CIE EXORDIO CERO MAYA LIBRO LIBRE HUATAPERA PROFESOR ESCRITOR
                          












 



 


     

 

 

 

 

 










.

LOS CARDENISTAS MICHOACANOS: UNA DÉCADA

DE LUCHA SOCIAL, ENCUENTROS Y

DESENCUENTROS

 

Alejo Maldonado Gallardo

Escuela de Historia-UMSNH

 

Michoacán ha estado presente a lo largo de su historia, en los movimientos sociales más relevantes de nuestro país. En el presente siglo por ejemplo, sus habitantes vivieron y muchos participaron en los diferentes momentos del proceso revolucionario; otros en las luchas por la tierra de las comunidades, como las lidereadas por Miguel de la Trinidad Regalado allá por la región de los once pueblos; unos más tarde y con el mismo fin, con Primo Tapia, acá en la zona lacustre de Pátzcuaro y en las ricas tierras de la ciénega de Zacapu; y, años más adelante, en la reforma agraria con el general Lázaro Cárdenas.

Como tan amplia fue la participación de los michoacanos en las luchas sociales en que se vieron inmersos, en esta ocasión vamos a tratar sobre el último tema que he señalado, es decir, el de Cárdenas y los cardenistas de origen, independientemente de su color: que si unos eran rojos y otros descoloridos o hasta blancos, pero que por intereses muy particulares participaron al lado del jiquilpense. Particularmente, de aquéllos que activamente buscaron su propia reivindicación en el medio rural, aún y cuando no tuvieran un rostro individual. Para lograrlo, analizaremos la obra, los hechos, las experiencias, los sabores y los sinsabores, los encuentros y desencuentros que sucedieron en esa época, y que ahí dejaron para su permanencia en la historia, a pesar de que sus nombres se encuentren perdidos en ella o simplemente no los registre. Aunque es de aclarar que todos aquellos con los que contamos, se vuelven vitales para lograr nuestro objetivo. No importa, que como siempre sea de los cabecillas locales o regionales, o de los dirigentes o políticos con estatura nacional que mostraron sus diligencias y buenos servicios para la causa. En realidad, aunque mencionaremos a un buen número de personajes, analizaremos el proceso en el que, los con rostro o sin rostro se vieron inmersos.

La historia de los cardenistas y del carden ismo, comenzó con la llegada del general Cárdenas al gobierno de Michoacán en el verano del 28, sin saber entonces que así les sería llamado. Y fueron muchas las historias de hechos y sucesos que entonces se conjugaron y convergieron para dar origen a esa corriente política e identificar a sus simpatizantes. Ismo, surgido a raíz de la práctica tan peculiar que le imprimió el natural de Jiquilpan, a las reformas sociales que impulsó bajo su gobierno en Michoacán y posteriormente como primer mandatario de la nación, y que a la postre se convertiría en un referente necesario en las luchas sociales de nuestro país.

Entre esas historias, encontramos la que tiene que ver con el tácito incumplimiento del reparto agrario a las comunidades y a los campesinos que participaron en el pasado movimiento revolucionario. Sobre todo, cuando es bien conocido que el grito de ¡tierra y libertad!, era la bandera principal de aquellos pueblos que habían sido despojados de sus tierras en la segunda mitad del siglo XIX, o de los olvidados del sistema que pretendían un pedazo, de las que por millones de hectáreas tenía una petite elite, como resultado de un salvaje modelo económico que implantó Porfirio Díaz en nuestro país, después de casi treinta años en el poder.

Ilustrando ese lento caminar de los gobiernos posrevolucionarios, se puede tomar como referente a los años que corren de 1915, cuando entra en vigor la ley del 6 de enero, hasta 1928 cuando llega el entonces joven general Lázaro Cárdenas al gobierno de Michoacán. Encontrándonos con la información, de que se habían repartido a nivel nacional 5 millones 287 mil 901 hectáreas.[1]

Cifra que dos años después, según Luna Arroyo, habían llegado a una cantidad de 7 millones 202 mil hectáreas.[2] Números que varían de acuerdo a la información proporcionada por Hans Wemer Tobler, pues éstos alcanzaban los 8 millones 344 mil hectáreas.[3] Datos éstos últimos que se aproximan más a los que ofrece la Enciclopedia de México, y que ascienden a 8 millones 952 mil 161 hectáreas.[4]

A pesar de la diferencia de los números que en algunos casos es un poco extrema, lo relevante es la observación de cómo se habían repartido en forma definitiva o provisional aproximadamente, tomando la referencia en lo general de los datos anteriores, un poco más del 6% de los grandes latifundios[5] durante ese tiempo. Porcentaje que no variaba mucho para el caso michoacano durante el mismo lapso, ya que se dotaron cercanamente 31 mil 283 hectáreas entre 124 pueblos, favoreciendo a 21 mil 916 posesionarios. Lo que representaba un 7.8% más o menos.[6]

A lo dicho hay que agregar que no todas las tierras repartidas eran fértiles, especialmente las dotadas entre 1917 y 1928, pues muchas de ellas eran delgadas o lomeríos pocos redituables para el cultivo, por lo que en realidad no habían salido los campesinos muy favorecidos en estos primeros años con el reparto agrario. Pues de entrada no resolvió sus necesidades básicas de subsistencia, y sin embargo, se le convirtió en una carga más, por el pago que tenía que hacerle al gobierno para amortizar parte de la deuda contraída por las tierras que recibió,[7] las que no solamente no le daban para comer, sino que le impedían de igual forma cumplir los compromisos contraídos al recibirla.

Lo anterior ocasionó desde un principio, que varios ejidatarios dependieran para vivir más de la venta de su fuerza de trabajo en las haciendas, que de las mismas tierras recibidas. El problema ahora era que muchos terrateniente les negaban el trabajo en sus propiedades, aunque lo hubiera, ya que andaban metidos de agraristas. Llevando a que vivieran igual o peor que cuando Díaz.[8] Aunque de paso sea dicho, la marginación y explotación que vivió el campesino en general en los años veintes, afectó a los que eran y se decían agraristas, y a los que no lo eran ni andaban en la bola queriendo obtener, según se decía en las casas de los patrones y en las iglesias, una tierra que no les pertenecía.

Uno de los factores que sobresalen en el reparto de ese tipo de tierras, fue que la política agraria en esta época, se debió más a las presiones que tenía el gobierno en turno, por las asonadas militares (1923 y 1929) y a los movimientos sociales como la cristiada, que a un verdadero programa de reestructuración de la propiedad agraria de acuerdo a lo que señalaba la Constitución. A pesar del lento avance de la reforma, los campesinos se fueron distinguiendo en los que tenían o no tenían un ejido, pero identificándose como siempre por la miseria que los rodeaba. Viviendo generalmente en condiciones difíciles: en casuchas de una sola habitación, que servía como dormitorio para toda la familia y cocina a la vez.

Distinguimos entre esos poseedores, y los desposeídos que no les había hecho justicia la revolución, a tres grandes grupos. Uno formado por los peones acasillados, que rio tenían ningún derecho agrario y que continuaban vinculados a las haciendas;[9] otro integrado por los arrendatarios y trabajadores libres, que también fueron explotados extraordinariamente, al cultivar la tierra de las haciendas o los ranchos, bajo contratos de trabajo del tres por uno, sin contar la liquidación que tenían que hacer al propietario por el préstamo de aperos agrícolas;[10] y uno más, compuesto por los ejidatarios que por la falta de buenas tierras y auxilio técnico y económico del gobierno, continuaron en la inopia e inestabilidad. Un ejemplo para ilustrar de paso esto que acabamos de señalar, son los jornales que llegaban a 60 centavos diarios, oscilando un poco más o un poco menos de acuerdo a la región. Llegando a tal grado la necesidad económica de los padres de familia para sostenerla, que una gran cantidad de ellos tuvieron que vender la todavía verde fuerza de trabajo de sus hijos pequeños, con salarios muy por debajo de los que obtenía un adulto, todo por contar con un pedazo más de pan para llevarlo compartidamente a la boca. Podemos señalar como ejemplo, el caso de los infantes que laboraban en la hacienda de San Antonio, municipio de Puruándiro, con un salario de 25 centavos al día, por una jornada de doce horas de trabajo.[11]

Esa situación creó un estado de insatisfacción e incertidumbre en el medio rural. Fue un alimento cotidiano para que la lucha social de los campesinos siguiera latente a lo largo de los años veintes, llevando a que un buen número de ellos fundaran, con Primo Tapia a la cabeza, la Liga de Comunidades y Sindicatos Agraristas de la Región de Michoacán un 15 de diciembre de 1922, con la finalidad de impulsar los objetivos incumplidos de la revolución mexicana y acabar con los latifundios;[12] organizando y auxiliando a los trabajadores del campo, especialmente a los purépechas, en los trámites legales que le permitieran recuperar las tierras que les habían despojado las haciendas vecinas a sus pueblos.

La marginación y la poca atención que se les dio hasta entonces a las comunidades indígenas fue el origen a su lema: Tierra, libertad y trabajo. Aspiraciones insatisfechas que los habían llevado a tomar las armas en la pasada revolución, de la que todavía quedaban vivos rescoldos, y la política agraria de los gobiernos posrevolucionarios los atizaba con su indiferencia.

Cambiando esa política, cada ocasión que se avecinaba alguna confrontación armada y se preveía un fuerte ambiente de inestabilidad social, como sucedió con el movimiento de la huertista empezando el año veintitrés y el de los religioneros en el veintiséis. Viéndose obligados los presidentes Obregón y Calles, en sus momentos respectivos, al igual que los gobernadores Sidronio Sánchez Pineda y Enrique Ramírez, a repartir tierras para que los agraristas no se unieran a los levantados y antes bien, en nombre de la revolución y para su defensa, formar contingentes con ellos o mantenerlos leales al gobierno. Bajo esas circunstancias se otorgaron en posesión definitiva: 4 mil hectáreas al pueblo de Puruándiro y 1 mil 755 al de Huiramba en 1923; y en marzo del siguiente año, se le dieron a los pueblos de Naranja, Tiríndaro y Tarejero 716, 788 y 630 hectáreas respectivamente, tomadas de las haciendas del El Cortijo, Cantabria, Bellas Fuentes y Buenavista.[13]

Como una muestra de la idea que tenían los sonorenses en el poder sobre la reforma agraria, reproduciremos dos declaraciones que ilustran nuestra anterior observación. Obregón afirmaba a mitad de esa década, que el “reparto de tierras en forma de ejido a los pueblos sólo debía servir para disminuir los problemas sociales más severos y al mismo tiempo impulsar a aquellos latifundistas que aún estuvieran ligados a prácticas tradicionales hacia la modernización económica y social de sus explotaciones…”.[14] Pocos años después se escucharía declarar al Jefe Máximo, Plutarco Elías Calles: que el agrarismo tal y como lo habían entendido y practicado era un fracaso, ya que fomentaba la holgazanería y volvía pretenciosos a los campesinos, a los cuales no se les podía entregar un pedazo de tierra porque les faltaban conocimientos técnicos y elementos necesarios, razón por las que el hombre debería tener tantas tierras como fuera capaz y tuviera elementos para trabajarla.[15]

La posición de estos personajes es tan sólo una muestra de la política agraria que ejercieron y de las razones del poco avance en el reparto de latifundios, al que obviamente influyeron otros factores propios de cada región. Como podía ser el papel de los hacendados, de autoridades menores, de los guardias blancas, de los curas, del temor y falta de organización de los propios campesinos, entre otras cosas. Hechos indiscutibles que posibilitaron únicamente el de reparto de 131 mil 283 hectáreas en el estado, entre 1915 y 1928.

En el Michoacán de esa época, amén del quehacer de la Liga de Comunidades y de las secuelas que iban dejando las revueltas nacionales, manteniendo un ambiente de constante actividad política y social, contribuía para ello de igual manera, el quehacer de experimentados dirigentes y militantes del Partido Socialista Michoacano de Isaac Arriaga, como eran los casos de Alberto Coria, Nicolás Ballesteros, José Martínez, Juan Ascencio, Fidencio Resendiz y José Alvarez y Gasca entre otros.[16] Así como de la Local Comunista de Morelia, entre los que destacaba Juan Chávez y el mismo Primo Tapia, quienes fueron sus dirigentes en 1923.[17]

A decir verdad, podrían ser militantes del Partido Socialista o Comunista, o liderear a un grupo de campesinos, pero siempre confluían en la organización o dirección de una asociación, luchando por sus ideales. Los vimos cuando se fundó la Liga de Comunidades, cuando se formó la Local Comunista y los observaremos nuevamente más adelante en los tiempos de Cárdenas. Sus puntos de convergencia se daban en la búsqueda por destruir los grandes latifundios y entregar la tierra a los campesinos, con la finalidad, de que la trabajaran en común o colectivamente. Así como organizarlos para que lucharan por ella.[18]

A las condiciones paupérrimas en que vivían los campesinos; a la activa movilización por obtener un pedazo de tierra; al caldo de cultivo que existía ene! medio rural por los constantes levantamientos; y a la disposición que había para irse a la “bola” en cualquier momento. Se sumó el creciente desempleo en el campo a raíz de varios factores endógenos y exógenos. Por un lado: el desinterés entre los terratenientes para hacer producir la tierra y abrir fuentes de trabajo, temiendo que fuera ser afectada por la reforma agraria;[19] y por otro, los resultados de la crisis económica del año veintinueve que se empezaron a sentir, ya en 1927, sacudiendo las estructuras productivas, económicas y financieras del mundo capitalista, y con ello a la de nuestro país, dado el proteccionismo mercantil que impusieron los grandes países industrializados, involucrando y repercutiendo muy directamente en las naciones, que como México,[20] tenía una economía bastante endeble a raíz del pasado movimiento revolucionario y a la desconfianza que éste había ocasionado en los capitales nacionales y extranjeros. Más, cuando se estaba saliendo de una ardua lucha diplomática con los Estados Unidos de Norteamérica, para que fueran reconocidos los gobiernos pos revolucionarios de nuestro país.

