CIE EXORDIO CERO MAYA LIBRO LIBRE HUATAPERA PROFESOR ESCRITOR
                          












 



 


     

 

 

 

 

 










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EL APOSTOL DE MICHOACAN

 

INTRODUCCION

 

I

Los rayos del sol naciente doraban las elevadas copas de los pinos en el misterioso bosque que se extiende detrás de las playas de Napízaro.

Pero a poco aquel torrente de luz fue descendiendo de la encumbrada sierra e inundando como un río de oro la limpia superficie del lago de Pátzcuaro.

 

II

Serena y apacible está la mañana: llegan a nuestro oído, del lado de la tierra, ese rumor vago pero imponente de las selvas, el zumbido de las alas invisibles del colibrí, el eco lejano del hacha del leñador, el picotea de los pájaros en el tronco de los árboles y el ruido de las hojas secas que chocan entre sí, como un gemido de los genios ocultos en el bosque.

En cambio, en el espejo del lago cristalino todo es silencio y soledad: ni un rumor se escucha en medio de las tupidas espadañas; los ánades, como mecidos por el viento, surcan tranquilamente las aguas y ostentan el metálico reflejo de sus plumas de nieve, en tanto que las garzas flotan en el azul del cielo.

Y al aletear del aire, el lago se riza en infinitas ondas: entonces el espectáculo aparece a nuestros ojos como un espléndido miraje, en el fondo del cual se ven invertidas y temblando las imágenes de los numerosos pueblos que hordan las riveras.

 

III

Pero, ¿por qué ese lago, que no ha mucho surcaban millares de canoas, está hoy desierto y silencioso? Los pescados juguetean en el agua sin temor a las redes, solitarios están los caseríos: ni una columna de humo se eleva por encima de las caballas.

Todo es desolación y tristeza, allí donde poco antes el ángel de la alegría habitaba bullicioso y feliz.

 

IV

Tzimtzicha el último rey del imperio michoacano acababa de ser sacrificado por el feroz Nuño de Guzmán, el insaciable codicioso de los tesoros de los indios.

Familias enteras habían huido a ocultarse en el fondo de los bosques, en las quebradas de los cerros o en las más áridas llanuras de la tierra caliente. Los ancianos cogían con mano trémula el báculo, las doncellas iban desalineadas y llorosas y los hombres, terrible la mirada y con el odio en el corazón, buscaban una guarida para salir de allí a sembrar el exterminio.

La ciudad de los reyes quedo en poder de los soldados extranjeros.

 

V

¿De qué sirvió al desgraciado pueblo de Tzintzuntzan haber recibido en su seno a aquel santo varón Fr. Martín de la Coruña, que arrojó en el lago los ídolos de oro de los indios, a fin de que quedase aquel recinto "con la serenidad que suele el cielo después de una gran tormenta, limpio de las nieblas del error y del engallo de la idolatría"?

¡Ah! Sobre los escombros de los antiguos templos no humea ya el copal de Cuerápperi ni tampoco el incienso, recién ofrecido al Dios verdadero por los sacerdotes cristianos.

La cruz, misma ha sido derribada, y en su lugar flamea el estandarte de la guerra.

 

VI

Sola está la ciudad de Pátzcuaro, la sultana del lago. Sobre los colosales cimientos que le dieron nombre, surge el santuario erigido a la nueva fe; empero el apóstol se halla ausente y el pueblo ha huido de sus lares. Las aguas que lamen las riberas reflejan aquel cuadro de luto y desolación.

Sola está la sultana. En vez de los cantos alegres de las jóvenes se escucha el gemido melancólico de la güilota o el aullar lastimero de algún perro vagabundo.

 

VII

En vano los pocos misioneros que habían quedado en Michoacán, penetraron en los bosques, se esforzaban en predicar la paz, del Evangelio; los indios los tenían por locos y no querían creer que la caridad y el amor fuesen la esencia de una religión en cuyo nombre los españoles cometían tamañas crueldades y tan inauditas violaciones.

En tal estado de los ánimos, la empresa de la evangelización era superior al poder humano.

 

 

PRIMERA PARTE

INCHÁTIRO

 

I

Por la florida playa que se extendía desde los bosques de Napízaro hasta la ciudad sagrada de Erongarícuaro avanza una hermosa doncella que procura ocultarse entre los matorrales.

Flexible es su talle como el delgado junco de la espadaña; sedosa cabellera cae en suaves ondulaciones sobre la espalda en que flota el blanco velo de las vírgenes; sus ojos, profundamente negros, están bañados de melancólica dulzura, y el color apiñonado de su cutis da a conocer que la joven pertenece a la aristocracia de la raza indígena. Es, en efecto, una de las princesas reales de Tzintzuntzan que, oculta con su familia en la insondable floresta de Zinciro, acude ahora a una cita para tener noticias de su amante.

Ciñe sus sienes bella guirnalda de flores sobre la que se destaca una flexible pluma, y desde su cuello hasta la rodilla baja el blanco guanúmuti con franjas de cerúleo añil y de carmínea grana. El pie pequeño y la robusta pierna dejan adivinar la morbidez de sus formas.

Está marcado en la frente de la joven tal sello de melancolía, es tan majestuoso y lánguido su andar y hay en su mirada apacible un esplendor tan limpio, a la par que tan triste, que hicieron bien los moradores de la tierra en llamarla con el gráfico nombre de lnchátiro -el crepúsculo vespertino- en el poético idioma tarasco.

A veces camina apresurada como si temiese ser perseguida; a veces se detiene a respirar, y al latir de su pecho los turgentes globos semejan dos palomas enamoradas, temblando de placer en el caliente nido.

 

II

Caminando va la doncella: luce en sus ojos un rayo de esperanza al divisar el alto templo de Erongarícuaro. Era la época en que residía allí el gran sacerdote del sol, el venerable anciano Petámuti, guardián del santuario de Tzacapu.

¿Cómo se atreve a penetrar en el templo, cuya puerta está siempre cerrada a las mujeres? De estirpe real y guardando aún intacta la sangre de sus venas,[1] puede Inchátiro traspasar el sagrado umbral.

Va a adquirir noticias del príncipe Tacamba, jefe de los guerreros tarascos que empuñan aún las aun las en contra de los conquistadores. El gran Petámuti, que conoce los arcanos del porvenir, le dirá donde se halla el héroe y cuáles son sus futuros destinos.

 

III

Mas, ¿Por qué detiene el paso, indecisa y trémula de pavor? Pone su delicada mano sobre los ojos e inclina ligeramente el cuerpo hacia adelante. Queda un momento inmóvil, fijando su mirada indagadora en un punto de la ribera, en donde se yergue la imagen de un hombre de mirar siniestro. Quiere retroceder, pero al tornar su mirada hacia el camino recorrido se llena de espanto y en su semblante extiende la angustia su pálido velo.

Sobre las colinas que se levantan en la playa se ven centenares de guerreros indios, cuyos atavíos militares son desconocidos para Inchátiro. Algunos de aquellos hombres se adelantan para impedir el paso a la doncella. Sobresaltada se precipita al interior de las tupidas espadañas que bordan el lago. Descubre un surco abierto y allí oculta una endeble chalupa. Salta sobre ella, se apodera del remo, y sin perder un momento se desliza por eI angosto canal, y rápida como el céfiro sale a campo abierto y huye sobre las ondas, como una gaviota que se siente perseguida.

 

IV

Aquel trabajo es superior a las fuerzas de la joven. Desfallecida deja caer el remo. Apenas si conserva Inchátiro una débil esperanza de que la velocidad adquirida por el esquife la conduzca a la inmediata orilla de la isla de Jarácuaro, en donde acaso encontrara un auxilio.

¡Vana esperanza! La chalupa se detiene a poco andar. La joven vuelve los ojos hacia la playa, y en aquel instante una piragua, tripulada por cuatro remeros, se desprende rápida, y dirigiendo la proa hacia la isla, avanza sobre el líquido elemento. Allí viene el hombre de mirar siniestro, el guerrero que parece ser de una raza distinta de la de los purépecha. Su piel negra, sus cabellos ensortijados, sus obscuras pupilas bulléndose en el blanco de las orbitas de sus ojos, infundían hondo pavor en el alma de la joven.

 

V

Rebelde al emperador Tzimtzicha, el cacique Turí Achá,[2] había logrado de años atrás vivir independiente de la corte de Tzintzuntzan. Tenía sentados sus reales en las ásperas montañas de Comachuen, y a corta distancia de la ciudad, en un campo ancho y descubierto, rodeado de inaccesible pedregal, había edificado inexpugnable fortaleza.

 

VI

Inchátiro veía la acelerada rapidez con que caminaba la embarcación que conducía a su perseguidor. Recordó entonces haber oído decir a las gentes del pueblo que en los profundos bosques de Turícuaro reinaba un caudillo absoluto y feroz, que caía repentinamente sobre las ciudades ribereñas, al fin de apoderarse de las más hermosas doncellas, y trasportarlas a su escondido harem: que aquel guerrero era negro como una noche nublada, y más tenebroso aún su corazón impío.

 

VII

Inchátiro comprendió el inmenso peligro que la amenazaba: en su desesperación introducía las manos en el agua y quería dar impulso con ellas a su esquife. ¡Inútil tentativa! El esquife no hacía más que girar sobre sí mismo.

