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La función social de la historia

 

Enrique Florescano

Coordinación de Proyectos Históricos

Consejo Nacional para la Cultura y las Artes

 

 

Hace tiempo, el historiador inglés R. G. Collingwood definió así los fines de la His­toria:

 

[La historia es la disciplina del] auto-conoci­miento humano [...] Conocerse a sí mismo sig­nifica conocer lo que se puede hacer, y puesto que nadie sabe lo que puede hacer hasta que lo intenta, la única pista para saber lo que puede hacer el hombre es averiguar lo que ha hecho. El valor de la historia, por consiguiente, con­siste en que nos enseña lo que el hombre ha hecho y en este sentido lo que es el hombre.

 

Estas palabras de Collingwood responden con economía la pregunta para qué se es­tudia la historia. El estudio de la historia es una indagación sobre el significado de la vida individual y colectiva de los seres humanos en el transcurso del tiempo. Hasta el momento no se ha encontrado otra guía mejor para adentrarse en la complejidad de la existencia humana que este arte, inven­tado en los albores de la humanidad.

 

El relato histórico como discurso de identidad

 

Cuando el estudio de la historia nos transporta a los tiempos transcurri­dos y nos acerca a las tareas que nuestros antecesores le asignaron al res­cate del pasado, advertimos que las funciones de la historia han sido variadas. También observamos que buena parte de esas tareas se concentró en dotar a los grupos humanos de identidad, cohesión y sentido colectivo. Desde los tiempos más remotos, los pueblos que habitaron el territorio que hoy llamamos México acudieron al recuerdo del pasado para comba­tir el paso destructivo del tiempo sobre las fundaciones humanas; para tejer solidaridades asentadas en orígenes comunes; para legitimar la po­sesión de un territorio; para afirmar identidades arraigadas en viejas tra­diciones; para sancionar el poder establecido; para respaldar con el presti­gio del pasado vindicaciones del presente; para fundamentar en un pasa­do compartido la aspiración de construir una nación; o para darle susten­to a proyectos disparados hacia la incertidumbre del futuro. En todos esos casos la función de la historia es la de dotar de identidad a la diversidad de seres humanos que formaban la tribu, el pueblo, la patria o la nación. La recuperación del pasado tenía por fin crear valores sociales compartidos, infundir la idea de que el grupo o la nación tuvieron un origen común, inculcar la convicción de que la similitud de orígenes le otorgaba cohesión a los diversos miembros del conjunto social para en­frentar las dificultades del presente y confianza para asumir los retos del porvenir.

 

Dotar a un pueblo de un pasado común y fundar en ese origen remoto una identidad colectiva, es quizá la más antigua y la más constante fun­ción social de la historia. Se inventó hace mucho tiempo y sigue vigente hoy día. Como dice John Updike, el historiador sigue siendo el especialis­ta de la tribu que tiene el cargo de contarle a los demás lo que todo grupo necesita saber: «¿Quiénes somos? ¿Cuáles fueron nuestros orígenes? ¿Quié­nes fueron nuestros antepasados? ¿Cómo llegamos a este punto o a esta encrucijada de la historia?»

 

Por su parte, el historiador holandés Jacob Burckhardt decía que «la resurrección del pasado (...) nos dota de sabiduría (...), la sabiduría de los antiguos.» Burckhardt pensaba que «el conocimiento de las antiguas cultu­ras», además de ensanchar nuestros horizontes, permitía dar «una res­puesta actualizada a la eterna cuestión de 'dónde venimos' (...) De este modo se cumple el antiguo imperativo: conócete a tí mismo».

 

Como observó Marc Bloch, «el espectáculo de las actividades humanas» que constituye el objeto de la historia «está hecho para seducir la imagina­ción de los hombres. Sobre todo cuando gracias a su alejamiento en el tiempo o el espacio, su despliegue se atavía con las seducciones de lo ex­traño». Estas características explican el atractivo tan grande que tiene el relato histórico y su audiencia vasta, continuamente renovada. Atrae al común de la gente y al curioso porque el relato histórico los transporta al misterioso lugar de los orígenes. Al tender un puente entre el pasado dis­tante y el presente incierto, el relato histórico establece una relación de parentesco con los antepasados próximos y lejanos, y un sentimiento de continuidad en el interior del grupo, el pueblo o la nación. Al dar cuenta de las épocas aciagas o de los años de gloria, o al rememorar los esfuerzos realizados por la comunidad para defender el territorio y hacerlo suyo, crea lazos de solidaridad y una relación íntima entre los miembros del grupo, el espacio habitado y el proyecto de convivir unidos.