La crisis causó grandes estragos, no sólo en la producción sino también en las masas trabajadoras del campo, que como ya señalamos, se vieron afectadas por el desempleo y los bajos salarios.[21] Bueno, hasta el propio gobierno se encontró con las arcas vacías,[22] pues hubo una disminución importante en el erario público al bajar considerablemente la captación de impuestos por el cierre de fábricas y minas, al igual que por las bajas exportaciones realizadas.[23]

De tal manera e independientemente de la crisis, parecería que por la forma en que se estaba aplicando la política agraria, el reparto de latifundios no tenía razón de ser, pues amén de los despidos masivos de fuerza de trabajo a raíz de la depresión económica, las tierras que habían recibido hasta entonces los campesinos, no habían resuelto en realidad su precaria situación. Tomando un ejemplo de Hans Werner, podemos decir que los ejidatarios estaban lejos de poder cubrir las necesidades de subsistencia de una familia, pues los ingresos promedio para un año (1929-1930) eran aproximadamente de 80 pesos, correspondiendo según sus cuentas a 44 centavos diarios.[24] Si contrastamos este ingreso con el de los trabajadores agrícolas, observaremos una remuneración diaria ligeramente más alta en éstos últimos. El mismo Werner nos expone, que en esa época el jornal de un peón se calculaba en 80 centavos.[25] Y si tomamos en cuenta los salarios que anotamos para el caso de la hacienda de San Antonio, tenemos que el promedio en Michoacán giró entre 50 y 60. Es decir, indiscutiblemente más arriba del que obtenía un ejidatario.

Pero la difícil situación en la que vivían los campesinos. Unos por haber recibido las tierras, otros por pretender obtenerlas, y unos más por el descontento de los bajos ingresos, la falta de trabajo o porque el arrendarlas lo hacían favoreciendo al bolsillo del hacendado. No fue todo a lo que se enfrentaron estos grupos marginados. Los guardias blancas de los latifundistas los perseguían y en no pocas ocasiones los asesinaban por ser agraristas. El ejército y los cuerpos policiacos municipales o del estado lo hacían acusándolos de ser mugiquistas primero o por haber participado en los levantamientos de la huertistas en el veintitrés o en el de los religioneros tres años más tarde. Para los dueños de la tierra y el gobierno todo el sombrerudo con calzón de manta o algo que se le pareciera era agrarista, de la huertista, fanático de la religión o hasta comunista, y bueno, había que perseguirlo porque estaba en contra del orden establecido.[26] El golpe mayor en la década del veinte al movimiento social, que dio la violencia institucionalizada amén del cúmulo de atropellos y muertes, fue el asesinato de Primo Tapia un 26 de abril de 1926, en manos de un pelotón al mando del capitán Tejeda en las cercanías del pueblo de Tarejero, por órdenes expresas del general Espinoza y Córdoba quien así cumplía el mandato verbal del Jefe Máximo.[27]

A este ambiente hostil, tanto físico como político hacia los campesinos, y el resentimiento, la desilusión, la inquietud y la inconformidad de éstos, llevó a crear una complicada situación de paja seca, que podía arder con cualquier chispa por pequeña que esta fuera. Vino a sumarse la efervescencia política en los primeros meses de 1927, por la candidatura nuevamente de Alvaro Obregón a la presidencia de la República y la renovación del poder legislativo federal. Aunque en un principio Obregón tuvo algunos contratiempos, por las aspiraciones también de llegar a la residencia de Chapultepec, del general Arnulfo R. Gómez, a quien apoyaba el Partido Nacional Antirreeleccionista del no menos conocido general Francisco Serrano, respaldado por el recién formado y para ese fin, Partido Nacional Revolucionario; y, por último del propio Luis N. Morones, dirigente de la poderosa Confederación Revolucionaria Obrera Mexicana (CROM) quien se sentía con derecho y como favorito para relevar a Calles, después de los favores que había prestado a los sonorenses. Los nubarrones que pudo haber visto Obregón y su gente pronto se disiparon, los hilos del poder despojaron rápidamente al líder obrero de su influencia en los círculos callistas, haciéndolo caer de la gracia del señor; mientras que los generales Serrano y R. Gómez eran asesinados al puro estilo obregonista. El camino quedó luego entonces despejado para el oriundo de la hacienda Siquisiva, allá por el rumbo de Navojoa.[28]

En el convulsionado Michoacán, la renovación de poderes federales y locales estaba moviendo la vida política de tal manera, como quizá no se había hecho hasta entonces. Dos bloques eran los más importantes en la contienda: la Coalición de Partidos Socialistas de Michoacán y la Confederación de Partidos Revolucionarios de Michoacán. Cada una con sus propios signos ideológicos y compromisos políticos. La Coalición representaba los viejos anhelos reivindicadores de los trabajadores del campo y la ciudad, que seguían esperando que la revolución les hiciera justicia, y estaba dirigida por el licenciado Silvestre Guerrero, e integrada por antiguos y distinguidos líderes del Partido Socialista Michoacano y declarados mugiquistas, así corno varios que habían pertenecido a la Liga de Comunidades y Sindicatos Agraristas del Estado de Michoacán ya la Local Comunista de Morelia, entre los que nos encontramos a:

Luis Mora Tovar, Alberto Coria, José Solórzano, Pedro López, Pedro Talavera y Justino Chávez.[29]

La Confederación por su parte fue organizada y de hecho dirigida por Melchor Ortega, originario del vecino estado de Guanajuato, quien junto con el gobernador Enrique Ramírez aglutinaron a sus gentes, a pesar de las pocas simpatías mutuas que existían entre ambos personajes. Pero los tiempos de la sucesión los subió al mismo tranvía, tanto por ganar espacios políticos como los favores del poder central, amén de su identificación con el grupo sonora y del trabajo que para él realizaban, como para enfrentar a los candidatos de los desarrapados. A pesar del pacto entre caballeros que hicieron estos dos personajes, dice Ramón Alonso: “Dentro de la Confederación se reunían los elementos más desemejantes. En ella se encontraban contingentes de la burocracia estatal y federal enemistados con el régimen ramirista; agrupaciones sindicales adheridas a la CROM, de Uruapan, Angangueo, Ciudad Hidalgo, Tlalpujahua y Morelia; y, pequeños propietarios y arrendatarios rurales organizados para la defensa de sus intereses ante los embates del agrarismo, y velada o abiertamente respaldados por la burguesía latifundistas”.[30]

Pero obviamente las elecciones estaban a la vuelta de la esquina, y por ello el general Calles tuvo que recomendarles que entraran en arreglos entre ellos y la Confederación que representaban primeramente, y después con la Coalición. Como en realidad entre ambas organizaciones parecía que no había mucha objeción en cuanto a la candidatura de Obregón, se concentraron en la búsqueda de un personaje para la gubernatura “...que fuera ajeno a los intereses y compromisos de los grupos en acción, y que en determinado momento jugara el papel de conciliador y unificador de todas las tendencias políticas y revolucionarias del estado…”.[31] En esa coyuntura, la figura del joven general Lázaro Cárdenas reunía en opinión de ambos bandos, los requisitos idóneos para satisfacer las aspiraciones de cada una. Para la Coalición, significaba una posibilidad real para impulsar las reformas sociales: en especial la del reparto de tierras y mejoras laborales de los trabajadores urbanos y rurales. Por lo que se refería a la Confederación, también cumplía el perfil indicado, pues “... lo consideraban un militar institucional, disciplinado y dúctil a los deseos de Calles y Obregón; incapaz de emprender acciones que se alejaran en lo mínimo del sentir de éstos. Los líderes de la Confederación esperaban que, con la llegada al rejuego político de Michoacán, de un candidato sin una previa base social amplia, estarían en condiciones de acaparar el máximo de posiciones en la Cámara Local y el Congreso de la Unión...”.[32]

La candidatura del jiquilpense resolvió el problema de la gubernatura, pero no el caso de las diputaciones locales y federales, y aún de la propia senaduría a la que aspiró Enrique Ramírez y que al final se la dejaron, por lo que renunció a su cargo el 30 de marzo ya del año veintiocho. A pesar de los acuerdos de Ortega y Ramírez, se dio una tremenda rebatinga por las nominaciones entre los miembros de la Confederación, que le creó fisuras políticas importantes. Los de la Coalición al parecer fueron más mesurados y se vincularon desde un principio con la gente que rodeó a Cárdenas. El hábil Melchor Ortega, cuando vio que la Confederación que él dirigía era un rotundo fracaso, porque los diferentes grupos que la integraban no se ponían de acuerdo, y ésta ya no era útil para sus intereses y ambiciones particulares, máxime cuando el joven candidato y los líderes sociales que lo fueron rodeando decidieron formar el Centro Director Pro Lázaro Cárdenas para organizar la campaña; el político guanajuatense promovió la creación de la Unión de Partidos Socialistas de Michoacán de la cual fue presidente, con la finalidad de mantener el control político de las elecciones que estaban a punto de realizarse.[33] Lo que de hecho fue bastante difícil, pero es justo aclarar sin embargo, que tuvo una importante ascendencia en los distritos electorales de Uruapan, La Piedad, Zamora, Puruándiro, Maravatío y Zitácuaro.

Suele suceder que no todo lo que se planifica sale como se piensa, y así pasó a Ortega, ya que la formación de su reciente partido no conjuró las divisiones y dificultades que se presentaron, de ahí que “...entre los actores del proceso electoral, los líderes y militantes que rodeaban a los distintos candidatos se dieron a la tarea de organizar los tradicionales clubes y partidos regionales...”,[34] corno se había hecho hasta entonces. Siendo los seguidores del jiquilpense los que iniciaron ese trabajo, con el Centro Directivo. Como ya desde aquellos años era parte de la cultura política en los procesos de elección popular, los comicios sufrieron varias irregularidades. “Las distintas organizaciones políticas se acusaron entre sí ante las instancias electorales y calificadoras, de robo de urnas, alteración de padrones, rechazo de representantes, votaciones en carrusel o abultadas, etc., amén de las limitaciones impuestas por los rebeldes religioneros que hicieron cuanto estuvo a su alcance para sabotear el proceso electoral”.[35]

En ese escenario triunfaron Alvaro Obregón, Lázaro Cárdenas y Enrique Ramírez. Y a pesar del forcejeo por las diputaciones, los simpatizantes del gobernador electo lograron una mayoría en las curules locales. Dámaso Cárdenas, Jiquilpan; Ernesto Solís, Morelia; Silvestre Guerrero, Morelia; Héctor Varela, Huetamo; J. Jesús Ceja, Apatzingán; J. Jesús Ordorica, Coalcornán; Juan S. Picazo, Los Reyes; y, Luis García Amezcua, Zamora. La gente de Ortega y Ramírez ganaron cinco diputaciones y las restantes se fueron a una segunda vuelta, aunque en el caso de Tacámbaro, fue difícil evitar las irregularidades en aquellos poblados o congregaciones tan apartados, que el Congreso decidió que no tuviera representante en la XLII Legislatura.[36]

En síntesis, después de las varias historias que confluyeron y hemos contado aquí. Cuando Cárdenas llega al gobierno de Michoacán se encuentra con un campo fértil para sembrar las ideas reformistas, que ya en el mes de enero del año veintiocho en Villa Cuauhtémoc, Veracruz, dejó ver a sus coterráneos en un manifiesto que les dirigió desde ese lugar, y que en algunas de sus partes dice: Soy partidario de la política agraria, por ser uno de los postulados de la Revolución y porque el resolver el problema de la tierra es una necesidad nacional y un impulso al desarrollo de la agricultura. Creo que esta labor debe de acometerse sin vacilación, bajo un programa ordenado que no perjudique a la producción y de los resultados que se persiguen. Considero factor principal, para el mejoramiento y adelanto de las clase humildes, impulsar vigorosamente la instrucción pública estableciendo el mayor número de escuelas, con personal competente y con orientación y tendencias útiles y prácticas. Si conociendo mi criterio el pueblo michoacano desea confirmarme sus destinos, iré con la mayor voluntad; iré sin prejuicios entregándome por completo a la resolución de los problemas de nuestro medio; sostendré con energía los postulados revolucionarios de nuestro Código Supremo, sin permitir que se les burle o se les deforme y mi mayor empeño se consagrará al desarrollo económico de la agricultura, de la industria, de las comunicaciones y de toda empresa que tienda al mejoramiento de las clases laborantes del estado. Seré respetuoso de los asuntos de política, pues no tengo candidatos; quien debe de tenerlos es el pueblo, y sólo serán mis deseos que ocupen los puestos de elección popular, ciudadanos identificados con el pueblo y que hayan obtenido la mayoría de los sufragios, para que se les considere como verdaderos representantes de los intereses y los anhelos de sus comitantes.[37]

La política sobre las reformas sociales que ahí señala el joven general, incuestionablemente podría decirse, con el riesgo de que se nos tache de oficialistas, murió en la raya por ella. Y los resultados en materia agraria, laboral y educativa son incuestionables y un vivo ejemplo de tal aseveración, está en las estadísticas. Por otra parte, es cierto también que no podemos decir lo mismo en cuanto al manejo de la democracia como ahora entendemos tal concepto, pues la suya era bastante vertical. Claro, cabe apuntarse de igual manera, que de acuerdo a las condiciones y concepciones de los que la habían entendido en el fragor de la batalla, rodeados de un sinnúmero de cadáveres y cientos de balas por todos lados. No la aprendieron entonces sentados en un pupitre, en algún liceo o escuela de jurisprudencia. La tomaron de la vida cotidiana.

En ese manifiesto, el futuro estadista daba una muestra de la clara idea que tenía tanto de las causas y objetivos de la revolución, como de los postulados sociales del constituyente de Querétaro. No en balde había caminado tantas leguas desde 1913, luchando por los ideales de los marginadus. Mucho aprendió el jiquilpense en los años de sus correrías revolucionarias; en la pacificación de los indios yaquis o de bandoleros; igual de los asesinatos políticos y de los levantamientos militares, sociales y de religioneros. A más hay que decirlo, no exclusivamente en lo que concierne a las armas, sino principalmente en lo relacionado con la comprensión y entendimiento de los grandes problemas nacionales, como lo diría don Andrés Molina Enríquez.

