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España
en el Imaginario Mexicano: el Choque del Exilio Tomás Pérez
Vejo Universidad Autónoma del Estado
de Morelos INTRODUCCIÓN:
OTRAS HISTORIAS En
la primavera del año 1939, inmediatamente después del hundimiento del frente
catalán, la prensa mexicana comenzó a hacerse eco de la posibilidad de que un
numeroso grupo de republicanos españoles pudieran encontrar asilo en el país.
La historia posterior es de sobra conocida. Gracias en gran parte al interés
personal de presidente Lázaro Cárdenas, México se convirtió en el principal
refugio de los transterrados "iberos", por utilizar un adjetivo que
fue el habitual en la prensa mexicana del momento, tanto desde un punto de vista
cuantitativo como cualitativo. La
importancia de esta especie de segunda "conquista", ahora de
intelectuales catalanes y madrileños (la mayoría de los aproximadamente 25,000
exiliados republicanos que llegaron a México provenían de estas dos regiones)1
y no de porquerizos extremeños (la mayoría de los conquistadores no provenía
de Extremadura, ni menos eran porquerizos, pero así lo quiere la leyenda), ha
sido glosada una y otra vez hasta llegar a convertirse en una especie de mito
historiográfico, que, como buen mito, aúna todos los ingredientes de una
novela ejemplar: de la generosidad del pueblo mexicano con la España peregrina
a la aportación, amor con amor se paga, de los intelectuales españoles a su
nueva patria de adopción; sin olvidar esa idea, todavía más peregrina, de México
como el lugar donde se habría conservado la llama de la España republicana
tras la caída de Madrid. Los
mitos, como ya afirmara Durkheim, son sólo mitos. No son ni falsos ni
verdaderos. Pero, en muchos casos, tienden a resaltar lo accesorio, ocultando lo
importante. Y en este caso, lo importante, desde la perspectiva de la larga
duración histórica, es que el exilio español en México no es un hecho
aislado. Se incluye en el enrevesado y fascinante proceso de las relaciones México-España,
o más precisamente de México (y un mexicano escribirá siempre México y no Méjico
y es todo menos un problema gramatical) con España, o incluso de México con su
propia historia. Unas relaciones que han sido, sin duda alguna, las más
conflictivas que ninguna de las repúblicas surgidas en los territorios de la
vieja Monarquía española ha mantenido con la antigua metrópoli, sino es que
todavía lo siguen siendo. El exilio español en México es sobre todo, y al
margen del drama personal de los exiliados, no mayor por otra parte que el de
los miles de emigrantes del norte de España que desde mediados del siglo XIX
cruzaron el Atlántico en busca de un futuro mejor en tierras mexicana s, un capítulo
más, obviamente no el menos importante, de esas complejas relaciones. No es por
lo tanto un episodio aislado, se en marca en un largo proceso que se venía
arrastrando desde la Guerra de Independencia, especialmente sangrienta en México,
y que tuvo su origen a fines de la colonia. Proceso que va a determinar la
manera en que son vistos los exiliado, mientras que, por su parte, el exilio
modificará la percepción que de los españoles había construido el imaginario
mexicano a lo largo de los dos siglos anteriores. Lo
que me propongo en este artículo es intentar clarificar el complejo mundo de
referencias y significados simbólicos al que los exiliados, casi seguro que
sin ser conscientes de ello, tuvieron que enfrentarse y, paralelamente, sus
aportaciones y modificaciones a este universo simbólico que es la imagen de
España en México. Antes
de seguir adelante quizás sea necesario precisar y matizar algunos de los
"a prioris" en los que descansa el mito del exilio republicano. El
primero, previo al exilio, tiene que ver con la idea de una sociedad mexicana
clara y mayoritariamente favorable a los republicanos durante la Guerra Civil
española, confundiendo así el claro posicionamiento del gobierno cardenista
con el de una opinión pública mexicana bastante menos unánime en sus apoyos a
uno u otro bando. La Guerra Civil dividió a la sociedad mexicana, lo mismo que
la Revolución Mexicana había dividido a la española (en las elecciones españolas
de 1933, por ejemplo, la CEDA puso en circulación un cártel en el que se
representaba el mapa de España atravesado por tres puñales, la masonería, el
socialismo y el separatismo; una línea roja atravesaba por el centro del mapa
uniendo México con Moscú), y la postura del gobierno de Lázaro Cárdenas era
apoyada sólo por un sector muy delimitado de la población mexicana. Los
grandes periódicos de la época, como por ejemplo El Excelsior y El Universal,
mantienen planteamientos mucho más ambiguos, cuando no explícitamente
favorables a los franquistas. En general la moderada línea editorial comparte páginas
de opinión con artículos que son auténticos panfletos contra la
"barbarie roja". Eso sí, con el debido respeto al señor presidente,
no olvidemos que, también al margen del mito cardenista, estamos ante un régimen
autoritario en el que la figura del máximo dignatario de la Nación era
intocable. El tono pro franquista de los artículos de opinión habituales en
estos grandes periódicos queda perfectamente reflejado, es sólo un ejemplo
entre muchos, en lo escrito por Alfonso Junco en El Universal del 27 de mayo de
1939: ¿Por
qué surgió la guerra? Ante
la invasión del bolchevismo en España [...]; ante el desenfreno de
incendiarios y asesinos bajo la complicidad o impotencia del gobierno; ante el
caos social que despedazaba todo derecho, toda garantía, toda dignidad, toda
eficaz defensa por vías legales, brotó la insurrección de un pueblo resuelto
a vivir. Ya vivir con honor. No
se hable de legalidad. Disputable la del gobierno aquel -negada con jurídicas
razones por constitucionalistas de la talla de Herrera y Lasso-, hay un hecho
evidente. ¿No fue ilegal la pavorosa revolución de octubre en Asturias? ¿Y cómo
los que moral o aún materialmente estuvieron con ella, venían después a
alarmarse ante la ilegalidad del levantamiento nacional? Y
otra evidencia: no se recataron los que entonces disfrutaban el mando, para
decir que si lo perdían en las siguientes elecciones, lo recuperarían arrebatándolo
por la fuerza. ¿Con qué cara pueden hablar de legalidad? [...]. Militares
ilustres encabezaron una empresa bélica: nada más natural. Pero es yerro o
falacia difundir que sólo el militarismo acometía la empresa. No
eran militarotes los admirables muchachos de Falange, ni los Requetés, ni las
Juventudes Obreras [...]. A mí me parece natural en todo hombre recto –no
digamos en todo cristiano-, una actitud de admiración y simpatía para quien ha
limpiado de carroña bolchevique su patria.2 Difícilmente
puede encontrarse un texto más afín a las tesis franquistas. Podría haber
sido incluido en cualquiera de los periódicos del bando nacional publicados en
España por esas mismas fechas. El tono, los argumentos..., todo resulta
familiar. Errores
de apreciación sobre el carácter de la guerra en España -especialmente el
error de admitir que el pueblo estaba del lado de los rojos- impidió que usted
ejerciera una misión que le correspondía como jefe de una nación y como líder
demócrata. ¿Qué
va usted a hacer, C. Presidente, después de haberse negado [...] a aceptar las
victorias del nacimiento español y las causas raciales, políticas y
espirituales que las han hecho posibles?3 Precisar
la postura de la sociedad mexicana ante la Guerra Civil española es importante
porque pone en cuestión la imagen, aceptada habitualmente, de una solidaridad
inmediata de México con los derrotados republicanos, a los que previamente habría
apoyado de manera incondicional durante la contienda. La realidad es más
matizada y muchos sectores mexicanos mostraron, por el contrario y como se ha
visto, una activa solidaridad con los alzados contra el gobierno de la República. Los
otros tres "a prioris" tienen que ver ya con el exilio propiamente
dicho. El primero con la forma en que los exiliados españoles fueron recibidos
en México. En esta especie de leyenda áurea, de hagiografía políticamente
correcta, pareciera que la sociedad mexicana recibió con unánime complacencia
la llegada de los republicanos españoles, cuando la realidad fue muy otra y las
posturas de rechazo, por motivos económicos y políticos principalmente,
bastante habituales. Sólo
los periódicos cercanos al gobierno, como El Nacional, se mostraron claramente
favorables, argumentando, desde razones jurídicas (el derecho de asilo como
derecho milenario), hasta el peligro que corrían los republicanos españoles de
ser fusilados en caso de ser devueltos a la España de Franco. Para
el resto de la Prensa, y El Universal podría ser un buen ejemplo, la facilidad
con que se estaba aceptando a los exiliados españoles era peor que una
inconveniencia, era un error. Un error primeramente económico, ni la
agricultura, ni la industria, ni las actividades terciarias mexicanas tenían
capacidad suficiente para absorber tan importante número de trabajadores, máxime
con la repatriación de obreros mexicanos que en ese momento se estaba
produciendo desde los Estados Unidos. Pero no era sólo un error económico, y
posiblemente ni siquiera el error más importante, era también un error político.
Los exiliados, agitadores profesionales en su mayoría (y me estoy refiriendo a
las afirmaciones de la prensa conservadora), podrían interferir negativamente
en la, en esos momentos, precaria paz social de los mexicanos. Para
este periódico la necesidad de oponerse a que se aceptas e la entrada de
exiliado s republicanos era tan fuerte que, en contra de su declarada
hispanofilia anterior, recurrirá, incluso, a la utilización de una imagen
fuertemente negativa de éstos. No sólo eran peligrosos agitadores sociales,
sino también agresivos vándalos, sin ningún respeto por las normas sociales,
escoria social dispersada por la guerra: Veamos,
pues, y en primerísimo término, que calidades adornan a los sujetos
actualmente refugiados en Francia [...]. Tal información, precisa, irrecusable,
la encontramos en los periódicos franceses de las últimas semanas. Del
27 de enero al 12 de febrero, 400.000 individuos franquearon la línea de los
Pirineos [...], Francia pudo haberles cerrado su frontera, empleando para ello
la fuerza militar; por humanidad no lo hizo, Antes bien, echó mano de los
recursos necesarios para alojar, alimentar y fumigar a aquella enorme y doliente
caravana, ¿Y cual ha sido el pago que ha recibido y está recibiendo Francia
por parte de los propios beneficiados? [...]. No han tenido respeto para sus
huéspedes ni han respetado la propiedad [...]. Los jardines eran saqueados, las
sementeras destruidas, las cepas de las viñas arrancadas para hacer fuego
[...], Ninguna ayuda, por lo demás, para cooperar con el personal que los
sirve [...]. "Dondequiera que han estado los españoles -reitera 'L'llIustration'- todo quedó en un inimaginable estado de porquería, lleno de
latas vacías, de andrajos, de vidrios rotos, de desechos de toda especie, de
nauseabunda inmundicia. Fueron los soldados franceses quienes se encargaron de
la repulsiva tarea de limpiar, en tanto que no lejos de allí, en Bourg-Madame,
30.000 desertores españoles holgaban, fumaban, tocaban la guitarra, discutían
de política, insultaban a los franceses, y escupían al paso de nuestros
soldados."4 La
imagen es dantesca y como para quitar a sus lectores cualquier veleidad
favorable hacia el exilio republicano. Pero
no sólo la prensa mostró su desacuerdo con la autorización dada por el
gobierno de Lázaro Cárdenas a la llegada de los exiliados. Hubo también una
cierta oposición social, importante si consideramos las condiciones políticas
del México del momento. Oposición que quedó reflejada en la organización de
manifestaciones de rechazo, distribución de panfletos en contra de los
refugiados o posicionamiento s explícitos de algunas instituciones. Fue el
caso, entre otros, de la Confederación de Cámaras de Comercio e Industria, que
el También
fue el caso del Partido Nacional de Salvación Pública (una de las múltiples
agrupaciones políticas que el Partido de la Revolución Mexicana toleró para
mantener las apariencias democráticas), que, en una nota enviada a la prensa
e12 de abril de 1939, repite prácticamente los argumentos anteriores, con el añadido
del de los miles de mexicanos que esperan a ser repatriados en los Estados
Unidos. La misma actitud adoptó la Liga de Defensa Campesina del Distrito
Federal, ésta desde dentro del sistema, que elevó una protesta al presidente
de la República, además de por los habituales motivos económicos, por la cesión
que se había hecho a los exiliado s de la Casa del Agrarista. Es
también perceptible un cierto rechazo popular, que aflora esporádicamente en
los medios de difusión y que queda perfectamente reflejado en una caricatura,
un comentario y un artículo de opinión de La Prensa, un típico periódico
amarillista y popular. En la caricatura un personaje elegantemente vestido lee
el periódico a otro descalzo, el característico "pelado" mexicano: -Van
a llegar 1.800 españoles en el vapor "Sinaia"... -pues...
si... n’ allá los queren...7 El
comentario es todavía más explícito, se equipara a los recién llegados con
los conquistadores, lo que, en el contexto de la cultura popular mexicana,
resultaba altamente ofensivo. Peores aún si cabe, al menos aquellos habían
tenido el valor de jugarse la vida: Vamos
ya creyendo que esta inmigración ibera que nos ha regalado la derrota
republicana, representa la prolongación de la Conquista. Con menos redaños,
naturalmente, porque don Hernando se jugó la carta, y ahora los nuevos Mientras
que el artículo de opinión afirma, y es de suponer una cierta sintonía con
los lectores del diario, que la mayoría del pueblo mexicano está en desacuerdo
con las facilidades concedidas por el gobierno a los exiliados españoles y pide
que se interrumpa la llegada de nuevos contingentes: Y
aún cuando ante la barrera de lo irremediable, se critica y se combate la
determinación; no precisamente por afán de hacerlo, sino con la esperanza,
aunque remota, de que se detenga esa invasión, suspendiéndose las remesas de
barco por entero, que nos están llegando. Salta
a la vista que la pregonada hospitalidad de nuestro país, si bien ha sido
brindada a los refugiados, no lo ha sido como se ha querido hacer creer, con la
aprobación unánime del pueblo mexicano. Este pueblo nuestro, con muy hondo
sentido de sus responsabilidades, en mayoría ha reprobado el paso que se dio, y
ha sido necesaria la presión de los líderes, para que la agitación se
disimule y se coloque el biombo del disimulo ante las manifestaciones
reprobatorias de la verdadera masa del pueblo.9 Otro
de los colaboradores de este mismo periódico se atreverá incluso a cuantificar
el rechazo, afirmando que "el OCHENTA POR CIENTO de los mexicanos está en
contra de esta invasión de españoles."10 Frente
a esto, la política de puertas abiertas al exilio republicano de Cárdenas contó
también con el apoyo, cuando no incluso con una presión favorable, de amplios
sectores de la izquierda mexicana: el pintor Siqueiros, que había partícipado
en la guerra española como voluntario al Iado de los republicanos, pidió públicamente
a finales de marzo al presidente que se diese asilo al mayor número posible de
refugiados; la influyente CTM (Central de Trabajadores Mexicanos, de inspiración
comunista) de Lombardo Toledano se manifestó públicamente por lo mismo; y el
propio Partido de la Revolución Mexicana (PRM), el posterior Partido de la
Revolución Institucional (PRI), organizará mítines por todo el país
explicando las ventajas que la acogida a los exiliados tenía para México. El
segundo "a priori" es su importancia cuantitativa. Pareciera que no
habría habido emigración española a México con anterioridad a la llegada del
"Sinaia". Cuando lo cierto es que una de las características más
peculiares de la emigración española a México es justamente su persistencia a
lo largo del tiempo. Desde mediados del siglo XVIII, todavía en la época de la
colonia, y prácticamente con la única excepción de los primeros años de vida
independiente, los emigrantes españoles, especialmente cántabros y vascos, a
los que a partir del último cuarto del siglo XIX se añaden los asturianos, se
van sucediendo, generación tras generación, hasta formar parte integrante e
imprescindible del paisaje social mexicano. Sin el abarrotero (tendero de
ultramarinos) español, con boina y nombre estrambótico (Venancio seria un buen
ejemplo), la sociedad mexicana del siglo XIX y principios del XX perdería uno
de sus elementos más característicos. Al margen de chistes sociológicos, muy
importantes sin embargo para los imaginarios colectivos, el peso de los españoles
en la vida económica y social del México anterior a la llegada de los
exi1iados fue, tal como han mostrado los últimos estudios,11
determinante, y no sólo en el ramo de abarrotes. Una presencia económica tan
relevante y significativa que ha llevado a Clara E. Lida, sin duda la principal
estudiosa de la emigración española a México, a hablar de "una emigración
privilegiada".12 Había, por lo tanto, españoles,
muchos, antes de la llegada del exilio, y además con una imagen y una auto
imagen claramente definida. Son vistos, y se ven a sí mismos, al margen de cual
fuera la realidad objetiva, como un grupo económicamente poderoso e influyente: Supe
[se refiere a una conversación con el periodista español, residente en México,
Telesforo García] que la colonia española es la más poderosa palanca de la
riqueza en México. Sus más altos banqueros, sus comerciante más adinerados,
compatriotas nuestros son. Desde el humilde tendero de ultramarinos hasta el
bolsista más adinerado, impónese en las transacciones la firma española, La
colonia francesa, con todo y ser la que más luce por su comercio de pedrerías,
tiene que rendir tributo a la española y vivir a sus expensas. El
gran establecimiento de tejidos franceses no es otra cosa que el depósito de
mercaderías de los industriales españoles, El mismo "Banco Nacional"
de México y los demás de emisión obedecen a la voluntad española. Sus
principales y más fuertes accionistas son españoles. En suma, una sola casa
bancaria nuestra, la de D, Nicolás de Teresa, representa 20 millones de pesos
[",J, Los nombres de nuestras casas más fuertes son los siguientes: Manuel
Ibáñez y Comp., Bermejillo, D, Antonio Escandón, Félix Cuevas, Ricardo
Sainz, Remigio Noriega y hermano, Juan Llamedo, Ignacio de Noriega, Francisco
Llamosa, Saturnino Santo, Antero Muñuzuri, Don Telesforo García, Martínez del
Cerro, Pedro Martínez, Alonso Noriega (sucesores), Antonio Ortiz, Pedro Peláez,
Larrauri y otros más, a los que se les conoce un activo de más de cien
millones de pesos.13 Esto
quiere decir que el español, "el gachupín" para ser más precisos
(gentilicio de carácter marcadamente peyorativo, prácticamente un insulto, de
origen oscuro cuyo uso se prolongó hasta bien entrada la segunda mitad del
siglo XX), era ya una presencia habitual en la vida cotidiana del México
anterior a la llegada de los exiliados y, lo que resulta especialmente
significativo, en la práctica totalidad del territorio de la República. Así,
por poner un ejemplo, cuando, con motivo de la guerra de Cuba, se abrió una
suscripción entre la colonia española (es el nombre habitual utilizado en ese
momento en México para referirse a los residentes españoles) para recaudar
fondos con destino a España, únicamente Baja California, Calima y Quintana
Roa, tres territorios realmente marginales en el México del momento, no aportan
donantes a la lista. El
gachupín está distribuido por todo el país, es una imagen presente para todos
los mexicanos, y además posee, en el imaginario de éstos, rasgos claramente
definidos e identificables: poderoso económicamente, conservador, católico,
prepotente, inculto, avaro, cruel, etc. El exiliado no llegaba por lo tanto a un
territorio virgen, su imagen como español le había precedido y no le quedaba
otro remedio que adaptarse o rebelarse contra ella.14
Tenían ya un lugar en el imaginario mexicano incluso antes de llegar. El
tercer "a priori" es cualitativo. Aún cuando se acepte que hubo una
importante emigración española a México anterior a la llegada de los
republicanos, en el subconsciente de todos nosotros está la idea de que la gran
diferencia estribaría en las características de una y otra emigración. Frente
a la tradicional emigración económica de campesinos norteños,
semianalfabetos, un exilio intelectual de profesores de universidad. Esto
esconde también una verdad a medias, o una media mentira. Primero, el exilio
republicano no fue tan "intelectual". Tal como ha mostrado Dolores Pla
Brugat,15 basándose en una
muestra del 25% de los llegados a Veracruz, sólo el 28% de los exiliado s se
podían clasificar como "intelectuales", y esto utilizando el término
en sentido bastante laxo (profesionales, maestros, etc.), el resto eran obreros
y campesinos. Lo llamativo es que esto ya fue conocido por la opinión pública
mexicana en el mismo momento en que se produjo la llegada de los exiliados. No
fue ningún secreto, la imagen se construyó en contra de las evidencias, en
contra de lo que se estaba viendo. Así en el mítico "Sinaia", según
una noticia de prensa del momento, viajaban "600 campesinos, 400 obreros,
50 intelectuales, 150 individuos que se dedican a diversas actividades y 600
parientes de los anteriores, entre mujeres, niños y ancianos".16 Pero,
sobre todo, y es lo que me interesa destacar, la presencia de la cultura española
y de los intelectuales españoles en México es muy anterior a la llegada del
exilio republicano. Es constante prácticamente desde el mismo momento de la
independencia. Sólo por poner algunos ejemplos, Zorrilla vive en México
durante 11 años; Pelegrín Clavé, el pintor nazareno catalán, ocupa el cargo
de director de pintura en la Academia de San Carlos durante 20 años, siendo el
principal responsable de la resurrección de la misma después de su refundación
por Santa-Anna; Valle Inclán también vive unos años en México... Pero con
todo no son estos grandes nombres lo importante. Lo importante son gentes como
Telesforo García, un curioso y polifacético personaje de la vida mexicana de
finales del XIX (amigo de Castelar, con quien mantuvo un rico intercambio
epistolar, inspiró uno de los personajes del Tirano Banderas de Valle Inclán y
desarrolló una intensa actividad periodística: fundó El Centinela Español;
fue redactor, junto con Ignacio Altamirano y Justo Sierra, dos relevantes
intelectuales mexicanos, de El Precursor y director de La Libertad. Diario
Liberal y Conservador); como Anselmo de la Portilla, periodista y cántabro como
el anterior, quien llegó a ser director de El Diano del Imperio con
Maximiliano; como Casimiro del Collado, un más que relevante poeta; y un largo
etcétera de "intelectuales"que unen a su condición de emigrados un
trabajo de cierta relevancia social y cultural. Ni todos los exiliado s
republicanos fueron intelectuales, ni todos los inmigrante s anteriores a ellos
analfabetos. No
son los exiliado s republicanos los primeros intelectuales españoles en México
y, sobre todo, no son ellos los que inician las relaciones intelectuales entre
España y México. La vida intelectual mexicana del XIX había tenido continuos
contactos con la de la Península. Ya desde los inicios de la vida
independiente, cuando el ¿hispano-mexicano? conde de la Cortina (nacido en México
de familia de origen cántabro sólo se nacionalizó español en 1847) desarrolló
una intensa actividad crítico-literaria a caballo entre México y Madrid. Por
poner algunos otros ejemplos, los artículos de Castelar en la prensa madrileña
son reproducidos casi inmediatamente en la mexicana, básicamente en El Monitor
Republicano, mientras revistas como La Ilustración Española y Americana son
habituales en las clases medias y altas del país, lo mismo que, anteriormente,
lo había sido El Semanario Pintoresco. Es
cierto, sin embargo, que este carácter "intelectual" de la emigración
republicana y su importancia para la presencia de la cultura española en México
es resaltado ya desde los primeros momentos, y no siempre con un carácter
positivo, tal como veremos en su momento. Cabría incluso preguntarse hasta que
punto la imagen de un exilio de intelectuales no tuvo su origen precisamente en
los grupos de opinión contrarios a que los exiliado s republicanos se asentasen
en México. Es claramente perceptible en la prensa más conservadora el uso del
término intelectual con un matiz despectivo. En vez de "aquellos
individuos que estuvieran dispuestos a trabajar de verdad",17 que
el gobierno había prometido, llegaban "intelectuales": "¡Ahí
viene un barco cargado de refugiados!" revuelo en la playa, y en tierra
firme esa expresión de las señoras de la casa cuando los "invitados"
van llegando en número creciente: "¡Si alcanzará la sopa para tantos!"...
