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LA HISTORIOGRAFÍA DE LOS MOVIMIENTOS

SOCIALES EN MEXICO Y SU SIGNIFICADO EN LA

CONFORMACIÓN DE LA ESCUELA HISTÓRICA MEXICANA

 

Gloria Villegas Moreno

Facultad de Filosofía y Letras

UNAM

 

La presente exposición se propone mostrar que los estudios sobre los grandes movimientos sociales registrados en México, han sido cruciales para la formación de una escuela histórica mexicana.[1] Y aunque se apoya fundamentalmente en la llamada “historiografía nacional”, seguramente vale para la que se ha ocupado de los estudios regionales, cuya investigación está por hacerse.

La solidez y tradición de los estudios históricos en México, frecuentemente han permanecido encubiertas por la tendencia de adoptar, más que confrontarlos con nuestra propia experiencia, modelos interpretativos externos.

Para analizar el significado de los estudios acerca de los movimientos sociales en México y su repercusión en la construcción de propuestas teóricas y metodológicas, son indispensables algunas precisiones conceptuales.

En primer lugar, cabe señalar que en la presente exposición el término “movimientos sociales” se utiliza con amplitud, ya que no solamente considera las luchas emprendidas por los sectores campesino y obrero, sino también aquellos procesos que se desencadenaron como resultado de hondas transformaciones producidas a lo largo de prolongadas etapas de gestación en nuestro país. Es decir, el enfoque propuesto aquí pretende superar la distinción tradicional entre vida social y vida política, en virtud de que los avances en la investigación histórica nos muestran claramente que el movimiento y la organización de los conglomerados sociales no puede considerarse fragmentariamente, salvo por razones puramente instrumentales y operativas de la investigación.

En consecuencia, se abordará aquí, a grandes trazos, la historiografía de la multiplicidad de episodios que se engloban bajo los enunciados de Independencia y Revolución -procesos que, como se sabe, involucraron a diversos grupos sociales, en razón de distintos motivos o intereses para luchar en favor del cambio u oponerse a él. La identificación de las ideas históricas que entrañan esos procesos es posible en la medida que la confrontación de ideas y proyectos, expresada de manera pacífica o violenta, está vinculada a nociones acerca del pasado y del futuro, pues las grandes transformaciones sociales de nuestro país han implicado siempre una relectura de su historia.

Propondré pues, algunas consideraciones acerca de las visiones históricas de estos dos grandes movimientos sociales que convencionalmente denominaremos Independencia y Revolución, en tanto que la primera dotó a la historiografía mexicana de su calidad hermenéutica y heurística, y la segunda, ha sido determinante para la definición del objeto de estudio de las investigaciones históricas.

 

La Independencia

 

La Independencia tuvo sus “juglares”, en hombres como Servando Teresa de Mier o Carlos María de Bustamante. Hacerla objeto de estudio y, a la vez, llevar a cabo su apología, esto es, la defensa del derecho, de la población americana a participar en la conducción de su destino político, los obligó a recurrir a las mejores armas. Fue entonces que -siguiendo la vía abierta por los jesuitas expulsados de América y España- tuvieron que construir argumentaciones y ofrecer pruebas para fundar sus asertos; pruebas argumentales que emanaban de una interpretación histórica providencialista, que era la que entonces, no obstante los atisbos de racionalismo, seguía estando viva, con independencia de que su soporte fuese verbal o documental.

En el trance de defender a través de las ideas -más que con las armas- el derecho de los americanos a la autonomía, primero y a la independencia después, se empezó a acrisolar la escuela histórica mexicana. Y es que las expresiones de los primeros analistas del proceso de emancipación, nacen del ojo del huracán de un intenso debate político de hondas raíces sociales.

En efecto, los americanos, que de distintas maneras habían reclamado su derecho a participar en las decisiones que afectaban la tierra donde habían nacido, recibieron intempestivamente el reconocimiento de ciudadanos, en razón de las circunstancias políticas que reinaban en España.

Los términos históricos de la confrontación social están determinados en primera instancia: para España la historia, el pasado, era el argumento en contra de la independencia de las colonias; para los americanos, era ese mismo pasado el que la justificaba plenamente.