Por la documentación que hemos observado y en forma hipotética se puede señalar: que la formación ideológica y política del alumno de Calles, empezó aún antes del levantamiento armado. Inició allá en Jiquilpan. De la manera más simple y sobre sus espaldas, cuando por la situación económica de la familia, que no era muy holgada que digamos, tuvo que trabajar ayudando en el cultivo de unas tierra rentadas por su abuelo o en labores de la rebocería, enrollando canillas con hilo.[38] Un poco más adelante, de meritorio en las Oficina de Rentas y como aprendiz en la imprenta La “económica”, en la que llegó a ser tipógrafo.[39] Pero no fue solamente el trabajo lo que empezó a ilustrarlo sobre los problemas sociales de su pueblo. También las pláticas con don Esteban Arteaga, quien le contaba pasajes de la historia de México y le prestaba libros de Víctor Hugo.[40] E indiscutiblemente las viejas reclamaciones de las comunidades de Totolan y los Remedios que desde el siglo XIX hacían de sus tierras a la hacienda de Guaracha, y que seguramente llegaban a sus oídos.[41] Ya añejito, vio las manifestaciones revolucionarias en su pueblo y supo de los levantamientos de Irineo y Melesio Contreras en Zamora, que entraron en Jiquilpan con cincuenta hombres.[42] Después del asesinato de Madero, discutía con sus amistades en la imprenta, las noticias de la rebelión del norte y del sur: Coahuila, Chihuahua, Sonora, Morelos, Puebla y otros lugares. Por ello conocían, según él mismo nos cuenta en sus apuntes, los nombres de Venustiano Carranza, Alvaro Obregón, José María Maytorena, Emiliano Zapata, Francisco Villa, Lucio Blanco, Eulalio Gutiérrez, Abraham González, Maclovio Herrera, Pablo González, y muchos otros.[43]

No le era entonces desde aquéllos años desconocido al joven Lázaro lo que sucedía en su pueblo y fuera de él. Bastante observó de igual manera en su primera incursión revolucionaria, en las guerrillas de la tierra caliente michoacana. En aquéllas que por lo regular los ejércitos huertistas los traían a salto de mata. Pero indiscutiblemente la que inició en 1914, cuando en el pueblo de Sahuayo vuelve a integrase a la lucha armada (después de la desbandada en el otoño del trece), que lo llevaría a las puertas de la capital de la república, es bastante relevante. Amén de las condiciones en que vivían los pueblos del Valle de México, que conoció en sus correrías en contra de los zapatistas que asolaban las azoteas de la gran ciudad, su traslado en el año quince a tierras sonorenses fue decisivo, tanto para conocer los problemas sociales de aquéllas ricas regiones del noroeste y de la histórica lucha de los yaquis por sus fértiles tierras, como por el indiscutible aprendizaje político para resolverlos. Ahí, a más de las mujeres entradas en años o familias que aún le recuerdan, conoció las prodigiosas tierras de las haciendas y los ranchos para el cultivo o la ganadería, y la riqueza de las minas; pero también de la forma desigual al distribuir la ganancia de esa riqueza entre los trabajadores de los centro productivos. Vio las condiciones en que vivían los mineros, los campesinos, los profesores, los yaquis, los mayos y los pimas. También la participación y coraje de todos ellos en el movimiento armado, buscando contar así con un trabajo, con un salario mejor remunerado, con un pedazo de tierra o justicia a sus reclamos.

Observó a su maestro Calles como gobernador militar primeramente y después constitucional, impulsando un programa agresivo para cumplirle a los sonorenses las promesas revolucionarias, y al poeta y protector de los yaquis Adolfo de la Huerta, continuarlas. Pero también la forma de hacerlo. Calles reorganizando a la administración pública y dictando una serie de medidas para ello:

suspendiendo el funcionamiento del Tribunal Superior de Justicia, a efecto de que el ejecutivo revisara la sentencia de los jueces (porfiristas casi todos) en contra de los presos; reformando el Código civil para legitimar el divorcio; formando la Comisión Agraria Mixta; prohibiendo las operaciones con pacto de retroventa, para evitar que los latifundistas siguieran despojando de sus tierras a los pueblos; fijando los salarios mínimos; obligando a los dueños de las haciendas, minas y centros de trabajo a sostener escuelas primarias; decretando la formación de bibliotecas públicas y la fundación de las Escuelas Normales para Maestros y la “Cruz Galvez” para los huérfanos de la revolución; prohibiendo la fabricación, venta y consumo de bebidas alcohólicas; expulsando de la entidad a los sacerdotes católicos; derogando la exención de impuestos, etc. De Adolfo de la Huerta, el oriundo de Hermosillo, su constante preocupación por resolver el problema de los yaquis y su búsqueda por darles la tierra que les había sido arrebatada, principalmente por la Richardson Co. Y muy especialmente la formación del Congreso Obrero que dirimía los problemas laborales suscitados en el estado, entre los trabajadores y las compañías mineras o los dueños de los centros productivos.

Es innegable que la experiencia en Sonora fue todo un aprendizaje político para el jiquilpense. Al igual que sus contactos con los michoacanos después del año diecinueve, al regresar a estas tierras con una columna bajo su mando para combatir a los bandoleros que tenían asolada a la tierra caliente y la región del bajío. Relaciones que se empezaron a estrechar especialmente cuando fue gobernador interino y jefe de operaciones militares. Época en la que reconoció el triunfo a la gubernatura del estado del general Francisco J. Múgica, a pesar de las reticencias de Pascual Ortíz Rubio y Alvaro Obregón, quien ya era presidente electo.

A partir de ese momento, también se empezaron a estrechar lazos de amistad muy importantes entre los dos generales michoacanos, que llevaría años más adelante a que Cárdenas escuchara y conociera las opiniones de Múgica sobre los problemas regionales y nacionales más trascendentes. La estadía de ambos en la Huasteca, cuando el jiquilpense era jefe de Operaciones Militares fue clave en ese intercambio de ideas, y en un definitivo acercamiento de éste con los trabajadores del campo y la ciudad, con la pequeña burguesía y los dirigentes sociales de su estado natal, a través del oriundo de Tingüindín.

Por lo que hemos anotado, se puede decir que Cárdenas creyó desde muy joven en los nobles ideales de la revolución y en las instituciones que surgieron de ella. De ahí que siempre se mantuviera fiel a éstas y apoyara a los sonorenses en el poder durante las asonadas militares. Fueron bastantes las muestras que dio de entereza, lealtad y convicción para institucionalizar a la revolución e impulsar las reformas sociales que se desprendieron de ella. Por lo tanto, era obvio que la declaración de Villa Cuauhtémoc iba en serio. Y así lo pensaron los michoacanos que depositaron su confianza en el natural de Jiquilpan. De tal manera que en el año veintiocho se conjugaron una serie de factores y de historias que posibilitaron en el ejercicio de su gobierno, practicar esas ideas y colocar los cimientos para el surgimiento del cardenismo como una corriente política, que llegaría más allá de las fronteras de la tierra tarasca y de las nacionales.

Hasta aquí hagamos un alto momentáneo para una breve síntesis: las promesas incumplidas de la revolución a los campesinos e indígenas, a pesar de la tibia reforma agraria aplicada por los gobiernos posteriores al diecisiete, fueron insuficientes; el nivel de vida de las familias rurales que en nada había cambiado a pesar de las magras tierras recibidas; la oposición muchas veces violenta de los terratenientes al reparto agrario y su abulia para explotar sus propiedades; la represión sobre las organizaciones y dirigentes campesinos; la rica tradición en la lucha social de los hombres del campo y obviamente, la existencia de un buen número de líderes campesinos y obreros; el impacto en la economía de la crisis del veintinueve, y la necesidad de impulsar al sistema productivo regional; la lucha electoral que se llevaría a cabo en el verano de 1928, y los antagonismos que se estaban originando alrededor de ella; y una idea clara de Cárdenas sobre las reformas sociales plasmadas en la Constitución, crearon el ambiente propicio para enfrentar conjuntamente gobierno y fuerzas vivas, los obstáculos que hasta entonces habían impedido la aplicación y fortalecimiento de las reformas sociales, principalmente las que tenían que ver con el problema de la tierra y del medio rural, sintetizados en los artículos 3o., 27 y 123.

En esta historia, pareciera que todas las historias confluyeran y se hiciera una misma. La hora había llegado para los olvidados. Mas era indispensable un punto de partida para echar a caminar las reformas sociales, puesto que no sería nada fácil, ya que los dueños de la tierra no la dejarían en un abrir y cerrar de ojos. Habría que enfrentar a todo un sistema que no había muerto por el simple hecho de haberse llevado a cabo una revolución. Su cultura, su concepción de la propiedad y del trabajo, sus tradiciones arraigadamente clasistas, ya no estaban en las leyes, pero si permanecían vigentes en los hombres. Sobre todo en aquéllos que de una forma u otra estaban vinculados al antiguo régimen. De tal manera que, para herir, dañar y transformar lo que los hombres en el poder no habían realizado y si convertido a las leyes en ideas abstractas. Como lo hiciere Miguel de la Trinidad Regalado, Isaac Arriaga y Primo Tapia en sus respectivos momentos: la organización de todos los deseosos por participar en aquél proceso, sería el principio para trastocar y transformar las cosas. El estado de cosas en aquel Michoacán tan rico en recursos naturales, pero tan avaro y reservado para distribuir más justamente esas riquezas.

Consecuentemente el jiquilpense promovió, junto con los viejos dirigentes sociales michoacanos, la reagrupación y organización de las dispersas fuerzas vivas. La finalidad era aglutinar a todas en una sola Central. Y éstas respondieron a la convocatoria que se les hizo, haciendo acto de presencia: la Federación Local del Trabajo, compuesta de obreros y campesinos que formaban la vieja vanguardia mugiquista; los residuos de la Liga de Comunidades y Sindicatos Agraristas de La Región de Michoacán; algunas fracciones de lo que quedaba del Partido Socialista Michoacano; las federaciones obreras que existían en el estado; los sindicatos de obreros y campesinos; comités agrarios y de comunidades indígenas; una amplia gama de profesionistas; así como militantes de la Local Comunista de Morelia.[44] Siendo un distinguido dirigente de ésta Alfonso Soria quien redactó, con el joven nicolaita Antonio Mayés Navarro, los programas, principios y estatutos de la nueva organización.[45] Y así fue, resultado de esa convocatoria, se creó un mes de enero del año veintinueve en la azorada ciudad de Pátzcuaro la Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo (que sería de hecho el nido y avispero de los futuros cardenistas), aprovechando la efervescencia electoral y la esperanza de un cambio. En ella se reunieron personajes como Nicolás Ballesteros, Juan Ascencio y Alberto Coria, del Partido Socialista Michoacano; Apolinar Martínez, Justino Chávez, Jesús Gutiérrez, Luis Mora Tovar, Juan C. de la Cruz, Luis Méndez, Severo y Felix Espinoza y Pedro Talavera, de la Liga de Comunidades y Sindicatos Agraristas de la Región de Michoacán; de la antigua Local Comunista de Morelia: Juan Chávez, Alfonso Soria, Jesús Rico, Othón Sosa y Miguel Arroyo; agraristas como los Prado de la Cañada de los once pueblos y jóvenes nicolaitas como Antonio Mayés Navarro.Y muchos otros más que participaron indiscrirninadamente, unos en las tres agrupaciones otros en dos, por lo que no eran unos desconocidos entre ellos, y sabían cada cual del temple del otro para la lucha social.

Todos estos hombres, la gente que los siguió y muchos que se incorporaron a la lucha social con el lema de “Unión, Tierra y Trabajo”, se convertirían a lo largo de los treintas, en los principales impulsores y protagonistas de las reformas que encabezó Lázaro Cárdenas. Los dirigentes y los trabajadores del campo y la ciudad que dieron vida a la Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo (CRMDT), se irían convirtiendo conforme avanzaban el tiempo, y el general imprimiendo su sello muy particular de hacer política, en los primeros cardenistas. Que hemos de llamar, por precisión de los avatares de la historia, como de origen. Esos soñadores ávidos de justicia habían revitalizado su espíritu de lucha y dado otra oportunidad a la esperanza y a la credibilidad en el gobierno, sintetizado ahora en la figura del jiquilpense. Claros eran sus objetivos, aunque a ciencia cierta no sabían por esos días hasta a donde iban a llegar. Mas la fe en lograr lo que hasta entonces no se había hecho y la respuesta rápida del general, a pesar de las dificultades encontradas, dio la fuerza para llegar a buen puerto. Para ello deberían de emprender un gran esfuerzo organizativo y político, que les permitiera lograr las metas trazadas: el reparto de la tierra, mejorar las condiciones laborales del proletariado agrícola, así como escuelas y educación para el mayor número posible de niños jóvenes y adultos.

La estrecha relación que se dio a partir de esos momentos entre la CRMDT y el gobierno del estado, fue de hecho sentando las bases de un corporativismo inimaginable, que rebasaría al de la CROM de Luis N. Morones en la década de los veintes. Esta naciente central fue el respaldo al joven gobernador, para desarrollar principalmente una política agraria que favoreciera paulatinamente a los campesinos sin tierra y con ello ir bajando las tensiones sociales en el medio rural. Aunque no necesariamente las condiciones económicas de los ejidatarios, pues como hemos anotado antes, era poco el fruto que daban las tierras, al menos las de temporal.