Y las caravanas menos gratas, a lo que estamos observando, son las de 108
intelectuales: nadie quiere invitar a los intelectuales a su mesa. Tal vez se
les supone con una especie de hambre atrasada, propia de su condición misma,
agravada por la vicisitudes del exilio; un triple apetito: de ayer, hoy y mañana;
y por eso se prefiere a los gañanes, que en todo caso, antes de sentarse a la
mesa, se dedicarán a sacar de la entraña de la tierra lo que necesitan para
comer.18 O
mejor todavía "falsos intelectuales": Pero
en el caso, no es nada más eso; es que la designación de
"intelectuales" suele ser en muchos casos un disfraz, un antifaz, un
"truco", un "camouftage". Bajo esa capa no se esconde a
menudo más que uno de esos zánganos de banqueta y cafetín, que aguzan el
ingenio toda su vida para medrar, parásitos de presupuesto o de la treta [...].
Es decir, que no son trabajadores, como lo son los intelectuales que trabajan,
sino los eternos aprovechados [...]. Por eso no los quiere recibir nadie como huéspedes.19 En
efecto, llegaban intelectuales, y en tal número, que el tono irónico era
inevitable: De
las informaciones de la prensa independiente se desprende que una gran mayoría,
casi la totalidad de los mil setecientos que acaban de desembarcar, es de
intelectuales [...]. Siempre hemos tenido la más alta idea de la
intelectualidad española y hemos reverenciado como el que más al genio hispánico,
pero nunca pudimos imaginar que hubiese tantos intelectuales en la Madre Patria
[...]. Aquí nos veríamos en un verdadero aprieto para reunir tantos
intelectuales en un momento dado, aún incluyendo entre ellos a ciertos líderes
con pujos oratorios y periodísticos.20 Más
adelante, es posible que los mismos republicanos españoles contribuyeran a
difundir, de forma interesada, la imagen de un exilio intelectual. Era una marca
de clase, una manera de distinguirse de la vieja colonia española con la que,
como veremos en su momento, las relaciones, al menos en los primeros momentos,
distaron de ser idílicas. Pero
fuera como fuese lo cierto es que la practica unanimidad sobre el carácter
intelectual del exilio español, nos lleva necesariamente a asumir ese carácter
excepcional que para el imaginario mexicano tuvo el exilio español. Los
nuevos llegados eran intelectuales, al margen de que lo fuesen o no. Solo seamos
conscientes, sin embargo, que una gran mayoría no lo fueron. Lo
que quiero indicar con todo esto es que, posiblemente, se ha exagerado la
importancia cualitativa y cuantitativa del exilio español en México, aunque
esto es discutible, pero seguro, y esto no creo que sea discutible, que para
entender su significado exacto para la sociedad mexicana, es necesario
contextualizarlo en el complejo entramado de relaciones, filias y fobias, en que
el exilio, cosa que seguro ignoraban los propios exiliados, vino a insertarse. Los
principales factores que van a estar gravitando sobre el complicado mundo de
relaciones y reacciones encontradas al que van a tener que hacer frente los
exiliados son los siguientes: a)
La
hispanofilia / hispano fobia como elemento central del debate político cultural
en la vida pública mexicana. Por encima de cualquier otra consideración los
exiliados eran españoles y esto los situaba en un lado del debate. b)
El
antigachupinismo de las clases populares mexicanas para las que el gachupín
enriquecido es la imagen arquetípica del capitalista cruel y desalmado, aquel
que chupa la sangre a los honrados trabajadores mexicanos. c)
Las
conflictivas relaciones con una colonia española, mayoritariamente pro
franquista. La fractura de la guerra Civil afectó también a los españoles que
vivían fuera del país. En el caso de México, dadas las características socio
económicas de los emigrantes tradicionales, parece que el sentimiento favorable
a los "nacionales" fue claramente mayoritario. d)
La
crisis económica que plantea la llegada de los exiliados como el típico
conflicto entre trabajadores nativos desplazados por los extranjeros, agravado
en el caso del México de los años 30 por el problema de los repatriados de
Estados Unidos. e)
Las
tensiones ideológicas en el seno de la sociedad mexicana. En un momento de
radicalización política, la II Guerra Mundial estaba a punto de estallar, el
antifascismo radical de algunos líderes obreros, especialmente del dirigente de
la CTM Lombardo Toledano, tiene su respuesta en una derecha que, aunque no pro
fascista, ve en el comunismo al gran enemigo. El apoyo de Lombardo Toledano a
los exiliado s coloca a estos inmediatamente en el campo comunista. f)
El
debate sobre la inmigración. Era ésta una vieja polémica que la sociedad
mexicana venía arrastrando desde el siglo XIX. En la línea del "civilizar
es poblar" de Sarmiento había existido una especie de unanimidad a favor
de una política activa de inmigración. En este sentido el exilio español venía
casi como caído del cielo. Había sin embargo algunos problemas: uno, las
crisis económica en los Estados Unidos planteaba la necesidad de programas de
repatriación para los trabajadores mexicanos residentes al norte de la frontera
y que, parecía evidente, debían de tener preferencia sobre los españoles;
dos, había unanimidad sobre la necesidad de inmigrante s pero no sobre cual debía
de ser su origen nacional, y aquí la hispanofilia y la hispano fobia volvían a
tener un lugar importante; y tres, existía una especie de consenso sobre que el
problema de la inmigración en México no había sido sólo de número, sino que
apenas, y a diferencia de lo que ocurrió en Estados Unidos, había habido
inmigrante s dedicados a los trabajos agrícolas, con lo que la ecuación
inmigración igual a colonización nunca se había podido cumplir, el problema
era si el exilio español era el más apropiado para subsanar esta carencia.
El
problema de la hispanofilia y la hispano fobia en el debate político e
intelectual de México va mucho más allá de un problema de las relaciones de México
con España. Es, principalmente y muy por encima de cualquier otra consideración,
un problema interno de la sociedad mexicana. Una especie de guerra civil latente
y mal resuelta. En
el proceso de construcción nacional iniciado en México a finales del siglo
XVIII., entre las múltiples opciones que toda invención nacional permite, dos
son las que van a convertirse en hegemónicas. Una, la conservadora, que, un
poco a la manera norteamericana de los "padres peregrinos", considera
que la historia de México comienza con la Conquista y, consecuentemente, que México
como Nación es el heredero directo de la colonia; otra, a la que podemos
denominar liberal ya que fueron los liberales del siglo XIX los principales
responsables de su configuración definitiva aunque su proyección va mucho más
allá del liberalismo decimonónico, para la cual la esencia de México como
Nación son las civilizaciones prehispánicas y, consecuentemente, el periodo
colonial sólo un oprobioso y desgraciado paréntesis en la historia de México
al que la Independencia habría puesto justo y vengativo final:21 ¡Desde
aquel malhadado día (13 de agosto de 1521): que diluvio de males no ha llovido
sobre este suelo! ¡Que lágrimas no se han derramado en el discurso de tres
siglos! Aquellos monstruos de barbarie e ignorancia ¡cuántas trabas no
pusieron a la ciencias, a las artes, al comercio y a la navegación! ¡cuánto
no trabajaron por perpetrar aquí la ignorancia y la superstición, armas
fuertes con que se atan los ingenios y se vincula para siempre el reinado del
terror! [...]. Pero nada es eterno en este mundo miserable; compadeció se
el cielo y amaneció el hermoso día del 16 de septiembre de 1810; oyose la voz
de la libertad en el venturoso pueblo de Dolores; propagase su eco con la
rapidez de la aurora y los hijos y descendientes de Quauhtemoc fueron libres [...] ¡Manes de Moctecuzoma, ya estáis vengados!22 Ambas
visiones comparten una misma imagen de España aunque, obviamente, con
valoraciones distintas. La católica España de los conservadores es el modelo a
imitar, mientras que la católica España de los liberales es el obscurantista y
cruel país de la Inquisición y la Leyenda Negra. Y también ambas tienen
repercusiones en la vida política práctica. El panamericanismo de los
liberales, que ven en los Estados Unidos el modelo a imitar, se corresponde con
el hispanoamericanismo de los conservadores, que oponen al modelo norteamericano
otro de cuño hispánico propio de las naciones católicas del sur del río
Bravo. Panamericanismo e hispanoamericanismo son, en este contexto, más que
meras adscripciones intelectuales. Son alternativas políticas enfrentadas, que
mantendrán su vigencia hasta bien entrado el siglo XX.23 En
el debate político-intelectual del siglo XIX el proyecto nacional de los
conservadores fue derrotado por las armas. El fusilamiento de Maximiliano en
Querétaro es mucho más que, tal como ha tendido a mostrar la historiografía
mexicana, la derrota de unos invasores extranjeros. Es la derrota de un proyecto
de Nación tan "nacional" como el de los triunfantes liberales. Pero
los conservadores no sólo pierden la guerra, pierden también, lo que es más
importante, la legitimidad del discurso, dejando el campo libre a la construcción
liberal. Aunque el proceso es mucho más complejo, demasiado para el espacio que
aquí se le puede dedicar, y el debate entre hispanófilos e hispanófobos va a
seguir presente en la vida pública mexicana durante todo el resto del siglo XIX
y buena parte del XX. Además con variaciones y derivaciones que rompen la fácil
y simplista dicotomía entre conservadores/hispanófilos, liberales/hispanófobos.
Así, por poner un ejemplo, a finales del siglo XIX, bajo el gobierno de
Porfirio Díaz y, posiblemente, como consecuencia de la introducción de ideas
positivistas y eugenésicas en México, se produjo una especie de amalgama entre
las tradiciones liberales y conservadoras que dará como resultado un nuevo
nacionalismo en el que la herencia española se instrumentaliza como una especie
de seguro frente al expansionismo, no sólo político sino también cultural, de
los Estados Unidos.24
Bien
es cierto que con matices, y que, al menos en las clases populares, la
hispanofobia tradicional de los liberales mexicanos siguió plenamente operativa.25 La
Revolución exacerbó algunos de los rasgos más peculiares y conflictivos de
las relaciones México-España,26
desde
el punto de vista de la construcción nacional asumió como propio el proyecto
liberal, y especialmente el del liberalismo popular, el más intransigentemente
hispanófobo, por lo que, al menos en la retórica oficial, el discurso
indigenista e hispanófobo se convirtió en claramente hegemónico. Llegada
del Sinaia el 13 de junio de 1930 (fuente: Archivo General de la Nación, en
adelante AGN) La
mayoría de la colonia española era franquista. Salida de una misa organizada
por la colonia asturiana en México para celebrar el fin de la Guerra Civil
(fuente: AGN) La
llegada de los exiliados provocó un llitenso debate en el seno de la sociedad
mexicana y cambió la fisionomía de la colonia española en México. Propaganda
del periódico fotograbado Documental, editado en México por David Alfaro
Siqueiros (fuente: Archivo del Instituto de Investigaciones Históricas de la
Universidad Michoacana, en adelante AIlH-UMICH) En
la polémica entre conservadores y liberales la influyente colonia española
estuvo, por múltiples motivos, aparentemente obvios (desde la autoidentificación
de los españoles con los antiguos conquistadores hasta el estatus socioeconómico
de muchos de ellos) y cuyo análisis no viene aquí al caso, mayoritariamente
del lado de los conservadores. En el tumulto de la Revolución sus simpatías, y
en muchos casos no sólo simpatías sino también sus apoyos, estuvieron
claramente a favor de la reacción. Lo que, entre otras consecuencias, llevó a
una nueva explosión de hispanofobia, siempre latente entre las clase populares
mexicanas del siglo XIX y XX, especialmente virulenta entre los años 1913 y
1915;27
Y
también, posiblemente, a radicalizar el discurso hispanófobo de la construcción
nacional del México revolucionario. El México que sale de la revolución es un
México indígena y prehispánico en el que lo español se convierte, no en
elemento constitutivo de la nacionalidad mexicana, sino en el otro contra el que
ésta se construye. Un imaginario nacional que quedará perfectamente ilustrado
en el muralismo de inspiración vasconceliana. Esto por lo que respecta al
discurso oficial, porque en la sociedad civil el conflicto sigue sin resolverse
y la hispanofilia, la idea de que lo español forma parte substancial, y
positiva, de la nacionalidad mexicana, sigue presente con gran fuerza entre las
élites conservadoras y, por los motivos que se han enunciado más arriba a propósito
de la evolución intelectual en la época del Porfiriato, también en parte de
las liberales: Porque
para nosotros, digámoslo de una vez, rememorar esta fecha es hacer especial
hincapié en nuestra latinidad. Es tanto como celebrar la inyección de lo
hispano en nuestra raza indígena; más no sólo la mezcla de sangre, con su
misteriosa y compleja derivación mestiza, sino principalmente la aportación,
en tantos aspectos total, de la cultura latina al hasta entonces raquítico
acervo indígena. Día
de la raza es pues día de la llegada de lo hispánico [...]. Mas la audacia ha
llegado hasta pretender la vuelta descarada al Moloch precortesiano. Y ha habido
quien pretenda convertir en vergüenza la abundancia de sangre hispana en el
personal mestizaje de alguien o la excesiva pigmentación blanquecina en un
quidam por esto desdichado. Por le camino de la hipócrita exaltación de lo indígena
se quiere llegar al absurdo de renegar la sangre íbera. Es,
en fin, la cultura latina la que se combate con saña yendo desde la odiosa
campaña de odio contra el gachupín, hasta la artera negación de sus valores
supremos en las altas concepciones humanas, en el sentido de su organización
social, en su fe, en su lengua.28 Artículos
como éste, relativamente frecuentes, muestran tanto los argumentos de la
hispanofilia, como los de la hispano fobia contra la que están escritos. El
estallido de la Guerra Civil española produce unos ciertos desajustes, aunque
relativos. La derecha sigue siendo hispanófila, obviamente del lado franquista,
y la izquierda, o esa peculiar izquierda mexicana nacida de la Revolución,
sobrepone al discurso nacional lo que podríamos denominar un discurso de clase:
es solidaria con la República española, pero no en cuanto española, sino en
cuanto que es una república de trabajadores. Los
viejos argumentos hispanófilos e hispanófobos están, sin embargo, siempre a
punto de aflorar y además el debate vuelve a tener vigencia política por dos
hechos, ajenos a la Guerra Civil española, que habían vuelto a poner de
actualidad el tema de la hispanofilia o la hispanofobia. El uno, el
"cisma" de José Vasconcelos, quien se había enfrentado al aparato
del partido con un discurso ideológico en el que el problema de la identidad
nacional tenía un lugar preponderante; el otro el desafío de Manuel GómezMorín,
quien a finales de la década de los treinta funda un partido político, el
mismo que sesenta años más tarde derrotará al PRI de la mano de Vicente Fox y
la única oposición real que el Partido de la Revolución lnstitucional tuvo
durante sus 70 años de estancia en el poder, en el que los viejos temas
conservadores, incluida la hispanofília, son, al menos en sus orígenes,
omnipresentes. No es necesario precisar que aunque incidan en el mismo sentido
estamos ante dos fenómenos en ningún caso equiparables. La oscura retórica,
casi me atrevería a decir falangista, de la raza cósmica de Vasconcelos poco o
nada tiene que ver con la hispanofilia de Gómez Morín ésta dentro de la más
pura tradición conservadora mexicana.29
Sin
embargo, ambos tienen en común el uso político que hacen del hispanismo, lo
que coloca a éste, una vez más, enfrente del poder político. La oposición
vasconcelista había utilizado el hispanoamericanismo como bandera frente al
callismo; mientras que pocas dudas caben de que la defensa de la tradición española,
hecha explícitamente por Gómez-Morín a la vuelta de un viaje por la España
de la dictadura de Miguel Primo de Rivera en una conferencia titulada "España
fiel",30 era
una forma de distanciarse del partido en el poder. Ambos discursos, por lo
tanto, contribuyen a poner nuevamente de actualidad el problema de España en la
vida pública mexicana. Incluso las contradictorias y ampulosas afirmaciones de
Vasconcelos parecen decantarse en torno a estos años, aún en contra de su
anterior exaltación de la raza cósmica, por un criollismo que, en el contexto
mexicano, es una implícita afirmación de hispanofilia. También,
desde otros ámbitos, la retórica imperialista de la Falange sirvió para
reavivar el conflicto. Las vacuas llamadas a la reconstrucción del Imperio
dieron lugar en México, por delirante que pueda parecer, a una larga polémica,
sobre el sentido exacto que se debía de dar a las soflamas falangistas. Para
los hispanófobos, eran una prueba de las ambiciones imperiales de España en América,
y ésta no debía de ser sólo la opinión de pequeños cenáculos periodísticos,
cuando los exiliado s del "Sinaia" fueron recibidos, nada más bajar a
tierra en Veracruz, con un discurso del secretario de Gobernación en el que no
sólo se hacia alusión a la "política ofensiva y retrógrada la de los
fascistas totalitarios hispanos que quieren someter a coloniaje espiritual, económico
y político a los estados independientes del Nuevo Mundo, soñando en la
reconstrucción de la España Imperial de los reyes católicos";31 sino
que además se explicaba, ¡como si cupiese alguna duda sobre ello!, por qué
esta política del imperialismo hispánico estaba condenada al fracaso: Es
imposible que la hazaña de hace cuatro siglos se repita; entonces vinieron como
conquistadores de pueblos indígenas desgarrados por odios intestinos y
anonadados ante el estruendo sobrenatural de los cañones, de armaduras, de
hombres, como semidioses, que con la espada y la doctrina del amor se apoderaron
de sus tierras y riquezas y convirtieron en siervos a sus dueños.32 Para
los hispanófilos las declaraciones de la Falange debían de ser interpretadas
en el sentido de una comunidad espiritual, en la que ellos creían tanto como
los seguidores de José Antonio Primo de Rivera, capaz de hacer frente al
expansionismo anglosajón. Una interpretación en la que el "Imperio"
falangista entroncaba directamente con el hispanoamericanismo tradicional de los
hispanófilos mexicanos: Al
hablar de la grandeza resurgente de España, ha sonado a menudo la palabra
Imperio. y no han faltado incomprensivos o insidiosos que den al vocablo un
sentido de reconquista material, lesivo de la autonomía de las naciones
hispanoamericanas. La
interpretación es tan burda, que se rebate sola. ¿Quién puede seriamente
pensar en una agresión bélica de España contra América? Se trata, obvio es,
de un sentido espiritual, pacífico, fraterno de integridad hispánica que
reconstituya la opaca grandeza de nuestra estirpe. ¡Y que falta nos hace
recobrar la plenitud de nuestra propia fisonomía y exaltar los valores de
nuestra esencia profunda, ante un panamericanismo artificioso e incoherente, que
no es sino la sarcástica hermandad de las ovejas con el lobo! Qué
se quiere al hablar de Imperio español, claro lo ha expuesto el general Franco.