Jaracuaro estaba a la vista de la joven. Algunas mujeres, llenas de espanto, contemplaban desde la isla aquella escena de dolor, impotentes para ir en socorro de la infortunada virgen de la tarde.

 

VIII

Están a punto de unirse las dos embarcaciones. Los ojos de Turí-Achá relumbran como dos carbones encendidos: ya extiende los brazos para apoderarse de su víctima; mas en aquel momento Inchátiro salta de la chalupa y desaparece en el seno de las aguas: Turí-Achá se precipita en ellas también, y a través de la diáfana linfa, en donde reinan los esplendores del sol de medio día, se ve en el fondo del lago a una sombra negra, persiguiendo una blanca vision, como si el genio de la más obscura tempestad se hubiese lanzado a lo profundo de las aguas para apoderarse de una ondina de nívea vestidura.

Las mujeres de Jaracuaro exhalaron un gemido de angustia y huyeron a ocultarse en el fondo de sus cabañas.

 

 

SEGUNDA PARTE

Tacamba

 

I

Residía Tacamba[3] en uno de los más hermosos sitios de la tierra caliente, en aquella florida región que marca el descenso de la sierra a la cordillera andina que se extiende paralela a las costas del Pacífico.

Tacamba, descendiente del legendario Hirépan, era uno de los cuatro régulos de la alianza michoacana. Su reino, el más fértil y el más rico de las cuatro provincias que componían el imperio de Tzintzuntzan, tenía por capital a Coyucan -la ciudad de las águilas- asentada en la margen del río de infinito caudal que corre entre vergeles, a desembocar en Tacatula.

Era el príncipe un joven apuesto: su estatura se erguía elevada y flexible, como la planta tropical cuyo nombre llevaba; su mirar ora dulce y profundo como el fulgor del lucero en noche serena.

Habíase deslizado su existencia en la tranquilidad del hogar y en los ejercicios de la guerra. De esta suerte, su vida era a veces el céfiro que pasa murmurando una queja de amor entre las ramas de los pinos, y a veces el huracán que abate las encinas en su vuelo invencible; a veces el rizo apacible y suave que pliega la superficie del lago, y a veces la ola que se levanta cubierta de espuma amenazando al cielo.

Generoso y magnánimo, la guerra no era un placer para su corazón. Odiaba el exterminio, y sin embargo, cuando el jefe de la cuadruple alianza lo requería para emprender alguna campaña, era, o el más prudente en el consejo, o el más valeroso en el combate.

A pesar de las exigencias de los sacerdotes, jamás un solo cautivo subió las gradas que conducían al sacrificio.

En las épocas de paz enseñaba a su pueblo el mejor cultivo de aquellos feraces campos del reino, lo alentaba para el adelanto de la industria rudimentaria que principiaba en el país, y le procuraba el ensanche del comercio.

 

II

De tiempo en tiempo trasladaba su corte a un pequeño y delicioso valle que lleva su nombre[4]. Habíase construido un palacio campestre en el borde de la cristalina alberca de Chupio, en donde es fama que por la noche se oye el canto de las sirenas, las que por ignoto canal vienen desde el océano a hablar de sus amores en medio de las selvas.

Aquel alcázar suspendido en la elevada colina, disfrutaba de una espléndida vista: hacia el Norte la obscura serranía cubierta de pinos que ocultan su cabeza entre las nubes; del lado del Sur cerros de una figura extraña y fantástica que se destacan de la espesa bruma de la tierra caliente, y hacia el pie del palacio, el primoroso valle y la poética laguna.

 

III

Tal era la mansión de Tacamba: pasaba allí sus días consagrado a los asuntos de gobierno; por las tardes se extasiaba contemplando aquel espléndido panorama y durante la noche sus ojos se dirigían al espacio celeste, a ese infinito abismo en que ruedan los soles y en que inúmerosos mundos narran la inmensidad de Dios.

¿Qué buscaba en la bóveda estrellada la vista escrutadora de Tacamba? ¿Por qué osaba su pensamiento penetrar en aquellas insondables profundidades? ¿Contem­plaba acaso las misteriosas señales del cielo, anunciando a los indios espantados la venida de otros hombres que habían de esclavizarlos?

Algunos de sus súbditos que en las altas horas de la noche pasaban a inmediaciones del palacio, veían aparecer en las almenas la silueta del joven monarca y escuchaban de sus labios dulces y melancólicos cantares, entonados en loor de Tucup Achá, el solo señor del Universo.

 

IV

Cuando se esparció por la tierra el vago rumor de la llegada de los españoles, Tacamba escuchó la noticia sin que se pintase en su rostro la sorpresa. Envió emisarios a toda la extensión de su reino, y un mes más tarde, veinte mil hombres acampaban desde Chupio hasta las márgenes de los dos ríos que bañan la tropical y exuberante Turicato[5].

El caudillo había sabido que el orgulloso Motecuhzoma demandaba el auxilio del rey de los tarascos, y quería estar dispuesto para ser el primero en acudir con sus tropas. Grande fue, por lo tanto, su despecho, cuando supo que la Corte de Tzintzuntzan prefería permanecer en cobarde neutralidad. Licencio su ejército, del que no podía disponer sin permiso del emperador, y con escaso acompañamiento marcho a la metrópoli, en donde esperaba vencer, por medio de la palabra, la injustificable apatía del anciano monarca.

 

V

Reinaba entonces sobre el vasto imperio de Michoacán el que antes había sido tipo de valor y de audacia, Síguangua, y ahora anciano y débil del cuerpo y del espíritu.

En vano Tacamba puso en juego toda su elocuencia. Inútilmente apeló al sentimiento religioso, al amor de la patria, al orgullo de una raza hasta entonces invencible; el egoísmo, el miedo y la superstición turbaban el alma de los nobles purépecha.

En aquel viaje fue cuando Tacamba conoció a Inchátiro, hija de reyes y la más hermosa doncella de la Corte.

 

VII

Habitaba Inchátiro en las floridas playas de Santáppen[6], en donde su padre, el cacique de Siróndaro, poseía palacios de recreo poblados de mujeres encantadoras.

Al Oriente de aquel delicioso sitio, en la margen opuesta del lago, estaba la imperial Tzintzuntzan, oculta a los rayos del sol naciente e iluminada por las tardes con los tibios reflejos del crepúsculo.

Era la hora en que Inchátiro, después de haber cumplido sus deberes en la Corte, regresaba a Santáppen, a la amena mansión bañada por los rayos del moribundo día. Su elegante esquife surcaba las tranquilas ondas, como un ave que vuela presurosa al deseado nido.

La joven iba entonando himnos melancólicos y dulces, como las notas impregnadas de armonía que se levantan del arroyo que murmura en la selva.

Al caminar hacia el Poniente, su espléndida belleza, apacible y pura como la primera estrella de la tarde, aparecía con todo el esplendor de su poético nombre de Inchátiro.

 

VII

Cuando los ojos de Tacamba se fijaron por primera vez, en la doncella, el ángel del rubor tiñó con sus rosadas tintas el semblante apiñonado de lnchátiro. Un ligero temblor, como cuando se hincha en mórbidas ondas la superficie del lago, hacía mover en suaves ondulaciones el blanco guanengo que ocultaba su talle.

-Inchátiro, -le dijo Tacamba- tú serás la única esposa de mi hogar.

La joven inclino al suelo los rasgados ojos que una lágrima fugitiva humedeció para que más limpios contemplasen el cielo del amor.

 

VIII

Algún tiempo después la epidemia de las viruelas sembró la desolación entre las familias del reino; señalo entre las primeras víctimas al rey de los tarascos y aumentó el invencible pánico que se había apoderado de los indios.

Entonces subió al trono que tan alto había colocado el emperador Tariaco, el más abyecto de sus descendientes, el afeminado Tzimtzicha; y esto, cuando los españoles se enseñoreaban ya de la invencible Tenochtitlán.

 

IX

Tacamba veía con rabia y desesperación el abatimiento de aquel pueblo que siempre se había distinguido por su indomable fiereza. Aquella raza de águilas parecía una bandada de tímidas palomas, temblando a la presencia del gavilán.

Tacamba empero, como fiel tributario, unió sus destinos a los de su rey. Más tarde, cuando el desgraciado monarca de Tziutzuntzan iba prisionero de Nuño Gnzmán, lo acompañó en la vía de su calvario, sostuvo amoroso sus grillos, presenció el horrible martirio que le preparara la sed de oro de los conquistadores y escucho las sublimes palabras que pronunció el mártir al morir.

Entonces Tacamba no pudo ya contenerse, y a la cabeza de unos cuantos guerreros, juró odio eterno a los invasores de su patria, comenzó la corta pero tremenda época de matanza y exterminio de que fueron teatro las encomiendas establecidas en Michoacán.

 

 

TERCERA PARTE

Fray Juan de San Miguel

 

Fuit homo missus a deo, cui nomen

erat Joanes, hic venit in testimonium.[7]

 

I

Las enhiestas rocas que se levantan en las playas de Erongarícuaro se hallan cubiertas de guerreros: en medio hay un grupo de doncellas rodeando el cuerpo inerte de Inchátiro. Un venerable anciano en quien se fijan todas las miradas, espía impaciente la salida del sol.

Después de fatídica noche, la risueña aurora empieza a tender en el horizonte su finísima gasa.

