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La nueva masculinidad en la posmodernidad

Ericka Ivonne Cervantes Pacheco

El movimiento del hombre no se materializó jamás. El hombre

no se encuentra listo para responder a los reclamos que las mujeres

coercitivamente requieren, dichos cambios se dificultan más por que no

existe una guía cultural que les acompañe. (Sluzki, 2004)

 

La presente investigación es de tipo cualitativo. Pretende conocer el significado de los conceptos de hombre, padre, esposo e hijo en tres generaciones de hombres: adultos medios de 40-60 años, adultos entre 26-39 años y jóvenes entre 18-25 años; para la recolección de datos se utilizó la técnica de redes semánticas cuya aplicación fue a 100 sujetos hombres por generación. La muestra proviene de la población de alumnos, maestros y egresados de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Como técnica de verificabilidad se utilizaron grupos focales por generación. El  estudio de la masculinidad se relegó con respecto al de feminidad, históricamente parecía que había un mayor interés en rescatar la dignidad y valor femeninos que la condición del hombre permaneció anónima, se descuidó el estudio de la masculinidad paralelo a la transformación de la identidad femenina, epistemológicamente el enfoque sistémico sostiene que el movimiento de un sistema impulsará a otro. Se espera encontrar diferencias en la construcción de la identidad que cada generación ha hecho sobre la nueva masculinidad. Probablemente el nuevo ejercicio de la masculinidad, la paternidad, ser pareja e hijo tenga transformaciones que impacten la dinámica de las familias michoacanas y la estructura social.

Introducción

¿En qué condiciones se encuentra la familia en la actualidad? Muy probablemente usted se ha hecho preguntas como ésta ante el reto de la vida cotidiana, donde nos enfrentamos a una necesidad imperante de transformarnos para responder a las demandas económicas y sociales de la época. ¿Los roles de los hombres y las mujeres habrán cambiado? Dado que la configuración familiar se establece a partir de los modos de producción, históricamente el hombre ha ejercido diferentes roles, en la antigüedad cumplía funciones básicas de proveer los recursos  materiales, representando la figura de autoridad y poder monárquico dentro y fuera de la casa, tanto para la mujer como para los hijos; la función de la madre era someterse y acatar; así la familia tenía como tarea primordial formar hijos que acataran la autoridad del jefe de familia y del Jefe de Estado. En la modernidad y con el sistema económico capitalista, se requería de la capacitación especializada para el trabajo, que el hombre saliera de sus talleres instalados en las mismas casas para trabajar en las fábricas por largas jornadas, cediendo la concentración del poder en la figura de la madre, al menos dentro del hogar, situación que lo llevó a desconectarse de lo cotidiano, de la crianza de los hijos, tornándose un padre ausente. La familia moderna se organizó en torno a la madre, y su función era preparar a los hijos en cuanto a productores de riquezas; además de ser su sostén emocional y prodigar cuidados.

En la actualidad, y con el fenómeno de la globalización, se ha formalizado el ingreso de la mujer a la esfera pública (es decir al mundo laboral y educativo) y del hombre a la esfera privada (que significa participar de la crianza de los hijos y de las actividades domésticas, etc.), inclusive algunas veces se han invertido las funciones, la mujer se volvió proveedora y el hombre amo de la casa... la “liberación femenina” significó para el hombre la oportunidad de volver a ejercer un rol paterno comprometido emocionalmente, y al mismo tiempo para la mujer le significó un doble compromiso: su proyecto de vida personal y el cuidado de una familia, con todo el esfuerzo físico y psicológico que ello implica.

En este sentido, la función prioritaria de la familia posmoderna es la construcción de la autonomía e independencia de cada uno de sus miembros, cuyos roles familiares también se han modificado, todos pueden (o se han visto obligados a) llevar a cabo funciones catalogadas tradicionalmente tanto femeninas como masculinas. Esta nueva configuración familiar es producto de una transformación en la identidad de cada miembro; en particular, el hombre se enfrenta al reto de ejercer un rol más simétrico como esposo, y una paternidad comprometida, se encuentra ante la disyuntiva de perecer ante patrones heredados y rígidos de lo que significa ser hombre o construir nuevos andamiajes que le ayuden a desarrollar nuevas estrategias para afrontar las situaciones familiares y sociales.

Parecería que una propuesta para hallar un campo fértil para nuevos encuentros entre los géneros sería que tanto hombres como mujeres realicemos una valoración crítica del estado en que nos encontramos, y que podamos seguir avanzando en pos de vínculos más justos y equitativos para ambos. Dado que la incursión activa de la mujer en el campo laboral implicó no sólo su liberación económica sino su independencia y autonomía con respecto a la relación de poder y de pareja con el hombre. Entonces la construcción de una nueva identidad de género, tanto femenina como masculina, requiere de la ayuda y participación de ambos sexos, de la comprensión y tolerancia en la búsqueda de nuevos aprendizajes.