Claro se ve en mil voces de la España nueva. Claro lo encontramos en Pemán. Hablando
en Lisboa, en septiembre de 1936, decía [...] "Para nosotros como para
vosotros Imperio no significa extensión material ni dominio político. Para
vosotros, como para nosotros, Imperio es palabra generosa, que significa comunídad
de esfuerzo para cumplir una tarea necesaria en el orden universal. Vosotros y
nosotros somos, por esencia, emperadores: pero emperadores del espíritu y del
amor."33 Aunque
finalmente la estridencia del discurso falangista hizo que incluso los sectores
conservadores terminarán por oponerse al neoimperialismo de los seguidores de
José Antonio, por retórico y espiritual que fuese. y hasta el conservador El
Universal se vio obligado, con motivo de la disolución por el gobierno mexicano
de la Falange Española en México y la expulsión de sus principales líderes,
a precisar en un editorial su posición, marcando claramente distancias con los
postulados de los seguidores de José Antonio en relación con la América española: Lo
que nos importa, y mucho, es lo que las naciones se propongan y quieran hacer
fuera de su territorio, con agravio y peligro de las demás. Y, desde este punto
de vista, si entre los fines de la Falange Española figura el de "la
plenitud imperial de España, mediante su expansión en Hispano América",
"tendiendo a la unificación de cultura, de intereses económicos y de
poder", con el carácter de "eje espiritual del mundo hispano como título
de preeminencia en las empresas universales"; si entre los fines de la
Falange Española, repetimos, aliente ése, no cabe duda de que se operaría
desde luego un divorcio, una honda y completa escisión entre España y los países
hispánicos, ya que los fines nuestros, los de este Continente, son muy otros. Pasemos
de largo ante los conceptos de "imperio", "dominio",
"hegemonía", hoy tan en el candelero entre ciertas naciones de Europa
[...]. Pero detengámonos en el propósito de la Falange, engreída con una
plenitud imperial que culminaría en expansión por tierras de América. La
cosa es tan absurda que no puede por menos de hacer sonreír con sonrisa de
incredulidad.34 Sin
embargo, posiblemente, para entender el aparentemente absurdo debate sobre el
"imperialismo" de la Falange, haya que remontarse a las campañas
panhispanistas de principios de siglo, de Rafael Altamira, Rafael María de
Labra y Adolfo Posada, que habían llevado a la celebración en Oviedo, bajo la
dirección de Altamira, en 1900, de un Congreso Iberoamericano. Campañas
panhispanistas que habían tenido un cierto éxito entre los intelectuales
mexicanos y a las que ya Fernando Ortiz había acusado de perseguir una especie
de reconquista espiritual de América.35
Era
un viejo tema entre los intelectuales mexicanos del primer tercio del siglo XX,
las proclamas falangistas simplemente lo volvían a poner nuevamente de
actualidad. Los
exiliados llegan pues en un momento de reactivación del debate de México
sobre sí mismo y cuando la polémica vuelve a tener vigencia política. El
debate, es una constante en el problema de los exiliados, coge a contrapié a
sus protagonistas. La prensa de derechas, tradicionalmente hispanófila, se sitúa
en contra de los exiliados; mientras que la de izquierdas, hispanófoba por
tradición, se posiciona a favor. Aunque el problema es más complicado y, en el
fondo, las posturas anteriores siguen presentes, aunque se recurra a
subterfugios más o menos ingeniosos. Pero, en todo caso, no deja de resultar
llamativo ver a un periódico conservador prácticamente lamentarse de que se dé
mejor trato a los refugiados españoles que a los judíos: Numerosos
intelectuales españoles, varios de gran prestigio, arribaron a Veracruz [...] y
fueron admitidos
inmediatamente por las autoridades. Muy distinta fue la suerte de los 104
hebreos que venían en el mismo barco y a quienes, no obstante corren más
peligro que los refugiados hispanos, las autoridades se negaron a admitir?36 Apenas
unos meses antes, este mismo periódico hubiese abogado, sin ninguna duda, por
la entrada en el país de españoles, con preferencia a los de cualquier otra
nacionalidad, en base a las retóricas afinidades de raza, cultura y religión.
Igualmente llamativo resulta ver a un periódico de izquierdas hacer una
interpretación liberal de la historia y el genio de España para explicar
porque Franco nunca logrará mantenerse en el poder: Porque
entre la teatralidad que el italiano lleva en la sangre, haciendo posible un
Mussolini, el revanchismo que el alemán lleva en los huesos haciendo posible un
Hitler, y el hondo sentido de dignidad humana que singulariza al español, hay
una distancia abismal que no permite en España absolutismos consentidos ni
menos categoría de permanencia a dictadores como aquellos a quienes trata de
emular el caudillejo Franco. Un
espíritu que tiene raíces libertarias, de gobierno popular en las antiguas
comunidades castellanas; que supo humillar a reyes frente a fueros ciudadanos en
más de una ocasión; que dio al Mundo, tal vez antes que ningún otro país, la
noción de fuerza del estado llano, de las plebes sin blasones; un espíritu que
pudo alentar empresas tan vastas como la de Colón y conquistar e incorporar al
concierto humano un Continente insospechado, no podrá nunca aceptar ergástulas
sin protestas?37 Todo
ello, cuando unos años antes dicho periódico no hubiese visto en la historia
de España nada más que un oscuro relato de frailes y monarcas absolutos, un
pueblo abyecto y degenerado por siglos de inquisición y catolicismo. En
el caso de la prensa conservadora la idea de fondo es que estos rojos, y en eso
coincidirían con la propaganda franquista, no eran verdaderamente españoles.
Resulta a este respecto muy significativo una reseña de El Universal sobre una
conferencia de José Bergamín en la Casa España de México. Con un tono
general claramente despectivo y condescendiente, el trasfondo del discurso es
que está bien que Bergamín hable de los grandes nombres de la literatura española
pero que él, el autor de la reseña, tan heredero de la cultura española como
el intelectual republicano, los conoce, al menos también y, sobre todo, no cae
en el sectarismo de destacar a unos y condenar al ostracismo a otros sólo por
prejuicios ideológicos. De este modo, el articulista dice de Bergamín que
"habla de don Miguel de Unamuno, de Federico García Larca y de Antonio
Machado. Es lastima que no oigamos mencionar también al pobre de don Ramiro de
Maeztu, verdadero representativo del pensamiento español, que murió, al igual
que otros, asesinado como un perro".38 Obviamente
no era esa la opinión de los sectores progresistas para los que éstos eran los
verdaderos españoles y no los que el país había tenido que soportar
estoicamente hasta ese momento: "Llega a nosotros la grata noticia de que
los españoles leales de México se han organizado en un "Centro Español"
[...]. Estos verdaderos y auténticos españoles se proponen abrir un Casino
Ateneo que sea como el hogar espiritual de los españoles establecidos en México
y de los nacionales amantes de la cultura de la Madre Patria",39 aunque
alguno de lo viejos abarrotero s también se salvase: "Un español, un
verdadero español, detrás de su mostrador de ultramarinos, ha comentado con lágrimas
varoniles en los ojos y con el puño levantado en cólera... "Ese Besteiro
y ese Miaja son españoles [el texto sigue a un supuesto comentario despectivo
sobre Besteiro y Miaja de algunos españoles del Casino]. Son grandes españoles.
¿Por qué se quiere deshonrar sus nombres pasándolos por labios tales?"40 Resulta
curioso comprobar, sin embargo, como la vieja hispanofobia antigachupina pervive
intacta, a pesar de todo, en la prensa de izquierda mexicana. La única
diferencia es que ahora hay también unos españoles buenos, los exiliado s
republicanos, pero los españoles malos, los viejos gachupines siguen siendo tan
malos como antes, sino peores. Ahora, fruto del momento histórico, no sólo son
gachupines sino también fascistas. Esto
es todavía mucho más claro en la prensa popular que, como ya se ha visto, con
una posición mucho más renuente frente a la llegada de los exiliados se dejará
llevar con una enorme facilidad por la hispano fobia más primaria y
tradicional, desde la acusación de malinchismo (la Malinche era la traidora que
se había puesto del lado de los españoles contra sus hermanos de raza
facilitando así la victoria de Hernán Cortés) contra los partidarios de que
se dejase entrar a los españoles, hasta la visión más tópica y sanguinaria
de la conquista como una lucha entre bárbaros asesinos (Cortés y sus
seguidores) y una civilización mucho más desarrollada y civilizada que la española: Más
claro: queda demostrado que hay todavía émulos de la Malinche, y que este o
esta C.T.G. [es la respuesta a un articulo anterior en que el autor se mostraba
partidario de la llegada de los españoles] es uno de ellos al querer que en México
se repitan las hazañas de Hernán Cortés, que para él deben de haber sido
grandiosas, pero para todo buen mexicano no fueron sino fruto de una bestialidad
inaudita: saqueos, violaciones, matanzas, etc., que vinieron a sepultar una
civilización superior mil veces a la de los españoles.41 Sin
faltar las consabidas quejas por la nefasta herencia española en México: Lo
que debería hacer el Gobierno, [...] es fomentar la natalidad por todos los
medios posibles; pero no con cruza española, que es la única causante de que
la raza autóctona decayera desde el tiempo de la Conquista, pues lo único que
nos legaron los iberos fueron sus enfermedades, sus vicios y su endeble
constitución.42 Lo
curioso es que la respuesta de Carlos Goizueta, que es el nombre que se oculta
tras las sigla C.T.G., utiliza también, por su parte, toda la retórica de la
que la hispanofilia conservadora mexicana había usado y abusado durante todo el
siglo XIX: idoneidad, por encima de los naturales de cualquier otra nación, de
los españoles para poblar el país, carácter degenerado de los indígenas
actuales y superioridad de la civilización española sobre la barbarie azteca: [...]
nuestro país necesita, no 2.000 inmigrantes españoles -y eminentes etnólogos
están de acuerdo al considerar a los españoles como la mejor raza inmigrante
para México-, sino varios millones que nos ayudaran a fortalecer nuestra
devastada y raquítica raza indígena, a la cual el señor Cifuentes atribuye
una cultura precortesina superior a aquella en la que florecieron Velázquez,
Leonardo, Miguel Ángel, Dante, Descartes, Copérnico y Erasmo. Sólo en un
punto exaltado de borrachera, no precisamente patriótica, pueden decirse
barbaridades tan ridículas.43 Es
como la reedición de una polémica decimonónica, que tuvo su continuación en
un artículo publicado en el mismo periódico, respuesta al de Goizueta, en que
el antigachupinismo volvió a aflorar en todo su esplendor, y ahora ya nada
importaba que fueran abarrotero s o intelectuales: El
gesto siempre noble y generoso del general Cárdenas, no será justipreciado por
estos iberos que no olvidan, pero ni en las tristes circunstancias en que Obviamente no era esa la opinión de los sectores progresistas para los que éstos eran los verdaderos españoles y no los que el país había tenido que soportar estoicamente hasta ese momento: "Llega a nosotros la grata noticia de que los españoles leales de México se han organizado en un "Centro Español" [...]. Estos verdaderos y auténticos españoles se proponen abrir un Casino Ateneo que sea como el hogar espiritual de los españoles establecidos en México y de los nacionales amantes de la cultura de la Madre Patria",39 aunque alguno de lo viejos abarroteros también se salvase: "Un español, un verdadero español, detrás de su mostrador de ultramarinos, ha comentado con lágrimas varoniles en los ojos y con el puño levantado en cólera... "Ese Besteiro y ese Miaja son españoles [el texto sigue a un supuesto comentario despectivo sobre Besteiro y Miaja de algunos españoles del Casino]. Son grandes españoles. ¿Por qué se quiere deshonrar sus nombres pasándolos por labios tales?"40 Resulta
curioso comprobar, sin embargo, como la vieja hispanofobia antigachupina pervive
intacta, a pesar de todo, en la prensa de izquierda mexicana. La única
diferencia es que ahora hay también unos españoles buenos, los exiliado s
republicanos, pero los españoles malos, los viejos gachupines siguen siendo tan
malos como antes, sino peores. Ahora, fruto del momento histórico, no sólo son
gachupines sino también fascistas. Esto
es todavía mucho más claro en la prensa popular que, como ya se ha visto, con
una posición mucho más renuente frente a la llegada de los exiliados se dejará
llevar con una enorme facilidad por la hispanofobia más primaria y tradicional,
desde la acusación de malinchismo (la Malinche era la traidora que se había
puesto del lado de los españoles contra sus hermanos de raza facilitando así
la victoria de Hernán Cortés) contra los partidarios de que se dejase entrar a
los españoles, hasta la visión más tópica y sanguinaria de la conquista como
una lucha entre bárbaros asesinos (Cortés y sus seguidores) y una civilización
mucho más desarrollada y civilizada que la española: Más
claro: queda demostrado que hay todavía émulos de la Malinche, y que este o
esta C.T.G. [es la respuesta a un articulo anterior en que el autor se mostraba
partidario de la llegada de los españoles] es uno de ellos al querer que en México
se repitan las hazañas de Hernán Cortés, que para él deben de están,
su gesto de suficiencia y "valer" sobre esos "INDIOS PIOJOSOS...
y FLOJOS, HOLGAZANES..." El
señor C.T.G., arguye, de que se trata de "FORTALECER" nuestra raza,
con esa raza idónea... ¡que absurdo! Esa raza ha sido la causante de que la
raza autóctona decayera desde los tiempos de la conquista, pues lo único que
nos trajeron y nos seguirán trayendo, son sus vicios, sus enfermedades y su
raquitismo endeble, comparado con la fuerza física de nuestros indios...Dice
C.T.G., que nos trajeron su "CIVILIZACIÓN" ¿Qué civilización,
hablando en plata pura? Las hazañas de Hernán Cortés, para todos los que
somos amigos y amantes de nuestro suelo patrio, no fueron tal, sino el fruto de
la bestialidad, y la rapiña, abalorios de cristal canjeados por pepitas de oro.
Esos civilizados no los hemos tomado nunca en cuenta, pues vinieron hace cuatro
siglos a sepultar una civilización superior mil veces a la de ellos, basta con
ver nuestra historia para afirmar más y más esta aseveración...44 Como
se ve el problema de la hispanofilia y la hispanofobia estaba lejos de haberse
resuelto en el momento en que los exiliado s españoles llegaron al puerto de
Veracruz, y ni siquiera el hecho de no ser gachupines los dejaba al margen de la
polémica. GACHUPINES:
ABARROTEROS, USUREROS Y DE DERECHA CONTRA EXILIADOS: INTELECTUALES, GENEROSOS Y
DE IZQUIERDA. El
antigachupinismo de las clases populares mexicanas,45 que
pervive hasta bien entrado el siglo XX, tiene también su origen último en las
peculiares características de la construcción nacional de este país o, para
ser más precisos, en la forma en que México se configura como Nación en el
imaginario colectivo de los mexicanos46
y
a las que se ha hecho referencia ya más arriba, Una construcción nacional que
reservaba al español el papel de verdugo, el del otro contra el que se había
construido México, A lo largo del siglo XIX la implicación de los españoles
en la vida política del país, casi siempre del lado de los más afines ideológicamente,
conservadores, y, sobre todo, el éxito económico
de algunos de estos inmigrantes españoles, servirá para exacerbar aún más un
antigachupinismo visceral que encontrará su medio de expresión habitual en la
prensa popular y en numerosos panfletos y hojas sueltas que circularon sobre las
cualidades, malas, de los oriundos de la Península Ibérica.47 La
reproducción de uno de estos panfletos dará una idea más cabal y precisa del
tono y del universo simbólico de este tipo de literatura: El
buen sentido popular llamagachupines a los forajidos de nacionalidad ibérica,
individuos estos que por desgracia han sentado sus reales entre nosotros [...]
Su pretensión no es otra que tratamos con la punta del pie, después de que en
México se han enriquecido por medios que ruborizarían a un negro de Argel
[...] ¿Y sabéis el secreto de su encumbramiento social? [...] generalmente el
padre de algún chisgaravís que en España apenas serviría para remar en
galeras, lo envía a México con objeto de hacer fortuna, provisto de cartas de
recomendación por varios paisanos y de una andanada de malos consejos, entre
los cuales descuella el muy conveniente, aunque inmoral, de que el fin justifica
los medios. Una vez en la República, entra a cualquier tienda de abarrotes o
cajón de ropa, en calidad de meritorio. Poco después [...] asciende, es decir,
obtiene un empleo de planta: quince o veinte pesos cada mes, amen de pienso
ordinario, he aquí su salario. Un poco más tarde ayuda al dueño de la
negociación a envasar caldos de California con etiquetas de acreditadas marcas
españolas, o -si está en el cajón de ropa - a mutilar piezas de géneros
finos, operación que consiste en cortar algunas varas de la pieza y envolver ésta
de nuevo con suma habilidad para que no se advierta esta picardía, que echa por
el abismo de la bancarrota a los comerciantes fuereños que compran al por mayor
[...]. Gracias a estos méritos, al cabo de poco tiempo ya es socio industrial
de la negociación, y entonces piensa seriamente en poner en práctica su plan
principal: se casa con alguna mexicana, rica heredera, que para su objeto, nada
le importa que sea hermosa o fea, virtuosa o de antecedentes dudosos ... Se
casa, porque -dicho sea para tristeza nuestra- algunas de nuestras bellas
paisanitas de hoy creen aún lo que nuestras bisabuelas: que marido y Bretaña
de España. Y tenemos que a la postre, aquel desplumado peninsular que vino de
lastre en un buque, se nos planta frente a frente con los bienes de la sociedad
legal como queriendo aplastamos con el brillo de su nombre, pues si antes era de
aquellos que piden un duro para comer, hoy es de los que no da un centavo a un
pordiosero; si antes se apellidaba Fernández a secas, hoy se hará nombrar el
Señor Don Juan José Jacinto Fernández y Guerra y Salmerón, u otra letanía
por el estilo[...]. La usura, en grande y en pequeña escala, es la médula más
sabrosa y suculenta que los españoles absorben en la actividad: en la capital
de la República apenas habrá, entre cien, una casa de empeño que no
pertenezca a hijos de España, para quienes el 10 y 12 por ciento mensual es el
negocio más sencillo y natural del mundo. Y lo mismo da que sean casas de empeño
o almacenes: las combinaciones usurario-mercantiles -desplumadero general peor,
mil veces peor, que el de Montecarlo- velada o descaradamente se llevan a cabo,
sin recurso alguno, porque los que tal hacen son verdaderos vampiros del pueblo
[...]. Opinamos que el articulo 33 de la Constitución General no es
suficientemente estricto.48 Para
lo que aquí nos importa, lo llamativo no es la virulencia xenófoba del artículo,
sino el hecho de que muchos de sus prejuicios de partida seguirán todavía
vivos en el momento de la llegada del exilio español, tal como muestra un artículo
aparecido en un periódico cardenista en los primeros meses de 1939: [..,]
caras bobas y brutales, salidas por un día de la oscuridad de las tabernas en
donde envenenáis a nuestros hombres y de las bodegas sombrías de almacenistas
usureros, desde las que explotáis a nuestro pueblo... Y
México entero [".] desde hace siglos os ha denigrado con epíteto indígena
que ya es un reto o una injuria: igachupín! [..,]. Estos gachupincillos
enriquecidos tienen la mar de gracia. Fundan bancos y los hacen quebrar, para
enriquecerse a expensas de los españoles pobres, verdaderos gañanes, ganapanes
miserables de las tiendas y de las tabernas. Son mandones. Amos agrios.
Gritones. Roñosos. Y, una vez en posesión de mil pesetillas, conquistadores de
estas Américas [...]. Vinieron a México en alpargatas, llenos de parásitos de
tercera clase, tomados de los perros caseros de la aldea y de los catres de lona
de los barcos, Vinieron huyendo de la quinta, perseguidos por la fiera de la
monarquía que les gritaba: ja Marruecos, a matar moros! Y llegaron aquí y se
metieron a la taberna o a la bodega, a ahorrar centavos, para establecerse más
tarde en piquera o en tenducho. Y ganaron y fueron almacenistas o banqueros. Se
pusieron guantes en las manos vastas y botines de charol en los pies rudos.
Rompieron frac s y jacquets con su músculos salvajes y se declararon cultos,
conquistadores de Américas y economistas. O fueron a las haciendas y se
convirtieron en capataces intolerables...49 Cuarenta
años más tarde se está repitiendo prácticamente lo mismo, yeso en un periódico,
que como veremos y como es la norma en la prensa cardenista, se va a
caracterizar precisamente por sus posturas favorables a la emigración española
en general y a los exiliados en particular. Pero, a veces, las tendencias de
fondo parecen más fuertes que las actitudes coyunturales. En
la prensa popular, con menos prejuicios ideológicos, el antigachupismo siguió
vivo sin problemas durante buena parte del siglo XX y, desde luego, estaba todavía
activo en el momento de la llegada de los exiliados. A finales de la década de
los treinta no es difícil encontrarse todavía en esta prensa con la imagen del
español rico, poderoso y prepotente: En
el escrito de referencia [un escrito enviado por los comerciantes del mercado de
Cuautla al presidente de la República] se hace mención a que en la supradicha
ciudad existe un individuo de nombre José Gutiérrez, comerciante español, dueño
de casi la mitad de Cuautla [...]. Este ricachón, ensoberbecido y petulante,
sin recordar los móviles de la revolución mexicana, aún se cree en las épocas
de la conquista o coloniales, y cual un negrero trata despóticamente y se echa
encima de los comerciantes mexicanos en pequeño [...] y si como es natural, los
agraviados se resisten, los gendarmes los conducen a la Inspección de Policía,
para que sean castigados por el desacato cometido a un cacique hispano, al que,
en el escrito, se le da otro calificativo, acaso más expresivo y más adecuado
[posiblemente gachupín]50 La
noticia se redondea unos días después con una carta enviada por un particular
en la que el retrato del gachupín, pobre a su llegada y enriquecido por medios
escasamente escrupulosos, cuando no directamente ilegales, queda definitiva y
perfectamente concluido, como si de un periódico del siglo anterior se tratase: Asienta
don Jesús Martínez [el autor de la carta], que el C. ibero José Gutiérrez,
es un individuo que hace pocos años llegó en situación visible de pobreza, a
radicarse en la ciudad de Cuautla, y que actualmente se le supone un capital de
algo más de un millón de pesos, lo cual constituye una maravilla, pues sabidas
son las dificultades y .los trabajos que se pasan para lograr reunir un modestísimo
patrimonio.51 En
la mayoría de los casos este antigachupinismo no pasaba de las palabras. Pero
en determinadas épocas, por ejemplo durante la celebración de las fiestas de
la Independencia, este sentimiento antiespañol afloraba en una especie de
representación ritual, cuando de forma cíclica se repetían: las llamadas de
las autoridades gubernativas para que no se molestase a los españoles ("El
C. Gobernador, teniendo en cuenta que con motivo de las fiestas de115 y 16 del
presente mes, algunos disparan armas de fuego, invaden los sembrados de los
jardines públicos y lanzan gritos ofensivos a los extranjeros, especialmente a
los españoles [...] ha tenido a bien disponer se haga saber al público que se
castigará con severas penas cualquier manifestación de hosti1idad");52 el
ofrecimiento de la colonia española de cerrar sus negocios para evitar
incidentes ("Una comisión de comerciantes españoles se ha acercado al señor
Secretario de la Gobernación para manifestarse que el próximo 15 de septiembre
el comercio español cerrará sus establecimientos a las seis de la tarde, para
evitar un conflicto, si no probable, sí posible")53. Pero,
sobre todo, afloraba en momentos de inestabilidad política, por ejemplo durante
la Revolución, cuando el odio a los españoles pasó de las palabras a los
hechos, aunque incluso en otras épocas, y a falta de estudios exhaustivos, da
la impresión de que el número de crímenes contra los españoles es
inusualmente alto. Como
ya se ha dicho el antigachupinismo estaba alentado por el éxito económico de
la colonia española, cuya especialización en el pequeño comercio (de los
extranjeros dedicados al comercio en 1939 e136,26% eran españoles),
especialmente en el ramo de abarrotes, pero también en panaderías, casas de préstamo
y, en la época del Porftriato, como capataces de haciendas, la ponía en
contacto inmediato además con las clases bajas mexicanas: Los
españoles proceden principalmente; de las provincias septentrionales de España
y se dedican al comercio y la industria de abarrote fino, vinos y licores de
importación, trigo, harinas y panificación industrial, grandes empresas agrícolas
y ganaderas, etc. En los pequeños poblados son ahnacenistas de muy diversos
efectos, compradores de productos agrícolas en ventas anticipadas y
refaccionadores de crédito.54 Algo
muy semejante a lo que, salvando las distancias, ocurría con los judíos
centroeuropeos por la misma época. Eran para la mayoría de los mexicanos, por
decirlo de manera gráfica, la cara, no precisamente amable, del capitalismo. En
el imaginario mexicano decimonónico los españoles habían representado también
el conservadurismo católico por excelencia. Tal como lo expresa un periódico
liberal moderado El Siglo XIX: [...]