La declaración de principios que redactaron el licenciado Jesús Ramírez Mendoza, el líder comunista Alfonso Soria y el joven nicolaita Antonio Mayés Navarro, sintetiza las aspiraciones de los fundadores de la CRMDT en tres puntos fundamentales: a) el reparto de la tierra a todos los campesinos que tuvieran derecho a ello; b) mejorar las condiciones laborales y salariales de los trabajadores del campo y la ciudad; y, c) dar un fuerte impulso a la educación, principalmente en su nivel básico.[46]

De esos trabajos obviamente no fáciles, se desprendió todo un programa agrario y otro más sindical. En el primer caso se iba a luchar por el cumplimiento del artículo 27, para que se dotara y restituyera la tierra a los pueblos; solicitar al Congreso de la Unión que reformara el punto constitucional que impedía a los peones de la haciendas tener derecho a una parcela; armar a las comunidades para que defendieran sus propiedades o ejidos; refaccionar y apoyar a los pueblos que la recibieran, e impulsar en ellos la formación de cooperativas; fortalecer la autonomía en las comunidades agrarias para que resolvieran libremente sus asuntos administrativos; y, emprender campañas de organización entre los peones de haciendas, ranchos y centros productivos.[47]

En lo relativo a la lucha sindical (artículo 123), se proponían: defender los intereses de los trabajadores del campo y la ciudad, organizándolos dentro de la Confederación y firmando pactos de solidaridad con aquellas organizaciones que no se adhirieran a ella, como fue el caso de la CROM; apoyar a la unificación obrera y campesina en todo el país para la defensa de los intereses comunes; defender a los presos sociales de cualquier ideología, que fueran perseguidos por sus ideales y lucha; impulsar una campaña para organizar dentro de la CRMDT a todos los trabajadores que no lo hayan hecho; y, luchar por el cumplimiento de las leyes sobre materia laboral, buscando se logren los siguientes objetivos: ocho horas de trabajo, salario mínimo de $1.50, establecimiento de escuelas (en haciendas, ranchos, rancherías y congregaciones), asistencia médica de los patrones a los trabajadores, luchar contra reajustes de personal y reducción de salario, y si por algún conflicto laboral se llegaren a parar los centros de trabajo, formar consejos obreros para que los operen y administren.[48] Y así sucedió, dado que estos principios y programas se convirtieron a partir de entonces, en la bandera de las reformas sociales que impulsaban los hombres, las mujeres y los jóvenes de la Confederación a través de la lucha cotidiana; y el gobierno del jiquilpense con políticas sociales y administrativas acordes, para dar cumplimiento a las reformas constitucionales y beneficiar a los, hasta entonces, olvidados del régimen.

Con una idea muy clara de lo que se quería. Los dirigentes confederados, entre los que se encontraban un buen número de maestros, muchos de ellos militantes de Partido Comunista, emprendieron una gran campaña para organizar a los campesinos e indígenas en comités agrarios y solicitaran la tierra; y a los trabajadores agrícolas en sindicatos para que defendieran sus intereses laborales.[49] Convirtiéndose en el fragor de la lucha estos comités y sindicatos a los que se sumó obviamente el de los maestros rurales en las células principales de la CRMDT.

A través de una ardua labor organizativa, la Confederación contaba ya para el año treinta y uno con 100 mil integrantes. Es decir, aproximadamente el 10.2% de la población total de la entidad, entre los que se encontraban campesinos, indígenas, estudiantes, trabajadores agrícolas y urbanos, profesionistas, zapateros, carpinteros, taxistas, políticos, burócratas, etc.[50] Llegando por ejemplo en el sector agrícola, a formarse hasta 200 sindicatos.[51] Como a pesar de ello quedaban principalmente muchos campesinos que por la influencia de curas, hacendados o por temor a los guardias blancas, no se habían organizado para integrarse a la Confederación y para solicitar la tierra. En los primeros días de 1930 el gobernador convocó al Primer Congreso Agrario y Sindical, del que resultó la Federación Agraria y Forestal de Michoacán adscrita socialmente a la Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo,[52] que tendría entre sus funciones impulsar el reparto y la restitución de tierras.

El arduo trabajo organizativo de los maestros rurales y su influencia cada vez mayor entre los campesinos, así como a la par, una mayor confianza de éstos en la política agraria del gobierno, elevó a tal grado la membresía de la CRMDT, que fue indispensable para su dirigencia la formación de federaciones distritales (siguiendo la división política de la entidad), con la finalidad de que a través de éstas, los sindicatos y comités agrarios hicieran llegar sus demandas o problemas al Comité Central Confederal[53] para canalizarlas a las oficinas o dependencias oficiales que las resolverían. Realizar ese trabajo, realmente fantástico, no fue tan fácil para los dirigentes y organizadores. Vivieron en carne propia la intimidación y corretizas no pocas veces, de los guardias blancas que a sueldo tenían los terratenientes, de las acordadas; y el desdén en otras de los campesinos incrédulos o amenazados con la excomunión por los curas de los pueblos. Antonio Mayés Navarro, dirigente de la época, nos cuenta:

“...yo convocaba a los trabajadores y los convencía de que entraran a un sindicato; con muchas dificultades, con mucho trabajo, porque los campesinos no tenían ninguna conciencia clasista, estaban atemorizados, intimidados por las guardias blancas…”,[54] En otra parte de la entrevista, dice: “la lucha [...] era difícil con las guardias blancas, con las acordadas de los hacendados; [...] porque la confederación y nosotros [...] en distintas posiciones andábamos excitando a los campesinos a que se organizaran, a que solicitaran la tierra..”.[55]

La dirigencia y los profesores, a cualquier pueblo que llegaban o iba exprofeso, fueron organizando comités agrarios y sindicatos agrícolas. Y si no existía la gente suficiente para ambas cosas, las tomaban del sindicato para asegurar el número del comité o de éste para formar al sindicato. Ello era común a la hora de solicitar la tierra o de una huelga. Si faltaban campesinos para solicitar ejidos, echaban mano de los sindicalizados, y si hacían falta sindicalizados para sostener una huelga los campesinos apoyaban.[56] Como unos y otros pertenecían a la Confederación, ésta fue una práctica cotidiana.

Dos cosas podríamos destacar de los trabajos iníciales para dar vida a la Confederación y de la política de gobierno del general. Primero, el poder de convocatoria a pesar de las dificultades, para organizar los comités y los sindicatos, así como para realizar el Congreso Agrario en el mes de enero de 1930. Y segundo, la finalidad y resultados de dicho Congreso. Es muy interesante saber quiénes fueron los convocados a este evento por el natural de Jiquilpan. Por un lado, los que solicitaban justicia y que la revolución les cumpliera sus demandas. Es decir, los delegados de todos los centros ejidales que estuvieran en posesión provisional o definitiva de sus tierras, al igual que todos aquéllos que tenían solicitudes en trámite; las organizaciones de sindicatos campesinos; y, los trabajadores de las haciendas, cuando pasaran de 25, aún y cuando no estuvieran organizados. Por otro, los propietarios de los latifundios o de empresas agrícolas.[57]

El gobernador buscaba con esto, más que a los agraristas y sindicalistas, decirle a los terratenientes cuáles iban a ser las reglas del juego bajo su gobierno para impulsar las reformas sociales, principalmente las que tenían que ver con los artículos 3o., 27 y 123. Cinco aspectos fundamentales se pueden rescatar del Congreso Agrario, y que formaban parte de los objetivos que se trazaron desde palacio: a) elaborar un programa fiscal para ayudar a las comunidades a que liquidaran sus adeudos con el gobierno por las tierras recibidas, sobre bases más justas y equitativas; b) analizar el problema agrario en el estado, con la finalidad de que los hacendados comprendieran la necesidad que existía para dotar o restituir las tierras de acuerdo a la legislación vigente; c)justificar a los patrones la necesidad de un salario mínimo de acuerdo a una interpretación humanitaria de las leyes; d) que los dueños de la tierra mejoraran las condiciones educativas y sociales, de higiene y salud de los trabajadores; y, e) decirles también cuales iban a ser las medidas a seguir, para restituir los bosques de la Meseta Tarasca a las comunidades indígenas que habitaban en ella.[58]

Pero eso no fue todo, aún y cuando en ese Congreso se formó como ya lo dijimos, la Federación Agraria y Forestal para encausar las demandas de los comités y comunidades indígenas. Los terratenientes más progresistas formaron ahí mismo la Liga Patronal de Agricultores, para que de igual manera defendieran sus derechos y obviamente impulsaran la producción.[59] En realidad en este último punto podemos afirmar que los dueños de la tierra que aquí participaron podrían haber sido los mismos pequeños propietarios o rancheros que apoyaron a través de Melchor Ortega y Enrique Ramírez la llegada de Cárdenas al poder. Grupos que éste fue capitalizando y a la vez dándoles por decir, sus favores (sobre todo políticos), como sucedió con Aquiles de la Peña en la región de Ciudad Hidalgo. Cabría decirse, fue un intercambio de favores mutuos. El gobernador les proporcionaba espacios políticos y ellos controlaban en beneficio de éste y la CRMDT a un sector social. Por consecuencia señores, no había problema. Todos saldrían ganando con la nueva política y conciliación de intereses entre los que tenían y los que no. El gobierno sería el mediador y el que equilibraría y zanjaría las diferencias políticas y clasistas. Pero la tierra se iba a repartir y todos juntos gobernarían por Michoacán. Estas parecerían las palabras mágicas de la época. Las cartas de la política del gobernador estaban sobre la mesa. Las tierras se repartían o se repartían; se mejoraría el salario sin más; y se abrirían escuelas pagadas por los propietarios de los centros productivos, amén de las oficiales. El general había hablado y dicho qué hacer. ¿Hasta dónde realmente benefició esta política a los olvidados? De acuerdo a los datos con los que se cuenta, es indiscutible que hubo un cambio, pero no en las proporciones que se esperaba.

En los años del gobernador Cárdenas los indígenas, los campesinos y los trabajadores del campo y la ciudad, los estudiantes, los maestros y dirigentes se paseaban por los pasillos del palacio de gobierno como Pedro por su casa. A más de ello, el jiquilpense charlaba y tomaba café, de vez en vez con los profesores y jóvenes nicolaitas. Los olvidados habían asaltado pacíficamente la bastilla y poco a poco la revolución los tomó en cuenta y les fue haciendo justicia. Aunque ésta no se reflejó siempre e inmediatamente en los bolsillos familiares. El general estrechaba así las manos de la revolución y del populismo en la cotidianidad de una época, en la que se buscaba salir de la crisis social y económica, fortaleciendo política y jurídicamente a las instituciones nacionales surgidas de la pasada contienda todavía fresca en la memoria de los mexicanos. Podemos afirmar por lo tanto, que todos aquellos hombres que se fueron integrando a la política reformista del oriundo de Jiquilpan, tuvieron diferente procedencia e intereses. Pareciera que se volvían a encontrar las mismas fuerzas que participaron juntas en la pasada revolución. Después de todo, lo que éste hacía con el respaldo de las fuerzas vivas, era proporcionar a unos la tierra y mejores salarios (campesinos); a otros movilidad social (clase media); y, para unos más, ascensos políticos (pequeña burguesía) en el pequeño feudo michoacano, en alusión del trabajo de Victoriano Anguiano (Michoacán, feudo cardenista).

Era para la época una rara mezcla donde el sujeto aglutinador fue Cárdenas. Por ello en realidad la lucha se dio con los grandes propietarios, y aún así, no con todos en una primera instancia (1928- 32), pues se cuidó bastante de no tocar los grandes centros productores con la finalidad de evitar un desequilibrio en la de por sí endeble economía del estado, y seguir contando con fuentes de trabajo que tanta falta hacían. Tal fue el caso de la familia Cusi, propietaria de la Negociación del Valle del Marqués en Lombardía y Nueva Italia, a la que se le afectó sus propiedades ya muy entrados los treintas (noviembre de 1938).

Lo que no se discute, es que de todos ellos, el papel de los maestros rurales fue trascendente para el impulso de las reformas. En realidad fueron el enlace entre los campesinos y el gobierno. Y sus opiniones pesaban en las decisiones que tomaba el Comité Central, a tal grado que en buen número de ocasiones su preparación, sus claras ideas sobre el problema agrario y su decidida participación en la lucha social, lo convirtió en dirigente campesino, tanto a nivel de comités o sindicatos agrarios como en el mismo órgano directivo de la Confederación. Por ello no causa sorpresa que el primer secretario general del Comité Central Confederal fuera el profesor y licenciado nicolaita Alberto Coria, y el de educación socialista el profesor José Palomares Quiróz. Lo mismo sucedió en los subsecuentes comités, en los que en algunas de sus carteras había por lo general uno o más profesores que lo integraban. Era entonces el maestro el que dirigía, el que hacía las gestiones ante instancias de gobierno, el que orientaba y enseñaba, el que enfrentaba al cura y a los terratenientes. Era el que andaba a caballo en los pueblos más apartados con el libro en una mano y el fusil en la otra. Era al que perseguían los guardias blancas y los ex religioneros. Al que desorejaban o colgaban en los caminos. Era en síntesis, el hombre de la época y el brazo derecho del gobernador en las nuevas relaciones políticas y de transformación social.[60]

Es necesario aclarar, que no todos los profesores participaban en esta empresa de sueños y posibilidades. En realidad a la Confederación se afilian sobre todo los comunistas y los que dejan la Liga de Maestros Michoacanos (LMM) que entonces existía y la cual no compartía los principios, los objetivos y las políticas de la Confederación y del gobierno. De ahí, que el mismo año en que surge la CRMDT, los profesores organizan dentro de ella, al Sindicato de Maestros Michoacanos (SMN), al que en poco tiempo se afiliaron la mayoría de los mentores siendo su dirigente el profesor de filiación comunista, Miguel Arroyo de la Parra.[61] La organización de los mentores posibilitó la formación de cuadros políticos, con la finalidad de fortalecer e impulsar las líneas trazadas sobre política agraria, surgidas del Primer Congreso Agrario. Acordándose a raíz de tal evento, desaparecer al Sindicato de Maestros Michoacanos y crear en su lugar el Bloque de Maestros Socialistas Michoacanos (BMSM) que dirigieron los profesores Diego Hernández Topete y Elías Miranda.[62] Dándole al nombre del sindicato, el mismo sentido con el que se orientaba a la nueva educación que se empezó a impartir en esos años: socialista. Tres objetivos buscaba cumplir el Bloque: a) incremento salarial para sus agremiados; b) una activa participación en el problema de la tierra; y, e) la aplicación de una educación práctica en beneficio de la comunidad (es decir, la socialista).[63] La educación socialista sería el punto de partida para lograrlos, y ésta no era otra cosa, que vincular al sistema educativo estatal con las reformas sociales, donde el maestro jugaba un rol primordial. Por ello los curricula para la formación de profesores, los que tenían que ver con educación básica y media, deberían de fortalecer las ideas sobre el reparto de ¡atierra, la organización campesina, dar auxilio técnico a los ejidatarios, etc. Como decía Romero Flores, entonces Director de Educación en el Estado: para que un maestro pueda ejercer, debe tener “una ideología de acuerdo con los intereses y necesidades del campesino; una aptitud docente que le permita transmitir su enseñanza en forma fácil y una conducta que lo haga digno de ser el ejemplo de sus educandos y de la comunidad a donde radique”.[64] Este era el socialismo de entonces. Dentro del cual se enseñaba al niño a querer y a cultivar ¡atierra y al adulto a exigirla, cultivarla y cuidarla.