Investigación

Debido a que el tema de la masculinidad se relegó con respecto al de feminidad, porque históricamente parecía ser que había un mayor interés en rescatar la dignidad y el valor femeninos, (que por muchos años permanecieron en el anonimato hasta los años 60´s), se tornaba necesario investigar la condición actual del hombre, ya que se incurrió en el mismo error con respecto a la masculinidad: se descuidó el llevar a cabo estudios paralelos que reportaran qué acontecía con el hombre mientras la mujer transformaba su identidad; y si abordamos el tema de lo masculino desde un enfoque sistémico, el movimiento en uno de los sistemas forzosamente va a impactar a los otros.

De ahí la necesidad de conocer el estado de la identidad masculina en la población de Morelia y otros municipios del estado de Michoacán a través de la presente investigación, para aportar nuevos elementos de cuál es la dinámica y estructura de las familias michoacanas en función del género, información que puede impactar y trascender la práctica clínica de la terapia familiar y el quehacer en otros ámbitos, tales como la psicología social, la antropología y el mismo campo de la investigación.

Ante la observación de las nuevas configuraciones familiares, me preguntaba ¿qué significado tiene la masculinidad para el mismo hombre?, sobre todo en cuatro funciones que consideré como rectoras en su vida: el ser hombre, padre, esposo e hijo; en este momento histórico-social: la posmodernidad. Me preguntaba si habría un cambio en la concepción de lo que significa ser hombre, si el hombre habría construido una nueva identidad masculina.

En el primer acercamiento al estado del arte encontré que quienes se han interesado en el tema en México eran mujeres, que además las investigaciones sobre masculinidad eran aproximaciones teóricas, y en cuyos casos donde se había explorado con una metodología de la investigación aplicada y existía un trabajo de campo, los participantes eran mujeres. Entonces me interesó la percepción que tienen  los hombres sobre sí mismos a través de una investigación de tipo cualitativo, donde los participantes fueron hombres: estudiantes, maestros y egresados de la UMSNH,  tanto de licenciatura como de posgrado. En la primera fase de campo apliqué cien redes semánticas a tres generación de hombres,  las cuales estuvieron conformadas por los siguientes rangos de edad: 18-25; 26-39, y 40-65 años. Para lo cual desarrollé un instrumento donde se contestaba el significado de ser hombre, padre, esposo e hijo, con diez palabras por concepto, mismas que posteriormente eran jerarquizadas, otorgando el número uno a la palabra que más se acercaba al concepto en cuestión y el diez a la que menos representaba el concepto. Estas redes semánticas

 

fueron procesadas estadísticamente para encontrar las quince definidoras con mayor frecuencia por cada generación de hombres en cada rol descrito. En la segunda fase de la investigación realicé un grupo focal con hombres por cada una de las generaciones, con la finalidad de explorar los hallazgos de las redes semánticas y con ocer la narrativa dominante del grupo de iguales.

Epistemología

Hace más de medio siglo se registró la necesidad de establecer mecanismos epistemológicos y metodológicos que permitieran la construcción constante de una identidad masculina y femenina, así como alternativas discursivas que facilitaran una nueva expresión de la misma, el surgimiento de la incipiente terapia familiar en los años cincuentas figuró como la posibilidad de ser una nueva postura epistemológica que representaba la oportunidad de tener cambios sistémicos alcanzables y rápidos. La visión lineal e individual que ofrecían hasta entonces algunas posturas teóricas dentro del campo de la psicología comenzaban a ser insuficientes ante ciertas patologías, además el abuso de la prescripción psiquiátrica y la psicofarmacología como única alternativa terapéutica se quedaban cortos con respecto a las demandas originadas de los movimientos sistémicos familiares, sociales e históricos. La posmodernidad nace a principios del siglo XX como un movimiento histórico-social que desafiaba al positivismo estructurante de la modernidad, partiendo del Principio de Incertidumbre propuesto por Heisenberg (1932) donde el efecto no sigue necesariamente a la causa, y ofrece la posibilidad de incluir múltiples formas de mirar la realidad, de circunscribir las historias, los personajes, los lenguajes... la inclusión y la pluralidad. No es ajeno que en el movimiento posmoderno de lo familiar nos refiramos a contextos relacionales (Linares, 1996) o de redes sociales (Sluzki, 2002), a través de dos vías que marchan paralelas: una construcción social de la realidad (socioconstruccionismo) y una construcción de significados internos (constructivismo) que a su vez se entretejen y conjugan en la formación de la identidad y la narrativa dominante.