 

La historia y el conocimiento de lo extraño y remoto

 

Pero si por una parte el estudio de la historia ha sido una búsqueda infa­tigable de lo propio, su práctica es un registro de la diversidad del aconte­cer humano. La inquisición histórica nos abre al reconocimiento del otro y, en esa medida, nos hace partícipes de experiencias no vividas pero con las cuales nos identificamos y formamos nuestra idea de la pluralidad de la aventura humana.

 

Para el estudioso de la historia la inmersión en el pasado es un encuentro con formas de vida distintas, marcadas por la influencia de diversos me­dios naturales y culturales. Por esos rasgos peculiares a la práctica de la historia puede llamársele el oficio de la comprensión. Obliga a un ejerci­cio de comprensión de las acciones y motivaciones de seres humanos di­ferentes a nosotros. Y como esta tarea se practica con grupos y personas que ya no están presentes, es también un ejercicio de comprensión de lo extraño.

 

Podemos decir entonces que estudiar el pasado supone una apertura a otros seres humanos. Nos obliga a trasladarnos a otros tiempos, a conocer lugares nunca vistos antes, a familiarizarnos con condiciones de vida que difieren de las propias. La historia nos lleva al encuentro con seres que habitan culturas extrañas y de ese modo nos incita a reconocer otros valo­res y a romper las barreras de la incomprensión fabricadas por nuestro propio entorno social. Dicho en forma resumida, el oficio de historiador exige una curiosidad hacia el conocimiento del otro, una disposición para el asombro, una apertura a lo diferente y una práctica de la tolerancia. Como advierte Owen Chadwick, el oficio de historiador requiere la hu­mildad del corazón y la apertura de la mente, dos cualidades que proverbialmente se ha dicho que son indispensables para la comprensión histórica.

 

Es verdad que no en todos los historiadores alienta la simpatía y la dispo­sición hacia lo otro. Pero el conjunto de los cultivadores de este oficio, y sus maestros más eminentes, nos muestran que el oficio de historiador, cuando se ejerce con probidad, es una apertura a la comprensión y una disposición hacia el reconocimiento de lo extraño.

 

La historia y el registro de la temporalidad

 

Al mismo tiempo que la imaginación histórica se esfuerza por revivir lo que ha desaparecido, por imbuirle permanencia a lo que poco a poco se desvanece, por otro lado es una indagación sobre la transformación in­eluctable de las vidas individuales, los grupos, las sociedades y los esta­dos. La historia, se ha dicho, es el estudio del cambio de los individuos y las sociedades en el tiempo. Los historiadores se empeñan en indagar «lo que 'había', lo que 'no hay aquí', lo que 'había entonces', lo que 'no hay ahora' (...) Su objeto es el cambio de la vida social».

 

Buen número de los instrumentos que el historiador ha desarrollado para comprender el pasado son detectores del cambio y la transformación. El historiador registra el cambio instantáneo, casi imperceptible, que el paso de los días provoca en las vidas individuales y colectivas. Estudia los im­pactos formidables producidos por las conquistas, las revoluciones y las explosiones políticas que dislocan a grupos étnicos, pueblos y naciones. Y ha creado métodos refinados para observar los cambios lentos que a través de cientos de años transforman las estructuras económicas, las menta­lidades o las instituciones que prolongan su vida atravesando el espesor de los siglos.