nuestra gran inmigración se compone de españoles, y estos no simpatizan con
las instituciones democráticas y reformista s que rigen en México, pues la
mayor parte, casi todos los miembros de la respetable colonia española son
monarquistas, católicos, apostólicos y romanos.55 Ya
en el siglo siguiente, y más concretamente en la década de los treinta, la
colonia española era un grupo prácticamente endogámico, pues si es cierto que
los nuevos emigrantes, varones jóvenes, aparentemente se casaban con
"mexicanas", en realidad lo hacían en un número considerable con
españolas de segunda o tercera generación, hijas o nietas de la anterior
generación de inmigrantes56;
con
un origen geográfico muy delimitado (Asturias, Cantabria y el País Vasco), que
seguía dibujándose a los ojos de los mexicanos como un grupo plutocrático,
racista y conservador. Como dato significativo sólo señalar que los
principales periódicos conservadores de la época, Excelsiory Universal, incluían
en sus páginas de sociedad una sección dedicada a la colonia española,
"Notas españolas" la titula El Universal, con las habituales noticias
de matrimonios, bailes en el Casino Español, etc. Es decir, la típica imagen
de una clase alta que se ofrece como espectáculo de sí misma, pero que en este
caso se define, además de por su riqueza, por su origen nacional. Esto es lo
que nos estaría indicando el hecho de que las notas de sociedad la distingan
del resto de la clase alta mexicana. Esta
imagen popular negativa tenía su contrapeso en la de unas clases altas para las
que, manteniendo el estereotipo sociológico, los elementos que definían al
gachupín adquirían matices más favorables, cuando no claramente positivos. El
cruel y avaro explotador de los panfletos populares se convertía, prácticamente,
en el prototipo de empresario moderno del que tan necesitada estaba la economía
mexicana. Un artículo de Adolfo Reyes, titulado precisamente "Mis
gachupines", muestra perfectamente esta otra cara de la moneda, este otro
estereotipo positivo, haciendo innecesario cualquier otro comentario: Mi
padre llamaba "Mis gachupines" cariñosamente a aquel grupo de
trabajadores admirables que formaron en el estado mayor de su consejo en pro del
progreso de Nuevo León, Rivero, Armendáriz, los hermanos Maíz, Mendirichaga,
Prieto, quienes aliado de los Sada, los Madero, los Ferrara y tantos otros,
tejieron el canevá donde se hiló el industrialismo de la capital del Norte. Yo
heredé de mi señor padre una profunda estimación para esos grandes
trabajadores que al encontrar el ambiente que les ofrece relación entre su
esfuerzo y el producto obtenido, resultan muy superiores a sus paisanos
metropolitanos y mucho más laboriosos y equilibrados que nosotros. Yo
me he acordado de aquellos "gachupines", de aquellos sucesores de los
conquistadores que llegan niños a nuestras patrias sin otra formación que su
hatillo y alguna relación y que en dura, a veces cruel lucha, a los veinte años,
los que no dejan jaloneado el sendero por sus huesos o no se apartan vencidos,
se yerguen habiéndose labrado una posición y siendo motores de voluntad, en
general duros, agriado s, malherido s; pero ejemplares magníficos -ya que no
brillantes- de aquella voluntad que nos condujo a la civilización occidental
[...]. El problema del español de América es de los condenados a no ser nunca
comprendidos ni justipreciados, el sainete recoge el tipo, la envidia lo
falsifica, todos lo aprovechan; pero que pocos los estimamos y medimos en su
magnífico saldo. Audaces
como Íñigo Noriega, cultísimos como Telesforo García, organizadores como
Adolfo Prieto y tantos y tantos millares de españoles ciento por ciento que son
a través del medio y los tiempos los que acaudillando la enorme masa de
luchadores, mantienen un muro de carne viva que pasa el Océano de agua y de
historia, de diferenciación y de contrastes, para mantener fecunda y fuerte la
obra de España en nuestra América.57 En
este contexto la llegada de los republicanos cogió, como ya se ha dicho, a la
sociedad mexicana con el paso cambiado. La tradicional hispanofobia de las
clases populares se vio enfrentada a una emigración que era de los
"suyos"; mientras que la hispanofilia de la clase alta conservadora
tuvo que enfrentarse al reto de unos españoles que eran rojos, ateos y masones. El
nuevo español que llegaba al puerto de Veracruz no era un joven patán
campesino, aspirante a abarrotero, católico y de derechas; sino un emigrante
urbano, intelectual, aspirante a profesor, agnóstico y de izquierdas. Sobre
esta trama se tejieron y des tejieron las filias y fobias, las fantasmagorías
colectivas de los diferentes sectores de la sociedad mexicana. Para
los conservadores estos recién llegados, a diferencia de los anteriores, no venían
dispuestos a trabajar, en el mejor de los casos venían a competir con los
nativos por trabajos cualificados en el periodismo, la docencia o la investigación;
en el peor, eran sólo agitadores profesionales, políticos en el peor sentido
del término, que lo único que harían sería envenenar aún más las ya de por
sí conflictivas relaciones sociolaborales del México del momento. El
vigoroso impulso que a la cultura hispana y a la cultura del mundo, estaban
dando las nuevas generaciones de sabios españoles, ha sido paralizado por el
azote de la destrucción [...]. De aquel huerto en pleno fruto, de aquellas
aulas ahora vacías, ha llegado a nuestro país un núcleo de hombres buenos, de
hombres sabios [...]. Viven ahora entre nosotros sufriendo en silencio su
tragedia y volcando en nuestras aulas el tesoro de su sabiduría.58 Eran
las dos Españas pero en versión mexicana. La España de abarroteros y
usureros, la de gachupines fascistas, contra la España progresista de los
intelectuales republicanos (versión de izquierdas); la España de honrados
inmigrantes católicos, que con su iniciativa trabajo y honradez habían hecho
progresar la economía del país, contra los agitadores comunistas que venían a
vivir del erario público (versión conservadora). Esta versión mexicana de la
retórica de las dos Españas y de su eterno enfrentamiento queda perfectamente
reflejada en un artículo aparecido en el periódico El Nacional con motivo de
la muerte del politico republicano español Marcelino Domingo, uno de los múltiples
intelectuales españoles que antes del exilio había pasado por México: Y
Marcelino habló porque para hablar fue llamado. Pero -desgracia para los
gañanes- ya había vivido y observado en México. No
seriamos capaces de reproducir las palabras que entonces dijo Marcelino Domingo
en el Casino de Isabel la Católica [el Casino Español en México se
encontraba, y se encuentra, en la calle Isabel la Católica]. No queremos caer
en la responsabilidad penal: aquellas palabras fueron justas; pero fueron
latigazos. El orador español adivinó al sátrapa gachupín de nuestras
latitudes... y vio al explotador y al ignorante. y dijo esta frase inolvidable: -Vine
a México, para saber porque se nos dice gachupines. Y ya lo sé... A
veces esta retórica de las dos Españas se ve desbordada por el hecho de que,
finalmente, ambas estaban formados por españoles y la imagen del español
estaba demasiado definida en el imaginario mexicano como para difuminarse tan fácilmente
en lo que no eran sino abstracciones ideológicas. Fascistas o comunistas,
abarrotero s o intelectuales, los españoles tenían unas señas de identidad físicas
y morales que los hacían perfectamente identificables y, por encima de todo, y
esto era prácticamente un estigma de nacimiento, eran en el imaginario popular,
o mejor dicho eran vistos como, los descendientes de los conquistadores. Una
caricatura de Inclán resume perfectamente los problemas la sobreposición física
y moral de la imagen del gachupín sobre la del exiliado. Representa un gachupín
tópico (boina y barba cerrada, le falta el puro en la boca) dirigiéndose a un
mexicano también tópico (calzado con guaraches): ROJOS
CONTRA FRANQUISTAS
Uno
de los problemas a los que tuvieron que hacer frente los exiliados republicanos
fue el hostil recibimiento de sus compatriotas españoles. La profunda fractura
que la Guerra Civil había producido en la sociedad española afectó también a
los españoles de la emigración, divididos, lo mismo que en la Península,
entre rojos y nacionales. En
el caso de México, y no sé si es extrapolable al resto de los españoles
establecidos en América, la colonia española se decantó de forma clara y
mayoritaria del lado franquista. Cosa bastante lógica si tenemos en cuenta sus
peculiares características de grupo económicamente poderoso e ideología
conservadora. El
franquismo de los españoles mexicanos se muestra de forma clara a lo largo de
todo el conflicto. Desde detalles anecdóticos, como el anuncio aparecido en El
Universal Gráfico el 3 de marzo de 1939 en el que en grandes letras se puede
leer: ESPAÑOLES Pidan Mañana Temprano la EDICIÓN
de "SUCESOS PARA TODOS" dedicada a EL TRIUNFO DE LA ESPAÑA
NACIONALISTA Contiene un hermoso mapa a colores de la España Artística y
Monumental, y un gran retrato a 8 tintas del Generalísimo FRANCO (TAMAÑO 46X56) Anuncio
que parece no dejar demasiadas dudas sobre de que lado están las simpatías de
los españoles, al menos según lo que pensaban los editores de Sucesos para
todos, Había otros detalles todavía más claros, como la ruidosa celebración
que en todos los centros regionales en la Ciudad de México y en el Casino Español
se hizo de la entrada en Madrid de las tropas nacionalistas: En
todos los centros regionales, así como en el casino se izó la bandera
nacionalista y se entonaron los himnos de Falange y Requeté [...]. Desde
que empezó a circular la edición extraordinaria de ULTIMAS NOTICIAS, los
iberos radicados aquí, en su mayoría cerraron sus establecimientos
comerciales, los que los tienen, para congregarse en los diversos centros
sociales de la colonia. Así
fue con el Casino Español, el Centro Asturiano, el Círculo VascoEspañol, el
Centro Vasco, la Casa de Galicia y el Orfeó Catalá rápidamente fueron
invadidos por sus socios [...]. A las trece y media horas, cuando el patio
principal del Casino Español hervía de gente, fue colgada del corredor alto la
enseña rojo y gualda, cuyos colores no había vuelto a verse desde que comenzó
la guerra, La bandera fue saludada con un potente "i Viva España!"
por los allí presentes, que, a coro, y como si lo tuvieran ensayado, cantaban
el "Himno de Falange" [...], En la noche el Casino Español ofreció
un vino de honor para celebrar el fin de la guerra a todos los demás centros;
pero se convirtió aquello en un acto popular, pues materialmente no se podía
dar un paso en el amplísimo edificio de la Avenida Isabel la Católica. La
celebración revistió carácter apoteósico, aunque circunscrito al interior de
los centros hispanos,61 Carácter
también claramente partidario tuvieron las celebraciones oficiales del fin de
la guerra por la colonia española de la Ciudad de México: En
el Templo de la Enseñanza, calle de Donceles, se dirá hoya las nueve de la mañana
una Misa de Acción de Gracias y Comunión General por la terminación de la
guerra de España. Con
estos antecedentes no es de extrañar que para la mayoría de los antiguos
residentes españoles los recién llegados fueran, por lo tanto, antes rojos que
españoles y que, al menos en algunos casos, se opusiesen activamente al permiso
de entrada dado a los refugiados. Así, por ejemplo, en las manifestaciones que
se produjeron en atizaba el16 de julio de 1939 en contra de los refugiados españoles,
fue acusado de instigador de las mismas el español Paulino Martínez. La
prensa más conservadora resaltará continuamente el mal recibimiento dispensado
por la colonia española a los recién llegados. Un intento claro de mostrar el
carácter indeseable de estos "milicianos", es el término preferido
en los periódicos de este sesgo ideológico, que hasta eran mal recibidos por
sus compatriotas: Corno
en Huichinango, donde fueron rechazados a golpes unos miliciano s españoles, un
refugiado que llegó a Cuautepec, cerca de Tulancingo, fue maltratado de tal
manera que el diputado por el distrito tuvo que darle protección. En esta
ciudad comienza a experirnentarse disgusto por la actitud despótica de algunos
miliciano s, habiéndose registrado ya discusiones tan serias que se temía
degenerarán en choques entre esos inmigrante s y los nacionales o españoles
largo tiempo residentes en México. Diez de ellos que no han encontrado acomodo,
van a ser devueltos a la capital.63 Como
veremos en otras muchas noticias, la prensa conservadora en su afán de crear
una imagen negativa no dudará al utilizar argumentos del antigachupinismo
tradicional, en este caso el carácter despótico de los milicianos españoles. Sin
embargo da la impresión de que las relaciones entre emigrantes y exiliados son
mucho más matizadas de lo que un primer acercamiento podría hacer creer la
prensa conservadora; incluso parece que, finalmente, la solidaridad nacional
acabó por imponerse a la fractura ideológica. Esto pudo ser así ya en los
primeros momentos cuando en la prensa conservadora, en esos momentos con una
postura claramente contraria a la llegada de los republicanos, aparecen ya
algunas declaraciones de españoles (era esta prensa, una vez desaparecidos los
periódicos españoles que existieron durante todo el siglo XIX, el medio
habitual de expresión de la colonia española) en las que se hace una declaración
explícita de solidaridad nacional: Yo
no me meto en si el Gobierno mexicano hace bien en hacer esto que hace [ayudar a
los intelectuales españoles exiliados en México]. Como español que soy, se lo
agradezco desde lo más íntimo de mi corazón. Lo IIiismo si son rojos que si
son blancos. Son españoles, y españoles que valen.64 A
partir del momento en que la prensa conservadora, pasado el susto de los puños
en altos del "Sinaia", comienza a mostrar, como ya se verá, una
postura favorable hacia los republicanos españoles, comienza también a ser
visible, aproximadamente a partir del verano de 1939, el interés de los
diferentes centros regionales españoles en México por colaborar en el
establecimiento en el país de los "otros" españoles en las mejores
condiciones posibles: La
colonia española en México, así como los núcleos de españoles de los
Estados más importantes, han prestado, y siguen prestando, su eficaz cooperación
para resolver de la mejor manera y en el más breve plazo posible el problema de
los refugiados llegados aquí. Desde
casi los primeros momentos, se inició en la colonia un movimiento de
fraternidad hacia los compatriotas refugiados, cooperando muy activa y
eficazmente todos los centros españoles, que nombraron comisiones para
localizar y prestar ayuda a sus coterráneos. Así se ha visto que las colonias
vasca y vasconavarra, la asturiana, la montañesa, la gallega y otras, han
buscado colocarlos entre sus mismo elementos industriales o comerciales a buen número
de refugiados.65 Hasta
el Casino Español, símbolo de lo más rancio de la colonia española en México,
parece dispuesto a contribuir a resolver el problema de los refugiados: Por
otra parte, los señores don Ángel Urraza, Presidente de la Beneficencia Española;
don Cayetano Portillo, Presidente del Casino Español, y don Ambrosio Izu
Balmori, Presidente del Club España, tratan estos días de lograr una
entrevista con el general Cárdenas, ante quien expondrán el deseo de la
colonia española en México de hacerse cargo totalmente de los niños españoles
residentes todavía en Morelia,66 Es
probable, incluso, que parte de esta solidaridad de origen se hubiese dado ya en
el mismo momento de llegada de los exiliados, especialmente en los más
localistas centros regionales, donde estos lazos eran mucho más fuertes. OBREROS
MEXICANOS CONTRA OBREROS ESPAÑOLES Es
este uno de los aspectos más novedosos y enrevesados de la llegada de los
exiliados españoles. Novedoso porque el problema nunca se había planteado en
estos términos en la vida pública mexicana. El gachupín era, bien el
inmigrante con iniciativa capaz de poner en explotación las enormes riquezas
del país (versión conservadora); bien el vil explotador de las clases
populares mexicanas (versión popular). Pero siempre un empresario, no un
competidor de los trabajadores mexicanos. Enrevesado
porque crea, ya desde el principio, un problema para los grupos obreristas, los
más firmes partidarios de la apertura de fronteras al exilio republicano, que
tienen que hacer frente a una sorda protesta de sus propias bases para las que
los recién llegados están poniendo en peligro su estabilidad laboral. La
protesta será instrumentalizada con gran habilidad por la prensa conservadora
que argumentará, tanto el incumplimiento por el gobierno de sus promesas de que
los exiliado s no iban a desplazar a los trabajadores nativos, como la
preferencia que en todo momento debían de tener los trabajadores nacionales
sobre los extranjeros: Es
indudable que por diferentes motivos [... ] la inmigración actual de refugiados
provoca inquietudes y hasta protestas. La principal de ellas, y la que nosotros
señalamos porque es ajena a toda suspicacia sectaria, es la que se refiere a la
rivalidad económica, exacerbada por la crisis nacional y mundial. Hemos
oído y leído numerosos comentarios que aluden a la escasez de trabajo, a la
carestía de la vida, a las dificultades intergremiales en relación con el
posible desplazamiento de elementos nacionales para dar lugar a los recién
llegados. Esto es lo que debe refutarse y desvanecerse con hechos visibles y
terminantes.
Se
dijo en su oportunidad que los inmigrantes no serían llevados a los centros de
trabajo, donde pudieran causar perjuicios a los obreros mexicanos, ni a las
zonas agrícolas, donde pudieran causar daños a nuestros campesinos,
ejidatarios o propietarios de fincas protegidas por las leyes. Así
debe procederse con rigor y con rapidez, para suprimir todo motivo de inquietud.67 La
argumentación es de una cierta asepsia pero esconde una crítica latente al
gobierno por no haber cumplidos sus promesas, precisamente aquellas que había
hecho para calmar a los trabajadores mexicanos. La
misma lógica es la que está detrás de las continuas noticias en la prensa
conservadora sobre la oposición de los trabajadores mexicanos a la incorporación
de los exiliados españoles al mundo laboral. Las informaciones sobre choques
entre trabajadores mexicanos y españoles son casi diarias durante los primeros
meses de la llegada de los exiliados: Como
las autoridades municipales acordaron dar la dirección técnica de las obras de
reparación del mercado de Hidalgo a un ingeniero militar perteneciente al grupo
de refugiados hispanos, los profesionistas locales han elevado protestas,
arguyendo que se encuentran en difíciles circunstancias económicas. Las
protestas subieron de punto cuando el ingeniero español llamó a varios de sus
compatriotas a trabajar con él, a pesar de que los sindicatos le notificaron
que en la obra debía emplear exclusivamente trabajadores mexicanos [...]. Ante
estos hechos el contratista hispano no tuvo más remedio que a acceder a lo
indicado por los sindicatos porteños. Por
otra parte, y no obstante que la Directiva del Sindicato de Carretilleros de los
muelles había acordado que veintiocho refugiados trabajaran en estas labores,
cuando estos se presentaron a trabajar, los demás trabajadores, no lo
permitieron, diciendo que había numerosos mexicanos sin trabajo.68 Esta
mañana como a las 8 horas se produjo un principio de escándalo en las afueras
de la Compañía de la Luz [...] algunos empleados de la mencionada empresa
impidieron que seis españoles, de los llegados hace poco al país, ocuparan
otros tantos empleos. Dijeron los trabajadores mexicanos que se oponían a la
entrada de los españoles porque causarían daño a los nacionales,69 Esta
mañana llegaron a esa factoría [papel de San Rafael y Anexas] treinta y cinco
refugiados españoles, a los que se dará ocupación por órdenes terminantes
del Gobierno del Estado, Los trabajadores mexicanos, al enterarse del arribo de
los hispanos, les han creado un ambiente hostil, pues temen el desplazamiento de
varios compatriotas.70 Especialmente
relevante, por lo que tienen de desmitificadoras con respecto a la acogida que
en los medios académicos se hizo al exilio intelectual, son las que tienen que
ver con la contratación de profesores por la principal universidad del país,
la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). El asunto había sido
llevado por las autoridades educativas con una falta de tacto sorprendente. Ante
los bajos salarios del profesorado universitario y frente al problema de algunos
nombres de gran relevancia académica, la solución fue redondear sus salarios
con un dinero extra que pagaría la recientemente creada Casa de España.