Los guerreros eran los soldados de Turí Achá, quien había logrado apoderarse de Inchátiro en el fondo de las aguas, conduciéndola enseguida a la ribera, velándola una larga noche de angustias y esperando que volviera a la vida al rayar el día siguiente.

Las jóvenes que rodeaban el cuerpo de la virgen eran las guanánchecha, sacerdotisas del sol, en el templo de Erongarícuaro.

El anciano venerable era Petámuti, el gran sacerdote de los tarascos, el único que tenía el poder de conjurar al astro esplendoroso, en bien del pueblo que lo adoraba.

Sólo espera que asome en el Oriente el primero de sus rayos para pedirle que devuelva la existencia a lnchátiro.

 

II

Por fin el luminar del día traspone la alta cima del Xhanuat-Ucacio,[8] y un haz de rayos incandescentes, como lluvia de brillantes chispas, se deja caer en la tersa superficie del lago.

La multitud se inclina con religioso recogimiento; las vírgenes del sol entonan melancólica plegaria, y Petámuti, extendiendo las trémulas manos hacia el rey del universo, murmura una oración y ruega al dios que envíe uno de sus poderosos efluvios al corazón de Inchátiro.

Hay profundo silencio en la concurrencia y un destello de esperanza en todas las miradas, que no se apartan del cadáver. El sol baña con su lumbre aquel semblante lívido, que aparece inanimado... Lívido e inanimado continúa el semblante de la niña... Los espectadores se miran aterrorizados; Turí Achá prorrumpe en horrible blasfemia; Petámuti deja caer desfallecidas sus impotentes manos, y las guanánchecha entonan el canto funeral de las doncellas.

 

III

Repentinamente se escucha salir de entre la selva el eco de un himno religioso, pronunciado en el más puro idioma tarasca, pero con un acento que más que humano parecía celestial.

"¡Alabado sea el Señor mi Dios- clamaba aquella voz- alabado sea en todas sus criaturas, y singularmente en nuestro hermano excelso, el sol que nos da el día y nos envuelve con su luz! ¡Es bello, y cuando radia, su inmenso resplandor nos da testimonio de ti, Dios mío!

"¡Alabado seas, Señor, en la luna y las estrellas! ¡Las has formado tú en los cielos claras y serenas!

"¡Alabado seas, Señor, por mi hermano el viento, por el aire y por las nubes, por la serenidad del tiempo, puesto que con todas esas cosas sostienes a las criaturas

"¡Alabado seas, Señor, por nuestra hermana el agua, tan útil, tan humilde, tan preciosa y tan casta!

¡Alabado seas, Señor, por nuestro hermano el fuego! ¡Con él iluminas las noches, tan bello y agradable, como indomable y fuerte!

"Alabado seas, Señor, por nuestra madre la tierra, que nos sostiene, nos nutre y que produce toda especie de frutos, las flores matizadas y las hierbas lozanas y olorosas".

Los oídos todos escucharon con recogimiento aquel hermoso acento que precia a los asistentes un cántico al sol,[9] a la luna, a las estrellas, semejante a una plegaria de la religión de los tarascos, pero más inmaterial, pero sublime.

 

IV

De repente avanza hacia la concurrencia un hombre de majestuosa y gallarda estatura. Pálido es su semblante: sus ojos, de mirar austero, tienen, sin embargo, no sé qué de apacibles y de dulces, que hacen entrever confianza y alegría. En aquella tranquila y ancha frente brillan los reflejos de la virtud y del saber.

Aquel hombre viste traje talar de color gris[10]; sus pies están descalzos y la frente descubierta a los rayos del sol. El espíritu de Dios la circunda.

 

V

Y camina: a su lado, siguiéndolo de rama en rama entre los árboles de la floresta, lo acompañan centenares de pajarillas que con su gorjeo forman un eco armonioso a aquel divino canto de la naturaleza.

-Vamos, vamos en nombre del Señor, exclama al contemplar el grupo que rodea a lnchátiro.

Llega hasta el cadáver: coloca sobre el pecho de éste un crucifijo de marfil; se pone de rodillas, y desde el fondo de su alma eleva una oración.

Algo como un torrente de mística alegría inunda todos los pechos, que no se atreven a respirar.

El desconocido fija en la inmóvil doncella una mirada de infinita fe, la baña con sus "bellos ojos consoladores" y permanece extático.

Inchátiro exhala un débil suspiro, late su corazón, y una luz indeficiente, como la postrimera de la tarde, ilumina dos lágrimas que se desprenden de los ojos.

Los espectadores llenos de admiración caen al suelo prosternados.

Y aquel hombre, sobre quien el cielo parece derramar una luz nueva, se incorpora, atraviesa por entre el grupo atónito de los tarascos; y con el hermoso andar del evangelizante desaparece en el interior del bosque, saturado con la esencia purísima del pino.

Aún se escucha allá a lo lejos el gorjeo de las aves, como un himno misterioso dirigido a Dios.

 

VI

Aquel viajero desconocido era ¡Fray Juan de San Miguel!

 

VII

¿Qué tierra vio nacer al apóstol? ¿Cuándo desembarcó en la América

¿Cuál fue luego el día feliz en que sus plantas pisaron el suelo de los tarascos?

La historia no lo sabe decir. Alguno de nuestros cronistas supone que llegó a México en el año de 1528, o en la copiosa misión de 1529 a 1530.[11] El Padre La Rea sólo asegura que fue uno de los primeros después de los doce religiosos que vinieron con Fr. Martín de Valencia.[12] No falta testimonio que afirme que fue uno de estos mismos, si bien no sería sin fundamento suponer que perteneció al grupo de padres franciscanos que vinieron, según Torquemada, después de los doce primeros, cuyo desembarque en Veracruz se verificó en 13 de mayo de 1524.

Acaso por es sublime humildad de que tantos ejemplos dieron los primeros discípulos de San Francisco de Asís, Fray Juan Miguel no hablo nunca del lugar que lo vio nacer, ni de sus padres, ni de los primeros años de su existencia; lo cierto es que la tradición no pudo recoger ninguno de estos datos, y los cronistas se limitan a hablar de su gloriosa predicación en Michoacán.

 

VIII

Corría el año de 1531.

Dos frailes menores caminando descalzos y apoyadas las manos en sus báculos llegaban cubiertos de sudor y extenuados de fatiga a un hermoso valle que se extiende entre los elevados montes llamados el Quinceo y el Punhuato y los pintorescos lomeríos de Tarímbaro y de Cuintzio.

Entonces aquel valle era un obscuro bosque en el que por sobre las espesas copas de encinas seculares se levantaban las sombrías frondas de los cedros. Las lianas, entrelazando los brazos de los árboles, formaban un dosel de verdura, por donde apenas penetraban los rayos del sol, filtrándose como por una tupida criba para iluminar con extrañas figuras el suelo tapizado de húmedo musgo.

Sobre la superficie plana de una suave pero extensa colina que surge del valle, algunas chozas asomaban entre verdes capulines y melancólicos sauces Ilorones;[13]éstos, sacudiendo hacia el suelo sus delgadas cabelleras y aquéllos ostentando las níveas flores de sus ramilletes.

Al pie del otero corrían, hasta encontrarse, un arroyo que baja de honda y florida rinconada, y el río que, despeñándose de las lomas del Suroeste, corre luego por entre verdes cuanto fértiles campiñas. Los dos ríos, el grande y el chico, caminan lentamente; con frecuencia se hinchan sus aguas, y desbordándose en los vecinos campos los cubren de esbeltas tupatas[14] y de blancas y espléndidas chumbacuares.[15]

Aquel humilde caserío tenía por nombre Gueyangareo.[16] El pintoresco llano llevaba recientemente el de Valle de Olid[17] en memoria del capitán español que primero tomo posesión de las tierras de Michoacán en favor de los soberanos de Castilla: un noble virrey que mereció el nombre de padre de los indios, fundó allí una ciudad y la llamo Valladolid, en memoria de la Valladolid de España, lugar de su nacimiento.

Fue, pues, Gueyángareo la cabecera de la provincia, y la historia, con respetuoso orgullo, la denomina hoy Morelia, por ser la patria del más grande de los héroes mexicanos, del inmortal Morelos. Es actualmente la capital del Estado de Michoacán. En los tiempos anteriores a la conquista era una pequeña aldea de indios pirindas. En la alta loma que acota la llanura hacia el Sur (donde se halla en la actualidad el pueblo de SalIta María) estaba la necropolis de los régulos de Charo. Aun se ve allí una gran yácata sepulcro de uno de los seis capitanes matlaltzinca que fueron desde Toluca en auxilio del reytarasco, contra quien se habían sublevado los indómitos tecos que habitaban el Poniente del imperio.

 

IX

Los dos frailes se dirigieron a la más próxima choza y pidieron hospitalidad. Una familia de pescadores que allí habitaba se la brindó, recibiendo a sus huéspedes con carillo y veneración.

Poco a poco fue llenándose el patio con los moradores que iban a conocer y saludar a los recién llegados.

Cuando ya el grupo no podía ser más numeroso, los misioneros, aprovechando la oportunidad y valiéndose del lenguaje de las señas, procuraron  insinuar en el corazón de sus oyentes las máximas de una religión llena de consuelo y esperanza, dulce y sublime, junto a la cual la que ellos profesaban antes aparecía absurda y cruel, grosera y material.