 

Gracias al análisis de estos diversos momentos de la temporalidad, el es­tudio de la historia nos ha impuesto la carga de vivir conscientemente la brevedad de la existencia individual, la certidumbre de que nuestros ac­tos de hoy se apoyan en la experiencia del pasado y se prolongarán en el futuro, y la convicción de que formamos parte del gran flujo de la historia, de una corriente mayor por la que transitan las naciones, las civilizaciones y el conjunto de la especie humana. Al reconstruir los hechos pasados la historia satisface una necesidad humana fundamental: integra las exis­tencias individuales en la corriente colectiva de la vida. Como advierte Grahame Clark, «Es propio de las sociedades humanas, en contraste con las otras especies animales, el estar constituidas y motivadas, en una pro­porción muy grande, por una cultura heredada. Es cosa común aceptar que las actitudes y creencias de los seres humanos, y los modelos de con­ducta que se derivan de éstas, provienen del pa­sado, y su validez descansa, ciertamen­te, en su antigüedad. Los seres humanos deben su carácter distintivo al hecho de compartir memorias sociales y sustentar valores heredados del pasado.»

 

 

 

La historia y el encuentro con lo irrepetible e imperecedero

 

Cuando el estudioso de la historia analiza los hechos ocurridos en el pasado, se obli­ga a considerarlos según sus propios valo­res, que son los valores del tiempo y el lu­gar donde esos hechos ocurrieron. Al pro­ceder con este criterio de autenticidad, el historiador le confiere a esas experiencias una significación propia y un valor dura­dero, singular e irrepetible dentro del desarrollo humano general. Por esa vía las experiencias individuales y los ac­tos nacidos de la intimidad más recóndita se convierten en testimonios imperecederos, en huellas humanas que no envejecen ni pierden valor por el paso del tiempo.

 

Hace siglos, al observar esta característica de la recuperación histórica, el humanista italiano Marsilio Ficino escribió: «La historia es necesaria, no sólo para hacer agradable la vida, sino también para conferir a ésta un sentido moral.

 

Lo que es en sí mortal, a través de la historia conquista la inmortalidad; lo que se halla ausente deviene presente; lo viejo se rejuvenece». Un siglo más tarde, el fraile franciscano Juan de Torquemada, al escribir en México el prólogo de su notable Monarquía indiana, reprodujo con otras letras la sentencia del humanista italiano. Decía Torquemada: «Es la historia un enemigo grande y declarado contra la injuria de los tiempos, de los cuales claramente triunfa. Es un reparador de la mortalidad de los hombres y una recompensa de la brevedad de esta vida; porque si yo, leyendo, alcan­zo claras noticias de los tiempos en que vivió el católico rey don Fernando o su nieto, el emperador Carlos V, ¿qué menos tengo (en la noticia de esto) que si viviera en sus tiempos?»

 

Por otro lado, la historia, al revisar los asuntos que obsesionan a los seres humanos, los despoja del sentido absoluto que un día se les quiso atribuir. Contra las pretensiones absolutistas de quienes desearon imponer una sola Iglesia, un solo Estado o un orden social único para toda la humani­dad, la historia muestra, con la implacable erosión del paso del tiempo sobre las creaciones humanas, que nada de lo que ha existido en el desa­rrollo social es definitivo ni puede aspirar a ser eterno. La historia, advier­te Hornung, «inexorablemente destruye todos los valores 'eternos' y 'ab­solutos' y demuestra la relatividad de los referentes absolutos que nos esforzamos por establecer». Al contemplar la naturaleza efímera de los datos que recogen el historiador, el etnólogo o el analista del desarrollo social, cobramos conciencia del carácter mudable de las construcciones humanas y comprendemos también los impulsos desquiciados que qui­sieron congelarlas en el tiempo y hacerlas inmunes al paso de los días.

 

El estudio del pasado como historia contemporánea

 

El historiador italiano Benedetto Croce, al observar que nuestra reflexión sobre el pasado está contaminada por los valores y preocupaciones del presente, pronunció una sentencia célebre: dijo que toda investigación sobre el pasado es siempre historia contemporánea. Esta sentencia, llevada a su último extremo, querría decir que el historiador, por más esfuerzos que haga para situarse en el pasado y analizarlo con sus propios valores, no puede escapar a la determinación de interrogarlo desde el presente y de producir, fatalmente, una imagen del pasado transida de las presiones y expectativas del momento en que escribe.