Incluso, aún no se definían sus alcances y significados, cuando la lucha emancipadora americana ya tenía su historiador. Servando Teresa de Mier escribía en el exilio londinense, al que lo llevó su audacia para abordar la tradición guadalupana, una reconstrucción del proceso reciente que había vivido la Nueva España y que, a su vez, fue un arma de lucha en favor de la emancipación americana. Para Mier es la propia historia la que explica la propensión que tienen los americanos a la libertad. Así, tempranamente la historia formó parte del gran debate ideológico político y de la confrontación social de la época.

Este era, en el fondo, un razonamiento semejante al que formularon Primo de Verdad, Melchor de Talamantes e Hidalgo; la novedad en el caso de Mier radica en el soporte de sus aseveraciones.

Bajo la premisa de que el historiador debe “dar la nata de su saber”, en el trance de la defensa del derecho de los americanos a la Independencia el dominico rebelde ofrece argumentos, pliegos y documentos que comprueban, con rigurosa cita a pie de página, sus afirmaciones, apelando, incluso, a una argucia de litigante: sustentar sus tesis utilizando las pruebas que exhibe el opositor.

Proceder semejante, aunque con objetivos distintos, es posible observar en los pasajes de las obras de Carlos María de Bustamante, cuando dibuja aquellas imágenes vivaces de los insurgentes y los realistas, con las que no sólo se trata de defender la independencia, sino de crear el sentimiento patriótico, a fin de hacerla perdurable. Así, emergen de su Cuadro Histórico, escenas formidables que elevan a los héroes hasta la apoteosis. Con Bustamante, al llevar a cabo la lectura mexicana de Michelet, cobra fuerza un género cultivado con prodigalidad en nuestro país, la hagiografía cívica.

Una tesitura análoga, por lo que toca al diseño argumental y al ofrecimiento de pruebas, se puede hallar en los textos de Lucas Alamán, José María Luis Mora y Luis G. Cuevas, con independencia de que el primero y el último militan en dos momentos distintos del conservadurismo, mientras Mora representa la posición más radical del liberalismo decimonónico.

En todos, a pesar de los matices y particularidades predomina una construcción argumental para comprobar las tesis que sostienen respectivamente; en todos también la prueba documental ocupa un sitio primordial, aunque eventualmente recurren al testimonio “avalado razonadamente”, de tal manera que sin formatos establecidos otorgan un sitio a Las fuentes orales.

Cuando se intenta identificar la dimensión estructural de la interpretación, uno de los elementos que llama más poderosamente la atención, por encima de la riquísima información que contienen las obras de la primera mitad del siglo XIX, es la certeza que comparten los historiadores mexicanos de esa época de que el conocimiento histórico es relativo, siendo imposible el conocimiento absoluto, no obstante la firmeza con la que sostienen sus aseveraciones. También invita a la reflexión el hecho de que nuestros primeros historiadores, lo fueron de su pasado, a la vez que de su contemporaneidad.

Quienes vivieron y dejaron testimonio de la gran conmoción social que fue la Independencia, no sólo establecieron los cimientos de la Escuela Histórica Mexicana, sino que son fuentes ineludibles para el estudio de aquella, como lo prueba el tomo dedicado al tema en la obra monumental México a través de los siglos, o los análisis contemporáneos del tema. Sirvan, a manera de ejemplo, el Proceso ideológico de la Revolución de Independencia de Luis Villoro, los estudios de Ernesto de la Torre, Ernesto Lemoine, Carlos Herrejón, Guadalupe Jiménez Codinach y Virginia Guedea, algunos de los estudiosos mexicanos de la Independencia, así como los trabajos de autores extranjeros, tales como Jaime E. Rodríguez David Brading, Francois Xavier Guerra y Brian R. Harnnett, entre otros. En abono de la tesis de la solidez de los trabajos históricos de quienes vivieron el periodo de la Independencia y escribieron sobre él, vale señalar que prácticamente todos los autores posteriores recurren a las apreciaciones de aquéllos, confirmando sus asertos con fuentes documentales de la época. Así, tras una acuciosa revisión de acervos, resulta muy difícil de superar el tratamiento que da Lucas Alamán a la experiencia gaditana, o el que éste y Mier logran del derrocamiento de Iturrigaray.