Llamaban la atención de los indios el crucifijo y el breviario, únicos objetos que llevaban consigo los misioneros. Observaban cómo éstos recorrían, llenos de respeto, las páginas del libro, y fijaban religiosa mirada de éxtasis en la imagen cruenta de Jesús. Habían visto que los mismos guerreros castellanos tenían respeto a estos misteriosos amuletos y sorprendidos, habían presenciado que los impíos conquistadores doblaban la rodilla ante aquellos hombres vestidos de sayal, pobres y humildes, y sin embargo, caritativos y fuertes en defensa de los indios. No olvidaban que el mismo emperador Caltzontzin (Tzimtzicha) había marchado a México a solicitar y conducir personalmente a Michoacán a los primeros religiosos que pisaron aquellas tierras.

En efecto apenas hubieron llegado los frailes franciscanos en medio de los indios, cuando supieron inspirar en el corazón de éstos, sentimientos de amor y de ternura. Amantes aquellos de la soledad, de la hermosa soledad en que solían pasar horas enteras para que su alma hablase con Dios, ora en el interior de la cabaña que les servía de convento, ora en medio de las selvas, en los sitios más profundos del bosque, no trataban de que los neófitos se aislasen y llevasen una vida cenobítica: al contrario, reuníanlos en pueblos, estrechaban los lazos de su comunidad y los hacían llevar una vida política eminentemente social.

Ellos, tan austeros en su conducta, tan sobrios en sus alimentos, tan llenos de religiosa unción, no querían que sus hermanos indios viviesen tristes, ni pensasen con horror en las cadenas que arrastraban: no los querían débiles ni enfermizos, no exigían de ellos que estuviesen constantemente en los templos: de aquí provinieron las alegres costumbres en que las fiestas se sucedían a las fiestas, los banquetes a los banquetes, los bailes tradicionales al son de músicas, si melancólicas, dulces y sentimentales.

Los indios comprendieron que aquellos hombres que los llamaban hijos eran sus bienhechores, y los amaron como a sus padres.

 

X

Nada extraño es, en consecuencia, que la noticia de la llegada de los dos frailes al pueblo de Guayangareo se difundiese rápidamente en la comarca; que la multitud aumentase, y que los indios sintieran el deseo de que los dos misioneros se quedasen entre ellos.

Encarecidamente se lo rogaron, y aunque no se ocultó a la penetración de los religiosos la circunstancia de hallarse casi desierto aquel paraje, y de ser sus aires malsanos, por estar los campos inundados y en gran parte convertidos en ciénagas, comprendieron que aquel sitio podía llegar a ser el punto de contacto de tres pueblos de razas enteramente distintas: los tarascos, los pirindas y los otomites, estos últimos en perpetua guerra contras las otras dos. Hacer la propaganda entre las tres tribus y unificarlas en una sola familia cristiana, fue el pensamiento que desde aquel instante llenó el espíritu de los dos religiosos.

Proyectaron desde luego fundar dos planteles, construyendo con tal fin dos edificios: un convento y un colegio.

Más ¿quiénes eran aquellos dos frailes que tenían fe en tamaña empresa? ¿Con qué elementos pecuniarios contaban para llevarla a cabo'? Eran Fr. Juan de San Miguel y Fr. Antonio de Lisboa. Su capital, ¡cinco reales!

 

XI

El convento de Fray Antonio de Lisboa y el colegio de Fray Juan de San Miguel, ambos edificios de humilde construcción quedaron concluidos en el mismo año de 1531.[18]

El primero de aquellos misioneros permaneció en Guayangareo, y acaso le sorprendió allí la muerte.

Fran Juan de San Miguel estaba deparado para más altos destinos.

Aún duraba la sublevación de los tarascos ocasionada por la cruel tiranía de Nuño de Guzmán. Los habitantes del reino de Michoacán se habían remontado a los más altos cerros de sus espesas serranías, y los pocos frailes que, expuestos a grandes peligros, habían permanecido en los pueblos de la laguna de Pátzcuaro, no se atrevían a penetrar en el retiro de los indios.

Entonces fue cuando Fray Juan de San Miguel apareció en Erongarícuaro.

 

XII

La noticia de la resurrección de Inchátiro circuló de montaña en montaña.

Fray Juan de San Miguel fue considerado como un ser superior al sol. No de veneración sino de culto fue objeto desde aquel día por parte de los infelices indios reducidos a la miseria.

 

XIII

Pero si inmóviles de admiración habían quedado cuantos presenciaron el milagro, Turí Achá el impío y terrible rey de Turícuaro, vuelto en sí de la sorpresa, tomó en sus brazos a Inchátiro y, seguido de sus guerreros, huyo, perdiéndose en medio de la selva riendo irónicamente del llanto de las guanánchecha y de las maldiciones de Petámuti.

 

 

CUARTA PARTE

El Cerro del Rey Valiente

 

I

Obscuras y profundas son las selvas de aquella parte de la sierra de Michoacán, en que aún se ocultan las poblaciones de Tingambato, Cumachuen, Turícuaro y Surumucapio.

En el fondo de los bosques un tupido césped, tierno y lustroso, tapiza el suelo, siempre húmedo. Los árboles entrelazan sus ramas, formando una bóveda tan cerrada que hay sitios en donde jamás ha penetrado un rayo de sol: de noche, la obscuridad podría palparse, y el contraste que forma con otros lugares próximos, menos espesos, es misterioso e imponente, porque los efluvios de la luna, nítidos, de asombrosa diafanidad, fuertemente luminosos, caen en formas recortadas, remedando mil fantásticos dibujos que se transforman sin cesar, cuando el viento mueve las hojas de aquellos gigantes de la vegetación.

De día la vista se enajena con la infinita variedad de orquídeas que ostentan flores esplendorosas de exquisito perfume; el oído se encanta con los melodiosos trinos del jilguero o con el canto melancólico de la huilota: se oyen los extraños rumores con que el viento, al pasar, saluda la majestad de la floresta, y el aroma resinoso del pino embriaga los sentidos. Allí el alma se siente grande y dotada de expansión religiosa, se eleva ferviente como buscando el trono de Dios para fundirse en dulcísimas plegarias de santa gratitud.

 

II

Atravesaba Fray Juan de San Miguel aquellos campos deliciosos caminando en dirección hacia el Suroeste.

De tiempo en tiempo salmodiaba el cántico de las criaturas. A veces se quedaba extático contemplando la belleza de una flor o las pintadas alas de un coa que brincaba de rama en rama como sirviendo de guía al apóstol. Luego sonreía dulcemente recordando a Inchátiro y a los turbados indios que la rodeaban. Su pensamiento volaba hacia la joven, y cayendo como una gota de rocío sobra la casta frente de la virgen, la bautizaba en el fondo de su corazón, imprimiendo en el de ella el sello de la consagración divina.

¡Qué ajeno estaba Fray Juan de San Miguel de que en los momentos mismos en que él cruzaba por aquel bosque, no lejos, aunque en distinta dirección, desmayada e intensamente pálida, iba Inchátiro en los hercúleos brazos del feroz Turí Achá.

Pero ni la tierra salmodia, ni las flores perfumadas ni el vuelo de los pájaros, ni su propio pensamiento detienen la marcha del misionero. Llega al pie de un cerro, lo encumbra, y al pisar la cima, sus ojos contemplan extasiados el más hermoso panorama.

Fr. Juan de San Miguel había llegado a lo alto del puerto de Tingambato, había subido a la cúspide de una yácata y desde allí, volviendo el rostro en todas direcciones, pudo contemplar hacia el Poniente la inmensa mole del Tancítaro coronada de nieve y teniendo a su falda los jardines de Uruapan; hacia el Norte la gigantesca montaña del Taretzuruán, semejante a una águila en actitud de volar; hacia el Oriente la esbelta figura del Xhanuat Ucacio, que merced a la distancia se veía surgir del transparente lago de Tzintzuntzan; y hacia el Sur, en remota lontananza, el pico del Istafiate y la gallarda cresta del Cundémbaro, que sirven de barrera a las encrespadas olas del océano Pacífico.

La admiración del misionero no podía saciarse ante el espectáculo de tantas y tan intrincadas cordilleras, de tantos y tan amenos valles como se desarrollaban a su vista.

Era la última hora de la tarde. El viento estaba diáfano. El sol doraba la frente de las montañas y teñía de un verde mar profundo la superficie superior de los bosques.

Largo rato oró el apóstol hincadas las rodillas, en lo alto de la yácata.

Irguióse luego, y abriendo los brazos para ponerse en cruz, bendijo aquella tierra que veían sus ojos y amaba ya su corazón.

En aquel momento se escondía la lumbre del sol, difundiendo sus postrimeros rayos.

Y se vio la silueta de Fray Juan de San Miguel remontarse al cielo, crecer en estatura y estar circuida de inefable claridad.

 

III

Tacamba había regresado a sus dominios. Después del trágico fin de Tzimtzicha había penetrado en las desiertas calles de Tzintzuntzan, y al ver que allí reinaban la soledad y la tristeza, recorrió las ciudades, los ocultos caseríos, sin encontrar quien le diese noticias de Inchátiro.

Solo y meditabundo encaminó sus pasos a Tacámbaro más que nunca resuelto a seguir combatiendo a los españoles.