Obviamente la interpretación inmediata fue que el gobierno mexicano (el
presupuesto de la Casa de España dependía del Estado) estaba pagando más a
los españoles por el hecho de ser españoles, cuando no por el de ser rojos: Con
motivo de las proposiciones discutidas para nombrar profesores extranjeros en la
Universidad Nacional, se ha producido un pequeño remolino, donde se menean a la
vez intereses morales y materiales. Sin discutir los méritos de los catedráticos
propuestos, se ha alegado que su designación, con sueldos superiores a los que
reciben los profesores indígenas, constituye un acto de injusticia. Se
ha explicado que en realidad los maestros extranjeros no reciben sueldo de la
Universidad, sino de la Casa de España. Pero esto no resuelve el problema moral
y material, porque a su vez la Casa de España se sostiene con los mismos fondos
que nutren a la Universidad, o sea el dinero de los contribuyentes [...]. Es
también indudable que para recibir profesores extranjeros en la Universidad
deben respetarse dos postulados fundamentales: primero, no desplazar ni
perjudicar a los nacionales; segundo, no conceder a nadie condiciones de
preferencia. Es cuestión de decoro más que de centavos. Es
verdad que entre los inmigrante s intelectuales hay algunos que merecen todo género
de consideraciones, por solidaridad y por humanidad. Pero lo cortés no quita lo
valiente. Y no hay razón para colocar en plano de inferiridad a los profesores
mexicanos, entre los cuales hay gente de iguales méritos cuando menos.71 Esta
era la postura editorial de los periódicos, las de los artículos de opinión
que acogieron en sus páginas fueron incluso más agresivas. Veamos sino, como
muestra, lo escrito por Eduardo Paliaré s, profesor de la Universidad Nacional
Autónoma. de México, en el mismo periódico en que se publicó el editorial
anterior. Comienza por afirmar que la preferencia por los extranjeros en
detrimento de los mexicanos, se fundamenta exclusivamente en criterios ideológicos:
"No se protege y ayuda a literatos, filósofos y sabios simplemente por
serlo, sino porque son comunistas derrotados".72
PalIares
continúa mostrando la humillación que para los profesores nacionales significa
es ser tratados con criterios distintos a los españoles, tanto en el plano económico
como en el de las condiciones laborales: Los
universitarios, especialmente, nos sentimos humillados y postergados cuando
vemos que individuos que no han servido directamente a nuestra patria en forma
alguna, que no pertenecen a nuestra Universidad, que ni siquiera han presentado
ante ella sus títulos científicos o literarios, adquieren de golpe y porrazo,
una situación favorable, en honores, magtÚficos sueldos y facilidades de todo
género, que a los mexicanos se les ha negado sistemáticamente, desde que México
es nación independiente. Para nosotros, los que somos hijos de la institución
[...] no hay consideraciones ni garantías de ninguna especie [...]. Con un
sueldo miserable de 75 pesos mensuales [...]; sin garantías jurídicas en
cuanto al derecho de ser mantenido en el magisterio [...]. En cambio se ha
establecido por el Gobierno y se mantiene la "Casa de los Amigos de España"
con fondos del erario nacional, es decir, con el dinero de los contribuyentes,
no del partido comunista, ni de los líderes obreros, ni de los secuaces de
Lenin y Stalin, ni del oro sacado de España por los rojos, ni de la C.T.M.,
sino, repito, con pesos de nosotros los contribuyentes, que no somos comunistas
ni queremos nada con los prófugos españoles, para dar a éstos sueldos de
cuatrocientos pesos, laboratorios, derechos de traducción, ediciones de sus
obras, etc., etc.73 Finalmente,
el autor concluye poniendo en duda la supuesta excelencia académica de los
intelectuales republicanos: Y
no se diga que se trata, en el caso a que me refiero, de eminencias científicas
o artísticas, porque a ello contestaría dos cosas: la primera, que si esas
eminencias fueran "franquistas" seguramente no recibirían ayuda, sino
que serían expulsados ignominiosamente. La segunda: ¿acaso vivimos en tal
penuria científica, literaria y filosófica que no haya nadie entre nosotros
que merezca la ayuda que se otorga a los intelectuales rojos españoles?74 La
polémica sobre la contratación de profesores españoles por las universidades
mexicanas se extendió a toda la prensa del momento, en general con un
posicionamiento negativo sobre las facilidades que se estaban dando a lo
profesores españoles. Sólo los periódicos más afines al gobierno cardenista
mostraron un apoyo sin fisuras a favor de la misma, argumentando, básicamente,
la altísima calidad científica del exilio republicano: En
honor a ellos [a los profesores españoles], como acto de elemental justicia,
pido con fervor a un grupo de intelectuales de mi país, dejen de lado pasiones
y violencia y con lo mejor de su espíritu rindan el merecido tributo a quienes
han vivido con honor, a quienes han consagrado lo mejor de sus esfuerzos, a la
noble tarea de investigar y de enseñar Que
no se les haga blanco de pasiones mal contenidas. Ello sería injusto ya que con
el mejor afán prodigan las excelencias de su saber [...]. Este grupo de hombres
[...] forman el alma de la Casa de España. De sus labios estarían suspensos
los mejores auditorios universitarios del mundo; ellos han venido hacia nosotros
porque los hemos llamado y lo han hecho con cariño y con amor. México
tiene la obligación de pagar con cariño, amor con amor se paga, y abandonando
bajas pasiones indignas de la cultura, estrechar contra nuestros corazones sus
nobles pechos llenos de tristeza.75 Pero
el problema no afectó sólo a los profesores de la Universidad Nacional Autónoma,
más persistente y de mayor alcance fue el conflicto entre los médicos
republicanos y el Sindicato de Médicos Cirujanos del Distrito Federal. Un
conflicto que tiene además la peculiaridad de mostrar la oposición de una
organización sindical a un programa de acogida de refugiados que había sido
impulsado, básicamente, por la izquierda mexicana. El
problema comenzó a gestarse incluso antes de la llegada en masa de los
exiliados. Ya el 8 de mayo de 1939, Y con motivo del anuncio de que varios médicos
checoslovacos querían establecerse en México, el Sindicato de Médicos
Cirujanos del DF dirigió una nota al Gobierno en la que, además de proponer
que a los médicos checoslovacos y judíos se les enviase inmediatamente a
lugares donde no hubiese médicos, se ponían una serie de condiciones para el
establecimiento de médicos españoles, cuya llegada se consideraba eminente.76
"Por
considerarlos de la misma raza" las condiciones no eran tan duras como las
impuestas a checoslovacos y judíos, pero sí limitaban significativamente el ámbito
del ejercicio profesional. Para los médicos "reconocidos como verdaderos
hombres de ciencia" se propone su ingreso como profesores en las diferentes
Escuelas de Medicina del país, pero con la condición que sólo se dediquen a
la docencia y que en ningún caso se les permita ejercer la medicina cobrando.
Podrían, eso sí, atender gratuitamente a los indigentes que no pudiesen pagar
los servicios médicos. Para el resto de los médicos españoles se propone su
envío a zonas rurales dentro del sistema de salud pública del gobierno. La
nota no debió de tener demasiado efecto ya que un anuncio, pagado por el
sindicato y de tono bastante más virulento, aparecido en los primeros días de
noviembre en los periódicos de la Ciudad de México, mostraba el malestar
sindical en torno al tema de los médicos españoles: a)
En contra de las promesas del gobierno y de las propias recomendaciones
del sindicato los médicos españoles no habían sido enviados a zonas carentes
de médicos sino que se habían establecido en las grandes ciudades, entrando en
competencia con los médicos nativos. b)
) Los médicos españoles cobraban cuotas más altas, haciendo creer a la
opinión pública que su formación era mejor que la de los nativos. c)
Algunos médicos españoles estaban ejerciendo la medicina sin que se
hubiese reconocido su título en México. d)
Los médicos españoles mostraban una actitud despectiva, desde el punto
de vista profesional, hacia sus colegas mexicanos. En
resumen, el gobierno no estaba respetando las obligaciones que se había
impuesto, perjudicando así a los trabajadores mexicanos, y los exiliados españoles,
gachupines al fin, mostraban una actitud de superioridad frente a los médicos
nativos ("colocan al médico mexicano en situación de inferioridad")77
que
resultaba ofensiva. Frente
a estas y otras críticas, el propio gobierno afirmará una y otra vez en que
las condiciones de admisión establecidas garantizaban que ningún trabajador
mexicano iba a ser desplazados por la llegada de los exiliados: Las
condiciones para la admisión de determinados inmigrantes, son: primera, que no
desplacen a nuestros trabajadores, ni vengan a aumentar el número de las gentes
sin trabajo. Segunda:
que los que vengan formen cooperativas agrícolas en granjas proporcionadas por
el gobierno, y que el mismo Gobierno señale [...]; que vengan a crear nuevas
industrias y fuentes de producción en aquellos sitios que el mismo Gobierno señale.78 El
día 2 de abril de 1939 la Secretaría de Gobernación hará pública una nota
en la que, después de declarar que el objetivo perseguido con la admisión de
emigrantes españoles es "crear nuevas fuentes de riqueza y vigorizar la
economía nacional", se establecen los criterios que deberían seguir los
funcionarios encargados de hacer la selección de los refugiados españoles en
Francia: que dispongan de dinero suficiente para mantenerse hasta estar
instalados en el país; que no entren en competencia con los trabajadores
mexicanos; que no supongan distraer recursos de la repatriación de los
mexicanos de Estados Unidos; que se prefiera a aquellos que puedan fomentar
actividades económicas no suficientemente desarrolladas (pescadores gallegos y
vascos y agricultores de las zonas mediterráneas básicamente); que se
comprometan a vivir lejos de las capitales y centros de alta población urbana;
y que acepten el compromiso de vivir y trabajar en los lugares que se les señale.
Se hace una pequeña aclaración sobre los intelectuales de "alto
valer", que tendrán que ser aceptados, y sobre la preferencia por motivos
ideológicos, de personas afines al régimen político mexicano, y de edad y
estado civil, solteros de ambos sexos en edad productiva. La
prensa afín al régimen insistirá en que se estaban respetando los criterios
(formación, tipo de actividad económica, etc.) y ubicación geográfica de los
exiliado s, lo que aseguraba que no estaban siendo una competencia para los
trabajadores nativos: Entre
los que pretenden emigrar al país, serán escogidos aquellos que representen la
seguridad de establecer fuentes de trabajo diversas a las ya existentes en la
República [...], Así se preferirán los refugiados procedentes de las costas
iberas, que desde hace muchos años tienen fama de grandes pescadores, para que
le impriman nuevas formas a nuestra incipiente explotación pesquera [...]; se
preferirán los agricultores procedentes de zonas cálidas que puedan poner en
explotación grandes extensiones agrícolas a las que hace falta la mano del
hombre, sobre todo en aquellas regiones del país donde pueda cultivarse la vid,
el trigo, la garbanza que en España ha adquirido grados de perfección
singulares.79 También
se insistía, y no deja de resultar paradójico que sea la prensa más obrerista
la que se haga frecuentemente eco de ello, en que los republicanos no llegaban
con las manos en el bolsillo, sino con importantes capitales que les permitirían
dinamizar una economía tan falta de ellos como la mexicana. Parece, incluso,
que en algunos momentos la imagen de unos republicanos que llegaban con los
tesoros del Banco de España en las bodegas de los barcos fue bastante popular.
A veces da incluso la impresión que mientras para la derecha los exiliado s son
una masa de familias proletarias huyendo de la miseria, para la izquierda son un
selecto grupo de políticos y ex milicianos en busca de un lugar donde
establecerse, pero sin problemas económicos: "fuertes sumas para
garantizar la estancia de los refugiados españoles [...]. El Lic. Bassols trajo
32 millones de francos, el 'Vita' un rico cargamento de oro".80 Hasta
las caricaturas de la prensa popular se harán eco de esta imagen de los
exiliado s como ricos y poderosos. El periódico La Prensa del 13 de mayo
incluye una caricatura de lnclán representando a una madre dirigiéndose a su
hija llorosa: -Sábetelo,
el español que te rechoca, trae cien mil pesos y muchas alhajas. -¿Dineros
y alhajas? ¡Ay mamá! Yo creía que era de los indeseables! [indeseables, como
se verá más adelante, era el calificativo empleado para referirse a los
inmigrantes provenientes del este de Europa y Oriente Medio, no es necesario
precisar su carácter peyorativo] 81 La
prensa cercana al Gobierno reafirmará esta imagen con frecuentes noticias,
oportunamente destacadas, sobre las inversiones de los exiliado s en diferentes
ramas productivas. Una forma de mostrar como los exiliados, lejos de ser un
problema económico, estaban contribuyendo a resolver los problemas económicos
del país. Finalmente los exiliado s eran incluso un buen negocio. El
Comité Técnico de Ayuda a los Españoles Establecidos en México hizo públicas
ayer importantes declaraciones acerca de las actividades desarrolladas por este
organismo durante su todavía breve actuación en el país. Por ellas se conoce
la magnitud del esfuerzo económico desplegado hasta la fecha con fondos del
propio Comité a favor de los republicanos refugiados [...]. Entre las empresas
planteadas hasta hoy por el Comité de Ayuda, figuran una institución de crédito
que con un capital inicial de 500.000,00 pesos girará bajo el nombre de
"Financiera de Industria y Agricultura S.A." y cuyos fines se explican
por sí solos; una editorial con un fondo de 300.000,00 pesos; unos Laboratorios
Químicos representando una inversión de 175.000,00 pesos, y varios proyectos
de colonización, siendo el principal hasta ahora el localizado en Chihuahua,
capaz de contener dos mil familias, a cuyo desarrollo se aplicarán algunos
millones de pesos, pues se quiere hacer de esa Colonia una explotación agrícola-industrial
de naturaleza unitaria, en donde los productos de la tierra sean acto seguido
sujetos a los procesos transformadores que aumenten su valor en los mercados de
consumo [...]. Si pues, estos inmigrante s vienen a trabajar y a invertir
capital en nuevas fuentes de producción, ¿qué queda de las malévolas
especies que atribuían al Erario el peso de su manutención y al Gobierno propósitos
absurdos de desplazamiento de trabajadores nacionales a favor de españoles,
cuando no descabelladas intenciones de utilización miliciana, dizque como
fuerza de choque al servicio del Régimen?82 Se
esperaba además que estas inversiones, que introducían nuevos métodos y
sistemas de trabajo, fuesen un estímulo para la modernización del sistema
productivo mexicano en su conjunto. La
otra línea de defensa fue la insistencia en que los exiliados estaban siendo
ubicados en lugares débilmente poblados del interior de la República, con el
objetivo de poner en cultivo las extensas zonas baldías que existían en el país.
Se retomaba así la vieja política de colonización de los desiertos
poblacionales del norte del país que tanta tinta había hecho correr, como
necesidad económica y geoestratégica, al menos desde mediados del siglo XIX, a
la vez que se aseguraba que ningún trabajador mexicano fuese desplazado por los
recién llegados. Como
trasfondo de esta polémica aparece siempre el problema de los repatriados
mexicanos. La crisis económica en los Estados Unidos había dejado sin trabajo
a muchos de los mexicanos emigrados anteriormente a aquel país y el gobierno,
al menos esa era la opinión de algunos sectores, no había puesto demasiado
interés en solucionar su posible repatriación. La acusación, más o menos
velada, era que estaba prestando más atención, por motivos de afinidad ideológica,
a los republicanos españoles que a los propios trabajadores mexicanos emigrados
a Estados Unidos. Mientras el problema de los trabajadores mexicanos se venía
arrastrando desde años atrás y no se había encontrado forma de resolverlo, al
de los exiliados españoles, incluso más importante en número, se le había
encontrado salida en poco más de un mes. El
respeto o no respeto a los criterios enunciados por el gobierno, básicamente,
los que se referían a las características socioeconómicas de los exiliados
(se trataba de admitir, mayoritariamente campesinos para colonizar las zonas
despobladas del norte), va a colocar en el centro de la polémica a Narciso
Bassols, encargado por el gobierno mexicano de gestionar los visados a los españoles
en París, a quien la prensa conservadora acusará de hacer caso omiso de estas
recomendaciones, en favor de criterios estrictamente políticos y en contra de
las necesidades reales del país. Sólo
en el caso de la combativa CTM de Lombardo Toledano el asunto de los exiliado s
se plantea como un problema de solidaridad de clase. No es un problema de
puestos de trabajo para los nacionales o los extranjeros sino de militancia
proletaria, de internacionalismo obrero. De acuerdo con esto, tanto los
problemas migratorios como los intereses nacionales deben de ser completamente
eliminados del debate: La
C. T.M. considera que el criterio que debe prevalecer para seleccionar a los
españoles que deben venir a México, es el del riesgo a que se hayan sujetos
los mismos españoles en el caso de que se vieran obligados a regresar a España
[...]. El problema es, pues, un problema de humanitarismo y responsabilidad
moral, y no un problema de migración, toda vez que no se trata de traer a
nuestro país inmigrantes colonizadores, sino de salvar a quienes se ven en
peligro de perder su existencia [...], la C.T.M. ha resuelto prestar su más
alta cooperación [...]. Por último, la C.T.M. contrarrestará toda la obra de
provocación y de protesta forzada que pretendan llevar a cabo grupos
irresponsables de agitadores al servicio del fascismo que ya tratan de levantar
una protesta aparente por la venida de los españoles a México.83 COMUNISTAS
CONTRA FALANGISTAS La
llegada de los exiliados coincide en el tiempo, en México y en el resto del
mundo, con un momento de radicalización ideológica en que el enfrentamiento,
no sólo verbal, entre fascistas y comunistas polariza gran parte de la lucha
política. Para
la prensa conservadora no cabía ninguna duda de que los exiliado s republicanos
eran la quinta columna comunista que los rojos mexicanos, y muy especialmente el
líder de la CTM, Lombarda Toledano, querían utilizar como fuerza de choque en
su lucha por la conquista del poder. Los refugiados españoles no eran los
derrotados de una guerra local, sino los luchadores de un conflicto de ámbito
planetario; su derrota en España no era un punto y final, sino el punto y
seguido de la batalla del comunismo por la conquista del mundo. Una caricatura
aparecida en el periódico La Prensa a mediados de marzo de 1939 con el título
de “Armas mortíferas" muestra perfectamente esta idea. Representa a dos
miliciano s, una vez entregadas las armas en la frontera francesa, que mantienen
el siguiente diálogo: Refugiado español. -¿Qué vamos a hacer ahora, sin armas? El otro. -iPropaganda! Una
vez que empiezan a llegar los primeros refugiados, los periódicos conservadores
insistirán en que los exiliado s republicanos que estaban llegando a México
eran sólo los lideres rojos derrotados en España y en que, acorde con lo
anterior, no llegaban como exiliado s en busca de amparo, sino desafiantes, en
busca de venganza. El
Universal dedica a el 10 de julio un editorial a la llegada del
"Sinaia" que refleja con toda precisión ambos argumentos: Nuestro
corresponsal en Veracruz ha dado cuenta a los lectores de este diario [...] del
"aire" que traían los recién llegados. En primer lugar, nos avisa
que viene un cargamento temeroso de líderes, a los que describe con
minuciosidad, expresando nombres y empleos pretéritos; son, -a lo que parece-
aguerrido s miembros de organizaciones militantes semiobreras, semipolíticas,
de las fraguadas al calor de las luchas intestinas.85 Es
decir, los que llegan son poco menos que agitadores profesionales, que además
llegan, no como derrotados, sino como combatientes, y como combatientes
comunistas: “Los
nuevos refugiados, dice el citado corresponsal, no dan la impresión de que
fueron derrotados, sino de que son combatientes aún, por todos sus gestos y
ademanes". Cuando el barco entró en la balúa, todos ellos, asomados por
las barandas de cubierta saludaron "al estilo comunista" levantando el
brazo y con el puño cerrado [...] no podemos estar de acuerdo, nosotros ni la
mayoría de la sociedad, con el "espíritu" de los recién llegados.
Traen una actitud de "gallitos de pelea", echan bravatas y hacen
signos de fidelidad agresiva, respecto de una teoría, sistema o política, en
abierta pugna con la Constitución del país.86 Unos
combatientes comunistas que explícitamente muestran su intención de participar
en la lucha política, tanto mexicana como española: Dijeron,
además, que vienen en calidad de emigrados, huyendo de la situación que
prevalece en España "a trabajar como líderes" y que, aún cuando al
ingresar en la familia obrera mexicana engruesen las filas de cualquier
organización sindical "podrán contar (no sabemos con que fin) con la
ayuda, a distancia, de las centrales españolas, por medio de sus representantes". .87 Entre
ellos vienen [...] uno que otro "Pedro Camacho Galindo, Presidente de los
Tribunales Populares de Jaén, Presidente del Tribunal Especial en Murcia y Juez
de Evasión en Capitales", quien, "según sus compañeros"
sentenció a muerte a no pocos enemigos de su bando, con la "sed de
justicia" que tienen los fanáticos de todas las causas [...] –los Camacho
Galindo y más de su calaña que están por llegar, al decir de los propios
emigrados- vienen y se quedarán contra la "ideología" de la población,
que no quiere, con toda franqueza sea dicho, a los políticos estalinistas.88 Los
refugiados que llegan a Veracruz no son los derrotados defensores de la República
española, son las aguerridas fuerzas de choque del comunismo internacional que
han convertido a América, y a México en particular, en su próximo objetivo y
campo de batalla: El
sovietismo [...] deshecho en España, derrotado en Francia en la entidad política
que se llamó Frente Popular, impotente en China, se derrama ahora sobre América
¿Va usted, C. Presidente, a permitir deftnitivamente que los deshechos de
Europa mancillen la dignidad de la Nación y que la canalla derrotada
ensangriente nuestro país? ¿Va usted a permitir que el movimiento de rotación
desencadenado por la Tercera Internacional después de la Gran Guerra se
desarrolle en México?89 En
este mismo sentido habría que entender la manera en que la llegada de los
exiliado s es presentada por la prensa conservadora. Todo el protagonismo de la
organización del recibimiento a los exiliado s, especialmente en el caso del
"Sinaia", es para la C.T.M. y para su líder Vicente Lombardo
Toledano. Pareciera que había sido Lombardo Toledano y no Cárdenas quien había
autorizado su venida a México. Aunque también se aprovecha para recordar a lo
republicanos españoles que no se dejen engañar por las apariencias, que quien
los ha recibido es México, no la C.T.M.; que México y la C.T.M. no son lo
mismo, ni siquiera el gobierno mexicano es lo mismo que México; y que es a México
a quien debe agradecer su hospitalidad, no a su correligionarios comunistas: Es
preciso subrayar, precisar, que las puertas que se han abierto ante los ex
combatientes españoles, no son las de la casa del gobierno, ni las de la casa
de la C.T.M., que no tiene más que las de sus oficinas: las puertas abiertas a
los emigrantes hispanos son las de México [...]. No deben tampoco tomar muy
al pie de la letra las apariencias de locura hospitalaria que les presenta el señor
licenciado Lombardo Toledano. Este líder no representa ni oficial ni
extraoficialmente a la Nación Mexicana, ni a todos los trabajadores de México,
ni a una gran parte de ellos siquiera,90 Una
sorda polémica, sorda porque nadie se atreve a acusar directamente a Cárdenas,
tiene lugar con respecto a los criterios seguidos para seleccionar a los
exiliados. La prensa conservadora insistirá, una y otra vez, en que estos deben
basarse "en principios de humanidad, cultura, sociología y demografía"91
y
no por otros de afinidad ideológica o militancia política. También lo hará
sobre como, en contra de lo que se había anunciado en un principio y
contraviniendo el generoso gesto del presidente Cárdenas, la legación mexicana
en París estaba seleccionando a los exiliado s al margen de estos criterios,
dejándose guiar por otros estrictamente políticos y partidistas: Nuestros
lectores están al tanto del giro que ha tomado la cuestión de los refugiados
españoles, traídos a México por un acto de noble generosidad del Presidente Cárdenas,
así como por la insistencia de nuestra Legación en París, la cual, según
parece, está torciendo ya el impulso original y el objeto que se ha declarado
perseguir en la empresa, pues está quitando a ésta, las condiciones que la
vuelven tolerable y dándole el aspecto político que repugna a la opinión pública
en general.92 Se
llegará incluso a afirmar que la Embajada de México en Francia, saltándose
todas las normas del derecho internacional, estaba haciendo dejación de sus
obligaciones y permitía que fuesen los propios líderes comunistas españoles,
Juan Negrín y Julio Álvarez del Varo, los que seleccionaban las personas a
quienes se concedía el visado. La preferencia por los comunistas se explicaba
además, según la prensa conservadora, por el hecho de que Bassols, encargado
por el gobierno mexicano de tramitar los visados a los republicanos españoles,
era poco menos que un agente comunista al servicio de Moscú. Su gestión había
desvirtuado el loable humanitarismo del presidente Lázaro Cárdenas en aras de
los intereses del comunismo internacional: En
la gran masa de exiliado s iberos destacan dos clases de inmigrante s
perfectamente determinadas: el obrero, el campesino, el técnico, que forman la
gran masa; y el que constituye el residuo de todas las grandes convulsiones [...]. El segundo tipo forma la escoria social que nuestro país tiene el
ineludible y patriótico deber de rechazar. En ella están asquerosamente
amalgamados los logrero s de la revolución, los explotadores del pueblo [...].