Incluso, se llega a dar el caso del redescubrimiento de estos temas a partir del estudio de aquellos textos, como ha ocurrido con las aportaciones de Nettie Lee Benson sobre la participación americana en las Cortes de Cádiz, o las de Timothy Anna, acerca del ocaso del gobierno virreinal.

El saldo de los estudios históricos contemporáneos acerca de la Independencia ha sido particularmente espectacular, ya que las investigaciones han adquirido, sin perder el interés sobre ciertos personajes y episodios particulares, un sentido mucho más amplio. Es decir, los efectos de los estudios económicos, especialmente el ciclo de investigación que se desarrolló a partir del ensayo de Enrique Florescano e Isabel Gil sobre las reformas borbónicas, y que llega hasta los trabajos de Horst Pietschmann, o los importantes estudios sobre regiones mineras, grupos sociales, etcétera, así como la historia comparativa, que ha permitido identificar, además de los procesos particulares de independencia en cada nación hispanoamericana, el resquebrajamiento del poder imperial español, por una parte, y, por otra, el trabajoso surgimiento y secularización del grupo criollo, el movimiento pendular de los grupos indígenas, los mestizos y las castas, etcétera.

Dicho en otros términos, se perfila una etapa de gran interés hacia el siglo XIX -la época de construcción de la nación- estimulada, en buena medida, por las crisis políticas que a nivel internacional ha presenciado este fin de siglo.

Se puede concluir, así, que el estudio de la lucha independentista, en tanto movimiento social, además de contribuir sustancialmente a la comprensión de un proceso de grandes complejidades, y quizá por ello, constituyó un objeto de estudio respecto del que, desde sus orígenes, se pusieron a prueba diversas interpretaciones.

Por lo anterior, es posible sostener la tesis de que el acercamiento al estudio, el intento de comprensión, e incluso el afán de dejar un registro de los acontecimientos y coadyuvar a la defensa de alguna de las posturas que entraron a debate, hicieron de la lucha independentista, en tanto movimiento social, un crisol para la conformación de elementos estructurales de ¡a escuela histórica mexicana, que sintéticamente pueden enunciarse de la siguiente manera: pulcritud en el manejo de fuentes, diversidad de las mismas, y una fina construcción argumental que nace de una hipótesis cuya comprobación es parte esencial del trabajo. Estas son, como sabemos, las características que exige actualmente un trabajo histórico de perfiles académicos.

 

La Revolución

 

Algo semejante a lo que ocurre en el caso de la Independencia, se producirá en el caso de la Revolución.

Tempranamente, también, fue objeto de reflexiones históricas. Así lo prueba la obra de Roque Estrada, publicada en el año de 1912, bajo los lineamientos del pensamiento positivista.

De manera semejante a como ocurrió un siglo atrás, el debate acerca del cambio que se gestó en los primeros años de este siglo fue, ante todo, un debate histórico. El general Porfirio Díaz y el grupo en el poder argumentaban, en favor de su permanencia, haber sido los artífices de la paz y estabilidad conseguidas tras muchos años de guerra civil y conflictos con el extranjero.

Por su parte, los contradictores del sistema porfiriano, asumiéndose herederos de la tradición liberal de los Constituyentes de 1857, y adalides de la lucha social que reconocía sus orígenes en los episodios de la Revolución francesa, se ostentaban como legatarios de los hombres de la Bastilla.

Así, antes de que se desencadenara la lucha armada, unos y otros habían exhibido las razones históricas que sustentaban sus tesis políticas y sociales.

El régimen porfirista pronto hizo evidente la contradicción que entrañaba su discurso legitimador: la paz había sido el precio que la sociedad mexicana tuvo que pagar para lograr su tránsito a la democracia; sin embargo, su artífice lo impedía. Así, no es casual que la crítica emprendida hacia un sistema que había agotado su razón de ser, porque había cumplido los objetivos propuestos, se nutriera de argumentos históricos construidos y difundidos por la enseñanza positivista, que educó a los hombres del nuevo siglo en la certeza de que la evolución no admitía espera y que el cambio social estaba en el orden de la vida misma del país, aunque el grupo en el poder se opusiera a ella.

Son suficientemente conocidas las críticas que desplegó la prensa, convertida en el escenario del debate cuando las cámaras eran órganos apendiculares del poder ejecutivo, y la folletería que se preguntaba qué pasaría cuando el general tuxtepecano desapareciera del escenario político. Son también conocidas las lúcidas ideas de Andrés Molina Enríquez acerca de la injusticia que prevalecía en la distribución de la propiedad, y las que esgrimieron los Flores Magón en contra de la inequidad.