Numerosas legiones de guerreros se agruparon en torno suyo. Paso revista a su ejército y al enumerar aquellas aguerridas tropas, al divisar aquellas montañas inaccesibles que los rodeaban, le pareció que podría luchar por mucho tiempo; soñó en su patriótico orgullo que amanecería el sol de la victoria, y luego, sintiendo oprimido el corazón, pero alta y limpia la frente, pensó que moriría vencido, pero nunca humillado. La sangre de los héroes es el riego que fecunda la semilla de la libertad para los pueblos.

 

IV

En las tardes cuando sentado sobre una roca, a la orilla de la transparente alberca de Chupio, veía los últimos fulgores del sol, ¡cómo pensaba en la gloria que coronaría sus esfuerzos! Ya veces, soñándose vencedor, se imaginaba cuán dulces se deslizarían, tejidas por el amor, las horas de felicidad pasadas al lado de su Inchátiro. Cada vez que este nombre venía a la memoria del héroe se anublaba su frente y se le oprimía el corazón.

Los emisarios recorrían la tierra convidando a los señores para la guerra santa. Los correos cruzaban en todas direcciones, indagando noticias del enemigo y... de la dulce y apacible Inchátiro.

 

V

Llega un mensajero.

¿Por qué contrae la cólera las facciones del jefe? ¿Por qué a una señal suya resuena los instrumentos del combate?

Se ven entrar en la plaza los escuadrones de guerreros.

Tacamba recorre las filas poseído de inexplicable frenesí. A veces da la orden de marcha, a veces él mismo corre a detener la vanguardia puesta ya en camino.

Los soldados, impacientes por pelear, maldicen las vacilaciones del caudillo.

 

VI

El correo no llevaba noticia de los españoles. Había relatado simplemente a Tacamba la muerte de Inchátiro, su resurrección y su rapto por el iré de Turícuaro.

Pasados los primeros instantes en que la ira embargo el corazón del amante recobró el rey de Coyucan su acostumbrada calma; se retiró algunas horas a meditar en el interior de su palacio, y al llegar la noche envió a llamar a cien jefes entre los más valientes de sus nobles, y antes de que el sol del siguiente día iluminase las montañas en medio de un silencio profundo, Tacamba y el escogido grupo de capitanes penetraron en los tortuosos senderos del bosque de Tecario, atravesaron la dilatada selva, y bordeando enseguida el misterioso lago de Zirahuén, se perdieron en el espeso forestal del Poniente.

Los ojos ejercitados y perspicaces de Tacamba observaron la huella de varios hombres cuyos pies estaban calzados con las sandalias del guerrero, y notó, además, el rastro que dejaba una planta humana, breve y descalza.

Aquel rastro no era, sin embargo, el de un pie de mujer. Ni menos era la huella de un indio. Tacamba pensó entonces en el ser sobrenatural que había resucitados Inchátiro.

¿Por qué llevaba Tacamba aquel camino, cuando el grueso de sus tropas tomaba en el mismo día la dirección de Curíncuaro, la reina de las pampas de la tierra caliente?

 

VII

Una de esas tremendas tempestades que tan frecuentes son en la sierra, estalló repentinamente, deteniendo la marcha del caudillo de los cien guerreros.

Negras nubes corren en tropel por la bóveda celeste y mil rayos las rasgan de tiempo en tiempo iluminando el bosque.

El viento sacude con estrépito sus alas, haciendo chocar entre sí los altos pinos que gimen agobiados. Aquel rumor siniestro parece la confusión de ayes lanzados por los fantasmas de la selva.

Las nubes se convierten en cataratas y las crecientes que bajan de los cerros producen un rumor pavoroso que poco a poco va creciendo fatídico, amenazador.

De cuando en cuando, sin embargo, se desgarra la negra cortina que oculta el cielo, y el luminoso disco de la luna se deja ver un instante.

Así, por un momento también, cesan el estrépito de los vientos y el rumor de los torrentes, y el oído ejercitado del indio parece oír a lo lejos un canto de plegaria.

 

VIII

Tacamba se había detenido ante la lucha de los elementos. Mas luego, salvando barrancos y por en medio de los pinos que caían heridos por el rayo, continuo sin vacilar su marcha, y seguido de su valiente tropa comenzó a escalar una montaña.

Los guerreros de Turí Achá yacen dormidos a la entrada de una gruta oculta al pie de una encina colosal, cuyas nudosas romas, tupidas de hojas, no deja u penetrar los rayos del sol ni las gotas de la lluvia.

Allí donde debiera reinar el silencio, la tempestad muge estrepitosa y se oyen ruidos siniestros; de repente se escucha el grito de guerra y se oye el pesado choque de las macanas que brazos invisibles agitan sin cesar. El ¡ay! de los moribundos despierta a los soldados que aun duermen: lucha encarnizada sucede a las dulzuras del sueño.

Turí Achá, ciego de cólera, saliendo del fondo del antro, se abre paso y siembra la muerte entre sus propios súbditos. Su obscuro cuerpo no se distingue entre las tinieblas, y en el blanco de sus ojos brillan las pupilas como fraguas de chispas desprendidas del infierno.

Los dos rivales se buscan en medio de la pelea.

La confusión, las tinieblas, los charcos de sangre que hacen el suelo resbaladizo, todo impide que los jefes se encuentren.

Se combate sin piedad: los de Turícuaro que no vuelven aún de su sorpresa se hieren mutuamente y descargan golpes hasta contra su mismo jefe que, presa del odio y del despecho, blande su pesada macana, ávido de matar o deseoso de morir. Los celos vendan sus ojos y la envidia roe su corazón.

 

IX

El espíritu imperturbable de Tacamba adivina aquella situación; penetra cautelosamente al interior de la gruta: su oído atento y fino escucha una respiración, si suave, entrecortada por el miedo, y dirigiéndose al sitio en que se oye aquel dulce aliento, toma en sus brazos a Inchátiro.

Y ya con la preciosa carga, no huye precipitado, sino que sigilosamente se desliza por entre los combatientes y pasa al Iado de Turí Achá que en aquel momento, temeroso de que le arrebaten su víctima, va a apoderarse de la boca del antro.

A poco se escucha un silbido corno el del águila que se remonta al cielo. Los capitanes de Tacamba se mezclan una vez más entre los soldados de Turícuaro, los dejan combatiendo entre sí y se retiran silenciosamente en seguimiento de su jefe.

 

X

Poco después, la luna ilumina en el fondo del valle a Tacamba, que lleno de ternura conduce en su brazos a la princesa Inchátiro. Abre ésta los ojos que tenía cerrados por el miedo, envía a su salvador una mirada de inefable tranquilidad y una sonrisa de sus labios oyuelados.

Las nubes siguen rasgándose: el astro de la noche aparece en todo su esplendor. A su clarísima luz se deja ver, en lo más alto de la montaña, la imponente figura de Turí Achá inmóvil, de mirada feroz y de pie, en medio de más de cien cadáveres.

Desde entonces aquella montaña lleva el nombre de "Cerro del rey valiente".

 

XI

Las nubes han desaparecido por completo. La bóveda celeste está límpida y transparente corno un cristal purísimo. La luz de la luna y de las blancas estrellas derraman tan apacible claridad que se ven brillar las gotas de rocío en las hojas de los árboles.

Los torrentes apagan su voz, el viento pliega sus alas y los bosques sacuden con placer su cabellera mojada por la lluvia.

En aquel momento se ve atravesar por el pequeño llano un hombre de alta estatura, de pálido semblante y de gallardo andar. Angosta túnica cubre su cuerpo y van sus pies descalzos; dulces y hermosos son sus ojos. Se oye su voz sonora y apacible que canta:

“¡Alabado seas, señor, en la luna y las estrellas! Las has formado en los cielos claras y serenas".

“¡Alabado seas, Señor, por mi hermano el viento, por el aire y por las nubes, por la serenidad del tiempo, pues con todas esas cosas sostienes tus criaturas!"

 

 

QUINTA PARTE

Uruapan

 

I

Después de las escenas que acabamos de referir, Fray Juan de San Miguel apareció en Uruapan.

La ciudad estaba solitaria: los moradores habían huido también a los montes.

Era el mes de marzo: en los altos árboles frutales se oía la algaraza de los zanates, el silbido del mulato, el trino alegre y melifluo de los jilgueros y el bullicioso y alegre canto de las primaveras. Pero sobre todos estos ruidos, se alzaba el rumor del Cupatitzio y de sus cien cascadas, rumor sordo, imponente y simpático, mezclado con los suspiros de las vecinas selvas.

Era la tarde cuando Fray Juan de San Miguel penetró en las embalsamadas calles del edén florido.

En aquella solemne hora comenzaba para el varón santo la gloriosa campaña que "solo, a pie y descalzo" emprendía en nombre de la humanidad y de la civilización.

"No quedó cumbre, gruta, ni monte en la extensión de aquella Provincia" que no discurriera solícito en busca de los indios dispersos para reunirlos en poblaciones y predicarles el Evangelio, ora trepase a las nieves perpetuas del Tancítaro, ora descendiese a las abrasadas llanuras de la tierra caliente. Tan pronto dirigía su eficaz palabra a las muchedumbres de la sierra de Uruapan, como se le veía celebrando el sacrificio de la misa en las asperezas de la Sierra Madre,[19] atravesando en su camino por guaridas "de tigres y leones".