y bien: esta ha sido, cuando menos en parte, la clase de inmigración española
que nos ha sido traída a México. Desvirtuados los propósitos y los fines
presidenciales, la Legación de México en París, manejada conforme a su
capricho y diabólicos fines comunizantes por el licenciado Narciso Bassols, se
ha apartado traidoramente de la noble línea de conducta que le trazó el
Ejecutivo, y haciendo causa común con los intereses estalinistas que después
de traicionar a la República Española, fungen hoy de árbitros supremos de los
destinos de los españoles albergados en los campos franceses de concentración,
ha volcado sobre las tierras mexicanas a los indeseables que hicieron la
hecatombe española.93 Las
acusaciones se hicieron tan intensas que el propio presidente de la República
hubo de intervenir en varias ocasiones para afirmar taxativamente que era
mentira que los refugiados llegasen a México con el propósito de convertirse
en fuerza de choque de organización alguna. Frente
al peligro rojo que, según la prensa conservadora, suponían los comunistas
españoles, la prensa más cercana ideológicamente a la izquierda comenzó a
airear en los primeros meses de 1939 el peligro que representaba la presencia en
México de una organización fascista extranjera, la Falange Española.94 El
peligro no eran los comunistas españoles, sino los fascistas españoles, a
diferencia de los primeros encuadrados en una estructura cuasi militar y con una
explícita política de expansión imperial hacia los territorios de lo que había
sido la antigua Monarquía (la prensa más popular llegará a incluir titulares
como "ESPAÑA INTENTARÁ RECUPERAR SUS COLONIAS").95
Más
peligrosos aún, desde la perspectiva de la izquierda, porque podían encontrar
apoyos en el reaccionarismo criollo que con tanto ahínco se había opuesto en
el pasado, y se seguía oponiendo en el presente, al avance de las ideas de
progreso e igualdad que la revolución había implantado. Una vez más el viejo
fantasma de la alianza entre los conservadores mexicanos y la reaccionaria
colonia española: Tampoco
admire saber que la reacción criolla pretenda emparentarse con los extranjeros
a que aludimos [los falangistas españoles]; pero esta sociedad anónima está
destinada como todas sus antecesoras del mismo género, al fracaso más rotundo
y sonado [...]. Ha de contarse, desde luego, con que la enérgica advertencia
del Secretario de la Gobernación -hace referencia a una exhortación de
Gobernación a los directivos de Falange Española en México para que dejen de
causar desordenes públicos, so pena de expulsión del país- servirá para que
enmienden su conducta los elementos equivocados de la Colonia Española, y no
caigan en la táctica perversa que otros españoles tuvieron cerca de los
lturbide, los Santa Anna y los Miramón, ayudándolos con dinero a sostener
pronunciamientos y a provocar conflictos. Recordemos que Juárez tuvo que
expulsar del país a Pacheco, el Ministro de nefasta memoria.96 No
era la primera vez que los reaccionarios miembros de la colonia española en México
habían intentado inmiscuirse en los asuntos internos del país, y siempre habían
sido derrotados. Lo mismo ocurriría ahora si persistían en sus descabellados
propósitos. Resulta
significativo ver como frente al tema de los falangistas la prensa de izquierdas
re toma con gran facilidad un discurso hispanófobo en el que los viejos
estereotipos del antigachupinismo más tradicional se hacen explícitos sin ningún
recato. Prueba de hasta que punto formaban parte del substrato cultural profundo
de estos sectores ideológicos: Saben
también que [los falangistas] no pueden tener ningún arraigo en las masas
populares, porque de ellas viven, además de que su contacto comercial e
industrial no es grato, ya que el pueblo, como trabajador de sus fábricas o
consumidor de sus productos, siente sobre sí que permanentemente se le sisa el
salario o se le defrauda en el peso o en la calidad de las mercancías
[",]. Nadie se extrañe de saber que detrás del falangista se oculta el
hacendado desposeído, el especulador almacenista de granos, el empeñero
disfrazado o el vendedor de aguardiente. Tampoco admire saber que la reacción
criolla pretenda emparentarse con los extranjeros a que aludimos; pero esta
sociedad anónima está destinada como todas sus antecesoras del mismo género,
al fracaso más rotundo y sonado,97 El
problema falangista se fue agriando con gran rapidez, ya a finales de marzo la
Secretaría de Gobernación había citado a sus responsables para advertirles
que cualquier acto de agitación callejera sería castigado con la expulsión
inmediata del país. Estalló definitivamente con la celebración por la Falange
de un banquete, el día dos de abril en los locales del Casino Español, con
exhibición de uniformes falangistas y requeté s, saludos brazo en alto,
banderas en los balcones de la calle Isabel la Católica, presencia de
representantes diplomáticos de las potencias fascistas, Alemania, Italia y Japón,
etc. El
gobierno, a través de la Secretaría de Gobernación, emite una nota en la que
se niega cualquier reconocimiento jurídico a la Falange Española
Tradicionalista y de las JONS y reitera su profundo desacuerdo con aquellos
puntos programáticos que tienen que ver con una supuesta comunidad de hispánica
de naciones: Por
acuerdo de C. Presidente de la República y en relación con las ceremonias
efectuadas en el Casino Español, con fecha de ayer, esta Secretaria declara que
las autoridades mexicana s no reconocen personalidad alguna a la Falange Española
Tradicionalista y de las .T.O.N.S. [...] la cual, de conformidad con sus propias
Bases Constitutivas, persigue, entre otros fines, la plenitud imperial de España
mediante su expansión en Hispanoamérica, "tendiendo a la unificación de
cultura, de intereses económicos y de poder", con el carácter de
"eje espiritual del mundo hispano como título de preeminencia en las
empresas universales". Estima
el Gobierno de México que, sin desconocer la histórica obra social de la Vieja
España en el Nuevo Mundo, ni el necesario intercambio de valores espirituales y
mercantiles entre los países, es esencial a su soberanía y a su régimen
democrático: formar sus generaciones, organizar su economía y constituirse políticamente,
libre para siempre de toda intromisión extranjera y de toda penetración
imperialista. Además,
como los miembros de la Falange se proponen actuar en México y de hecho han
estado actuando en conexión con individuos y grupos políticos de oposición a
las tendencias de nuestra Reforma Social y constituye una hermandad juramentada
para obedecer en forma incondicional a sus jerarcas ya la causa de la Falange
[...], nuevamente reitera la Secretaria de Gobernación que la hospitalidad de México
está condicionada al respeto absoluto de nuestras Instituciones Republicanas
[...] Por otra parte, la presencia de un agente del Departamento de
Informaciones Políticas de esta Secretaria, no tuvo por objeto sancionar los
actos efectuados, sino desempeñar, en cumplimiento de su deber, las funciones
normales de información inherentes al propio departamento.98 Al
día siguiente, el líder de la CTM, Lombardo Toledano, en una entrevista
publicada en La Prensa, exige al gobierno la ilegalización de una institución,
cuyo carácter armado y retórica imperialista va en contra de la independencia
nacional. Pero el argumento de fondo del líder obrero es el carácter fascista
de una organización, cuyo enemigo principal son las organizaciones obreras. El
tono amenazante y de emplazamiento al gobierno es claro: La C.T.M. estima, además, que como no le corresponde el papel de disolver a los falangistas, aún cuando pudiera hacerlo en unos cuantos minutos, esta tarea es de las autoridades legítimas; pero declaramos que no toleraremos provocaciones por parte de los falangistas, porque si bien es verdad que la existencia de los miliciano s de Franco en México es contraria a la libertad nacional, contra quien van directamente los falangistas es contra el proletariado de México, y éste se va a defender [...]. Dice esto la C.T.M. porque en estado de ebriedad, anoche, algunos falangistas uniformados, tuvieron la osadía, frente a algunos edificios de sindicatos, de lanzar insultos.99 El
incidente tuvo amplio eco en la prensa de izquierdas, que en una serie de artículos
aparecidos en estos días, recuperó lo más florido del lenguaje antigachupín
característico de la prensa popular mexicana del siglo anterior. Aplicado ahora
exclusivamente a los participantes en el acto del Casino: Y,
por último, gañanes ¿qué? Vuestro casino ha triunfado. Poned en Vuestros
salones los retratos dramáticos del fuhrer y del duce: ellos son los verdaderos
triunfadores. Ya que arrojasteis la vergüenza, poned el cinismo en Vuestras
paredes. No os queda otro recurso, gañanes [...]. Vuestro triunfo debe
avergonzaros. No pusisteis ni una bala ni una gota de sangre para la victoria
ignominiosa. Los papeles italianos lo repiten con orgullo insultante: el
fascismo fue el vencedor de la República ¿A qué pues tanta alharaca, tanto
escándalo, tanta sidra, tanto grito? La bandera monarquista, con todo y que
estaba deshonrada, ha sido deshonrada una vez más: fue llevada a Madrid por
moros, Vuestros eternos enemigos, y por fascistas, Vuestros conquistadores. ¿Por
qué y para qué tanto alarde, por algo que debía avergonzaros, si tuviéseis
una gota de noble sangre española en las venas? ¡Ah!
Y no sólo eso. No. Vuestra bandera -que otrora simbolizara la monarquía, y que
hoy simboliza la sumisión- fue un reto a México, colgada en los balcones
alborozados del Casino. Y cuidado, gañanes, porque a México no se le reta en
vano. Enloquecidos por la victoria del fascio y por el vino español, os habéis
portado como lo que sois, unos: patanes; como lo que sois, otros: pobres tontos Hacéis alardes, muchos alardes.
Yeso es peligroso. Sabéis que México entero, y su gobierno, simpatizaron
abiertamente con la República Española. y en vuestros balcones, que miran a
Palacio, pusisteis muñecos infamantes vestidos de requetés y de falangistas
[...]. y México entero os observa. Y, desde hace siglos os ha denigrado con epíteto
indígena que ya es un reto o una injuria: igachupín! Y, por último, gañanes,
¿qué? ¿Desafiáis a México? ¿Ponéis vuestros lujos de casino y vuestros
gritos de ebrios sobre vuestras conveniencias de residentes?... iCuidado con una
equivocación trágica! [...]100 La
huelga en el sector panadero, que estaba teniendo lugar por esas mismas fechas,
hizo derivar rápidamente el problema falangista hacia un típico conflicto de
comunistas contra fascistas, tan habitual en esos años, en la que estos últimos,
la Falange Española, aparecía como una fuerza de choque al servicio de los
empresarios. Había, bien es cierto, una extraña peculiaridad, tanto los
empresarios como la fuerza de choque eran extranjeros, gachupines. La CTM
denunció en una serie de mítines esta alianza y la intervención de los españoles
en la vida mexicana: Habló
primeramente el líder panadero Antonio Regalado, para explicar que los
trabajadores de esta industria no transigirían con los propietarios de tahonas,
y que sostendrían la actual huelga. Culpó al monopolio español del pan de la
situación grave que existe, y afirmó que ahora, con el triunfo de Franco en
España, los iberos aquí radicados habían tornado a conspirar contra el régimen
del general Cárdenas. Otro
líder, Luis Ipaa Rodríguez, señaló al Casino Español y al Centro Asturiano
como centros de conspiración, y afirmó que sostenían a Falange Española para
enfrentarla al Gobierno de México.101 Menudearon
los enfrentamientos entre falangistas y cetemetistas, incluidos los
apedreamiento s del Centro Asturiano y el Casino Español. El Gobierno optó,
finalmente, el día 4 de abril, por la aplicación del articulo 33 a Villanueva,
Riestra y Celorio, líderes de la Falange Española en México, y apenas un mes
más tarde, el 9 de mayo por la disolución de la misma. Acabó así un
conflicto, que si bien volverá a aflorar episódicamente en los meses
posteriores, por ejemplo con denuncias sobre actos falangistas, parece que fue
zanjado de forma definitiva. ¿ESPAÑOLES
O MEJOR DE CUALQUIER OTRA PARTE? Ya
desde los inicios de la vida independiente, incluso desde finales de la colonia,
existió entre las elite s mexicanas el convencimiento de la necesidad de una
activa política inmigratoria, planteada como un problema de cantidad y de
calidad; de cantidad por el convencimiento de que el país estaba vacío,102
de
lo que resultaba un bajo aprovechamientos de sus inmensas riquezas (y el mito de
la riqueza natural e inexplotada del país es uno de los más persistentes en el
imaginario mexicano, sin que nadie sepa muy bien que significa exactamente) y,
lo que a veces parece ser prioritario, el despoblamiento de amplios territorios,
sobre todo en el norte, que los hacia objetivo fácil del expansionismo gringo,
y aquí el doloroso ejemplo de Tejas se convertía en cita obligada; de calidad,
porque, a pesar del retórico indigenismo liberal, que podría resumirse en que
los indios son buenos, pero mejores cuando más lejos estén en el tiempo y en
el espacio (lo que explica que los lejanos indios de la época prehispánica se
conviertan, sin ninguna duda, en los indios ideales), lo cierto es que las élites
mexicanas dan muestras a lo largo de todo el siglo XIX, y parte del XX, de un
profundo racismo, cuya principal víctima son los indígenas. Véase como
muestra este ejemplo extraído de El Economista Mexicano, una revista no
especialmente reaccionaria, ya casi a finales del siglo XIX: Según
hemos visto en un diario americano, han estado pasando de los Estados Unidos
para Durango por la frontera, furgones de ferrocarril cargados con negros del
Sur que vienen contratados para las fl1lcas algodoneras de Durango y Coahuila
[...], Es dudoso que bajo el cielo de México y con las costumbres
arraigadas del vicio y de la corrupción, puedan esos nuevos brazos prestar
todos los servicios que de ellos se esperan; sobre todo cuando no hay entre
nosotros el especial carácter para tratarlos que poseen nuestros vecinos del
norte [...]. Hambrientos, impulsivo s, con la fogosidad (sic) de su sangre
africana, no será nada extraño, sino natural, que estos repitan aquí y en
mayor escala, los crímenes que han hecho tristemente célebre toda la región
Sur de los Estados Unidos [...]. Más supongamos que por arte de algún
genio tutelar, estos colonos se apeguen al trabajo, y vivan en santa paz con sus
principales y con la sociedad: es de suponer también que formarán familias,
que escogerán, para formarlas, mujeres de raza indígena, ¿Que resultará de
este consorcio andando el tiempo? Una raza esencialmente degenerada de zambos,
peor mil veces
por sus tendencias inmorales y por su repugnante físico que la raza pura de
nuestros indios, de por sí ya harto degenerada [...]. Ningún país moderno
medianamente civilizado apelaría hoya este elemento para llenar las
deficiencias de su población; más bien, las naciones que los poseen, como los
Estados Unidos, Brasil, etc., se alegrarían infinito de que por alguna suerte
de magia desapareciese de la noche a la mañana toda la población negra que
encierran, pues comprenden, no sin razón, que les es ya nociva, ahora, sobre
todo, que la abolición de la esclavitud le ha quitado el único mérito (?) que
tenía: el de ser una sumisa bestia de trabajo.103 Racismo
que lleva implícita la idea de que contribuir a blanquear la población del país
era prácticamente un fin patriótico. En
este sentido, el afán repoblacionista es mantenido por el Estado mexicano hasta
fechas muy tardías. Todavía, y para el caso que aquí nos ocupa, en el año
1939 la Secretaría de Gobernación afirma "que la inmigración debe de ser
fomentada por la razón fundamental de que México es un país despoblado y
necesita de una fuerte inyección de hombres deseosos de trabajar y que se
fundan con la población mexicana."104
Opinión compartida de forma prácticamente universal por las élites del
país. México, como todos los demás países nuevos de América, necesitaba
fuertes contingentes migratorios para poder desarrollar su inmenso potencial
económico. Las
diferencias surgen en torno a quienes son los inmigrantes ideales. El
filoanglosajonismo de los liberales hubiese hecho previsible una preferencia por
los emigrantes del norte de Europa, sin embargo, el miedo al expansionismo
yanqui, favorecido por una población afín, y aquí el asunto de Tejas seguía
omnipresente, hizo que no fuese así. La retórica de las razas latinas hizo el
resto y, en general, hubo un cierto consenso en que, tanto por motivos étnicos
como religiosos y culturales, los inmigrantes provenientes de naciones latinas,
a los que había que añadir los católicos irlandeses (éstos tenían también
a su favor, además de la religión, el pintoresco antecedente de que en la
invasión norteamericana de mediados del siglo XIX varias decenas de ellos habían
desertado pasándose a los mexicanos, el célebre Batallón de San Patricio, lo
que mostraba su afinidad con éstos y no con los estadounidenses) eran
preferibles sobre todos los demás. Es este un discurso que se mantiene todavía
hasta fechas realmente tardías y así, para referirnos al momento de llegada de
los exiliado s españoles, la Secretaría de Gobernación prevé en 1939 que
para el año siguiente se restrinja prácticamente de forma absoluta la
inmigración "no latina". Hay
algunas diferencias entre liberales y conservadores. Para los primeros los
inmigrantes óptimos son los franceses, patria del liberalismo republicano,
aunque como ya se ha visto anteriormente a finales del XIX se había producido
una cierta reconciliación con lo español; mientras que para los segundos,
fruto de su hispanofilia, no cabe ninguna duda de que son los españoles. La
llegada de los exiliado s republicanos introduce ligeras variaciones de matiz.