La oligarquía -diría en 1912 Roque Estrada- “...que sirve de base fundamental al poder que representa el mismo autócrata”, por su ambición propició la pérdida de autonomía de los estados, y atrofió las posibilidades de mejoría de la clase obrera, impidiendo poner a ésta “...en un tiempo racional sobre un pie de competencia con la factura extranjera”.

En efecto, el surgimiento de la oligarquía, auspiciado por la confluencia de la vanidad del general Díaz y el halago y ambición de los hombres que le rodearon, motivó que sus resoluciones iniciales, quizá sinceras, se desvirtuaran.

Frente a las causas trascendentes, Estrada encontraba causas exteriores “que solamente desempeñan un papel de determinantes”, tales como la inconstitucionalidad de la última reelección de Díaz, primera en la que hubo fraude electoral, o la postulación de Corral, mediante la cual la oligarquía buscaba perpetuarse “por instinto de propia conservación”.

Así, afirma que los elementos que motivaron la concentración de las necesidades de un poderoso grupo que reclamaba la transformación político-social, fueron las muchas vejaciones sufridas por el pueblo y la agudización del desequilibrio económico, que también originó un “sentimiento” antiporfirista en las masas. Esto permitió que Madero se convirtiera en el “punto de mira de las esperanzas de un pueblo ya ansioso de romper con los moldes del antiguo régimen”.

A medida que la revolución, iniciada en las ciudades como un movimiento que demandaba la apertura de los espacios políticos, se convirtió en una confrontación social que entrañaba los más variados propósitos y objetivos, la literatura política y social de perfiles históricos se intensificó. Baste recordar textos como los de Femando Solís Cámara acerca de la reconstrucción de México, o los ensayos de Luis Cabrera, a los que se suma, bajo una perspectiva distinta, el pródigo discurso social que campeó en las sesiones convencionistas, así como las argumentaciones que acompañaron a las leyes que se promulgaron en diferentes regiones del país en la llamada etapa preconstitucional.

Las obras producidas sobre la etapa de la lucha armada, entre la década de los años veinte y la de los cincuenta, constituyen, en una proporción considerable, conjuntos de trabajos que plasman las apreciaciones de quienes habían sido actores y testigos de los acontecimientos, y en las cuales se prolongaba el debate ideológico de los años previos. Las Obras políticas de Luis Cabrera (1921), o las Memorias de Emilio Vázquez Gómez (1933), al lado de una gran cantidad de artículos aparecidos en la prensa diaria, como los elaborados por Antonio Díaz Soto y Gama, fueron tejiendo justificaciones y explicaciones que atendían, primordialmente, a precisar el sentido y carácter de aquella lucha. También desde la trinchera gubernamental se formularon relecturas de la etapa revolucionaria para justificar el rumbo tomado por el sistema político mexicano, como lo muestra la obra de Ramón Beteta sobre el pensamiento y dinámica de la Revolución Mexicana (1951).

La situación del país había cambiado sensiblemente. La Segunda Guerra Mundial propició condiciones bonancibles para México, a partir de las cuales se produjo un impulso inusitado en la economía del país. A pesar de que la vertiente social de la lucha revolucionaria parecía acallada por el barullo del capitalismo, ello no impedía constatar avances considerables en esta materia. El discurso que se construyó alrededor del episodio revolucionario para justificar el rumbo que tomaba el país, parecía estar respaldado por la realidad, y el que había emergido para formar una posición crítica, cuando los revolucionarios obraban como “conciencias de la revolución”, fue perdiendo el vigor de otros tiempos.

El Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana fue un organismo determinante para la preservación y difusión de textos sobre el periodo revolucionario. Surgido bajo la vocalía de Salvador Azuela y dependiente de la Secretaría de Gobernación, editó un considerable número de trabajos, la mayoría de los cuales aprovechaban la experiencia de los actores y testigos y que, frecuentemente, no estaban planteados como investigaciones históricas. Las obras testimoniales fueron, en buena medida, el pequeño reducto de la intelectualidad revolucionaria, cuando desde la perspectiva del poder habían concluido los tiempos de discusión y se iniciaba una etapa promisoria de la nación. Muy cerca de la fecha de fundación del Instituto se publicó una obra fundamental para el estudio de aquellos episodios históricos, Fuentes para la historia de la Revolución Mexicana, de Manuel González Ramírez, editada por el Fondo de Cultura Económica.