Cuando llevado de su espíritu, trepaba los montes o se arrojaba a sus abismos, buscando almas que convertir; los bárbaros que, como fieras, se aprestaban a despedazarle, caían postrados a sus plantas como mansos corderillos, seguían luego sus huellas y no querían apartarse de sus tiernos brazos, e hizo cosas tan maravillosas, que cada una es bastante a dejar engrandecida una provincia y al siervo de Dios reconocido por grande".[20]

En efecto cada uno de sus pasos era señalado por acontecimientos maravillosos que aumentaban el entusiasmo y el amor de los indios.  Para socórremeles en sus necesidades iba rápidamente de un lugar a otro “como sierva amoroso al socorro de sus hijos.

"Fundó pueblos y ciudades, dividiéndolas en calles, plazas y edificios, escogiendo el sitio y cielos para que su conservación fuese siempre adelante. Ordenó que los niños se juntase a la doctrina, de donde se escogieron las mejores voces para cantores en las capillas y músicos para su fiestas  y para que aprendiesen a tocar el órgano.”

 

II

“Fundada ya gran parte de la sierra, llegó al sitio de Uruapan, y viéndole tan fecundo, ameno y vistoso y que el cielo se le inclinaba con tan lindo agrado, escribiendo en los semblantes el afecto con que le miraba, hizo alto el colono Seráfico, caudillo del pueblo y apóstol de su iglesia y fundó el pueblo en el mejor lugar,[21] que contenía todo aquel valle y que tiene todo el reino de Michoacán repartiendo la población en sus calles, plazas y barrios con la mejor disposición que pudiera la aristocracia de Roma, dando a cada vecino su posesión, mandando que desde luego hiciesen casas y huertas, plantando de todas frutas, plátano, ate, chicozapote, mamey, lima, naranja, limón real y centil; y así, no hay casa de indio que no tenga de todas estas frutas y agua de pie para la verdura, con tan linda disposición y arte, que todo el pueblo parece un país flamenco, de frutales tan levantados que, en competencia de los pinos, se suben al cielo.

"A un lado del pueblo está un ojo de agua de doce varas poco más o menos de circunferencia, tan profundo y corpulento que discurriendo hacia el poniente, a tiro de piedra, es ya un río tan caudaloso que no se vadea, sirviendo de cinta o tajo a la población. De aquí a dos leguas enfrena su curso en una montaña tan espesa que, como esponja sedienta, se bebe todo el raudal y le despide gota a gota por otra parte y desmenuzándose por entre los pinos, riscos y peñascos parece una lluvia de aljófar o copos de nieve.[22] Aquí sí que pudieran enriquecerse de aljófar, perlas y cristales, todos los poetas que se precian de liberales. Apenas gana pie el agua y congrega los desperdicios de su copia, cuando discurre un hernl0sísimo río hacia el sur y rinde muchas truchas y pescados.

"Hay dentro de este pueblo, además de este río otros muchos ojos de agua con que pudo este siervo de Dios encañarla por todas las calles y casas del pueblo sin que haya alguna que no la tenga, y así todo el año hay fruta y verdura, por ser la tierra tan fértil, y tanto que en todo su circuito se está sembrando, cogiendo, espigando y naciendo el trigo en todos los tiempos del año, porque ayuda la fertilidad del suelo. Siempre está dando fruto, y así se ven en todo el contorno, a unos segando, a otros sembrando y a otros aventando el trigo a un mismo tiempo. Y es la razón porque a las cinco de la tarde se levanta una marea tan suave y fresca que, estorbando las inclemencias del cielo dura hasta las cinco de la mañana, y así nunca yela, con que se ha conservado el pueblo en su primera fundación, que fue de más de cinco mil fuegos, aunque con las pestes que han sido tan grandes en estos años se ha minorado; pero no el comercio que, como es de todo el reino, no cesa la contratación con todos los géneros de la Provincia y de la tierra, y así el concurso es tan numeroso que obligó al pueblo a que introdujera todos los días Tianguis, a quien nosotros llamamos ferias donde se vende, compra y trueca, desde las cinco de la tarde hasta las nueve de la noche. Y para evitar la confusión de la noche así en la feria como para volverse a sus casas, usan los indios atar en unos quiotes tan largos como una asta, manojos de acote o tea, que encendidos, hacen una llama muy hermosa: y son tantos que todo el pueblo parece un incendio troyano; y así venden y compran y se vuelven a sus casas.

"Fundado el pueblo y repartido con la disposición que hemos visto, trató luego este siervo de Dios de hacer la Iglesia. Y como los indios eran tantos y la devoción mayor, apenas lo propuso cuando se puso en obra y se acabó una iglesia muy grande, suntuosa y capaz para concurso tan crecido, siendo su labor de cal y canto y tan costosa que consumiera muy grandes patrimonios a no ser suyo el de aquel que dat, afluenter et not improperat.

Concluida la fábrica la adornó de retablos, órgano y ornamentos, como pudiera un gran potentado. Después de esto trató de hacer hospital para el recurso de los enfermos, y le hizo tan costoso y capaz, que por sí solo es obra memorable. Colocó se su retablo, órgano, fundándole su renta, como veremos que hizo en los demás.

"Fundado el pueblo, hecha la iglesia y acabado el hospital, repartió la población en sus barrios, dándole a cada uno su titular.[23] Instituyóles sus fiestas haciendo en cada uno de ellos su capilla con el retablo del santo, para que todas las noches se juntasen todos los del barrio después de la oración a cantar la doctrina, con lo que el pueblo parecía un coro de religiosos. Y como cada capilla está en los remates de las calles, unas a otras se están mirando y hermoseando la disposición del pueblo. Y como está dividido en nueve barrios, son nueve las capillas, cada una con sus ornamentos y órgano, salvo una que no lo tiene. Hecho ya todo lo natural en la fundación, puso sus conatos en lo espiritual y político, asistiendo en persona al examen de la doctrina, creando alcaldes, mayordomos y fiscales, adornando el pueblo de todos los oficios y poniendo en ellos a los muchachos de la doctrina para que los aprendiesen, y juntamente escuelas de canto y música para que siempre la iglesia tuviera cantores y organistas. Cuyo ejemplar siguieron después todos los ministros de Michoacán en la educación y aumento de sus iglesias".

Lo que refiere el P. La Rea en las líneas anteriores prueba que Fray Juan de San Miguel no trató de hacer de los indios una comunidad religiosa: los congregó en sociedad política y civil, les señaló diversos caminos para el trabajo colectivo e individual, les abrió escuelas para su civilización, y alejando de su alma la tristeza del asceta, daba alegría a su corazón con las notas de la música y con las armonías del canto.

 

III

Todo era alegría y prosperidad en la elegante y pintoresca ciudad de Uruapan. Las sementeras de trigo y de maíz ostentaban sus lujosas espigas; la caña de azúcar, que aparecía por primera vez en aquellos campos, los teñia de esmeralda; los árboles estaban agobiados al peso de las frutas tropicales y de la zona fría, ya fuesen indígenas o exóticas, llevadas allí por el filántropo misionero. El agua estrepitosa se deslizaba por todas partes en finísimos hilos de blanca argentería, de mil arroyos que fecundan la tierra. Y el rumor de los ríos augusto e imponente, se mezclaba al de las oraciones de los fieles que daban gracias a Dios por tantos beneficios.

A lo lejos se dibuja el elevado y majestuoso pico de Tancítaro, inmensa mole, cuya corona de nieve está arriba de las nubes, y cuya falda cuajada de manantiales, como los mil pechos que nutren con su leche aquella vegetación espléndida, se dilata en fértiles valles de infinita variedad de productos.

Pero un día, un funesto día, las jóvenes que habían ido por agua a las fuentes vuelven a sus casas con el llanto en los ojos y el miedo en el corazón. Los manantiales habían desaparecido, exhausto estaba el cauce de los arroyos, el gran río, el bullicioso y alegre Cupatitzio, el caudaloso torrente de las cien cascadas, había dejado de correr...

Aquella misteriosa vorágine en que el río se deshace en perlas, y en que los rayos del sol se quiebran irisados, aquel imponente pero risueño salto que los indios llaman Puruátziro,[24] estaba convertido en hondo abismo, húmedas las rocas que lo forman y encharcado su fondo en donde se reflejaba otro abismo, la bóveda azulada.

En vano iban los habitantes de manantial en manantial en busca del agua; el precioso líquido había desaparecido en las entrañas de la tierra.

El paraíso de Uruapan estaba amenazado de transmutarse en árido desierto.

Algunos de los indios en cuyo corazón no había aún echado raíces la nueva fe pensaban que sus dioses, airados, enviaban aquel castigo a los partidarios de la cruz: los neófitos del cristianismo, al contrario, pensaban que, celoso Satanás de los triunfos de la nueva religión, se vengaba segando las fuentes que apagaban las sed de millares de cristianos, y que servían para las piscinas del bautismo.

El dolor y el espanto se pintaban en todos los semblantes.  Las hojas de los arboles se inclinaban marchitas y las espigas se doblaban sedientas.

Se oye en las torres de la  ciudad el alegre repique de las campanas, tan dulces y sonoras, como el rumor de los bosques y como el estrepito de los torrentes de aquel suelo.  Lo cohetes atruenen el espacio y se respira el perfume sagrado del incienso.

Salen del templo de la virgen los vistosos estandartes de la cruz, y luego la tierna y hermosísima imagen de la Madre de Dios, llevada en su dosel en hombros de las gunanchecha, las más hermosas doncellas de la ciudad.  Bajo un lujoso palio aparece en seguida el austero, pero dulce y amable, Fray Juan de San Miguel.