La izquierda, a grandes rasgos continuadora del discurso identitario liberal,
comienza, sin embargo, a utilizar argumentos en los que la idoneidad de la
emigración hispana se justifica de forma muy parecida a como lo había hecho el
conservadurismo tradicional: Es
una cuestión de honor para América Latina no permanecer indiferente ante la
terrible situación en la que se encuentran los numerosos refugiados españoles,
Con excepción hecha de Haití y el Brasil, todos los latinoamericanos tenemos
algo que deberle a España; el que no es en un ciento por ciento de origen español,
lleva en sus venas alguna gota de sangre o por lo menos de su idioma y su
cultura. De ahí que todos tenemos motivos para ser sensibles ante la tragedia
de España y sobre todo para pugnar porque la opinión pública sea movida en el
sentido de que sea ella la que induzca a dar hospitalidad en las tierras que
conquistaron los intrépidos españoles del siglo XVI, al mayor número de
posibles fugitivos que de suelo francés podrían ser devueltos a la zona de
peligro franquista [...]. Si se aprecia el asunto bajo el punto de vista de
la calidad de los emigrantes, cuya admisión se estudia actualmente en América,
si se compara la anterior y normal migración española con las de otras
procedencias, sin desmeritar éstas, puede decirse que lejos de ser indeseable,
la presencia española, al contrario ha dado muestras de ser deseable,
conveniente y, en algunos Estados, necesaria, sobre todo en aquellos cuya
despoblación requiere medidas de población adecuada a su etnicidad histórica. Humanidad,
sino además, en cuanto a aquellos que carecen de migraciones, más o mertos
laboriosas, habrán llenado una necesidad, si se toma en cuenta que el español
es un elemento de trabajo y de progreso, que no tarda en asimilarse al medio en
que le toca habítar como ha quedado demostrado en sus descendientes y progresos
consumados en cierra americana.105 Acojan
los pueblos de América Latina hasta donde sea posible, el mayor número de
refugiados españoles, y habrán cumplido no sólo con un deber de humanidad,
sino además, en cuanto a aquellos que carecen de migraciones, más o mertos
laboriosas, habrán llenado una necesidad, si se toma en cuenta que el español
es un elemento de trabajo y de progreso, que no tarda en asimilarse al medio en
que le toca habítar como ha quedado demostrado en sus descendientes y progresos
consumados en cierra americana.105 México
ahora es sinónimo de libertades, de amor, de grandeza, Somos descendientes de
Nicolás Bravo y vive en nuestros corazones la ayuda inmensa Francisco
Javier Mina el que sin duda soñó una patria amorosa para los hijos de España
[...] De todos los inmigrante s, el español es el mejor, el que más nos
conviene: el habla nuestra lengua o nosotros la suya, o las dos razas la misma,
El español nos entiende, Él es mejor que el orgulloso y tonto árabe, es mejor
que el enigmático japonés, que el alemán, que el inglés y que todos.106 Resulta
extraño ver a un periódico de la izquierda mexicana afirmar de forma tan
tajante la idoneidad del emigrante hispano y, sobre todo, utilizar la historia,
no para probar de enfrentamiento irreductible y sangriento de dos pueblos y dos
civilizaciones, como era tradicional en la prensa liberal, sino como ejemplo de
fraternidad entre ellos (Nicolás Bravo, en uno de los escasos gestos
humanitarios que se vivieron en la Guerra de Independencia, perdonó la vida a
un numeroso grupo de prisioneros realistas; el navarro Francisco Javier Mina, héroe
de la independencia mexicana, viajó de España a América, no para combatir a
los insurgentes sino para luchar contra los realistas, siendo finalmente
fusilado por éstos). Aunque
en algunos casos esta misma prensa, movida sin duda por sus tradicionales
prejuicios antigachupines, a la vez que valora positivamente las ventajas de una
inmigración española, aprovecha al mismo tiempo para justificar su oposición
anterior, y es que estos españoles finalmente poco o nada tenían que ver con
los gachupines tradicionales: Por
otra parte, es incuestionable que el campesino y el obrero españoles, -que no
el chalán y el chulo que la Monarquía nos envío a porrillo- reúnen, además
del vigor físico, energía y capacidad técnica que garantizan su éxito igual
en el campo que en la fábrica, condiciones especiales de identificación
espiritual con nuestro pueblo, prometiendo una incorporación integra y pronta
al medio y su consiguiente y definitivo arraigo entre nosotros; o, en otros términos,
su total mexicanización a la vuelta de unos cuantos años [...]. Un territorio
con una densidad de alrededor de 9 habitantes por kilómetro cuadrado y enormes
riquezas potenciales en ocio, necesita inmigración, pero sana y apropiada, como
lo es -ya lo ha dicho el señor Presidente- la inmigración española.107 La
derecha, heredera de la hispanofilia conservadora, no abandona, por el
contrario, sus argumentos, pero sí pone en duda que sean precisamente
"estos españoles", los que llegan con el exilio, los que México
necesita: Esto
no quiere decir que deba ser rechazada la inmigración española. Lo que desea
explicarse es que para ellos y para nosotros es mejor la inmigración normal,
sin los inconvenientes de un movimiento de masas y sin implicaciones políticas.108 Pero,
finalmente, y esto es lo más llamativo desde el punto de vista de la
pervivencia de los imaginarios colectivos, parece que el trasfondo ideológico
favorable a lo español acaba por imponerse en los medios conservadores, aunque
sean españoles rojos. Ya desde antes de la llegada de los primeros exiliado s,
y cuando ésta sólo era un proyecto, no es extraño encontrarse en esta prensa
los viejos argumentos sobre la preferencia que México debe de mostrar hacia la
inmigración española ya que: Si
alguna emigración puede considerarse deseable, ésta es la española, porque el
español, hermano de raza, es de aquellos que mejor se amoldan a nuestra vida
nacional, arraigando en ella, de tal modo, que acaba por ser casi tan mexicano
como nosotros. Con raras excepciones, el español forma aquí su hogar, su
familia, su descendencia, que da continuación a nuestra raza mestiza. Tendrá
defectos como los nuestros, pero entre sus cualidades está la de ser
trabajador, y México lo que más necesita es de hombres trabajadores.109 Quienes
pugnaron por una acogida generosa y amplia no se dejaron llevar únicamente por
los imperativos de solidaridad humana, sino que tuvieron muy en cuenta que México,
país de población escasa, necesita de la aportación inmigratoria. y que pues
del resto de América no cabe esperarla numerosa y de la inmigración
proveniente de África y Asia es mejor no hablar, por poco deseable, la
proveedora humana ha de ser exclusivamente Europa, y de todos sus países España
con preferencia, por ser sus nativos, quienes se afincan vitaliciamente aquí,
fundiéndose en los anhelos nacionales, constituyendo familias mexicana s y
siendo, en definitiva, una auténtica aportación poblatoria, no un postizo que
dura unos años y que regresa después al país de origen, restando a la economía
de aquí las fortunas obtenidas durante una época de intensos trabajos y
luchas.110 Y
no sólo en la prensa, Gilberto Loyo, Presidente del Comité Mexicano para el
Estudio de los Problemas de Población, declara, en los primeros días de abril
de 1939 y ante las noticias de que un numeroso grupo de exiliado s españoles
podría llegar a México, que: El
Comité Mexicano para el Estudio de los Problemas de la Población [...] ve con
profundo interés este proyecto de inmigración de auténticos españoles bien
seleccionados, que constituye la última oportunidad que por muchos años tendrá
México para aumentar el caudal de su población española, porque el español
es, sin duda, el mejor inmigrante que México puede recibir.111 Hasta el mismo presidente Cárdenas utilizará argumentos parecidos para defender su decisión de abrir las puertas al exilio español: Desde luego, díjonos, México
necesita poblarse. Aquí pueden tener cabida contingentes grandes de inmigración
sana, y para ello, ninguna tan apropiada como la
española, que es nuestra raza, pues de ella descendemos, cosa de la que se
olvidan los opositores.112 Pareciera
que estuviésemos leyendo a cualquiera de los conservadores criollos del siglo
XIX. La misma retórica de la sangre, la cultura y la religión, el mismo
racismo contra la inmigración no blanca y los mismos argumentos de la mejor
integración de los españoles en la vida mexicana que los naturales de otros países
europeos. Es cierto que la llegada del "Sinaia", con sus milicianos
descendiendo del barco con los puños en alto enfrió un tanto las efusiones
hispanófilas. Pero sólo por un corto periodo de tiempo. Finalmente la prensa
conservadora acabó abogando por la idea de que esta inmigración española,
aunque roja, venía a satisfacer de la mejor manera posible las necesidades de México. En
líneas generales se podría afirmar que, al margen de posicionamientos ideológicos,
la llegada de un importante número de inmigrantes, blancos, españoles, con una
alta capacitación técnica y profesional y que llegaban formando parte de
grupos familiares, fue vista, desde la perspectiva de la política migratoria,
como una especie de regalo del cielo. Finalmente, los sucesivos fracasos de la
política inmigratoria mexicana, que había sido incapaz de colonizar el país,
parecían poder resolverse gracias a al oportuno conflicto español. El viejo
anhelo de una política de colonización, al estilo de la que habían llevado a
cabo, con espléndidos resultados, los Estados Unidos de América, el poderoso
vecino del norte, podía llevarse finalmente a cabo. No era la solución a un
problema coyuntural, era la solución a uno de los problemas históricos de México: "Bien
puede gloriarse el pueblo mexicano de que puesto en posesión de sus derechos,
es arbitro para fijar la suerte y los destinos de 8.000.000 de habitantes y de
sus innumerables futuras generaciones", dijo, el 24 de febrero de 1822,
Agustín de lturbide al instalar el Congreso. Han pasado más de cien años. Las
"innumerables futuras generaciones" bien que se pueden numerar. El
territorio nacional se nos ha reducido a menos de la mitad [...] La población
no se ha triplicado siquiera. Nuestra escasez de población sigue siendo un
problema [...]. El 21 de mayo de 1825 el Presidente de la República, general
Victoria [...] hizo gala de extraordinaria elocuencia para elogiar el
"proyecto grandioso de enseñanza pública" por el que propugnaba la
finalidad de promover "la moral y la ilustración" y hacer de nuestra
patria [...] la meca de una gran corriente migratoria [...]. Por desgracia, a
pesar de estar dispuesto el país a recibir inmigración y asimilarla, en los años
difíciles que siguieron al gobierno de Victoria no vino la inmigración deseada
[...]. Si en México hubiéramos tenido población lo suficientemente numerosa
para la consolidación de la patria, otra hubiera sido nuestra suerte. Hago
hincapié en que el gobierno del general Cárdenas al auspiciar la inmigración
de españoles a México realiza en forma eminentemente práctica lo que todos
los estadistas de México preconizaron desde la vida independiente del país
[...]. Se trata de la realización de un anhelo que han sustentado todos los
hombres que han comprendido la realidad mexicana y han meditado profundamente
acerca de su resolución. Detrás de la política cardenista, están Victoria,
Mimiaga, Gómez Farías, Bustamante, Herrera, Zarco, Lerdo de Tejada, Ramón
Guzmán, Juárez y el propio Díaz por quien suspiran los reaccionarios que más
rudamente atacan la inmigración de españoles.113 Los
refugiados españoles llegaron además en un momento crítico de la polémica
sobre la idoneidad racial de los inmigrantes. En los años [males de la década
de los treinta la prensa popular mexicana comenzó a hacerse eco del problema de
los "indeseables", adjetivo utilizado con absoluta naturalidad para
referirse a los inmigrante s que estaban llegando al país en gran número y que
por sus orígenes étnicos y/o culturales eran considerados perjudiciales para
la población mexicana, básicamente judíos centroeuropeos y árabes. De este
modo un artículo señalaba que "con insistencia digna de mejor suerte,
hemos venido combatiendo la invasión cada día mayor de: turcos, rusos, árabes,
sirio-libaneses, checoslovacos, polacos, húngaros y, en general, individuos
indeseables".114 La
invasión de los "indeseables" estaba llegando a tal punto que no sólo
suponían una amenaza para la población mexicana, sino también para todas
aquellas minorías de inmigrante s europeos cuya presencia se consideraba
beneficiosa para el país. Tanto los nativos como los extranjeros asentados en
el país estaban siendo desplazados de sus actividades económicas
tradicionales: El
licenciado Juan Gallardo, Oficial Mayor de la Secretaría Particular de la
Presidencia de la República [...] Nos refería que cuando prestó sus servicios
en una institución hipotecaria, se dio cuenta de que aproximadamente un treinta
por ciento de las operaciones que se llevaban a cabo de compra de inmueble s era
hecha por extranjeros de origen ruso, polaco, griego, etc. [...] Siguió
comentando que el comercio en general ha sufrido la incursión de esos elementos
bien llamados indeseables, quienes han desplazado de las tiendas de ropas a los
franceses, de la ferretería a los alemanes, y hasta a los españoles de los
abarrotes, sin contar con los mexicano que han sido desplazados.115 Los
españoles, en la retórica racial las primeras décadas del XX, "una raza
afín y asimilable", podían ser un buen antídoto contra la invasión de
"indeseables", que estaba anegando al país. La
política de inmigración tenía también otros requisitos. No sólo era un
problema de número y de capacidad de asimilación a la vida nacional. El país
necesitaba, y en eso había una coincidencia absoluta, corregir los errores de
una política inmigratoria que se había caracterizado por la concentración
socioeconómica y geográfica de los inmigrantes: en las ciudades del centro del
país y en las actividades terciarias. Se necesitaban obreros industriales y
campesinos para poblar y desarrollar los extensos espacios vacíos del interior
de la República. Este
fue de hecho el argumento principal de la política cardenista que reiteró, una
y otra vez, que los exiliado s serían seleccionados en función de estos
criterios, que su venida fortalecería las actividades productivas en los campos
e industrias mexicanas y que con ellos se iban, por fin, a colonizar los
inmensos espacios vacíos del norte mexicano. Esto último, al menos desde la
perspectiva de algunos periódicos, planteado no sólo como un objetivo económico,
sino también geoestratégico. Era una forma de contrarrestar con elementos españoles,
al fin hermanos de sangre de los mexicanos, la insidiosa penetración
norteamericana que tan funesta había resultado en el pasado: Si
se atiende a la historia de México, desde la dominación española,
forzosamente se tiene que admitir exclusivamente, o por lo menos de preferencia,
a la raza hispana. La
parte norte del país, por razón de vecindad con los Estados Unidos,
espiritualmente se está desmembrando de los habitantes del centro de la República,
y es el momento de hacer una distribución adecuada que el Gobierno Federal debe
de tener en cuenta. De éstos, mil ochocientos inmigrantes de filiación
republicana de españoles, deben de enviarse a la parte norte, pues el idioma,
el rico idioma español, se está volviendo una mezcla sin sentido, creándose
una fonéticamente un idioma que ya no es ni español ni inglés.116 Obviamente
la prensa afín al gobierno se encargó de resaltar aquellas noticias que
mostraban como se estaban cumpliendo estos objetivos. La prensa conservadora por
su parte resaltará precisamente lo contrario: la mayoría de los exiliados, en
contra de lo que se había afirmado, no eran obreros industriales y campesinos,
sino intelectuales o profesionales; y su destino mayoritario no estaba siendo
las regiones despobladas del norte sino los grandes núcleos urbanos y en
especial la ciudad de México: El
día dos por la noche, comenzó a salir de Veracruz, con destino a México y
otros lugares del interior de la República, uno de los contingentes de
refugiados que llegaron a bordo del “Alandree". Entre ellos vienen
-es posible- algunos trabajadores; pero no solamente por destacados, sino por
numerosos, se distinguen entre los recién llegados los políticos, los
profesionistas liberales, médicos, ingenieros, abogados, estudiantes,
periodistas [...]117 No
se estaban respetando las directrices que el propio gobierno había proclamado y
la llegada de los exiliado s españoles, al margen de no resolver el problema de
la colonización del territorio vacío y de falta de mano de obra especializada
en los sectores industriales, agudizaba el de un sector terciario especializado
ya de por sí muy superior a las necesidades que el país demandaba: Es decir, en los días en que se daban a la opinión pública seguridades, parecía que --con excepciones en las que todos estarían de acuerdo en admitir Han
llegado, como antes decimos, personas que tienen "título" para
ejercer una profesión liberal ¿Puede imaginarse que harán otra cosa distinta
de la que siempre han hecho? Los médicos, los profesores, los abogados ejercerán,
sin duda, su oficio o tratarán de ejercerlo, en cuya tarea serán ayudados por
las autoridades, Y lo harán en detrimento de los mexicanos, porque es bien
sabido que en
México hay plétora de profesionistas,118 Como
principal responsable de que estas directrices no se estuviesen cumpliendo
aparecía la Embajada de México en París, cuyos criterios para el visado de
pasaportes estaban siendo exclusivamente políticos y no económicos, guiados
por motivos partidistas y no de interés nacional. 61
Las
radicalizadas posturas frente al exilio republicano se fueron dulcificando con
gran rapidez. La prensa de derechas, tradicionalmente hispanófila, recuperó en
un muy corto periodo de tiempo la ya habitual favorable imagen de los españoles.
Pasado el susto de los puños en alto del "Sinaia", los siguientes
desembarcados vuelven a ser españoles y no rojos; y, por lo tanto, para estos
sectores de opinión, con una imagen casi ideal. Ya en agosto de 1939 podemos
leer en El Universal: Ellos
visten con modestia, llevan ropas humildes pero, eso sí, las portan bien
limpias y con toda dignidad. Ellas procuran una mejor presentación y se
acicalan y adornan con detalles plenos de feminidad y de innata coquetería. Sin
humildad, pero tampoco con soberbia, los refugiados prontamente se han mezclado
con el pueblo jarocho y lo mismo se les ve integrando sus diarias tertulias que
tienen por escenario las arcadas coloniales de los acogedores y típicos
soportales, que asistiendo los días de serenata, a la preciosa Plaza de Armas
del Puerto, la florida bombonera jarocha.119 Hasta
el calificativo de comunistas que se les había aplicado en un principio
comienza a aparecer como un engaño interesado de círculos políticos
mexicanos: Un
gran número de refugiados españoles ha hecho sensacionales revelaciones acerca
de los manejos de las personas que en nombre el gobierno de México se han
encargado de traer a los millares de hombres y mujeres que se hallaban sufriendo
intensamente en los campos franceses de concentración. La verdad, afirman
ellos, es que nada tienen que ver con el comunismo, a pesar de lo cual se trata
de mantenerlos uncidos al carro de José Stalin, colgándoles el sambenito de
comunistas, lo cual les ha acarreado grandes dificultades y sinsabores en México.120 La
prensa conservadora dejó de interesarse por los enfrentamientos entre la vieja
colonia y los nuevos españoles del exilio. Incluso ya a partir del verano de
1939 es claramente perceptible, como se ha dicho anteriormente, el interés de
los periódicos de este grupo en mostrar el acercamiento que se estaba
produciendo entre ambas comunidades. Todos los periódicos destacan el hecho de
que en las fiestas de Covadonga, la fiesta emblemática de la vieja colonia española,
de septiembre de ese año actuara la banda "Madrid", formada por
exiliados republicanos bajo la dirección del maestro Oropesa y comienzan,
incluso, a ser habituales las noticias en las que se muestra la solidaridad de
los españoles ya asentados en el país con los exiliados republicanos. Por
otra parte, son ahora los periódicos conservadores, a diferencia de lo que había
ocurrido en los primeros meses, los más interesados en destacar las inversiones
del exilio español. Los exiliados dejan de ser considerados como competidores
de los trabajadores mexicanos y retornan su antiguo papel de empresarios
creadores de riqueza: Hemos
sido informados que los capitales pertenecientes a los refugiados españoles ya
empezaron a ser invertidos en nuestro país. Según
noticias que recogimos, el Comité Prorefugiados, que se integró en México,
tiene en vías de realización proyectos para tres grandes industrias: una
fundición de hierro y acero, una factoría de productos eléctricos y una
empresa editorial.121 El
proceso se acelera con gran rapidez y ya en los primeros años de la década de
los cuarenta es claramente perceptible la simpatía de la prensa más
onservadora hacia el exilio republicano que, finalmente, estaba resultando
bastante más moderado que los peligrosos rojos comunistas de los que se había
hablado en un principio. Hay incluso como una especie de satisfacción, como si
al fin el viejo sueño criollo se hubiese hecho realidad: los inmigrantes españoles
habían dejado de ser los incultos peninsulares que las élites mexicana s habían
tenido que soportar durante siglos, que aunque zafios eran blancos y españoles,
y ya no sólo eran españoles sino españoles perfectamente presentables en
sociedad. El
choque del exilio fue mucho más fuerte, y de consecuencias mucho más
duraderas, en el imaginario de la izquierda mexicana. El antigachupinismo, que
había sido casi una seña de identidad, primero del liberalismo decimonónico y
después de los revolucionarios del siglo XX (todavía entre los seguidores de
Zapata, en el conflictivo Estado de Morelos, un lugar emblemático del
cot1flicto gachupín, pudo escucharse el grito de "muerte a los
gachupines"), tiene que enfrentarse a unos españoles que son de los suyos.
No son los habituales abarroteros, prestamistas o capataces de haciendas, sino
intelectuales. Hay una especie de subterfugio ideológico que, en el imaginario
de esta izquierda, convierte a los exiliados republicanos en algo diferente a
los "gachupines". Son españoles no gachupines, y el viejo y
peyorativo epíteto pasa a denominar, no un origen nacional, sino casi una
categoría moral. Una diferenciación que, posiblemente, ya se venía gestando
en los medios intelectuales progresistas desde unos años antes --en este
sentido, Vasconcelos comentó respecto a la emigración de españoles
"rojos": "Usted lo ha dicho: necesitamos inmigración de españoles;
no de gachupines"-122,
pero
que a partir de la llegada de los exiliados se convierte prácticamente en un
lugar común: No
renegamos de nuestra nacionalidad. Gritamos, en estos días de loco patriotismo: -¡Mueran
los gachupines- Pero
no creáis, salvajes reaccionarios, que ese grito es antiespañol. Nosotros
gritamos contra los explotadores, contra la canalla expoliación de la España
monárquica de otrora; contra la brutal explotación del gachupín de ayer que
era capataz y que era y sigue siendo explotador. Pero, ¿contra los españoles?
No. Ni lo esperéis. No somos bóxers. Amamos y amaremos siempre al español que
llega a México con la pluma en la mano y con la sabiduría a flor de labio.