 

Cuando los filósofos reflexionaron sobre el problema de cómo analizar el pasado según sus propios valores, discurrieron que «Sólo hay un sistema de valores cuya aplicación nos facilita la organización del material históri­co (...) un sistema de valores que está fuera de la historia». Rickert decía que este sistema de valores debería ser ahistórico. Paul Ricoeur, el filósofo francés que se ha dedicado a estudiar estos problemas, observa que «al final del análisis se puede decir que el historiador no conoce el pasado, sino sólo su propio pensamiento acerca del pasado».

 

Pero si es imposible que los historiadores se desprendan de los valores de su propio tiempo, no podemos olvidar que los acontecimientos del pasa­do efectivamente ocurrieron, y que por lo tanto pueden ser comprendidos y explicados con independencia de los valores del presente. Si bien los acontecimientos del pasado no son susceptibles de ser conocidos directamente por el historiador, dejaron huellas que pueden ser registradas, ana­lizadas e interpretadas. Y precisamente este conocimiento indirecto, por medio de rastros, huellas e indicios, es el conocimiento propio de la histo­ria, lo que distingue a este saber de otras formas de conocimiento.

 

La dicotomía que presenta por un lado la realidad del pasado en sí mis­ma, y por otro las interpretaciones que de ella hacen los historiadores, suscitó la siguiente reflexión del arqueólogo inglés Colin Renfrew. Dice Renfrew que el enfoque filosófico para enfrentar estos problemas debe ser realista. «Es decir, uno concibe el pasado como realmente exis­tente en el mundo físico, tal y como lo observamos en el pre­sente, con seres humanos que viven sus vidas e interactúan unos con otros y con el medio que los rodea». Esto difiere de una posición positivista extre­ma, que tiende a restringir nues­tra concepción del pasado a lo que empíricamente podemos conocer de él. La noción del pasado como lo que realmente ocurrió debe distinguirse de nuestro propio conocimiento del pasado, que está basado en observaciones e inferencias, y es construido por nosotros me­diante esas observaciones. Se­gún Renfrew, pensar en «re­construir» el pasado como si se tratara de lo que «realmente ocurrió», es erróneo.

 

 

Es erróneo no sólo porque nuestra reconstrucción está limitada por in­evitables lagunas en los datos disponibles. Es también erróneo porque incluso cuando los datos son ilimitados (como es el caso cuando intenta­mos describir o caracterizar el presente), el relato que podríamos elaborar sería dependiente de nuestro punto de vista sobre lo que es significativo o digno de ser considerado. El hecho de que podamos examinar el pasado (al igual que el presente) desde distintos puntos de vista, no impide que algunas reconstrucciones puedan deformarlo o traicionarlo cuando el his­toriador no maneja con propiedad los datos disponibles o cuando se apo­ya en datos falsos.

 

¿ES la historia maestra de la vida?

 

Desde la antigüedad hasta fines del siglo XVIII era común escuchar, en la tertulia social, en el salón de clases o en los discursos que recordaban los hechos pasados, el dicho de que «la historia es la maestra de la vida». La expresión, historia magistra vitae fue acuñada por Cicerón, basándose en ejemplos helenísticos.

 

Con esa frase se quería decir que quien leía libros de historia o examinaba con atención los hechos pasados que habían conducido a tal o cual resul­tado, podría utilizar esos conocimientos para no incurrir en los errores que afectaron a nuestros ancestros, o para normar los actos déla propia vida, apoyándolos en las experiencias del pasado. Como sabemos, Hegel cortó esta pretensión con una sentencia tajante: «lo que la experiencia y la historia nos enseñan es que los pueblos y los gobiernos nunca han apren­dido nada de la historia, y nunca han actuado según las doctrinas que de ella se podían haber extraído».

 

Los historiadores positivistas fueron los primeros en combatir el sentido didáctico que se le había otorgado a la historia. En 1874 Leopold von Ranke escribió: «Se le ha atribuido a la historia la misión de juzgar el pasado, de instruir al mundo para el aprovechamiento de los años futuros: el presen­te ensayo no emprende tan altas misiones: sólo quiere mostrar cómo ha sido realmente». Por su parte, Savigny advirtió que la historia «no es una mera colección de ejemplos, sino el único camino para el conocimiento verdadero de nuestras propias circunstancias».