Los contenidos de la educación socialista fueron orientados con una ideología fuertemente nacionalista, que buscó -en las escuelas rurales especialmente- la exaltación del campesino como ser social a través de la revaloración de su personalidad, de la vida rural y de la cultura tradicional de los pueblos, con la finalidad de que éstos solicitaran la tierra. Llegando muchas veces esta actividad del magisterio a enfrentar a los campesinos contra la acción religiosa del clero.[65] Comprensible actitud, si tomamos en cuenta que las aulas se convirtieron en verdaderos focos de fermentación ideológica y de activismo social.

El propio gobernador afirmaba ya en el crepúsculo de su mandato, y de hecho sintetizaba su pensamiento sobre la labor del profesor, que lo guió en sus cuatro años de gobierno. Cuando decía en la ciudad de Zamora:

Frente [al tipo de magisterio] que no ha alcanzado en la sociedad ni la influencia ni la consideración que se debe a su ministerio, debe alzarse el guiador social que penetre con valor en la lucha social; no el egoísta que se conforme con defender los intereses específicos de los suyos, sino el conducto que penetre con pie firme al surco del campesino organizado y al taller del obrero fuerte por su sindicalismo, para defender los intereses y aspiraciones de unos y de otros y afianzar las condiciones económicas de ambos; el en causador que defienda los intereses y aspiraciones del niño proletario en el calor de la lucha social, porque tanto como saber modelar en forma integral las aptitudes y funciones espirituales del niño, interesa el encarrilamiento legal de los poderes en la conquista cada vez más firme y dignificante de los derechos del trabajador.[66]

El radicalismo ideológico de la época se observó, no tan sólo por la parte de los integrantes de la Confederación. También de los curas que hicieron lo propio, oponiéndose al reparto agrario. Ya sea azuzando a sus feligreses en contra de los agraristas, ya excomulgando a los que lo eran o solicitaban la tierra. Llegándose a ocasionar zafarranchos y muertes. Por ejemplo en el año treinta, en una de las noticias que daba el semanario El Estado, se leía: “penetraron a Erongarícuaro un grupo como de veinte o treinta hombres aproximadamente, que al grito de ¡Viva Cristo Rey asaltaron la casa del jefe del Comité Agrario al que dieron muerte junto a su esposa y su pequeño hijo”.[67]

Por su parte también los confederados respondieron en diferentes formas a los curas y su gente. Y para ello formaron ligas anticlericales, que en su mayoría eran dirigidas e integradas por bravas mujeres que se distinguieron por ser verdaderamente feroces en el fragor de la lucha. Cuatro formas de trabajo tenían. La primera era una amplia propaganda verbal en contra de la cuestión religiosa; la segunda, la acción directa en contra de los templos, llegando en varias ocasionas a quemarlos; tercera, solicitudes al gobierno para que les entregaran los templos y destinarlos a oficinas de las Federaciones Distritales, Comités Agrarios o Casas del pueblo; y, cuarta, presionar mediante manifestaciones o sus representantes en los municipios, en el congreso o en la oficinas de gobierno, para que los legisladores dictaran leyes reglamentarias sobre culto.[68] Esas acciones llevaron por ejemplo, a la quema de santos en Zurumútaro y a la entrega de estos edificios a las comunidades de Tendeparacua, Tiríndaro, Zurumútaro, y otros más. Así como a la reglamentación de la ley número 100. Que a decir del general Cárdenas, “...se [enderezaba] en contra de la manifiesta resistencia de algunos ministros de los cultos que [estaban] en contra de los Códigos de la Revolución; [trataba] de echar por tierra las perjudiciales preponderancias de quienes se [dedicaban] a explotar lucrativamente a las personas creyentes; [tendía] a evitar tales explotaciones que han gravitado sobre los hombres trabajadores y a emancipar a los obreros y sus familias para que, sin las tenazas del fanatismo confesional, [pudieran] adentrarse en los planos de sus luchas clasistas con plena libertad espiritual”.[69]

Como se observa, todos participaban desde sus trincheras en la lucha social. El jiquilpense apoyando con su investidura para acelerar, financiar, tecnificar y legislar sobre materia agraria, e impulsando programas de apoyo a los ejidatarios y comuneros. Los dirigentes de la Confederación, organizando a los campesinos para que solicitaran la tierra, y a los trabajadores agrícolas para que defendieran sus derechos laborales. Los maestros, enseñando las letras y los números dentro de un patriotismo radical, organizando y orientando a los campesinos y sindicalistas, y enfrentándose a los curas. Las mujeres, luchando en contra de la religión y del alcoholismo. Los hombres solicitando la tierra, cultivándola y defendiéndola con el máuser o el 30-30 en la mano. Los niños, preparándose para el futuro, ideologizados a través de una educación y una cultura nacionalista.

No cabe duda que los confederados eran una gran fuerza, casi invencible en la época del gobernador Cárdenas. Tanto que le permitió ocupar a un alto número de miembros de la CRMDT aproximadamente el 95% de los puestos de elección popular, hasta en aquellos designados directamente por el gobernante. Así llegaron a ser diputados locales o federales, senadores, secretarios del gabinete, presidentes municipales, encargados del orden,  jueces menores o de instancia, etc.[70] Todo fue posible: de un lado, por la anuencia del gobernador que los necesitaba en esos espacios, y de otro, indiscutiblemente por la presencia política y numérica que tenían. Cuando había procesos electorales se ganaba, como ahora se diría, de carro completo. Mas no solamente los dirigentes, maestros o profesionistas participaron en la administración pública michoacana para apoyar desde sus oficinas o curules a las reformas, y a la política del divisionario jiquilpense. También lo hicieron estratégicamente varios militares identificados con la política agraria, y los mismos campesinos impreparados muchas veces, según fuera la circunstancia. En el primer caso por ejemplo el coronel Pedro Torres Ortíz fue presidente municipal en Puruándiro y Tacámbaro, al igual que el coronel Gallardo en Uruapan y el capitán Cázares en Zacapu,[71] ya que eran municipalidades relevantes para controlar a los bandoleros o a grupos de ex religionarios que merodeaban todavía por esos lugares. En el segundo, tomaron muchas veces el poder municipal o de los pueblos en aquellos en que había resistencia, problemas, o no se querían someterse al dominio de la Confederación, como sucedió en Urecho, Huiramángaro, San Pedro Pareo, Opopeo, Zurumútaro, Napízaro, Casas Blancas, Erongarícuaro, Pátzcuaro y Quiroga.[72] Es decir, los hombres del general deberían dirigir con él los destinos del estado.

El mismo Cárdenas intervino algunas veces para remover autoridades electas o funcionarios públicos, que no estaban de acuerdo con la política de su gobierno. El caso de Melchor Ortega en Uruapan es un ejemplo de ello. Y lo mencionó en el informe del año treinta:

“el ejecutivo de mi cargo -dijo- se ha visto obligado a disponer la sustitución de ministros que desarrollaban una labor disolvente y gestionar la salida del estado de aquellos que han reincidido en su actuación...”.[73] El control total de la administración pública; toda la labor desplegada por los órganos de gobierno en apoyo a la política del gobernador y de la CRMDT; la activa participación política de los cuadros de la Confederación en torno a las reformas sociales y a la agraria en particular; e indiscutiblemente la forma en que el general se acercó a los campesinos, a los indígenas, a los trabajadores y a la pequeña burguesía rural. La manera en que aglutinó y coptó toda esa fuerza y la forma muy particular de resolver los problemas, o mejor dicho de hacer política, llevó a que paulatinamente durante su mandato se le fuera identificando a las acciones de su gobierno como cardenista, y a todos los que colaboran en ese esfuerzo, como los cardenistas.

Como ven, así se originó el cardenismo y surgieron los cardenistas. En el estado no cabían los disidentes o las organizaciones independientes. Todos tenían que ser cardenistas. Hasta las profesoras que llegaban a los congresos pedagógicos con los escapularios ocultos dentro de sus ropas y sacaban cuando estaban fuera de las miradas indiscretas. Ya que podían perder su trabajo por clericales y mochas. Los cardenistas: rojos, descoloridos o pálidos, por convicción o compromiso, lucharon con todo y contra todo. Manteniendo especialmente del verano del 28 al de 1932, un férreo control político en todos los niveles de decisión pública, administrativa, política y social. Sin embargo toda esa fuerza y muchas veces soberbia, tenían un límite: la palabra última y vertical del general, y sus decisiones o propuestas. El año treinta y dos es tan sólo una muestra de nuestra aseveración. Primero la sucesión en la gubernatura, y segundo el temor a la partida, dejando al garete la tutela que ejercía sobre la Confederación. En efecto, cuando se vino el proceso para decidir sobre el sucesor del jiquilpense, el hombre que más se había destacado para hacerlo, era el oriundo de Puruándiro: Ernesto Soto Reyes, que tenía estudios de Jurisprudencia en el Colegio de San Nicolás; se había incorporado al constitucionalismo en 1915; participado en la fundación del Sindicato de Estudiantes Socialistas de la Casa del Obrero Mundial y del Partido Socialista Michoacano; había sido regidor en 1921 del Ayuntamiento de Zitácuaro; secretario particular del general Cárdenas del veintiocho al treinta; diputado de este último año al de 1932 en la XXXIV Legislatura del Congreso Federal; y presidente estatal del Partido Nacional Revolucionario (PNR).[74] Todo un historial político y administrativo, que parecería ningún otro integrante de la Confederación podría igualar para ser nombrado candidato al gobierno del estado. Pero a más de ello, contaba por su activa labor en la lucha social con el apoyo de la Confederación y todos sus votos cautivos.

A pesar de ese curriculum, en la primavera del treinta y dos, ante el azoro de los cardenistas y las molestias de los dirigentes; el jiquilpense se inclinó a favor del general Benigno Serrato, al que tuvieron que aceptar y apoyar como su candidato a la gubernatura. Este personaje, aunque se había conocido con Cárdenas allá, en las correrías guerrilleras de la tierra caliente en 1913, cuando andaban a salto de mata. No los unía una gran relación, más bien ésta se daba a través del Jefe Máximo quien fue el que hizo la propuesta. No era un agrarista ni reformista distinguido, era un soldado institucional de las confianzas de Calles. De tal manera que Soto Reyes tuvo que conformarse y aceptar la candidatura a senador de la república. En cuanto a los temores del general por dejar sin su tutela a la Confederación, tal vez previendo los conflictos que se avecinarían con el nuevo gobernador, y que las reformas sociales cambiaran de rumbo. Escribió contándolos a su gran amigo y ahora director del penal de las Islas Marías, Francisco José Múgica, quien le contestó:

“.me sorprende a veces verlo idealizar en nuestra intimidad con sueños casi imposibles. Me refiero a su propósito de permanecer un año, después de dejar el gobierno, al lado de la confederación, pues dado el medio intranquilo, ambicioso y suspicaz no concibo siquiera que ejercitando funciones militares pudiera dedicarse a la labor social que urgentemente necesita desarrollarse en el Estado; y como usted es un hombre escrupuloso y un Quijote menos concibo este hecho, por otra parte, tampoco concibo como al salir de la política no reanude automáticamente sus funciones militares en el ejército del pueblo...”.[75] En la misma carta, el de Tingüindín también le expresaba sus preocupaciones: “...tengo que decirte con profunda pena que “considero que la sucesión de usted en el gobierno de Michoacán será funestísima para todo lo que signifique impulso popular societario y económico, a menos que desde antes se forme el propósito de acabar con los individuos -hablo acabar en el sentido político- antes que ellos acaben con las instituciones, y esto tiene serios inconvenientes, muchísimas trabas y, a veces funestas consecuencias...”.[76]

Los temores del general por seguir la línea que seguramente Calles le dio, los propios de Múgica y de los cardenistas, se confirmarían muy pronto, a pesar de tener todavía el congreso local a su favor, la mayor parte de los ayuntamientos y un alto número de puestos públicos. Empezaba el viacrucis para los cardenistas en Michoacán y a brillar aún más la estrella del jiquilpense en la política nacional. Si antes tuvieron al gobierno en pleno a su favor, para impulsar las tareas trazadas por las reformas sociales, a partir del treinta y dos las cosas serían muy distintas. Porque además de ello, los terratenientes y sus cuerpos armados resurgieron con nuevos bríos bajo la complacencia del gobernador, y en no pocas ocasiones el mismo ejército del pueblo, corno diría Múgica, realizaría tareas sucias al nuevo inquilino del palacio de gobierno.

El primer golpe del callista lo dio al Sindicato Campesino de Nueva Italia cuando la Junta Central de Conciliación y Arbitraje declaró inexistente la huelga que mantenía en contra de la Negociación del Valle del Marqués, propiedad de la familia Cusi.[77] Cómo habían cambiado los tiempos, anteriormente, rara vez los sindicatos adheridos al Confederación perdían una huelga. A partir de ahora, sería una retahíla, amén del continuo surgimiento de sindicatos blancos en los centros de trabajo, que buscaban desplazar a los cardenistas.

Una segunda violación de los acuerdos a que se había comprometido Serrato con los cardenistas, cuando se le nombró candidato: el de continuar con la política del jiquilpense. Fue la persecución, atropellos y asesinatos de los agraristas, sindicalistas y maestros rurales de la Confederación que pretendían reivindicar sus derechos o defender la tierra que ya tenían. Hubo una gran cantidad de esos casos que se pueden enunciar: Yurécuaro, Ixtlán, Vista Hermosa de Negrete, Zirahuato, Cañada de los Once Pueblos, Zitácuaro, Indaparapeo, Ecuandureo, La Palma, Carapan, Coeneo, Tepalcatepec, Zamora, Tiríndaro, Pátzcuaro, La Piedad, Lombardía, Contepec, Nueva Italia, Panindícuaro, etc.[78] Otra medida fue la de ir limpiando paulatinamente la administración pública de cardenistas, o en su defecto ir coptando aquellos, que según se decía eran débiles de convicción, pero que obviamente conservaban el trabajo o seguían viviendo de las arcas de la tesorería estatal. Así, por presiones del ejecutivo o grupos simpatizantes, fueron destituyendo a los presidentes municipales que no eran afines al gobernador y asegurándose la lealtad de los que dejaba. Ocasionando una cadena de enfrentamientos entre autoridades municipales y cardenistas.[79] Lo mismo sucedía con los comisariados ejidales, jefes de tenencia o autoridades menores.[80] Llegando a expulsar en muchas ocasiones a los principales líderes de las Federaciones Distritales, como sucedió a Manuel Ballesteros en Zamora.[81] Para tener el control político había que acabar con los cardenistas. No cabe duda, la rueda de la historia había dado la vuelta, y ahora, de una u otra manera les aplicaban la misma receta que ellos dieron a sus enemigos políticos o a todos los que no coincidieron con el carden ismo. Es indiscutible que habían sembrado miles de simpatías entre los de abajo principalmente, pero ahora cosechaban los odios de los afectados.