Pero detestamos -y es debido- al español rudo que explotó el campo y a los
campesinos; que vende y que vendió venenos en las tabernas.123 España,
palabras de Carlos Fuentes, con el exilio republicano deja de ser, y cito de
memoria, esa "vieja puta mendiga sentada a las puertas de una
iglesia". Una frase que no dice nada de España, pero que, a cambio,
refleja perfectamente la imagen que de España se hace alguien socializado en el
discurso de la izquierda intelectual mexicana. Lo
paradójico del caso es que, muy probablemente, y este es un estudio estadístico
que está sin hacer, muchos de estos españoles exiliado s, posiblemente la
mayoría, acabaron ajustando su vida mucho más al viejo modelo del gachupín
emprendedor, del empresario que logra abrirse camino en el mundo de los
negocios, que a la del intelectual dedicado a la ciencia por el bien de la
humanidad que la hagiografía del exilio nos ha transmitido. Pero los
imaginarios, la retórica en definitiva, no son reflejo de la realidad, sino
creadores de realidad. Ya
desde una perspectiva más amplia, el exilio tuvo también una importante
influencia en el debate sobre el hispanoamericanismo y el panamericanismo. Si
durante el siglo XIX y primeros años del XX hubo un posicionamiento claro y
estanco en la vida pública mexicana fue el que enfrentó a liberales y
conservadores en torno a estos dos conceptos, convertidos prácticamente en seña
de identidad de unos y de otros. Ser liberal significaba ser panamericanista,
una forma de oponerse a la vieja España inquisitorial y católica; mientras que
ser conservador significaba, por el contrario, ser hispanoamericanista, una
forma de oponerse al imparable avance de la cultura protestante anglosajona. Es
cierto que los liberales siempre habían tenido problemas con la espada de
Damocles del expansionismo norteamericano, al fin y al cabo la perdida de los
territorios del Norte (California, Nuevo México, Arizona y Tejas) es uno de los
elementos centrales de la liturgia dramática del nacionalismo mexicano; también
que este expansionismo se volvió un problema más acuciante con la deriva
imperialista de los Estados Unidos a partir de su victoria sobre España en el
noventa y ocho; pero no es menos cierto que la llegada del exilio ofreció a los
herederos del liberalismo decimonónico un hispanoamericanismo alternativo,
tanto al cada vez más temible panamericanismo norteamericano, como al caduco
hispanoamericanismo católico español. El exilio, o mejor la Guerra Civil, si
bien resulta difícil separar uno de otra en su influencia sobre las relaciones
México-España, mostraba que la cultura española podía ser más que la
Inquisición y el rezo del rosario; podía ser también Machado, A1berti, Azaña,
etc. Resulta
realmente sorprendente leer, a finales de la década de los treinta, en un periódico
de la izquierda mexicana un auténtico panegírico al hispanomericanismo, para
ser más exactos al nuevo hispanoamericanismo: Antes
de ahora, es decir antes de la guerra civil española, tornada guerra de
penetración fascista [...] el hispanoamericanismo carecía del fundamento y
estructuración vitales que era necesario para que viviera en corporeidad y
realidad. Era
una palabra vacua, sin sentido [...] la realidad del americanismo de preguerra,
era, apenas, una pobre ficción teatral en la que jugaban, dualizando el coro,
voces de élite, individualista s, españoles y américo-españoles [...]. Ahora
es cuando se ve nacer el verdadero hispanoamericanismo. Surgido de una misma
matriz creadora: la necesidad de cohesión de un núcleo homogéneo, humano que
por sobre la distancia de un mar ancho, hablando un mismo idioma, tiene unos
mismos intereses políticos -y aquí se contempla a los intelectuales y
materiales- y lucha por un mismo ideal común a toda la humanidad: la redención
total y auténtica del hombre. y nace el hispanoamericanismo -no por nuestro
deseo- de una necesidad material, de un hecho dialéctico, que ha borrado de un
brochazo el espejismo hispanoamericanista. La guerra española removiendo en el
alma de los pueblos de Hispanoamérica, lo que hay de más noble e intimo en
ellos: su sentido de solidaridad humana -que no sólo del congénito de su
parentesco racial-, ha puesto en evidencia la negación que entrañaba la vieja
palabrería del idealismo hispanoamericanista [...]. No es aventurado ante la lógica
de los acontecimientos, afirmar que la guerra de España [...] ha cristalizado
aquí, en Hispanoamérica, la idea y el sentimiento reales del verdadero
hispanoamericanismo, no ya, lo repetimos, como exaltación sentimental del
parentesco racial, como pura expresión literaria, como desbordamiento de la
fusión fraternal, como hipérbole lírica; sino como concreción objetiva de
una necesidad común, que afecta específicamente a un conglomerado homogéneo
humano, ligado entre sí por los fuertes vínculos de la sangre y el idioma.124 Y
es que la imagen de España en México ya nunca volvería a ser la misma después
del choque del exilio, aunque tampoco podemos decir que fuese radicalmente
nueva. Fue una extraña amalgama entre lo viejo y lo nuevo que, posiblemente, en
vez de simplificar los estereotipos los hizo aún más complicados. 1 Clara E, Lida, Inmzgrac¡'ón y eX/'lio: refleX/'ones sobre el caso español, México, El Colegio de México y Siglo XXI. 2 Alfonso Junco, 'jArriba España!", en El Universal, Ciudad de México, 27 de mayo de 1939. 3 'Dr. Atl, "Debe unificarse América frente a la barbarie (Carta abierta al presidente de la Republica)", en La Prensa, Ciudad de México, 2 de marzo de 1939. 4 Sección editorial, "No lo creemos", en El Universal, Ciudad de México, 25 de marzo de 1939, El título hace referencia a unas declaraciones de Álvarez del Vayo en las que se afirmaba que el gobierno mexicano había ofrecido recibir a 30,000 familias españolas, 5 Reproducido en "Quince mil inmigrante s son una amenaza para la nación", en Excelsior, Ciudad de México, 19 de marzo de 1939. 6 Ibid 7
Inclán, "Caricatura
nacional. Los que llegan de Perpignan", en La Prensa, Ciudad de
México, 1 de junio de 1939. 8 Trapos al sol, "Las siete palabras", en La Prensa, Ciudad de México, 9 de junio de 1939. 9 Roque de Santiago, "Los refugiados y el sentimiento popular", La Prensa, Ciudad de México, 14 de junio de 1939. 10 Xochilt, "La inmigración de españoles", La Prensa, Ciudad de México, 4 de julio de 1939. Las mayúsculas son del periódico. 11 Véase, por ejemplo, los estudios de Mario Cerutti, especialmente Empresarios españoles y sociedad capitalista en México (1840-1920), Columbres: Archivo de indianos, 1995, quien llega a afirmar que la presencia de empresarios españoles en la economía mexicana anterior a la Revolución es incluso más determinante que la de los norteamericanos. Más información sobre la emigración españolas a México, sus característica y actitudes políticas en Moisés González Navarro, Los extranjeros en México y los mexicanos en el extranjero (1821-1970), México, El Colegio de México, 1993,3 vols.; Carlos Illades, Presencia española en la revolución mexicana (1910-1915), México, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México e Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 1991; Clara E. Lida (coord.), Tres aspectos de la presencia española en México durante el porfiriato. Relaciones económicas, comerciantes y población, México, El Colegio de México, 1981, "Inmigrantes españoles durante el porfiriato: problemas y temas", en Historia Mexicana, vol. XXV, núm. 2 (1985), pp. 219-239, "1'!:1 perfil de una emigración: 1821-1939", en Clara E, Lida (coord.), Una inmigración privilegiada. Comerciantes, empresarios y profesionales españoles en América, Madrid, Alianza América, 1994, pp. 21-51, Inmigración y exilio.." op, Clt" Y "los españoles en México. Del porfiriato a la post-revolución", en Nicolás Sánchez Albornoz (coord,), Españoles haCIa América. La emigración en masa, 1880-1930, Madrid, Alianza Editorial, 1988, pp, 320-342; Pedro Pérez Herrero, “Algunas hipótesis de trabajo sobre la inmigración española a México: los Comerciantes" en C, E. Lida (Coord.), Tres aspectos.." op, dt., pp. 103-171 Y N. Sánchez Albornoz (coord.), op, cit. 12 C. E. Lida (coord.), Una inmigración privilegiada..., op. dt, 13 Guy de La Havane (seudónimo del periodista Varona Murias), La Unión Constitucional, La Habana, 6 de enero de 1895, 14 Resulta significativo a este respecto el que una parte de los exiliado s republicanos intentaran desmarcarse desde muy pronto del concepto de gachupin. Ellos eran españoles, los gachupines eran los otros. Hay aquí tanto, como se verá más adelante, un trasfondo ideológico, como una marca de clase. 15 Pilar Pla Brugat, "Características del exilio en México", en C. E. Lida (coord.), Una inmigración privi!egiada..., op. cit., pp. 218-234. 16 "Serán acomodados en cuatro entidades los primeros 1.800 emigrados que envía España", Exce!sior, Ciudad de México, 30 de mayo de 1939. 17 Sección editorial, "Lo que debe venir y lo que no debe venir de I:\spaña", El Universal, Ciudad de México, 5 de junio de 1939 18 Iván Zynco, "Caravana de zánganos", El Universal Gráfico, Ciudad dc México, 5 dc julio dc 1939 19 Ibid. 20 Gonzalo de la Parra, "Las rojas intemperancias de los refugiados", El Universal, Ciudad de México, 16 de junio de 1939 21 Para el proceso de construcción del nacionalismo mexicano todavía puede ser útil, en particular para el lector no especializado, el libro de David Brading, Los orígenes del nacionalismo mexicano, México, Era, 1988. 22 Carlos María de Bustamante, "Notas", en Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de la Nueva España, México, Porrua, 1975. 23 Sobre el problema del panamericanismo y el hispanoamericanismo en México, véanse Mark J. Van Aken, Pan-Hispanism, lts Origin and Development, Berkeley, University of California, 1959; Genaro Estrada, La doctrina Monroe y el fracaso de una conferencia panamericana en México, México, Secretaría dc Relaciones Exteriores; Samuel Guy Inman, Problems in Pan Americanism, Londres, George Allen and Unwin, 1926 e Inter-American Conferences, 1826-1954: History and Problems, Washington, The University Press of Washington, 1965; Chester C, Kaiser, "México en la Primer Conferencia Panamericana", en Historia Mexicana, vol, XI, núm 2 (1961) pp. 56-80; Teresa Maya Sotomayor, "Estados Unidos y el panamericanismo: el caso de la I Conferencia Internacional Americana (1889-1890)", en Historia Mexicana, vol, XLV, núm, 4 (1996), pp, 759-782; Fernando Ortiz, La reconquista de América. Reflexiones sobre el panhispanismo, París, Librería de Paul Ollendorf, 1910;James F. Rippy, "Pan-Hispanic Propaganda in Hispanic América", en Political Science Quartely, vol. XXXVII (1922), pp, 389-414; Rafael Rojas, "Retóricas de la Raza, Intelectuales mexicanos ante la guerra del 98", en Historia Mexicana, vol. XLIX, núm, 4 (2000), pp, 593-629 y Mariana Zuloaga Rada, "La diplomacia española en la época de Carranza: Iberoamericanismo e hispanoamericanismo", en Historia Mexicana, vol, XLV, núm, 4 (1996), pp, 807-842. 24 Para esta hipótesis véase R. Rojas, op. cit. 25 Para esta afirmación, que contradice en parte la anterior, véase Tomás Pérez Vejo, "La guerra hispano-estadounidense del 98 en la prensa mexicana", en Historia Mexicana, vol. L, núm. 2 (2000), pp. 271-308. 26 Para las relaciones México- España, incluidas las relaciones de la colonia española con la Revolución, durante el periodo revolucionario véanse Oscar Flores Torres, Revolución Mexicana y diplomacia española. Contrarrevolución hispana en México, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1995; V. González Loscertales, op. cit.; C. Illades, op. cit.; Alan Knight, "Nationalism, Xenophobia and Revolution: The Place of Foreigners and Foreing Interests in Mexico, 1910-1915", Tesis de Doctorado inédita. Oxford, Oxford University, 1974; C. E. Lida, (coord.), Una inmigración privilegiada..., op. cit. Y "Los españoles en México...", op. cit.; Josefina Mac Gregor, México y España: del porfiriato a la revolución, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1992, “Agentes confidenciales en México: España y su primer contacto oficial ante la revolución constitucionalista", en Secuencia. Revista de historia y ciencias sociales, núm. 24 (1992), pp. 75-106 Y "México y España: de la representación diplomática oficial a los agentes confidenciales, 1910-1.915", en Historia Mexicana, vol. L, núm. 2 (2000), pp. 309-330; Douglas W Richmond, "Confrontation and Reconcilation, Mexican and Spaniards, 1910-1920", en The Americas, vol. XLI, núm. 2 (1984), pp. 215-228 Y M. Zuloaga,op. cit. 27 Esta explosión pudo deberse en parte a causas ajenas a la propia colonia española, especialmente la actitud de embajador español Bernardo Jacinto de Cólogan y Cólogan en el golpe de Estado contra Madero. 28 Roberto Carriedo, "En defensa de la raza", El Universal, Ciudad de México, 20 de octubre de 1939. 29 Criollo de primera generación, era hijo de uno de los múltiples campesu10s del norte de España, cántabro en su caso, emigrados a México y convertidos en abarroteros. 30 Posteriormente se publicaría en forma de libro. 31 Discurso del Secretario de Gobernación a los refugiados del "Sinaia" (partes del discurso fueron reproducidas por prácticamente toda la prensa mexicana). 32 Ibid. 33 Alfonso Junco, "La España Nueva. Obrerismo. Imperio. Espíritu", El Universal, Ciudad de México, 3 de junio de 1939. 34 Sección editorial. "La Falange Española", El Universal, Ciudad de México, 6 de abril de 1939. 35 F. Ortiz, op. cit. Para las campañas panhispanistas de Altamira, incluida su peregrinación pedagógica por América, véase R. Rojas, op. cit. 36 "lnmigrantes", El Universal Gráfico, Ciudad de México, 2 de junio de 1939. 37 Editorial. "Crimen y rebeldía", El Nacional, Ciudad de México, 9 de agosto de 1939. 38 Figaro, "Las Conferencias de la Casa España", El Universal, Ciudad de México, 7 de julio de 1939. 39 "Los españoles republicanos de México fundarán en breve un 'Centro Español', El Nacional Ciudad de México, 3 de marzo de 1939. 40 Mónico Neck, “Apuntes de actualidad", El Nacional, Ciudad de México, 31 de marzo de 1939. 41 Uno de tantos, "Extrarápidas. Los refugiados", La Prensa, Ciudad de México, 26 de junio de 1939. Las afirmaciones citadas corresponden a una carta de Agapito Engel Cien fuegos. 42 Ibid. 43
Carlos T. Goizueta,
"Respuesta a un aztequista conturbado", La Prensa, Ciudad
de México, 29 de junio de 1939 44 Xochitl, "La inmigración de españoles", La Prensa, Ciudad de México, 4 de julio de 1939 45 Para un ejemplo concreto de antigachupinismo en las clases populares mexicana s véase Leticia Gamboa Ojeda, "De 'indios' y 'gachupines'. Las fobias en las fábricas téxtiles de Puebla", en Tiempos de Amén"" núms. 3-4 (1999), pp. 85-98. 46 Para la Nación como construcción imaginaria existe una bibliografía ingente. Véanse, entre otros muchos, los de Benedict Anderson, Imagined Communities. Reflections on the Origin and Spread of Nationalism, Londres, Verso, 1991; Ernest Gellner, Nations and nationalism, Oxford, B. Blackwell, 1983 y Tomás Pérez Vejo, Nación, identidad nacional y otros mitos nacionalistas, Oviedo, Nobel, 1999. 47 Una revista como El Hijo del Ahuizote, cuyo xenofóbico subtítulo de "México para los mexicanos" da una idea aproximada de su tono, se especializó en este tipo de literatura. 48 El Mercurio, Guadalajara, 12 de agosto de 1896. El artículo 33 de la Constitución mexicana permite la expulsión por el gobierno de cualquier extranjero por motivos de interés nacional y sin necesidad de un juicio previo. 49 Mónico Neck, "Apuntes de actualidad", El Nacional, Ciudad de México, 31 de marzo de 1939, 50 Uno de tantos, "Extrarápidas. Cacicazgo íbero", La Prensa, Ciudad de México, 3 de junio de 1939. 51 Uno de tantos, "Extrarrápidas. El encomendero", La Prensa, Ciudad de México, 8 de junio de 1939. 52 Bando publicado por el Gobierno del Distrito Federal en 1896. 53.- Gil Blas. "Españoles y mexicanos. las próximas fiestas de la Patria". Ciudad de Mexico, 22 de Agosto de 1898. 54 Eduardo Hornedo, "La población de México", El Universal, Ciudad de México, 12 de octubre de 1939. 55 "¿Los mexicanos por naturalización?", El Siglo XIX, Ciudad de México, 15 de febrero de 1895. 56 Clara Lida habla de "endogamia desplazada en segundo grado, véase C. E. Lida, Una inmigración privilegiada..., op. cit 57 Adolfo Reyes, "Mis gachupines", El Universal, Ciudad de México, 15 de septiembre de 1939. 58 Ignacio González Guzmán, "Los intelectuales españoles en la vida cultural mexicana", EI Nacional, Ciudad de México, 22 de marzo de 1939. 59 "Regocijo", El Universal Gráfico, Ciudad de México, 29 de marzo de 1939. 60 lnclán, "Caricatura nacional. Lo que va de ayer a hoy", La Prensa, Ciudad de México, 15 de junio de 1939. 61 “Celebran los españoles dc México la caída de Madrid", Excelsior, Ciudad dc México, 29 de marzo de 1939. 62 "Notas de la Colonia Española", El Universal, Ciudad de México, 4 de abril de 1939. 63 “Milicianos maltratados", El Universal, Ciudad de México, 2 de julio de 1939, 64 J.D.M., "Intelectuales españoles en México", Excelsior, Ciudad de México, 29 de marzo de 1939. 65 "Recibirán ayuda los refugiados españoles", El Universal, Ciudad de México, 17 de septiembre de 1939. 66 Ibid 67 Sección editorial. "Inquietudes por la inmigración", El Universal Gráfico, Ciudad de México, 9 de junio de 1939. 68 “Dificultades con los Refugiados en Veracruz", El Universal, Ciudad de México, 5 de julio de 1939. 69 "Un escándalo por rivalidades con los refugiados", El Universal Gráfico, Ciudad de México, 12 de julio de 1939. 70 “Españoles recibidos hostilmente en San Rafael y Anexas", El Universal Gráfico, Ciudad de México, 3 de julio de 1939. 71 Sección editorial. "Lo cortés no quita lo patriótico", El Universal Gráfico, Ciudad de México, 17 de junio de 1939. 72 Eduardo Pallarés, "Los Universitarios Postergados", El Universal, Ciudad de México, 13 de junio de 1939. 73 Ibid. 74 Ibid. 75 Ignacio González Guzmán, "Los intelectuales españoles en la vida cultural mexicana", El Nacional, Ciudad de México, 22 de marzo de 1939. 76 Las citas entrecomilladas que aparecen a continuación están tomadas de la reseña que se hace de la nota en "El conflicto médico", La Prensa, Ciudad de México, 8 de mayo de 1939 77 "A los Señores Médicos refugiados españoles ", anuncio aparecido en varios periódicos el 28 de noviembre de 1939. 78 Declaraciones de Ignacio García Téllez, Secretario de Gobernación, al Excelsior, Ciudad de México, 20 de marzo de 1939. 79 "No serán un problema. Los españoles que vengan crearán nuevas fuentes de trabajo", El Nacional, Ciudad de México, 2 de abril de 1939. 80 "Millones de pesetas para nuestro país", La Prensa, Ciudad de México, 6 de abril de 1939 81 Inclán, "La Caricatura Nacional. El amor se equivoca", La Prensa, Ciudad de México, 26 de mayo de 1939. 82 Sección editorial, "Respuesta concreta a campaña malévola", El Nacioonal, Ciudad de México, 2 de agosto de 1939. 83 "La C.T.M. cooperará eficazmente para la venida de los exiliados", La Prensa, Ciudad de México, 4 de abril de 1939. 84 lnclán, "Caricatura internacional. Armas mortífera", L Prensa, Ciudad de México, 13 de marzo de 1939. 85 Sección editorial, "líderes no, Sólo refugiados", El Universal, Ciudad de México, 10 de julio de 1939. 86 Ibid 87 Ibid 88 Sección editorial, "Lo que debe venir y lo que no debe venir de España", El Universal, Ciudad de México, 5 de junio de 1939. 89 Dr, Atl, "Debe unificarse América frente a la barbarie (Carta abierta al presidente de la I{epública)", L4 Prensa, C:iudad de México, 2 de marzo de 1939. 90 Gonzalo de la Parra, "Las rojas intemperancias de los refugiados", El Universal, Ciudad de México, 16 de junio de 1939, 91 Sección editorial, "Los inmigrantes españoles", El Universal Gráfico, Ciudad de México, 18 de abril de 1939, 92 Sección editorial, "Lo que debe venir y lo que no debe venir de España", El Universal, Ciudad de México, 5 de junio de 1939. 93 Sección editorial, "Un pasional del comunismo", La Prensa, Ciudad de México, 9 de agosto de 1939. 94 Para la Falange Española en México, véase Ricardo Pérez Monfort, Hispanismo y falange. Los sueños imperiales de la derecha española y México, México, Fondo de Cultura Económica, 1992. 95 La Prensa, Ciudad de México, 14 de abril de 1939. 96 Opinión editorial. "Justa advertencia de México", El Nacional, Ciudad de México, 1 de abril de 1939. 97 Ibid. 98 Declarací6n de la Secretaria de Gobernací6n, Ciudad de México, 3 de abril de 1939. 99 "Entrevista con Lombarda Toledano", La Prensa, Ciudad de México, 4 de abril de 1939. 100 Mónico Neck, “Apuntes de actualidad", El Nacional, Ciudad de México, 31 de marzo de 1939. 101 "El Casino español lapidado", La Prensa, Ciudad de México, 5 de abril de 1939. 102 Ya Humboldt en su Ensqyo polítíco sobre el reíno de la Nueva Espana había incluido unas tablas comparativas sobre la densidad de población en los territorios de Norte América (Estados Unidos y Nueva España), Europa y Asia en los que se mostraba el relativo despoblamiento de la Nueva España, Humboldt es, posiblemente, el autor que más influencia tuvo en el siglo XIX mexicano. 103 "La colonización negra", El Economista Mexicano, reproducido en EI Siglo XIX, Ciudad de México, 28 de febrero de 1895. 104. Reproducido en "inmigración", El universal gráfico, Ciudad de méxico, 12 de junio de 1939. 105 Valentín Tejada, "Los refugiados españoles", EI Nanal, Ciudad de México, 13 de marzo de 1939, 106 “Cartas a El Nacional", El Nacional, Ciudad de México, 5 de abril de 1939, 107 Sección editorial, "Respuesta concreta a campaña malévola" El N'aaona!, Ciudad de México, 2 de agosto de 1939 108 "Sección editorial, "La inmigración normal", El Universal Gráfico, Ciudad de México, 22 de septiembre de 1939. 109 Federico Cervantes, "Los exiliado s", El Universal Gráfico, Ciudad de México, 8 de abril de 1939. 110 Antonio Gascón, "La Recuperación de la República Española", El Universal, Ciudad de México, 29 de junio de 1939. 111 "115.000 alemanes vendrán a México", La Prensa, Ciudad de México, 4 de abril de 1939. 112 "Habla Cárdenas sobre la situación del país. Los refugiados iberos nos serán problema político para México. Considera artificial la agitación", La Prensa, Ciudad de México, 27 de julio de 1939. 113 Daniel C. Manjarrez, "La Inmigración española. El Anhelo secular de México", El Nacional, Ciudad de México, 12 y 14 de agosto de 1939. 114 José Fernández Bucardo, "México para los mexicanos", La Prensa, Ciudad de México, 24 de mayo de 1939. 115 "El Senado. tratará lo de los indeseables", La Prensa, Ciudad de México, 19 de mayo de 1939. 116 Beatriz Elizondo, "El problema migratorio de México", La Prensa, Ciudad de México 26 de mayo de 1939. 117 Sección editorial, "Lo que debe venir y lo que no debe venir de España", El Universal, Ciudad de México, 5 de junio de 1939. 118 Ibid. 119 Eduardo Sánchez Torres, "Refugiados españoles en las playas veracruzanas", El Universal, Ciudad de México, 3 de agosto de 1939. 120 "Refugiados", El Universal Gráfico, Ciudad de México, 8 ¡;le agosto de 1939. 121 “Inversiones de los refugiados", El Universal Gráfico, Ciudad de México, 31 de agosto de 1939. 122 M. Mondragón, "Entrevista con Vasconcelos", La Prensa, Ciudad de México, 14 de junio de 1939. 123 Mónico Neck, "Apuntes de actualidad", El Nacional, Ciudad de México, 15 de septiembre de 1939. 124 Antonio Montalvo, "El nuevo hispanoamericanismo", El Nacional, Ciudad de México, 10 de febrero de 1939. |
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