 

En nuestro tiempo Agnes Heller observó que los pueblos y los gobiernos «no son niños en absoluto, y para ellos no existe un maestro llamado his­toria». Como reconoce Heller, si es verdad que no extraemos «lecciones de la historia», constantemente estamos aprendiendo de los hechos histó­ricos. Los desafíos de la actualidad casi siempre nos remiten a las encruci­jadas del pasado, y muchas veces los acontecimientos pasados sirven de «principios orientadores de nuestras acciones presentes».

 

Estas consideraciones nos llevan a la conclusión de que la «historia no nos enseña nada», puesto que «somos nosotros los que, aprendiendo de ella, nos enseñamos a nosotros mismos. La historicidad, la historia, somos no­sotros. Somos nosotros los maestros y los discípulos en esta escuela que es nuestro planeta (...) La historia no 'continúa avanzando', porque no avan­za en absoluto. Somos nosotros los que avanzamos (...) Como dice Vico, sólo podemos entender un mundo que nosotros mismos hemos creado. No nos limitamos a andar a tientas en la oscuridad. El rayo que ilumina las zonas oscuras de nuestro pasado es el reflector de nuestra conciencia».

 

La historia como tribunal del pasado

 

Algunos autores discurrieron que el estudio de la historia les proporcio­naba sustento para hacer juicios morales sobre el pasado. De tiempo en tiempo se ha considerado, sobre todo después de los desastres provoca­dos por las guerras, o en épocas de crisis, si una de las funciones de la historia no sería la de condenar los crímenes o los actos monstruosos co­metidos en el pasado. Esta corriente se ha unido a otra, más antigua, que considera a la historia como una suerte de gran tribunal al que compete dictaminar el contenido moral de las acciones humanas. Estas ideas hicie­ron pensar en el historiador como si fuera una especie «de juez de los infiernos, encargado de distribuir a los (...) muertos el elogio o la conde­na». Apoyado en ese razonamiento, Lord Acton quiso hacer de la historia «un arbitro de las controversias, una guía para el caminante, el detentador de la norma moral que tanto los poderes seculares como hasta los religio­sos tienden a menguar».

 

Contra esa opinión se han manifestado diversos autores, quienes advier­ten que el historiador no es un juez, ni le asisten razones morales para condenar a sus antepasados. Benedetto Croce, uno de los más convenci­dos defensores de esta tesis, la razonaba de la manera siguiente:

 

La acusación olvida la gran diferencia de que nuestros tribunales (sean jurídicos o morales), son tribunales del presente, instituidos para hom­bres vivos, activos y peligrosos, en tanto que aquellos otros hombres ya comparecieron ante el tribunal de sus coetáneos y no pueden ser nuevamente condenados o absueltos. No puede hacérseles responsables ante ningún tribunal por el mero hecho de que son hombres del pasado que pertenecen a la paz de lo pretérito y de que en calidad de tales no pueden ser más que sujetos de la historia, ni les cabe sufrir otro juicio que aquel que penetra y comprende el espíritu de su obra. Los que, so pretexto de estar narrando historia, se ajetrean con ademán de jueces, condenando acá e impartiendo su absolución allá, y pensando que tal es la tarea de la historia Son generalmente reconocidos como carentes de todo sentido his­tórico.

 

Lucien Febvre, por su parte, decía: «No, el historiador no es un juez. Ni siquiera un juez de instrucción. La historia no es juzgar; es comprender y hacer comprender». Al reflexionar sobre estos temas acuciantes y deman­dantes, Agnes Heller concluyó: "Lo que habría que hacer es asumir res­ponsabilidades. Lo que hay que hacer es asumir responsabilidades".