De nada valían las manifestaciones y protestas de la Confederación y de los diputados cardenistas. Ni los constantes ires y venires a la ciudad de México para hablar con el general Cárdenas, ya que sus recomendaciones eran las mismas: diálogo con el gobernador y limar diferencias a través de la conciliación.

Lo único que faltaba a Serrato para debilitar a los cardenistas era dividir a la Confederación y buscar en los próximos comicios de 1934 el control político total de ésta y de su Comité Central. La oportunidad llegó al celebrarse el Quinto Congreso en el verano del treinta y tres. Donde el gobernador dando un madruguete, ilegalmente impuso a un Comité Central que no fue avalado ni reconocido por la mayoría y al cual sostuvo. Sin embargo, si logró en parte sus objetivos: dividir a los confederados. Por lo que existieron don Confederaciones: la serratista, que los cardenistas llamarían “del niño Jesús”, y la de ellos, a la que dirían la genuina.[82] Esa audacia, aunque dañó incuestionablemente a la organización, no logró dominar a la genuina CRMDT y los cardenistas continuaron con el poder que les daba el respaldo mayoritario de las masas. Por otro lado, ante la trágica muerte del gobernador en diciembre del treinta y cuatro, y la ascendente carrera política de Cárdenas hasta llegar casualmente en ese mismo mes a la presidencia de la república, la Confederación del “Niño Jesús” desapareció pronto y muchos volvieron a la cargada, aglutinándose nuevamente en la genuina y levantando la bandera del cardenismo que antes combatían.

Una decisión que evitó indudablemente la desbandada total de los cardenistas frente a las pugnas con Serrato, fue indiscutiblemente la formación del brazo político de la Confederación en 1933, que tuvo la finalidad de impulsar la candidatura de su jefe moral a la presidencia de la república. Naciendo entonces la Federación Política Radical Socialista de Michoacán (FPRSM),[83] como medida preventoria ante la posibilidad de que el PNR local no apoyara al jiquilpense, pues estaba en las manos de los serratistas y éstos favorecían a Pérez Treviño, al que tenían rato haciéndole propaganda. Por lo que la FPRSM sería el conducto para organizar la campaña y coptar la votación de los cardenistas michoacanos. Pero la línea llegó un poco después de la ciudad de México al PNR en Morelia, que dirigía entonces Carlos González Herrejón: todos por Cárdenas, independientemente de las diferencias políticas o ideológicas. Así los serratistas se tragaron su amargura, pues su candidato, el neoleonés Manuel Pérez Treviño había quedado fuera de la jugada, y los cardenistas reagrupados en la Federación disciplinadamente se adhirieron como tal, al partido, y aunque en esa coyuntura no lograron dirigirlo sí lo harían al año siguiente.

Es indiscutible en realidad, que a pesar de la anuencia del general Calles para que Cárdenas fuera el abanderado del partido oficial en los comicios que se llevarían a cabo en el verano del 34, antes de ella o de que tal vez la hubiera aceptado, ya se habían manifestado en ese sentido simpatías de militares, políticos y asociaciones campesinas que pretendían llevarlo a la presidencia de la república. El mismo Adolfo Calles, hijo del jefe máximo, quien por ese entonces gobernaba al estado de Sonora, estaba al frente de un grupo de gobernadores que apoyaban al jiquilpense; entre los que se encontraban los de Nuevo León, Colima, Sinaloa y Nayarit. Así como de asociaciones y partidos locales de esos estados, sumándose un poco después Tamaulipas y Chihuahua. Quienes hacían una campaña política abierta y amplia.[84] El mismo presidente de la república, general Abelardo L. Rodríguez, veía de igual manera con buenos ojos al michoacano para que lo sucediera. Y así se lo hizo saber en varias ocasiones.

Inobjetablemente, el general Cárdenas a sus treinta y ocho años era el personaje político más conocido e importante del momento, al lado de Plutarco Elías Calles. Sus compañeros de armas, los que se habían fogeado y forjado como él en Sonora y con el grupo de ese nombre, se encontraban dispersos a lo largo y ancho de la república: como jefes de operaciones militares, como gobernadores o como miembros activos del ejército. Muchos que lo conocían integraban al gabinete del presidente o estaban muy cercanos al jefe máximo; otros eran diputados federales o locales, o senadores de la república.

La imagen que tenía como militar y político leal e institucional, obtenida en los momentos más álgidos que el ejército triunfante tuvo en 1922 con el movimiento de la huertista y en 1929 con el escobarista; la política conciliatoria que enseñó cuando fue secretario de Guerra y Marina y presidente del Partido Nacional Revolucionario, en los momentos de tirantez, confusión o malos entendidos políticos entre el presidente en turno y el jefe máximo, cuando los hubo; así como el impulso que dio a las reformas sociales como gobernador de Michoacán; y, su estrecha relación con el grupo sonora: políticos, intelectuales y ejército. Lo mostraron como el candidato idóneo para ocuparla silla presidencial.

Frente a la posibilidad real del oriundo de Jiquilpan para ocupar tan alto cargo, sus seguidores en la república formaron en los primeros días del mes de julio del año treinta y tres, el Centro Director Cardenista (CDC) del que fue presidente el licenciado Ignacio García Tellez, y un poco más adelante en la ciudad de Morelia una extensión de éste, que fue llamada: Delegación General de Michoacán del CDC, que presidió Daniel T. Rentería.[85]

Los forcejeos fueron bastante fuertes entre los seguidores de Cárdenas y Pérez Trevifio, el candidato con más posibilidades después del michoacano. Pero la balanza se fue inclinando en favor de este último, sobre todo cuando llega como presidente del PNR el coronel Riva Palacio en sustitución del neoleonés, quien había renunciado para hacer su campaña política. El nuevo presidente del partido oficial llegó con dos objetivos muy claros: primero, apoyar la candidatura del general Cárdenas, y segundo, desintegrar a las numerosas organizaciones políticas que se habían formado para apoyarlo, buscando que fuese el PNR el que dirigiera el proceso.[86] Todos los votos y sin indisciplinas políticas debería captarlos el partido para que saliera más fortalecido en las elecciones que se avecinaban para del verano de 1934.

Así fue como los cardenistas michoacanos que eran miembros de la Federación Radical y del Centro Director, se sumaron a los trabajos forzados que hacía la dirigencia estatal del partido para apoyar al ex gobernador en su camino a Chapultepec. Y mediante una ardua lucha con los hombres de Serrato, lograron asistir a la Segunda Asamblea Nacional del Partido Nacional Revolucionario que se realizaría en la ciudad de Querétaro, en donde se decidiría la candidatura del partido a la presidencia de la república, los seguidores del natural de Jiquilpan: Ernesto Soto Reyes, Alberto Bremauntz, Luis Mora Tovar, Antonio Mayés Navarro, Gabino Vázquez, José Solórzano y muchos otros que tuvieron una destacada participación en los trabajos de discusión y aprobación del Plan Sexenal y la reforma a los estatutos penerristas.[87]

A Querétaro llegaron los seguidores del jefe máximo y los del general Cárdenas con la convicción de que éste fuera su candidato. Ese era un gran punto de acuerdo. Sin embargo se dio una fuerte lucha entre ellos, cuando se discutieron los contenidos del Plan Sexenal; especialmente en lo relacionado con las reformas sociales, en las que se impusieron las ideas y opiniones de los cardenistas, como en los casos de Alberto Bremauntz en materia educativa y Gabino Vázquez y Soto Reyes en agraria.[88] La fuerza y la presencia política en la vida nacional que iban obteniendo los hombres del divisionario michoacano, se reflejó en la redacción final del Plan Sexenal y en las posiciones de primer nivel que fueron obteniendo en el PNR, como en el caso del licenciado Gabino Vázquez quien después de la Asamblea, y ya en diciembre de ese año del 33, ocupó la secretaría general del CEN,[89] convirtiéndose en uno de los personajes más importantes del partido, después de Riva Palacio, pues era el hombre de las enteras confianzas del candidato. Con ese panorama favorable regresaron los cardenistas de Querétaro para negociar con Serrato, que ahora se mostraba más flexible, la integración de la dirigencia estatal del partido y las candidaturas federales y locales a puestos de elección popular que estarían en juego en el verano del 34.

En el estira y afloja, los serratistas (que en realidad en su mayoría habían sido cardenistas desertores) se quedaron con la presidencia del PNR que recayó en el licenciado Victoriano Anguiano y con la mayoría de las candidaturas al congreso local. Por su parte los cardenistas dominaron en las nominaciones al Congreso de la Unión, encontrándose entre ellos: Luis Mora Tovar, Donaciano Carreón, Arturo Chávez, Antonio Mayés Navarro, José Solórzano, Augusto Hinojosa y Augusto Vallejo.[90] Ya en campaña por la presidencia y los comicios federales y locales y en su búsqueda por integrar a los jóvenes estudiantes de los diferentes niveles educativos en el estado, los cardenistas forman el Bloque de Jóvenes Revolucionarios de Michoacán,[91] el que colmó su membresía con alumnos de escuelas técnicas y agrícolas, normales y de la Universidad Michoacana.[92] Así los cardenistas michoacanos pusieron su granito de arena para que el divisionario de Jiquilpan ganara las elecciones presidenciales y llegara a Palacio Nacional con un programa de gobierno que tomaba en cuenta los ideales de la revolución, que fueron escritos en medio de grandes debates, en la Carta Magna de la república durante el invierno de 1916-17.

De tal manera que con diferencias y desconfianzas, a partir de entonces se aclaró a pesar de algunos nubarrones que se podían prever, el panorama para los cardenistas. Sobre todo cuando volvieron al redil muchos que jugaron con Serrato, para continuar con los leales, supuestamente las reformas sociales y retomar el poder político que estos últimos habían visto debilitado. Más, cuando los gobernadores siguientes los generales Rafael Sánchez Tapia, Rafael Ordorica Villamar y Gildardo Magaña, continuaron la política del señor presidente. Aunque en el último de los casos, se suscitarían dos conflictos más. Uno a su llegada y el otro por sus aspiraciones presidenciales.

Es necesario hacer notar, antes de comentar esos dos acontecimientos, que a pesar del reencuentro de los cardenistas, la unidad ansiada, la que existió en la época de gloria y triunfos casi arrasadores, ya no volvería. La razón: la continuación de la lucha interna por el control político de la Confederación.[93] De una parte, porque se habían generado varios grupos de poder y por otra, por la existencia de un relajamiento en la disciplina y lealtad que se dio a raíz de las divisiones y constantes pugnas interna y externas, por lo que ya no era la misma que mostró en sus orígenes. Ahora se observaba en un importante número de sus miembros como en jefes de tenencia, representantes de los comités agrarios y presidentes municipales, una oposición a la reestructuración y cambios en la CRMDT pues perderían cotos de poder en sus respectivas regiones. Las que por lo general manejaban a su libre arbitrio y utilizaban para sus fines políticos, como si fuesen pequeños caciques que amparados a la sombra del cardenismo hacían y deshacían, propiciando ellos mismos el divisionismo que así favorecía a sus intereses, y que se fue de largo hasta el año treinta y ocho cuando desapareció la Confederación.93 Siendo esa una de las razones para que así sucediera, a la que vino a sumirse indiscutiblemente la reciente formación de las grandes centrales obreras y campesinas: Confederación de Trabajadores de México (CTM) y la Confederación Nacional Campesina (CNC), que absorbieron a los sindicatos y a los comités agrarios de la CRMDT, dándole con ello un tiro de gracia y acabando de hecho con la rica experiencia del movimiento social michoacano.

El general dio, el general quitó. El corporativismo tenía que modernizarse. Los movimientos locales ya no cabían en la nueva perspectiva política que el Estado cardenista quería hacer de ellos. Y la CRMDT ya no era suficiente en los nuevos tiempos. De hecho, la llegada de Cárdenas a la presidencia marcó el camino de su desaparición. Entre otras cosas, porque la dejó sin cabeza y un constante desgaste; así como por los nuevos retos a que se enfrentaría el gobierno: el reparto de la tierra, la nacionalización del petróleo, la educación socialista, las diferencias con el jefe máximo, etc. Ahora se tocaría a intereses ya grupos más poderosos e importantes a nivel nacional e internacional. Y en ese llego, las organizaciones regionales aunque fuertes como en el caso de la Confederación, aparecían fragmentadas, como un rompecabezas fácil de tentar y cortar para enfrentarlas con las políticas del Estado. Las grandes centrales obreras y campesinas, corporativizadas desde su origen, marcarían el inicio de su propio sometimiento futuro.