La novedad del trabajo de González Ramírez consistió en que, además de haber puesto en circulación las fuentes documentales, hemerográficas y gráficas de un periodo que va desde finales del siglo pasado, hasta la segunda década del presente, éstas se encuentran acompañadas de extensas y bien documentadas explicaciones que permiten ubicar cada una de ellas.

Pero mientras el auge económico y la estabilidad mostraban a la revolución como un tema por demás arcaico. fue justamente esa apariencia de progreso la que constituyó el impulso generador de una de las vertientes de investigación más ricas de nuestro tiempo: el Porfiriato.

Daniel Cosio Villegas afirmó que inició sus estudios sobre el porfinato cuando después del periodo cardenista, al despuntar el gobierno de Avila Camacho, empezó a hablarse de neoporfirismo: “Yo resolví estudiar el régimen de Porfirio Díaz para averiguar si había un neoporfirismo o no lo había, y qué características tenía éste en relación a aquél”.

Pero Cosío Villegas hizo mucho más que explicarse el Porfiriato. Su investigación fue el primer ensayo de obra histórica colectiva de este siglo, en la que, además de romperse el viejo patrón de privilegiar la dimensión política de la historia - pues incluyó la vida económica, vida social y la vida política exterior- obró como un genuino espacio de decantación metodológica: el exhaustivo manejo de fuentes bibliográficas y hemerográficas, teniendo como columna vertebral, en una porción considerable, la Colección Porfirio Díaz, sentó un conjunto de principios y normas para la investigación que aún permanecen vigentes.

La historiografía contemporánea de México resultaría ininteligible si omitiésemos los dividentes metodológicos informativos que Cosio Villegas, y el equipo que trabajó con él, aportaron para los estudios históricos de este siglo.

Un fenómeno de carácter externo será el denotador de los estudios sobre el México contemporáneo: el interés que despierta esta temática entre los círculos académicos del extranjero. El fenómeno es en extremo sugerente y podría ser atribuido, entre otras razones. a la desastrosa experiencia de la segunda guerra, que fracturó el optimismo que había aportado el desarrollo de la ciencia y de la técnica en el mundo occidental. Así, se perfilaba un mundo incomprensible, una dramática experiencia que March Bloch dibujó magistralmente con sus dudas y reflexiones.

Como parte de este redescubrimiento de la historia mexicana, focalizado en la época revolucionaria, desde los años cincuentas algunas tesis doctorales de las universidades norteamericanas abordaron temas de nuestra historia contemporánea.

Paralelamente se mantuvo una producción escasa y marginal sobre los temas revolucionarios y los asuntos de carácter social, de indudable mérito, como los textos de Víctor Alba sobre las ideas sociales contemporáneas (1960), o el de Alberto Bremauntz que hace un estudio del Panorama social de las Revoluciones de México (1960).

La creciente identificación entre el proceso revolucionario y el sistema político mexicano se expresó con suma claridad en obras auspiciadas gubernamentalmente como México, cincuenta años de Revolución (1960-61), interesante intento por poner en la balanza los avances del país en todos los campos, y que congregó figuras destacadas en las ciencias, las artes, la literatura, pero cuyo sentido triunfalista dejó al margen un genuino análisis social de la lucha revolucionaria.

En el estudio que el entonces presidente Adolfo López Mateos encomendó a Edmundo O’Gorrnan y que vale la pena analizar, se concluía con pequeño texto que no tiene desperdicio: “Pongamos fin entonces, a estas meditaciones para sacar de ellas la lección esencial, a saber: que si ya empezamos a cobrar conciencia del ser nacional como algo que depende de nuestras decisiones y esfuerzo, como algo de que todos somos responsables, como algo, en fin que a todos nos incumbe realizar, la historiografía mexicana del régimen revolucionario ha dado ya el paso decisivo en el cumplimiento de su alta misión”.

También dentro de las conmemoraciones fue publicada la Historia Gráfica de la Revolución de Gustavo Casasola.