 

 

La historia como reconstrucción crítica del pasado

 

Nuestra civilización es la primera que ha tenido por pasado el pasado del mundo, nuestra historia es la primera que es historia mundial (...)Y es tam­bién algo más. Una historia a la medida de nuestra civilización no puede ser más que una historia cien­tífica (...) No podemos sacrificar la exigencia de ve­racidad científica sin herir la conciencia de nuestra civilización. Las representaciones míticas y fantasiosas del pasado pueden tener un valor litera­rio (...) pero no son historia.

 

Joan Huizinga

 

 

Otra función social que cumple la historia proviene de los hábitos estable­cidos por sus propios practicantes. En los dos últimos siglos, pero sobre todo en el que está por terminar, el estudio de la historia se convirtió, más que en una memoria del pasado, en un análisis de los procesos del desa­rrollo humano, en una reconstrucción crítica del pasado. Como ha dicho Marc Bloch, «El verdadero progreso (en el análisis histórico) llegó el día en que la duda (...) se hizo 'examinadora' (cuando) las reglas objetivas fueron elaboradas paulatinamente y permitieron (escoger) entre la menti­ra y la verdad.»

 

A través del examen cuidadoso de los vestigios históricos, sometiendo los testimonios a pruebas rigurosas de veracidad y autenticidad, y atendien­do más al cómo y al por qué ocurrieron así los hechos, el relato histórico se transformó en un saber crítico, en un conocimiento positivo de la expe­riencia humana. La investigación histórica estableció entonces la regla que dice que «una afirmación no tiene derecho a producirse sino a condición de poder ser comprobada», y nos advirtió que de todos «los venenos ca­paces de viciar un testimonio, la impostura es el más violento».

 

La crítica de las fuentes nos enseñó también, como advierte Ruggiero Romano, que el historiador que sólo lee los testimonios históricos sin relacionarlos con el contexto donde éstos se inscriben, corre el riesgo de pasar por alto el significado profundo de tales testimonios. Dice Romano que cuando una vez le preguntaron por qué había elegido la carrera de histo­riador y no otras que parecían más excitantes, respondió: para leer bien los periódicos.

 

Con esta ocurrencia quería decir que uno de los atractivos más interesan­tes de la historia es la posibilidad que ofrece de «aprender a ver, más allá del escrito, la intención del que escribe; detrás del relato de un aconteci­miento, la estructura que lo sostiene; más allá de la espuma de la ola, la mar de fondo. En suma, la investigación histórica enseña que no (existe) solamente el texto, sino sobre todo el contexto; que uno no puede servirse de un texto sin la crítica (filológica, semántica, conceptual) de ese mismo texto; que el acontecimiento aislado es poco significativo y que lo que cuen­ta es el mecanismo que articula un conjunto de acontecimientos». En una obra ejemplar, que resume las bondades y los peligros del oficio de historiador, dice Luis González que en la medida en que el historiador tuvo mayor cuidado en la crítica y selección de sus fuentes, mejoró sus métodos de análisis y entró en contacto con las ciencias y las disciplinas humanistas, en esa misma medida se transformó en un impugnador de las concepciones del desarrollo histórico fundadas en los mitos, la reli­gión, los héroes providenciales, los nacionalismos y las ideologías de cualquier signo. De este modo, en lugar de buscarle un sentido trascendente a los actos humanos, de legitimar el poder o de servir a las ideologías, la práctica de la historia se convirtió en un ejercicio crítico y desmitificador, en una «empresa razonada de análisis», como decía Marc Bloch.

 

Bajo el influjo de estas corrientes de pensamiento la investigación históri­ca abandonó las interpretaciones universales del desarrollo humano y se dedicó a estudiar las acciones de los actores individuales y colectivos de manera concreta, buscando explicar la conducta de los hombres a partir de su propia lógica, y esforzándose por comprender el cambio histórico a partir de sus propios desenvolvimientos, en tanto procesos capaces de ser observados con los instrumentos analíticos creados por la inteligencia y el saber positivo. Podría entonces decirse que la norma que se ha impuesto la investigación histórica de nuestros días es hacer de su práctica un ejer­cicio razonado, crítico, inteligente y comprensivo. Es decir, se ha converti­do en un estudio sometido a las reglas de la prueba y el error propias del conocimiento riguroso.