Continuando con la historia que veníamos explicando. Nuevamente en el año treinta y seis como lo había hecho cuatro atrás, el ahora presidente de la república se opuso a una candidatura surgida de las bases y dirigencia de la Confederación, quienes en esta ocasión apoyaban al coronel Dámaso Cárdenas para que fuera gobernador del estado. Pero la propuesta fue rechazada por el hermano mayor,[94] quien se inclinó a favor del revolucionario zapatista y distinguido agrarista Gildardo Magaña, que tomó posesión el 15 de septiembre de ese mismo año. La decisión de Cárdenas y la llegada de Magaña al gobierno de Michoacán, profundizaron las heridas que no habían cerrado aún de la escisión dada en la época de Serrato. Tanto que provocó expulsiones y disidencias importantes. Efectivamente, los cardenistas del Comité Central Confederal en pleno estatal y a solicitud de las “...Federaciones de Jiquilpan, Uruapan, Taretan, Chavinda, Puruándiro, Zitácuaro, Ciudad Hidalgo y el Sindicato de Maestros, por voz de sus representantes: Juventino Aguilar, Olegario Aguirre, Emigdio Ruíz Bejar, José Garibay Romero, Felipe Anguiano, Luis Mora Gómez, Aquiles de la Peña y el profesor Francisco Fabián Rosales...”[95] expulsaron de la CRMDT a Feliciano González y Primitivo Sandoval, integrantes del Comité Central, y a Pedro y Aureliano Munguía,[96] por su labor divisionista en favor de Magaña, según alegaban. Pero nuevamente y casi en seguida, la mano del general los llevó a la Confederación con los mismos cargos que tenían, tragándose la afrenta los que habían votado por la expulsión. Esas decisiones unilaterales fueron llevando a la disidencia a viejos dirigentes que se habían distinguido en la lucha social, y a que muchos de ellos fueran a caer en las filas del gobernador, que trataba de aglutinar en torno suyo a un grupo importante que le permitiera perfilarse como posible candidato a la presidencia de la república. Tales eran los casos de Norberto Alcantar, Pedro Talavera, Pablo Rangel, Ezequiel Cruz, Ernesto y Eliseo Prado, Juan Gutiérrez, Vicente Villa, J. Trinidad García, Calixto Navarrete, Delfino Loya, Benigno García, Salvador Rangel y otros más.[97]

Las diferencias e inconformidades por la llegada de Magaña; la desconfianza de éste hacia la dirigencia Confederal; las pretensiones del ex-zapatista por llegar a la presidencia; y la coptación que hacía de cuadros cardenistas, mantuvieron vivos los conflictos políticos entre éstos. Al igual que Serrato, pasando sobre los acuerdos que lo llevaron a la gubernatura: tomar el programa de la CRMDT. Impuso funcionarios, presidentes municipales e impulsó bajo negociación y con la complicidad de un alto número de militantes confederados, en la dirección del Comité Central Confederal a Pablo Rangel,[98] que no era bien visto por tenerlo por la mayoría como disidente.

Los tiempos violentos volvieron. Pero ahora con una triste y grave realidad, ya que los enfrentamientos muchas de las veces se daban entre los mismos campesinos o indígenas cardenistas. Los que simpatizaban con el gobernador y los que no. En ese ambiente habría que incluir a los grupos armados que estaban a disposición de los terratenientes y que atemorizaban a los agraristas que seguían fieles a la Confederación. Así, entre 1936 y 39 que dura la administración de Magaña, fueron denunciados a la presidencia de la república aproximadamente un centenar de asesinatos por esas diferencias, en los municipios Aguililla, Apatzingán, Alvaro Obregón, Villa Victoria, Coalcomán, Ario de Rosales, Coeneo, Contepec, Cuitzeo, Cherán, Chilchota, Churumuco, La Huacana, Puruándiro, Jiquilpan, La piedad, Los Reyes, Ocampo, Pajacuarán, Quiroga, Tancítaro, Taretan, Huetamo y otros más.[99]

Ante el caso omiso que hacía el gobernador para tomar en cuenta las recomendaciones del presidente, como antaño, éste aconsejó a los cardenistas que seguían fieles a los viejos principios cautela y diálogo para resolver los problemas y las controversias. Consejos que como entonces eran tornados en cuenta como un acto de disciplina política y reconocimiento a la figura del jiquilpense como dirigente máximo de los Confederados. En una carta que firmaron el 18 de marzo del año treinta y ocho, Elías Miranda, Rafael Vaca Sobrio, y otros más, así lo hicieron saber al jiquilpense. Le decían:

“...hemos decidido liquidar toda clase de dificultades que pudiere haber, hasta hoy, con el Gobierno de Michoacán o con cualquier sector político de nuestro estado, sin condiciones de nuestra parte y cumpliendo con el principio de unificación recomendada por usted en cada momento, [...]. En caso que nuestra actitud sea desatendida por el Gobierno de Michoacán, que no lo creemos, o por cualquier otro sector o elemento político, pasaremos por alto la actitud de los demás y seguiremos fieles a esta línea de conducta que nos hemos trazado...”)[100]

A pesar de las dificultades y de las maniobras del gobernador, de Pablo Rangel y de Trinidad García. El último Comité Central Confederal que se nombró en el VII Congreso de la Confederación, quedó en manos de los cardenistas oponentes a Gildardo Magaña, dirigiéndolo con el apoyo de la mayoría de las federaciones distritales: José Garibay Romero.[101]

En la historia de los cardenistas michoacanos de origen, como les hemos llamado y hemos visto, existieron historias de amor y desamor, encuentros y desencuentros, traiciones y golpes bajos, unos convencidos y otros por conveniencia, pero todos cobijados por los nobles ideales de las reformas sociales, que se distinguieron como una corriente política por la forma en que actuaron y las condujo el general Cárdenas, con todos sus aciertos y desaciertos. A pesar de la gran cantidad de divergencias que se dieron y de los diferentes intereses individuales o de grupos al interior de la Confederación, los cardenistas fueron protegidos por el general, y cuando estuvo en el poder local o nacional, de igual manera lo hizo a través del aparato oficial. Por lo que la reforma agraria siguió su curso: unas veces más acelerada y otras, con algo de pereza. Pero en casi todo el proceso, a costa de regar con sangre los surcos en que germinaban los granos y de teñir de rojo la tierra, permitiendo que muchos campesinos obtuvieron un ejido familiar o la restitución para sus pueblos. Aunque es de señalar que un alto número no alcanzó a ver en sus manos un pedazo de tierra o siquiera a iniciar su cultivo, pues cayó antes de lograr su anhelo.

La gran tarea emprendida en Michoacán un mes de enero del año veintinueve dio sus frutos: llevó a que se dotara provisional y definitiva, la cantidad aproximada de 500 mil hectáreas hasta 1940; se les devolvió en 1931 a las comunidades indígenas de la Meseta Tarasca, las 360 mil hectáreas que aproximadamente tiene esa región; formaron más de dos centenares de sindicatos de toda índole, obteniendo con sus excepciones (1932-34), el triunfo en la mayoría de las huelgas; mejorando salarios y prestaciones; se abrieron hasta 1938, 1,159 escuelas: 537 federales, 540 estatales y 82 Artículo 123, que fueron atendidas por 1,926 maestros, abriéndose de igual manera normales rurales para poder contar con cuadros profesionales que fortalecieran la enseñanza; hubo apoyos y créditos para el campo en un alto número de distritos; se construyeron caminos, y se fueron levantando obras e infraestructura hidráulica para la agricultura; etc.

En síntesis, a pesar de las luchas posteriores entre lo mismos cardenistas por el control político de la Confederación y de la misma vida pública del estado, todos juntos tuvieron que ver de una u otra manera en los triunfos, fracasos y logros de las reformas sociales en Michoacán. Así como juntos participaron en la lucha social a pesar de las diferencias, desde una oficina pública, un cargo de elección popular; ya dirigiendo comités, sindicatos o la misma Confederación; ya enseñando y orientando.

Existe una extensísima 1 lista de los cardenistas de aquellos años. Que por la forma en que presentamos el trabajo no incluimos en su interior, aunque sí varios nombres relevantes. Sin embargo, como una manera para mantenerlos vivos en la memoria colectiva, daremos varias decenas de nombres conocidos o desconocidos, esperando aportar algo más en un futuro próximo.

Los caídos en la lucha, los no registrados por la historia, los sin rostro que envolvió la gran masa social y los que ahora conocemos, todos juntos son parte de los anales de la historia por su participación en los procesos sociales, que sin ellos el general Lázaro Cárdenas no habría iniciado y realizado las reformas sociales en Michoacán. Estos son los cardenistas que hemos llamado de origen: Alberto Coria, Nicolás Ballesteros, José Martínez, Juan Ascencio, Fidencio Reséndiz, José Alvarez y Gasca, Juan Chávez, Silvestre Guerrero, Luis Mora Tovar, José Solórzano, Pedro López, Pedro Talavera, Justino Chávez, Ernesto Ruíz Solís, Héctor Varela, J. Jesús Ceja, J. Jesús Ordorica, Juan 5. Pizano, Luis García Amezcua, Apolinar Martínez Múgica, Jesús Gutiérrez, Juan C. de la Cruz, Luis Méndez, Severo y Felix Espinoza, Alfonso Soria, Jesús Rico, Othón Salazar, Miguel Arroyo, Antonio Mayés Navarro, Jesús Múgica Martínez, Jesús Ramírez Méndez, Diego Hernández Topete, Elías Miranda, Ernesto Soto Reyes, Juventino Aguilar, Olegario Aguirre, Emigdio Ruíz Bejar, José Garibay Romero, Felipe Anguiano, Luis Mora Gómez, Aquiles de la Peña, Francisco Fabian Rosales, Feliciano González, Primitivo Sandoval,Pedro y Aureliano Munguía, Norberto Alcantar, Pablo Rangel, Ezequiel Cruz, Ernesto y Eliseo Prado, Vicente Villa, J. Trinidad García, Calixto Navarrete, Delfino Loya, Benigno García, Salvador Rangel, Rafael Vaca Sobrio, Miguel Arroyo de la Parra, José Palomares Quiroz, Alberto Bremauntz, Agustín Leñero, Miguel Rincón, Espiridión Torres, Enrique Morales, Alfonso Leñero, Salvador Bremauntz, Cornelio Rodríguez, Arturo Chávez, Augusto Vallejo, Donaciano Carreón, Julian Gándara, Gabino Vázquez, Primitivo Juárez, Cristóbal Ruíz Gaytán, Sansón Flores, Abraham Martínez, Miguel Quintero, Arturo Chávez, Alberto Oviedo Mota, José Barriga Zavala, Ramón Medina, Aurelio Munguía, Carlos Reyes, Andrés Rodríguez, Priciliano Mora Tovar, José Campos, Heladio Oseguera, Rafael Ceja Torres, Francisco Valdez Alfaro, Romualdo Rodríguez, Rafael García Tinajero, Rafael R. Gascón, J. Jesús Padilla, Enrique Ibarra Allende, Alfredo Gálvez Bravo, José Molina, Enrique Flores Soria, Ventura Miei; Federico Piñón, J. Trinidad Mayés, Fidencio Arcos, José y Everardo Aparicio, Sacramento Chávez, Ramón Ramos, Daniel T. Rentería Jr., Antonio Castro, Ruperto Martínez, Aureliano Herrejón, Enrique M. Ramos, Maximiliano Silva, Emiliano Díaz, Melchor Rodríguez, Gerardo Bribiesca, Augusto Hinojosa, J. Jesús Torres Caballero, Augusto Vallejo, David Arismendi, Bríj ido Alatorre, Vidal Zepeda, Lucas Ortíz, Isidro Castillo, José Ma. Cano, Raúl Reyes, Ignacio Ramírez, Abraham Martínez, José Montejano, Bardorniano Lemus, Delfino Loya, Leopoldo Zarco, Pedro Juárez, José Montejano, Feliciano González, Luciano Manríquez, Daniel Mora Ramos, Amadeo Sironi, Benjamín Ayala, Alberto Lozano Vázquez, Jesús Gómez Sanguino, F. Alejandro Jr., José Mejía Angeles, entre muchos otros. Por el lado de las féminas, encontrarnos al menos los nombres de las que dirigían a la Federación Femenil de Michoacán adherida a la Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo: Matilde Anguiano, Elvira Chávez, María Pineda Flores, Petra Montañez, María Guadalupe Oliva, María Gómez, Cristina Verduzco, entre un gran número que existía.

 

NOTAS:


 

[1]Enciclopedia de México. Tomo 1, México, Secretaría de Educación Pública, 1987, p. 140.

[2]Luna Arroyo, Antonio y Luis G. Alcerreca. Diccionarios de Derecho Agrario. México, Porrúa, 1980, p. 689

[3]Werner Tobler, Hans. La revolución mexicana. Transformación social y cambio político: 1876-1 940. México, Alianza Editorial, 1994, p. 590.

[4]Enciclopedia de...T.1.p.140.

[5]Werner, H. Op. cit., p. 590.

[6]Cárdenas, Lázaro. “informe del General de División Lázaro Cárdenas, gobernador del estado de Michoacán, ante la H. XLIV Legislatura local, correspondiente al ejercicio comprendido entre 1928-1932”. En: Palabras y documentos públicos. Informes de gobierno y mensajes presidenciales de año nuevo. 1928/1940. México, Siglo XXI Editores, 1978, p. 25.

[7]Maldonado Gallardo, Alejo. Agrarismo y poder político: 1917-1938. Cuatro ensayos sobre el problema de la tierra en Michoacán. México, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 1993, p. 43.

[8]Idem.

[9]Archivo de la Secretaría de la Reforma Agraria (en adelante ASRA). Expte. 22. Asunto: Dotación de tierras. Solicitud de tierras de la Tenencia de Naranja del Municipio de Zacapu, Mich.: Entrevista al señor Susano Santacruz, realizada por Alejo Maldonado en Gabriel Zamora, Mich.. el 23 de enero de 1982, pp. 4, 10, II Entrevista al señor Ramiro Alonso Estrada Ruiz, realizada por Alejo Maldonado en Gabriel Zamora, Mich., el 9 de enero de 1982, PP. 1-5; Entrevista con el señor Cayetano Vivanco Reyes, realizada por Alejo Maldonado en Alvaro Obregón, Mich., el 28 de enero de 1982, p. 5; Entrevista al señor Bernarod Al. De León, realizada por Alejo Maldonado en Tepic, Nay., el 20 de agosto de 1981, p. 10; Entrevista al señor Victorio Alvarez Cisneros, realizada por Alejo Maldonado en Janamuato, Mich., el 26 de enero de 1982, pp.7, 15,20.

[10]Archivo Municipal de Zamora (en adelante AMZ). Ramo: Gobernación. Expte. 4. Demanda de trabajo de Rafael Estrada en contra del hacendado Ignacio Mariscal. Zamora, Mich., junio 12 de 1928; Vivanco Reyes Cayetano/A.M. S-1:28-1-82, p. 4; Alvarez Cisneros Victorio/A.M.S-1 :26-1-82, pp. 3.4.