La procesión recorre las calles del barrio de Santiago, la calzada del Calvario, y penetra bajo el follaje umbrío de un profundo  bosque de zirandas, en medio del cual y bajo una bóveda de granito brotaba pocos días antes el inmenso caudal del Cupatitizio.  Ahora el cauce de aquel rio parece un extraño y fantástico esqueleto, y el fondo de su lecho, de blanquecinas peñas, una horrida osamenta.

Ni una gota de agua corre a lo largo del triste, del enjuto al veo.

Llega la posesión En alto promontorio se colocan las andas de la imagen.

Las guananchecha entonan un cantico sagrado y dejan escapar en torno del improvisado altar esbeltas y tenues espirales de humo que brotan de los incensarios.

Todas las miradas se fijan en el vacio ojo de agua que parecía un oscuro e infernal abismo.

Fray Juan de San Miguel se arrodilla al pie del altar, dirige sus ojos al semblante de la Virgen, y un rayo de luz, como un destello divino, ilumina su espaciosa frente y aquellas pupilas que parecen bañadas por azul del cielo.

Sumerge en el agua bendita el hisopo, y lleno de fe y de unción esparce una lluvia de roció sobre la roca cancinada…

Una espantosa detonación sacude las ondas sonoras del aire, y el eco la repercute terrible y prolongada en las sinuosidades del enjuto cauce.

Se oye en roca algo como la caída de un cuerpo colosal, de un ser invisible: impregna el ambiente un nauseabundo olor, como las emanaciones sulfurosas de un volcán.

Y es fama que de la negra sima se desprendió una forma horrible, como la piel de un pulpo gigantesco, y que al pasar frente a la efigie de la Virgen tropezó en las rocas y una honda huella quedo grabada en el peñasco duro y frio, la huella de una rodilla, la rodilla del diablo.[25]

Pero en medio de aquel fragor se oyó brotar de nuevo el Cupatitzio; y alegre y bullicioso, y cubierto de espuma en la que se reflejan los colores del iris, rueda, se precipita con ímpetu; se oyen mugir sus aguas torrentosas que van chocando en los mil peñascos que quisieran atajarles el paso.

Una a uno dejaron escuchar entonces su importante voz las cien cascadas que en el curso del río rompen por entre cortinaje de flores.

Los pétalos de las rosas se cubrieron de rocío y se levantaron al cielo las espigas una hora antes inclinadas y sedientas.

Las jóvenes indígenas llenaron sus cántaros cubiertos de flores, se arrodillaron ante el misionero, que bendijo el agua y airosas colocaron sobre su cabeza el ánfora adornada y fueron a llevar la alegría al seno del hogar.

La procesión desanduvo el camino. Se oyeron los alegres repiques de los altos campanarios; los cohetes atronaron el espacio; las guanánchecha entonaron sus cánticos sagrados y el incienso perfumó el ambiente.

La imagen de la Virgen entró en su templo, y Fray Juan de San Miguel se inclinó al pie del altar y murmuró una oración de gracias.

 

IV

Consta en la Crónica de Michoacán, escrita por el P. Beaumont, que Fray Juan de San Miguel era ya guardián del convento de Uruapan por los años de 1534 a 1535. Ejercía esas funciones, cuando el oidor G. Vasco de Quiroga fue a Michoacán a pacificara los indios, por medio de una política de paz Y de dulzura. En el auto de residencia del Sr. D. Vasco de Quiroga, efectuado el año de 1536, Fray Juan de San Miguel fue uno de los testigos examinados: su dicho era de gran valía por haber residido desde antes de la visita del Sr. Quiroga, y durante ella, en Michoacán.[26]

Cuando el infatigable misionero se presento entre los habitantes dispersos de Uruapan y de los pueblos del Sierra, ya era docto en el idioma tarasco, cuyas bellezas y expresión aprovechaba en sus sermones, no tardando en atraer a los indios a la vida civil con el ejemplo de sus virtudes y la dulzura de su trato.

Fue tal la afluencia de naturales que de todas partes acudían a Uruapan, enfermos y desfallecidos de hambre, que bien pronto las calles de la ciudad se vieron henchidas de mendigos.  Entonces fue cuando Fray Juan de San Miguel fundó allí el primer hospital establecido en la América, antes de que D. Vasco de Quiroga plantase el suyo en Santa Fe cerca de México. Después el mismo Fray Juan de San Miguel siguió fundando iguales establecimientos de beneficencia en otras poblaciones de la Sierra.

Eran estos planteles una especie de falansterios en que los asilados trabajaban en común y se repartían los productos de sus pequeñas industrias.  Para cuidar de los enfermos se turnaban semanariamente las familias acomodadas del pueblo (de raza indígena); se nombraban mayordomos para administrar los bienes destinados a la institución y priostes y fiscales para que cuidasen del buen orden, reservándose los religiosos la sobrevigilancia  y dirección.

En el mismo sitio en que se edificaba la casa para hospital u hospicio, se erigía un templo consagrado al culto de la virgen bajo el misterio de su Inmaculada Concepción.  Y en un departamento anexo, llamado “La Guatapera”, residían las guananchecha cuyo encargo duraba un año, a contar del 8 de diciembre.

Las mismas familias semaneras tenían a su cargo el culto en aquel templo; y por las noches, en unión de las guanchecha, se congregaban allí para entonar himnos a la Madre de Dios: en algunos pueblos e cantaba en el dulce y sonoro idioma tarasco[27] el Pange lingua o el Ave maris stella, traducidos del latín.

Los sábados se hacía procesión a la Virgen llevándola desde la capilla del hospital hasta la parroquia, en hombros de cuatro de las guanánchecha, yendo además otras dos con braserillos de incienso y abriendo las marcha la Pendon pari (la que lleva el pendón), que era la principal de aquellas sacerdotisas.

Aún duran en algunos pueblos de la Sierra tan dulces y sencillas costumbres.

 

V

Ya hemos dicho que Fray Juan de San Miguel no trató de hacer de los inditos gente consagrada de preferencia a los actos del culto. Turnaba entre todos ellos el desempeño de esa clase de funciones religiosas; pero en cuanto a su vida civil despertó en su alma el amor al trabajo, ya en las pequeñas industrias que les enseñó, ya en el cultivo de la tierra, santa y fecunda madre que paga con usura la consagración que le tributan los hombres; ya, finalmente, en el comercio, que cría y ensancha las relaciones y que es el mejor vínculo de la existencia social.

Deseaba el misionero borrar en los neófitos el recuerdo de su historia pasada; hacerles sobrellevar la carga de la dominación española, y desterrar de su alma esa tristeza que suele convertirse en irascible egoísmo, entre las gentes que viven consagradas exclusivamente al templo; y al efecto, les instituyó fiestas, les reformó sus antiguos bailes, fomentó su afición a  la música y al canto y los acostumbró a toda clase de reuniones, en que se trataban sus intereses de barrio o los generales de la comunidad.

Es de saber que cada barrio en Uruapan, tenía una especie de autonomía, con funcionarios que dirigían su régimen interior, con rentas y tierras propias para llenar los gastos comunes y los de los individuos en particular; mas cuando el asunto afectaba a la comunidad de toda la población, entonces se ocurría a los mandatarios de lo que pudiéramos llamar el centro. Para estas atribuciones había también rentas y bienes raíces que correspondían al común de la ciudad. Las mismas fiestas religiosas, unas eran exclusivas de cada barrio, otras eran de todo el pueblo; aquéllas las costeaban los habitantes de cada demarcación; los gastos de éstas eran sufragados por todos los habitantes. No ha muchos años que en Uruapan se llamaba República a la población toda, a diferencia de los barrios, que se mencionaban por sus respectivos nombres.

Tan armónica organización no podía menos de estar de acuerdo con la índole de los indios, quienes no olvidaron ni olvidan aún que debieron esa felicidad relativa a su bienhechor, a quien llaman todavía tatá San Juanito.

Nada extraño fue que al descender al sepulcro el infatigable y santo misionero, los indios de Uruapan se apresuraran a erigirle una estatua que se conserva sobre la fachada de una capilla, denominada del Santo Sepulcro.

 

 

SEXTA PARTE

El Agua Santa

 

I

En las fértiles campiñas de Curíncuaro[28] se nota un extraño movimiento.

Por entre los espesos bosques de mameyes y de zapotes negros que enlazan sus ramas con las sombrías de los tamarindos y de las zirandas, se ven atravesar grupos de guerreros, cuyos penachos ostentan plumas de brillantes colores.

Se oye el grito de guerra, y espantados gritan en lo alto de las palmas el guaco y el turpial.

El panorama es imponente.

De un lado se ve la pampa extensa, árida y solitaria, sobre la cual un sol de fuego hirviente vierte rayos abrasadores; del otro, allá a lo lejos, la azul serranía exhala suaves emanaciones perfumadas con el aroma fresco de los pinos.

En aquella dilatada llanura monótona, fatigante, ni un cristalino arroyo ni una cisterna mantiene una gota de agua para apagar la sed del viajero: allí la vegetación duerme estéril hasta que las lluvias desprendidas de las nubes la despiertan de su letargo; y entonces como por encanto crujen los tallos de gigantescas gramíneas y se extiende sobre el suelo un manto como mar de verdura.