 

Aun cuando los historiadores de este siglo soñaron algunas veces equipa­rar el conocimiento histórico con el científico, después de ensayos desafor­tunados acabaron por reconocer que la función de la historia no es producir conocimientos capaces de ser comprobados por los procedimientos de la ciencia experimental. A diferencia del científico, el historiador, al igual que el etnólogo o el sociólogo, sabe que no puede aislar herméticamente su ob­jeto de estudio, pues las acciones humanas están inextricablemente vincu­ladas con el conjunto social que las conforma. Y a diferencia del historiador positivista, que creía posible dar cuenta de los hechos tal y como estos efectivamente ocurrieron en el pasado, el historiador de nuestros días ha acep­tado que la objetividad es una relación interactiva entre la inquisición que hace el investigador y el objeto que estudia: «La validez de esta definición proviene de la persuasión más que de la prueba; pero sin prueba no hay relato histórico digno de ese nombre».

 

A pesar de las diferencias de enfoques que hoy oponen a los diversos historiadores y escuelas historiográficas, hay consenso en que el objetivo principal de la historia es la producción de conocimientos mediante el ejercicio de la explicación razonada. Desentrañar los enigmas de la conducta humana y dar razón del desarrollo social se convirtieron en indagaciones presididas por el análisis sistemático y la explicación persuasiva.

 

Algunas reglas básicas del oficio de historiador

 

Con todo y las presiones que las ciencias experimentales han hecho sentir en el campo de la historia, los miembros de este oficio decidieron no ce­rrarle las puertas a los legados que provienen del arte, las humanidades y el sentido común. Después de largos y a veces acalorados debates sobre los métodos científicos que conducen al conocimiento verdadero, los maes­tros del oficio proponen practicar con rigor unas cuantas reglas básicas. Entre ellas destaco las siguientes.

 

Ignorar a quienes quieren encerrar la historia en una rígida camisa de fuerza determinista, sea marxista, estructuralista o funcionalista. Evitar caer en las explicaciones monocausales. Alejarnos de las banalidades del anticuario que invierte su tiempo en el pasado por el sólo hecho deque ahí reposan datos cubiertos por el polvo de los tiempos. Rechazar los casille­ros académicos que han dividido la historia en campos, áreas, disciplinas y especialidades que fragmentan la comprensión del conjunto social e impiden conocer la complicada trama del desarrollo histórico y sus múlti­ples articulaciones.

 

Vincular la historia de la vida material, la historia social y la historia de los productos de la cultura con la historia política, con el análisis de las es­tructuras del poder, uno de los campos del conocimiento histórico más descuidados en la últimas décadas. Restituir la vida de los seres huma­nos, tanto la de los grandes como la de los pequeños, al escenario social de donde fueron expulsados por los «ismos» que se impusieron a lo largo de este siglo.

 

Combatir la tendencia que busca fragmentar a los historiadores en grupos cada vez más especializados e incomunicados. Imponer, como norma benévola de comunicación, la claridad en el lenguaje y la expresión. Reivindicar, en fin, la función central de la historia en el análisis del desarrollo social. Quizás esta función se reduzca a mostrar, con la fuerza de datos fidedignos y de la explicación razonada, que la inquisición histórica pro­duce conocimientos positivos que nos ayudan a comprender las conduc­tas, las ideas, los legados y las aspiraciones profundas de los seres huma­nos. La historia, como dice Marc Bloch, «es una vasta experiencia de va­riedades humanas, un largo encuentro entre los hombres. La vida, como la ciencia, lleva todas las de ganar si este encuentro es fraternal».

 

Al fin y al cabo, como observa E. H. Gombrich, «cada civilización ha concebido a la historia como una búsqueda de sus propios orígenes. Las culturas más tempranas recibieron su historia bajo la forma de mitos o de relatos épicos, como los de Homero. Y no es necesario subrayar la impor­tancia que el culto de los ancestros y las reivindicaciones basadas en orí­genes remotos tuvieron en el desarrollo de la historiografía. De ahí que Huizinga pensara que la mejor descripción que le conviene a la historia es la que la define como "la forma espiritual en la que una civilización se rinde cuentas de su pasado"».