[11]ASRA. Expte. 22/23. Asunto: Dotación de tierras. Del ingeniero Leobardo Altamirano al Delegado de la Comisión Nacional Agraria, Morelia, Mich., febrero 10 de 1927; Vivanco Reyes Cayetano/A. M. S-1 :28-1-82, p. 2; Santacruz Susano/A.M . S1: 23-1-82, pp. 3, 10; Alvarez Cisneros Victorio/A.M. S-l:26-1-82, pp. 349, 10; Estrada Ruíz José Alonso/AM. S- 1:9-1-82. pp. 5,6.

[12]Embríz Osorio, Arnulfo. La Liga de Comunidades y Sindicatos Agraristas del Estado de Michoacán. Práctica política-social. México, Centro de Estudios Históricos del Agrarismo en México, 1984, p. 124.

[13]DESRA. Exptes. 17, 99; carta de Primo Tapia a Apolinar Múgica Martínez, Julio 18 de 1923. En: Martínez Múgica. Apolinar. Primo Tapia. Semblanza de un revolucionario. Morelia, Gobierno del Estado de Michoacán, 1976, pp. 212, 226.

[14]Werner, H. Op. cit. p. 572.

[15]Véase: declaración del general Plutarco Eh as Calles en su viaje al Mante, S.L.P., en el carro presidencial del Tren Verde Olivo, publicada en la revista Adelante de San Luis Potosí, el 15 de junio de 1930. En: Pedro Anaya. Los problemas del Campo. México, Jus, 1976. p. 19.

[16]Embríz, A. Op. cit.,p. 121.

[17]Ibid., p. 127.

[18]Ibid., pp. 122, 127.

[19]Maldonado Gallardo, Alejo. La educación socialista en Michoacán. Historia de una experiencia pedagógica. México, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, l995, p. 60.

[20]Véase, Calderón, Miguel. El impacto de la crisis de 1929 en México. México, Secretaría de Educación Pública-Fondo de Cultura Económica, 1982, p. 244; Córdova, Arnaldo. La política de masas del cardenismo, México, Era, 1976, pp. 17, 19.

[21]Calderón, M. Op. cit., pp. 31, 95. 96, 143, 148, 150. 22

[22]Ibid.

[23]Córdova, A. Op. cit., pp. 17, 18; Calderón, M. Op. cit., pp.40, 116-119, 121,127, 141.

[24]Werner, H. Op. cit., p. 594.

[25]Idem.

[26]Cfr. con: Embriz, A. Op. cit., pp. 25-27.

[27]Ibid., p. 144.

[28]Pérez E., Ramón Alonso. Historia del Partido de la Revolución en Michoacán. PNR-PRM. 1928-1946. (Inédito). Morelia, Mich., 1997, pp. 1,2.

[29]Ibid., p. 3.

[30]Ibid., p. 4.

[31]Idem.

[32]Ibid.. p5.

[33]Ibid., p. 10.

[34]Ibid., p. 9.

[35]Ibid., p.14.

[36]Ibid., pp. 15-19.

[37]Cárdenas, L. “Manifiesto al pueblo de Michoacán”. En: Palabras y documentos...Vol. 1. pp. 85, 86.

[38]Cárdenas, Lázaro. Obras. Apuntes 1913/1940. Tomo 1, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1972. p. 6.

[39]Ibid., pp.8, 9.

[40]Ibid., pp.6.7.

[41]Ibid., p 8.

[42]Idem.

[43]Ibid., pp. 14,15.

[44]Archivo Histórico-Centro de Estudios de la Revolución Mexicana “Lázaro Cárdenas” (en adelante AHCERMLC). Correspondencia con el general Francisco J. Múgica. Microfilm, colección Lázaro Cárdenas, rollo 17, primera parte. Del general Francisco J. Múgíca al general Lázaro Cárdenas. Morelia, Mich., febrero 10 de 1929; Entrevista realizada a/Lic. Antonio Mayés Navarro, por Manuel niego Hernández en la ciudad de Morelia, Mich., el 18 de abril de 1980, p. 2; Boletín Legislativo Núm. 9. LXI Legislatura del Estado de Michoacán de Ocampo. 1979. pp. 11, 21; Padilla Gallo Jesús. Los de abajo en Michoacán. Apuntes breves del movimiento social en Michoacán, desde el primer congreso de la CRMDThasta su sexto congreso. Su organización y los caídos en la lucha de clases. Morelia. Mich., (s.p.i.), 1935. p. 12; Tomás Rico Cano. “Presentación...” En: Martínez, A. Op. cit., p. 15.

[45]Embríz, A. Op. cit, p. 146.

[46]“Declaración de principios de la Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo” En: Alejo Maldonado Gallardo. La Confederación Revolucionaria Michoacana del ttrabajo. Organización y lucha campesina: 1928-1932. Tesis presentada en la Escuela de Historia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, para obtener el título de Licenciado en Historia. Morelia, Mich. agosto 1983, p. 266.

[47]Ibid. pp. 267-268.

[48]Ibid., pp. 268-271.

[49]Mayés Navarro Antonio/M .D. S-2: 1 8-IV-82, p. 6; Múgica Martínez Jesús/A: M.S-1: 17-1-82, pp. 9, 10,

[50]Padilla, J. Op. cit,, p. 4 David L. Raby. Educación y revolución social en México (1921-1940). (Sepsetentas, Núm. 141) México, Secretaría de Educación Pública, 1974, p208.

[51]Padilla, J. Op. cit., pp. 11, 12.

[52]Cárdenas, L. “Informe del General de División Lázaro Cárdenas. Gobernador del Estado de Michoacán, ante la H. XLIII Legislatura Local, correspondiente al ejercicio comprendido entre el 16 de septiembre de 1929 y el 15 de septiembre de 1930”. En: Palabras y documentos... Vol. 2, p. 21: Mayés Navarro Antonio / Manuel Diego. S-2: 18-1V-80, pp. 4, 11, 12.

[53]Cárdenas. L. “Informe del general.... 1929-1930” En: Palabras y documentos....Vol. 2, p.21.

[54]Mayés Navarro Antonio/M.D. S-2: 1 8-IV-80, p. 2.

[55]Ibid., p6.

[56]Múgica Martínez Jesús/AM. S-2: 5-11-82, p. 27.

[57]Reglamento a que deberán sujetare los trabajos preparatorios y las discusiones del Primer Congreso Agrario Michoacano. Morelia, Mich., (s.p.i.), 1929, pp. 2, 4, 6.

[58]Véase: Idem; Cárdenas, L. “Convocatoria del Gobernador Constitucional del Estado de Michoacán a las comunidades indígenas forestales del Estado”. Morelia, Mich., diciembre de 1929. En: Palabras y documentos... Vol. 1, p. 87.

[59]Reglamento a que... p.3.

[60]Maldonado, A. La educación... p. 69.

[61]Villaseñor y Ponce de León, Enrique. Así principió la lucha. Notas para la historia del sindicalismo magisterial michoacano. Morelia, Mich., Ediciones de la Sección XVIII de ISNTE, 1967, p. 11.

[62]Maldonado, A. La Confederación... pp. 5 7-62.

[63]Ibid,. p.64.

[64]Romero Flores, Jesús. Memorias de educación pública. Cuatro años de acción educativa en Michoacán, en la administración del general Lázaro Cárdenas, Gobernador Constitucional del Estado. Morelia, Mich., Dirección General de Educación Pública, 1932, pp. 101, 102.

[65]Raby. D. Op. cit., pp. 29, 37.

[66]Cárdenas, L. “Informe del general... 1928-1932”. En: Palabras y documentos... Vol. 2, PP. 29, 30.

[67]El Estado. Tomo 1, Núm. 3, Morelia, Mích., septiembre 14 de 1932, p. 2.

[68]Anguiano Equihua, Victoriano. Lázaro Cárdenas. Su feudo y la política nacional. México, Editorial Erendira, 1951, pp. 48, 49; Padilla, J. Op. cit., p. 44; Entrevista a Jesús Múgica Martínez, realizada por Manuel Diego Hernández en la ciudad de Morelia, Mich., marzo I9de 1980. p. 34.

[69]Cárdenas, L. “Informe del general... 1928-1932” En: Palabras y documentos... Vol. 2, p.31.

[70]González y González, Luis. Historia de la revolución mexicana, Periodo de 1934-1940. Los artífices del cardenismo. México, El Colegio de México, 1979, PP. 224, 225; Múgica Martínez Jesús/M.D. S-3: 1 7-IV-80. pp. 24,25; Múgica Martínez Jesús/ AM. S-2: 5-1-82. p. 43; Vivanco Reyes Cayetano/AM. S-1: 26-1-82. p. 24; Mayés Navarro Antonio! MD. S-3: 1 8-IV-80. p. lo; Alvarez Cisneros Victorio/A.M. S-1: 26- 1-82, p. 23.

[71]Anguiano, y. Op. cit., pp. 57. 58; Múgica Martínez Jesús/ M.D. S-3: 17-IV-80, pp. 24,25.

[72]García Mora, Carlos. “Tierra y movimientos agrarios en la Meseta Tarasca”. En: III Jornadas de historia de occidente. Jiquilpan, Mich., Centro de Estudios de la Revolución Mexicana Lázaro Cárdenas. 1980, p. 12.

[73]Cárdenas, L. “Informe del general... 1929-1930”. En: Palabras y documentos... Vol. 2, p. 12.

[74]Enciclopedia de.. .T. XIII, p. 7420.

[75]AHCERMLC. Correspondencia con el general Francisco J. Múgica. Microfilm, colección Lázaro Cárdenas, rollo 17, primera parte. Carta del general Francisco J. Múgica al general Lázaro Cárdenas. Islas Manas, Nay., abril27 de 1932.

[76]Idem.

[77]Múgica Martínez Jesús/AM. S-2: 5-11-82, p. 32.

[78]Véase: Archivo General de la Nación (en adelante AGN). Ramo: presidentes. Fondo: Abelardo L. Rodríguez. Exptes. 52/331-2, 524/336, 524/503,524/533, 524/609, 524/ 484, 541/32, 524/604,524/404,524/120,524/216,525.3/561,524.31/1-1.524/522, 524/422.524.2/110,541.4/34,524/336.

[79]Maldonado, A. La Confederación.. p. 142.

[80]Véase: AGN. Ramo: Presidentes. Fondo: Abelardo L. Rodríguez. Expte. 524/529, Doc. 5482. De Guillermo Durán Carrillo al general Abelardo L. Rodríguez. Zitácuaro, Mich., mayo 11 de 1933; Expte. 525.3/77. De Jesús Rico al Secretario de Gobernación de la República. Morelia, Mich., marzo 2 de 1933: Expte. 524/533, Docts. 6449. 8186,  8510, 8538: Expíe. 515.2/22-11, Docts. 2511, 4551, 4654; Ramo: Presidentes. Fondo: Lázaro Cárdenas. Expte. 515.3/43. De Eduardo Vasconcelos al general Benigno Serrato. México, D.F., enero 10 de 1934.

[81]AMZ. Ramo: Gobernación. Expte. s/n. De .losé Martínez Vargas al Secretario General del Gobierno de Michoacán. Zamora, Mich., enero 16 de 1933; de Cristóbal Ruíz Gaitan al Sr. Manuel Ballesteros. Morelia, Mich., enero 19 de 1933.

[82]Véase: Maldonado, A. Agrarismo y... pp. 82, 83.

[83]Ibid., p. 85.

[84]Cárdenas, L. Apuntes... T. 1, pp. 218-226.

[85]Pérez, RA. Op. cit., pp. 135, 136. ibid., p139.

[86]Ibid., p. 139.

[87]Ibid., p. 141.

[88]Ibid., p. 142.

[89]Ibid., p. 144.

[90]Ibid., p. 146.

[91]Maldonado, A. Agrarismo... pp. 82, 83.

[92]Maldonado, A. La Confederación... p. 155.

[93]Véase: AGN. Ramo: Presidentes. Fondo: Lázaro cárdenas. Expte. 402.2/263. De Jesús Rodríguez al general Lázaro Cárdenas. Apatzingán, Mich., agosto 17 de 1936; Expte. 402.2/188. De Enrique García al general Lázaro Cárdenas. Hacienda del Palmito, Mich., marzo II de 1936; Expte. 402.2/195. De Tiburcio Torres al general Lázaro Cárdenas. Zirhuén, Mich., marzo25 de 1936; Expte. 542.2/312. Del Secretario General del Sindicato Agrícola y Forestal de Uruapan al general Lázaro Cárdenas. Uruapan. Mich., mayo 15 de 1935; Expte. 402.2/247. De José Ramón, Jesús Rodríguez y otros ejidatarios al general Lázaro Cárdenas. Tanhuato, Mich., julio 10 de 1936; AIVIZ. Ramo: Gobernación. Expte. sin. De Luis Vega y Angel Ayala a José Cano. Zamora, Mich., junio11 de 1935.

[94]Múgica Martínez. Jesús. La Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo. Apuntes acerca de la evolución social y política de Michoacán. México, Eddisa, 1982, p. 214; Cfr. con: “El señor Cárdenas Pre Candidato en Michoacán”. El Eco Revolucionario. Vol. 1, Núm. 207, México, D.F., noviembre 9 de 1935.

[95]Múgica, J. Op. cit., p. 218.

[96]Ibid. pp. 2l7, 218.

[97]Idem.

[98]Ibid., p. 220; Cfr. Con: Vivanco Reyes Cayetano/Alejo Maldonado. S-l: 28-1-82, p. 13.

[99]Véase: AGN. Ramo: Presidentes. Fondo: Lázaro Cárdenas. Exptes. 541/1071, 542.1/2484,541/1899,542.1/1516, 541/1724, 541/1770, 541/940,541/59,541/906, 541/1783, 541/1387, 559/1-46, 541/1574, 541/1560, 555.1/226, 541/619, 541.1/876, 541/1450, 541/1 885, 404. 1/5579, 541/1923, 541/1 524, 54 1/1449, 541/1837, 54 1/1046, etc., entre muchos más expedientes que existen y dan muestra de la violencia en Michoacán.

[100]AGN. Ramo: Presidentes, Fondo: Lázaro Cárdenas. Expte. 542.1/II. De Juan Guajardo, José Zavala Ruiz, José M. Cano, Jaime Chaparro, Elías Miranda, Alfonso García y Rafael Vaca Sobrio al general Lázaro Cárdenas. México, D.F., marzo 18 de 1938.

[101]Maldonado, A. La Confederación... p. 172.