El constructivismo nace en la década de 1980 privilegiando al lenguaje como una capacidad por medio de la cual el individuo crea las realidades en las que vive, mismas que son construidas a partir del significado que se adjudique a los constructos personales (cuyo antecedente teórico reside en la psicología cognitiva).

Neimeyer y Mahoney (1998) observan que la evolución constructivista se centra en identificar y reformular las metáforas centrales que constituyen la narrativa personal del hombre y sus sistemas de significados personales y compartidos, que resultan impermeables frente a las experiencias nuevas de esta posmodernidad. Sin embargo, en la década de 1990 el construccionismo social plantea que el sujeto observador construye activamente el conocimiento del mundo externo en un contexto social dado a través de sus estructuras, básicamente de poder, y que el lenguaje simplemente transmite esa condición social, lo que desvanece la idea de tener un conocimiento “verdadero” sobre la realidad. De ese modo, surge la narrativa, como una noción que aglutina historias en común, compartidas por la familia y por los grupos sociales; inscribiendo a las terapias sistémicas dentro del construccionismo social que define a la realidad como acuerdos narrativos co-organizados en conversaciones.

La realidad que vive cada persona se basa en acuerdos, en consensos. Los constructos de hombre, padre, esposo e hijo que el mismo hombre ha edificado, responden al axioma principal del constructivismo: “su esencia de pensamiento es la noción de que las construcciones personales del entendimiento están limitadas por el medio social, es decir, el contexto del lenguaje compartido y los sistemas de significados que se desarrollan y persisten y evolucionan a lo largo del tiempo”. Así mismo, la psicología narrativa aporta el vehículo que expresa las construcciones y descripciones que las personas hacen de la experiencia a través del discurso dominante, el cual puede estar basado en la dominación, el poder, la destrucción y la opresión; o por otro lado, la narrativa podría de-construirse y construirse en un nuevo discurso liberador de la opresión que incluya el amor en un complejo de conductas y sentimientos reparadores que impliquen la confirmación, el reconocimiento y la valoración; constituyendo un desafío que, en palabras de Linares (1996), implicarían el ejercicio de la terapia familiar más allá del posmodernismo.

Aun cuando la construcción de una nueva identidad masculina en el marco de la posmodernidad implique un diálogo con el pasado, con su concepción y significado histórico, el hombre tiene la capacidad de redefinir el pasado, la historia misma y construir un presente con significados distintos en un universo relacional nutricio. Sluzki (2002) propone que la red social personal puede ser definida como la suma de las relaciones que un individuo percibe como significativas o define como diferenciadas de la masa anónima de la sociedad. Esta red corresponde al nicho interpersonal de la persona, y contribuye substancialmente a su propio reconocimiento como individuo y a su imagen de sí. Constituye una de las claves centrales de la experiencia individual de identidad, bienestar, competencia y protagonismo o autoría, incluyendo los hábitos de cuidado de salud y la capacidad de adaptación en una crisis.

Resultados

Aún cuando los resultados se encuentran en proceso, podría reportar que los datos arrojados en las redes semánticas expresan una concepción idealizada de lo que significa ser hombre, padre, esposo e hijo. Básicamente se encuentran definidoras como responsable, trabajador, amigo, honesto, amor, amoroso, inteligente, amable, compañero, cariñoso, etc. Los aspectos que tradicionalmente definirían a estos roles básicos no figuraron en las definidoras, palabras tales como machismo, proveedor, autoridad, poder, guía, infidelidad, etc., fueron mencionadas minoritariamente. Palabras que reflejarían una conceptualización diferente o real de la masculinidad no aparecen en las definidoras, por ejemplo: emociones, sentimientos, cambio, dudas, reflexiones, dolor, etc., De los grupos focales el análisis del discurso sugiere que en realidad la identidad masculina ha tenido una transformación aparente, los hombres jóvenes entre 18 y 25 años siguen pensando en ser jefes de familia, proveedores y sustentadores primarios de ella, han heredado pautas transgeneracionales de lo que significa ser hombre de su propio padre, abuelo o de las figuras masculinas significativas. Entre los hombres que se encuentran entre los 26 y 39 años se observó una marcada tendencia a no contestar la red semántica, sin embargo al acudir a los grupos focales manifestaron la necesidad de un espacio de diálogo entre iguales, así como la creencia firme de que en la actualidad el hombre tienen un proyecto de vida diferente de ser esposo o padre, parece que da prioridad a proyectos de vida personales, tales como la realización personal, profesional, o académica; sin embargo, lo subyacente es que ante el temor de asumir un compromiso como esposo, está decidiendo no casarse, 9 de cada 10 permanece soltero y sólo algunos están decidiendo tener hijos en este rango de edad. También se encontró que el reconocimiento del hombre a la capacidad femenina es para ellos la llave maestra que abre a la mujer un espacio al dominio público. El hombre de esta generación está ejerciendo el derecho a decidir sobre la paternidad, no obstante que al no ser conciente de sus temores lo hace más como un mecanismo de defensa que como un proyecto de vida planificado, ya que se aprecia un doble discurso: por una parte, expresa mayor conciencia de la equidad de género y, por otro lado, el temor ante la incapacidad de hacerse cargo de otros que no sea él mismo. Parece ser la generación que transita a una nueva concepción de la identidad masculina con una escisión marcada de los afectos...en preponderancia con el raciocinio.