Podría recapitularse así: que durante los tres lustros que se inician con la institucionalización del cultivo de la historia, la producción histórica sobre el México contemporáneo se realiza de manera extrainstitucional, en el ámbito de otras disciplinas y como importante objeto de estudio de historiadores extranjeros.

Esta fue, sin embargo, una etapa en la que se refinaron los instrumentos metodológicos en el ámbito de la historiografía mexicana. De ahí la trascendencia que se atribuye en estos años a la elaboración de bibliografías, guías de archivos, etcétera, de entre las cuales resulta ejemplar la obra coordinada por Luis González, Fuentes para la historia contemporánea de México.

En un rango semejante puede ubicarse la valiosa serie de documentos seleccionados por Isidro Fabela y publicados por el Fondo de Cultura Económica en los inicios de la década de los sesenta, al igual que las guías de acervos documentales; una de las primeras sobre material del periodo revolucionario fue la realizada por Bertha Ulloa en el Archivo de Relaciones, y que abarca fuentes diplomáticas correspondientes a la segunda década de este siglo; al igual que los trabajos de corte bibliohemerográfico aparecidos en el Boletín de la Secretaría de Hacienda, el del Archivo General de la Nación, el del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, que para inicios de la década de los sesenta se publicaban con regularidad, además de que empezaba a llegar ya a México un número considerable de revistas especializadas procedentes de otras partes del mundo, en donde se percibía el interés sobre los asuntos latinoamericanos, y de manera muy señalada hacia el pasado mexicano, tales como Cahiers dii Monde Hispanique de la Universidad de Toulousse y la Hispanic American Histori cal Review de Duke University.

Las universidades extranjeras siguieron aportando investigaciones sobre el periodo revolucionario: el trabajo de Victor Niemeyer (1966) sobre el revismo; los de Albert Louis Michales (1966), relativos a los periodos de Calles a Cárdenas; el de Raymond Vemon (1966) acerca del dilema económico de México; John Dulles. Yesterday in Mexico (1967); el Orozco de Michael Meyer: los trabajos de Robert Quirk sobre Wilson (1967) y. México. en la encrucijada de su historia (1967) de Shulgovsky.

La producción académica mexicana empezaba a dar sus frutos: Josefina Vázquez publicó Nacionalismo y Educación en México (1970); Bertha Ulloa, La revolución intervenida (1971); y Lorenzo Meyer. México y los Estados Unidos en el conflicto petrolero (1972). Asimismo, La ideología de la Revolución Mexicana, de Arnaldo Córdova, abrió una posibilidad de análisis hasta entonces poco explorada.

Estos estudios, sin embargo, contrastaban con una visión tradicionalista, distorsionada y trunca que prevalecía en los ámbitos más amplios de la sociedad mexicana. A esta inquietud respondieron dos grandes proyectos: el de la historia de la revolución mexicana promovido por Cosío Villegas y realizado en El Colegio de México, y el que se llevó a cabo mediante una serie de programas televisados que se convirtieron después en un pequeño texto, Historia Mínima de México (1973). Al año siguiente, se iniciaba la publicación de la Historia de México, editada por la editorial Salvat en 1974, en donde un nutrido grupo de investigadores y profesores universitarios se comprometían en una tarea que parecía insoslayable: la difusión del conocimiento histórico y una nueva presentación general de la historia de México, para propagar los hallazgos y las nuevas visiones acerca del pasado que no habían penetrado en los textos escolares. La Historia General de México, de El Colegio de México (1976), se sumaba con sus cuatro generosos volúmenes a esta tarea, con ensayos de primera línea.

Se planteaban entonces con gran claridad las necesidades de la difusión de la historia y su cultivo institucional. A estas preocupaciones respondieron acciones de gran trascendencia como el inicio de la publicación de la Colección Sepsetentas emprendida por Enrique Florescano, y el auge de la historia regional, tema indiscutible de Luis González, que pronto adoptaría su cauce institucional con la fundación de instituciones en diversos estados de la república, dedicadas al cultivo y difusión de los estudios históricos.

