como este relato, se cuenta otro que expresa memoria y gratitud a su fundador Tata Vasco. Se conserva la creencia de que las tierras que actualmente posee y disfruta la comunidad, fueron gestionadas por él. Con motivo de los pleitos que en diferentes momentos entabló Santa Fe con los de su vecino pueblo de Quiroga, antes llamada Cocupao, los abuelos narran que:

 

«Tata Vascu cedió algunas tierras a un apache (cacique indígena), que comandaba varias familias. En virtud a que estos indios andaban errantes y sin sitio donde asentarse, tata Vascu indicó al jefe chichimeca que lanzara su flecha con la ayuda de su arco por los cuatro puntos cardinales; la distancia que abarcó su flecha fue la tierra que correspondió a él y a su «tribu». El apache no lanzó a gran distancia, razón por la cual, los de Cocupao tienen poca tierra».

 

Hoy día, se aprecia una estatua en honor a aquel «cacique indígena» en la plaza principal de Quiroga. En efecto, el «apache» porta arco, flecha y mira hacia el suroeste, en dirección a la antigua «ciudad» de Tzintzuntzan, quizá indicando que de allí provenía su legitimidad política. Es una tradición oral encaminada a explicar la estrechez del territorio del pueblo de Quiroga y la amplitud de terrenos del pueblo-hospital. Históricamente ambos poblados han tenido problemas limítrofes, a causa de la apropiación y usurpación de tierras por los habitantes de Cocupao. Por ejemplo, hacia 1789 sostuvieron pleito por unas fracciones que los de Cocupao se habían apropiado durante «mucho tiempo de mala fe». Las diferencias entre dichos pueblos databan de 1778 cuando el último solicitó amojonar sus terrenos. De este hecho fue enterado el cura-rector, quien respondió que antes de proceder, se reconocieran las mojoneras del espacio territorial que pertenecía al pueblo-hospital de acuerdo con un mapa elaborado en el siglo XVI.

 

Monumento a don Vasco de Quiroga en la Huatapera de Santa Fe de la Laguna.

Así, para final del siglo XVIII, se calificaba a la república de indios como «Pueblo y hospital de Santa Fe de la Laguna»; «Pueblo» que indicaba el goce del cabildo indio y disfrute de terrenos propios reconocidos por el rey mediante cédulas reales, y «hospital» que recordaba y refrendaba la institución fundada por Tata Vasco. Más tarde, con motivo de la aplicación de ley de reparto expedida en Michoacán en 1851, los principales de la comunidad enviaron un escrito al Congreso del estado, en el cual recordaban que el patrimonio comunal había sido donado por el gobernador Pedro Cuinieréngari y el obispo Vasco de Quiroga. Esto último, signo de que la colectividad mantenía -y aún mantiene- viva la tradición de Tata Vasco como fundador y benefactor del pueblo-hospital.

 

Para refrendar el vivo recuerdo y la acción que realizó Tata Vasco, los indígenas mandaron realizar un retrato de él, muy probablemente a principios del siglo XVIII, el cual se conserva en uno de los salones ubicados al lado izquierdo de la capilla del hospital. Es probable que dicho cuadro se haya mandado pintar en el contexto de lucha que las autoridades libraron en defensa de su jurisdicción territorial. En el último cuarto del siglo en cuestión, Joseph Moreno sostenía que la imagen del obispo Quiroga conservada en el Hospital era una forma de patentizar la memoria y veneración que guardaba la comunidad. Igualmente, la tradición oral atribuye que la sotana y silla episcopal que atesora la comunidad pertenecieron a él. La última reliquia está resguardada en una vitrina en cuya parte superior se observa su escudo de armas.

 

Como signo de gratitud por su labor en defensa y protección del pueblo-hospital, no hace más de 20 años las autoridades en turno, mandaron construir una estatua de cantera acompañado de una infante, que instalaron en el patio del recinto hospitalario; igualmente se realizó otra, acabada en bronce que fue colocada en medio de la pila que se encuentra en el centro de la plaza. Dichos monumentos, pero en especial el de Tata Vasco con la niña indígena, aluden la protección que concedió al pueblo p'urhépecha.

 

Es así que «Santa Fe de Michoacán» disfrutó el privilegio de contar con un territorio, que fue defendido por el cura-rector y por el cabildo catedral de Valladolid. No está de más recordar que el pueblo-hospital estuvo ceñido a dicha institución eclesiástica, por ejemplo, el gobernador, anualmente renovado, recibía las varas de autoridad por confirmación del cabildo catedral, y no del virrey como comúnmente sucedía con la mayoría de los pueblos indios michoacanos. Igualmente gozó de la prerrogativa de no pagar tributos, y de exentarse de la política de arrendamiento de sus tierras de comunidad ordenada por los Borbones a partir de 1786.

 

Pero, así como disfrutaba de privilegios, tenía obligaciones, por ejemplo cada año los p'urhépecha aportaban 150 ducados al rector del Colegio de San Nicolás, además de que cada semana enviaban indios para el servicio personal. Sobre este último punto, Moreno decía que cumplían con el servicio «puntualísimos», que aunque no fue instituido por Tata Vasco, ello era muestra del «respeto» v «amor», pues el colegio había sido fundado por él. El servicio personal se cumplía año tras año hasta que a principios del siglo XIX, nuestros ancestros, por conducto del gobernador Salvador Urbina, solicitaron al rector José Sito « Berdusco» , que en vez de enviar indios al servicio, pedían que se contratara a un mozo que se encargara de ello, para lo cual se comprometían a entregar al rector cuarenta pesos anuales. En efecto, así ocurrió y en adelante los de Santa Fe dejaron de prestar servicio al Colegio de San Nicolás.

 

Para concluir, uno de los legados de Tata Vasco a la actual Comunidad Indígena de Santa Fe de la Laguna es que aún se preserva la tradición entre las familias de ocupar el cargo de semaneros en el hospital. Cada semana asiste en forma alternada una pareja proveniente de los cuatro barrios. Estos cargueros, también llamados uréticha, generalmente jóvenes recién casados, se encargan de mantener aseado el interior del hospital por espacio de una semana, y de reno­var las flores a Nana Rosaria (Virgen del Rosario) y a Nana Uirhuxe (Virgen de Guadalupe). Cada viernes los uréticha, con ayuda de sus familias respectivas, preparan churipu kuruchu jinkuni (caldo de pescado), además de korundas (tamales), para ofrecerles a sus padrinos de matrimonio, pues son los encargados, al igual que los familiares que los acompañan, de llevar flores de diverso género para elaborar la «palma», que consiste en un arreglo de flores vistoso y colorido que se coloca al frente de las imágenes mencionadas. Anteriormente el adorno de la «palma» se hacía con plumas de varios colores, según lo narran los tata keriticha (abuelos honorables). El servicio religioso de los urhéticha finaliza el sábado por la mañana cuando se oficia misa, y al término de ella, sacan las imágenes en procesión por los corredores del hospital.