De la generación de hombres entre los 40 y 65 años se encontró que la narrativa dominante del grupo focal confirma que a partir de la historia personal y de los aprendizajes sociales el hombre ha construido un significado de lo que implica ser hombre. Además por ser la generación que ha presenciado los cambios sociales más importantes que se dieron a partir de los años 60 con el movimiento feminista y los pacifistas, resaltan la dificultad que han tenido para construir esos andamiajes que les permitan ser hijos presentes y comprometidos con unos padres ya ancianos y dependientes en muchos de los casos, esposos más afectivos y padres que enseñan, guían y expresan los afectos. El mayor reto ha consistido en ser libres de expresarse de manera distinta ante sus grupos de iguales, por lo cual concluían que la nueva masculinidad no es un cambio uniforme, ni abierto; y que para algunos ha costado aprender a través de situaciones complejas como la muerte de un ser querido o el divorcio.

Conclusiones Parciales

 

Los sectores de la sociedad que tienen acceso a la educación académica formal y que tienen familias con un esquema posmoderno muestran posibilidades de una transformación, ya que en otros estratos sociales y otras formas familiares, aún se observan características premodernas con otras en transición a la modernidad Como ejemplo menciono a la violencia que se ejerce dentro de la familia, al abuso de poder y autoridad. Sin embargo, las categorías que se construyeron en función de los rasgos observados en los participantes son el grupo de los tradicionales, dado que son hombres que aún conservan actitudes y discursos de poder, dominio y exaltación de los valores masculinos. En este grupo los cambios en la construcción de la identidad masculina han sido desde la cibernética de primer orden, pareciera que desde los postulados teóricos estuviéramos frente a un hombre totalmente transformado; sin embargo los cambios de segundo orden, de estructura, aún no han llegado, el machismo ha adquirido una expresión sutil y elegante de convivir con la posmodernidad. Otra categoría corresponde al grupo en transformación, porque se encuentran debatiendo en dejar actitudes tradicionales pero que aún no consiguen nuevas plataformas para afrontar las demandas personales, familiares, sociales y económicas posmodernas; son hombres que  también se viven confundidos. Y la última categoría de análisis es la del grupo de la nueva masculinidad, que corresponde a hombres que han alcanzado una serie de recursos que les permiten reflexionar sobre sí mismos, sentir y expresar los afectos, hablar de sus limitaciones, resolver problemáticas con una mayor eficacia y sin autoexigencias, dejar patrones de comportamiento que responden únicamente a demandas sociales impuestas, etcétera; todo ello sin la sombra que amenaza su identidad masculina.

La posmodernidad ofrece la posibilidad de una nueva construcción de significados personales y sociales; los estudios de género que corresponden a la Nueva Masculinidad, (iniciados en la década de los 80’s), se perfilan como una tendencia más abarcadora e incluyente a través del estudio sobre la construcción de la subjetividad masculina, coadyuvando a rescatar el aspecto relacional de la masculinidad y la feminidad, como un fenómeno sistémico, dado que los vínculos basados en la desigualdad y el poder no podrían seguir siendo funcionales para el bienestar de la familia.

Referencias

 

Burin, M. y Meler, I. Varones, Género y Subjetividad Masculina,Buenos Aires: Paidós; 2000.

Burin, M. y Bleichmar, D. E. Género, psicoanálisis, subjetividad. Buenos Aires: Paidós; 1996.

Foucault, M. Historia de la Sexualidad, México: Fondo de Cultura Económica;1980.

Hoffman, L. Fundamentos de la terapia familiar, México: Fondo de Cultura Económica; 1987

Neimeyer, R. y Mahoney, M. Constructivismo en psicoterapia, Buenos Aires: Paidós; 1998.

Linares, J. L. Identidad y narrativa, la terapia familiar en la práctica clínica, Barcelona: Paidós; 1996.

Sluzki, E. C. La red social: frontera de la práctica sistémica, Barcelona: Gedisa; 2002. Sluzki, E. C. La crisis de la masculinidad y de la feminidad: una perspectiva evolutiva. Psicoterapia y familia, Revista de la Asociación Mexicana de Terapia Familiar, México, 2004;17(1): 3-17.

 

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