Así, no obstante sus tropiezos y vicisitudes, los estudios sobre el proceso revolucionario aportaron elementos fundamentales para la construcción de la escuela histórica mexicana. De entre todos ellos, cabe señalar uno que marcó el ritmo de su desarrollo: La revolución fue, desde sus orígenes, un tema vinculado a la vida política y a los problemas sociales del país. Su dimensión plural, claramente percibida desde sus inicios, fue soterrada después por el proyecto político que prevaleció y que prosperó gracias a las circunstancias vividas. Con ello, la unidad revolucionaria intentó borrar las discrepancias y los desacuerdos, y sólo ofreció paliativos, que no soluciones de largo alcance, a los grandes problemas sociales del país. El efecto que tuvo esta circunstancia para los estudios históricos fue determinante, porque la ideologización de la lucha revolucionaria se produjo en el momento en que los estudios históricos iniciaron su etapa institucional y por ello su cultivo tuvo, hasta cierto punto, un carácter marginal.

Se explica así, que la investigación emprendida por autores extranjeros, de calidades diversas, fuese, durante un tiempo, casi la única vía del estudio de la revolución.

Posteriormente, surgidas ya las primeras generaciones de historiadores profesionales, el estudio de la revolución cobró fuerza. La exuberante producción sobre esta temática ha consolidado en los últimos años una de las facetas esenciales de nuestra manera de hacer historia: la diversidad de enfoques y temáticas. Roto el paradigma simplificado de la historia política, entendida como los conflictos superficiales de poder, han eclosionado estudios de movimientos campesinos, obreros, clases medias, grupos empresariales, historia de las mentalidades, costumbres, vida cotidiana, estudios de historia de la ciencia, de las mujeres, de los niños, etcétera.

Es decir, los grandes dividendos que produjo para la consolidación de la escuela histórica mexicana el estudio del periodo revolucionario, han sido el reconocimiento de la complejidad del objeto de estudio y las diversas posibilidades de abordaje de un problema histórico.

 

Consideraciones finales

 

Que se hubiese construido una escuela histórica con perfiles propios como resultado de dos grandes movimientos sociales con un siglo de diferencia, no es un caso extraordinario. ¿No fue el gran movimiento social inherente al nacimiento de las ciudades modernas el que impulsó el surgimiento de la historiografía italiana del Renacimiento? ¿No fue la revolución inglesa de 1640 la que generó la corriente de la tolerancia en la que habría de beber Voltaire para sustentar el derecho del hombre a ejercer con libertad y plenitud la razón? ¿no fue el quiebre del mundo de la posguerra el que iluminó la propuesta braudeliana? ¿No es, en fin, el neoliberalismo de la tan mal llamada postmodernidad, el que precipita el nacimiento del discurso histórico de una sociedad en transición como la nuestra?

En sus grandes momentos de definición, México ha apelado a su pasado para columbrar el porvenir, para situarse en su tiempo y su presente. Hoy, los historiadores mexicanos, legatarios y albaceas de una vigorosa tradición, que ha permitido el nacimiento y consolidación de la escuela histórica mexicana, como un ejercicio riguroso, analítico y propositivo, tenernos la gran responsabilidad, el compromiso ineludible de explicar el presente de nuestra comunidad, de nuestra región, de nuestro país, de nuestro mundo, armados con la conciencia de que poseemos los instrumentos de análisis que se fraguaron en la experiencia de construir una nación en condiciones extremadamente complejas.

 

NOTAS:


 

[1]Estas reflexiones tienen por base mis siguientes trabajos: “El Viraje de la Historiografía Mexicana frente a la crisis revolucionaria (1914-1916)”, en Anuario de Historia. México, UNAM-FFyL, año Xl, 1873. pp. 213-229; En torno a la democracia. El Debate político en México (1901-1916. México, INEHRM, 1989, 589 pp.; Historia Sumaria del Poder Legislativo en México. México, Instituto de Investigaciones Legislativas, 1997: “Panorama actual de la Historiografía Mexicana”, en Panorama Actual de la Historiografía Mexicana. México, Instituto Dr. José María Luis Mora. 1983, pp. 33-43; ‘Reflexiones en torno al motor’ de la historia”, en Cuadernos de Filosofía y Letras. México, UNAM-FFyL. 1985, pp. 45-79; “Roque Estrada, un revolucionario evolucionista. Análisis Historiográfico”, en Memorias. Primer encuentro de Historiografía. México, UAM-Azcapotzalco, 1997, pp. 315-340