La ciudad estaba situada entre las dos hondas barrancas de Jicalán Viejo y de Andanguío, que la acotaban por el Sur y por el Norte: hacia el Oriente se desliza con fragor el río Cupatitzio en insondable abismo, y hacia el Poniente, se abría en otro tiempo profunda excavación de paredes acantiladas, cuyos vestigios causan sorpresa hoy día. Aún se ven las colosales yácatas, asiento de los templos, las calles que se dilatan entre derruidos cimientos, y alguno que otro árbol, gigante de la vegetación, que ha resistido a la pesadumbre de los tiempos. Allí donde antes ostentaba su lujo una brillante corte, se arrastran hoy la silenciosa iguana y la falaz serpiente.

 

II

¿Por qué aquel extraño movimiento que se nota entre los habitantes de la ciudad? Se les ve desfilar por las calles, poseídos de tristeza e inquietud. Tras de ellos cierran la marcha los guerreros.

Desierta quedo la populosa y bella Curíncuaro. Tan sólo en el palacio se observaba inusitada animación.

Mas no bien el último escuadrón de guerreros había traspasado los límites del caserío, cuando apareció en la puerta del alcázar el rey Tacamba, ataviado con sus más lujosos arreos militares, conduciendo de la mano a la princesa Inchátiro, radiante de felicidad y de hermosura.

La mirada de la joven era apacible y profunda, como el cielo después de que ha pasado la tempestad.

Vestía Inchátiro elegante guanúmuti[29] de finísimo algodón bordado de oro y guamilule: el color negro de sus trenzas contrastaba con el albo traje. Flexible era el talle de la virgen, y ciñendo la ovalada frente una diadema de turquesas, dejaba flotar al aire el plumaje de un coa cazado por su amante.

La pareja feliz emprendió a su vez el camino. Los ojos de Inchátiro parecían interrogar la mirada impenetrable de Tacamba.

 

III

Los españoles se habían enseñoreado de Tacámbaro. Por todas partes los encomenderos tomaban posesión del reino, y amedrentados los indios se entregaban a discreción de sus amos. Unos cuantos nobles acompañaban a Tacamba y formaban su reducido ejército.

En vista de esta situación, el rey de la tierra caliente había encaminado sus pasos a Curíncuaro, en donde, después de celebrar sus bodas con Inchátiro, pensaba hacerse fuerte y oponer tenaz resistencia a los invasores.

Pero entretanto, Turí Achá había aumentado el número de sus guerreros con la hez y escoria de los indios vagabundos que vivían del pillaje. El feroz caudillo de Turícuaro había jurado no tardar su venganza, y se preparó a invadir el retiro de Tacamba.

Los correos llegaban anunciando que de un momento a otro caería sobre la ciudad de Curíncuaro.

El primer pensamiento del rey fue salir al encuentro de su enemigo; mas pensó en sus leales vasallos a quienes dejaría indefensos; y entonces, oyendo a su Consejo de ancianos, determinó buscar un refugio en los inaccesibles flancos del Condémbaro, en medio de una raza de valientes fieles aún a su bandera.

Este era el motivo por qué los habitantes de Curíncuaro acababan de abandonar sus hogares.

 

IV

Ya era tiempo. Rápidos como el huracán, los guerreros de Turí-Achá franquearon la distancia que separa la sierra de la ciudad codiciada. Aquel ejército parecía un impetuoso torrente despeñándose de lo alto de las montañas. Cobarde para salir al frente de los invasores de la patria, iba lleno de rencor contra sus hermanos. Turí Achá empuñaba la flecha, ansioso de lanzarla al corazón de Tacamba.

 

V

Atónitas quedaron aquellas hordas salvajes al ver los campos de Curíncuaro tan admirablemente cultivados. No se cansaban de contemplar aquellas habitaciones cuya magnificencia les era desconocida; el agua aprisionada en las fuentes y que luego saltaba en surcos plateados y se deslizaba en medio de los bordes de verdura; los jardines que por todas partes ostentaban las flores más lujosas, y las aves de gayos plumajes que saltaban de árbol en árbol: todo aquel reflejo de una civilización que jamás habían soñado, embargo el ánimo de esos hombres y detuvo sus pasos.

Al observar esta impresión, Turí Achá llegó a temer que 1racasase su empresa. Tomó un haz de ramas secas, lo acercó al fuego, y llevando en alto el hacha encendida penetró en la ciudad, incendiando luego la primera casa que encontró en su camino.

Hablaba si al corazón de sus soldados, en el cual la barbarie se sobrepuso a la admiración.  Mil antorchas se esparcieron entonces por las desiertas calles, y la ciudad de Curincuaro fue presa de las llamas.

El furor y el despecho roen el corazón de Turí Achá al convencerse de que los habitantes habían huido. Los ojos del caudillo negro brillan siniestramente, como la tea que tiene en la mano.

 

VI

La inmensa y obscura nube de humo que se levantó sobre el caserío fue observada por los fugitivos que iban ya a gran distancia de su hogar. El miedo se apoderó de los ancianos, de las mujeres y de los niños, y dio alas a sus pies.

Tacamba y sus guerreros oprimieron con furor sus macanas y detuvieron su marcha.

Inchátiro tembló como una sensitiva; sus negros ojos nublados por el terror, se fijaron en los de su amante.

 

VII

Este espera de pie firme a su adversario: su pequeña hueste forma en batalla.

El sol envía sus rayos de fuego. No hay en toda la llanura un árbol que convide con su sombra. No se escucha en toda la extensión de la árida pampa el murmurio.

De repente, un guerrero cae en tierra, acometido de horroroso vértigo: terribles contorsiones agitan su cuerpo: sus ojos se salen de las órbitas y se crispan sus manos.

Diez, veinte, más guerreros, caen de la misma manera sin exhalar un grito, por más que, en su agonía, mueven los convulsos labios.

¡Es la insolación!

Como un ángel de muerte cierne sus alas ponzoñosas sobre aquel pequeño ejército.

Entretanto, Turí Achá sale de Curíncuaro y va al alcance de su enemigo.

Los dos ejércitos se han avistado: la pelea está próxima.

Reina pavoroso silencio.

 

VIII

Tacamba vuelve sus ojos hacia Inchátiro: nota la palidez que cubre el semblante de la virgen; observa que sus labios se contraen y que en vano quisiera exhalar un gemido. Por la primera vez Tacamba siente el martirio del miedo.

No hay agua en cuatro leguas a la redonda: ni un arbusto, por pequeño que sea, para dar sombra, siquiera, al rostro de la joven, recostada en el suelo. Apenas, allá a lo lejos, se levanta una peña de cortas dimensiones. Aquella roca es una esperanza de alivio: toma el príncipe en sus brazos a Inchátiro y la conduce a aquel sitio.

Entretanto la insolación sigue cebándose entre los guerreros; pero Tacamba se olvida de ellos, como se olvida de sí mismo, y solo piensa en la joven, cuya mirada va extinguiéndose.

 

IX

Detrás de la peña hay un hombre que exclama con voz consoladora:

-¡Aquí hay aguar!

Dice así, e hiriendo con su báculo en lo alto del peñasco, hace saltar el cristalino líquido.[30]

No se preocupa Tacamba del milagro: presuroso toma el agua en el hueco de la mano y la vierte en los labios de su amada. Inchátiro vuelve en sí, se incorpora, y aproximándose al manantial apaga su sed.

Tacamba corre entonces hacia donde están sus nobles: sus labios secos no pueden articular palabra, pero con su gesto les indica el venero de agua que todos gustan con indecible bienestar. El héroe es el útimo en acercarse al líquido misterioso.

Ya vuelve sus pasos para unirse con Inchátiro, cuando escucha el grito de guerra de Turí Achá.

Reorganiza en el instante su tropa y sale al encuentro de su enemigo.

 

X

Cada uno de sus soldados pelea contra diez de los de Turícuaro, el choque es tremendo; se oyen el ruido de las macanas y el silbar de las flechas, el aliento fatigoso de los combatientes y el estertor de los moribundos.

Mas en aquel momento el ángel de la muerte, la terrible e implacable insolación, bate sus alas sobre los salvajes de Turí Achá, que caen en tierra como espigas segadas por la hoz.

El caudillo negro ruge de rabia y de despecho, y busca a Tacamba.

Es muy fácil encontrarlo.

Los dos rivales empeñan combate personal: el odio da fuerza a los brazos; los ojos despiden llamas de ira que se desbordan terribles. El genio del valor contempla con orgullo aquel duelo a muerte.

 

XI

Entretanto Inchátiro se había prosternado a los pies de Fr. Juan de San Miguel. El misionero recorría su acostumbrado camino de San Jerónimo a Uruapan. Apro­vechando unos instantes la débil sombra que le ofrecía la peña aislada, había sido testigo del sufrimiento causado por la sed en los soldados de Tacamba y en Inchátiro.

Entonces el ser extraordinario había hecho brotar el agua de la roca.

La doncella, fijos los ojos en aquel hombre, creía haberlo visto en sus sueños, ejerciendo en su alma un poder sobrenatural: se imaginaba haberse encontrado realmente con él en algún circunstancia importante de su vida, y en aquel momento le parecía un rayo de luz desprendido del cielo.

Inchátiro fijaba su mirada en el religioso, pero enviaba su alma al lugar del combate.

Y al ver el misionero que la virgen luchaba entre la fe y el amor, impuso en ella su mirada severa, a la par que dulce; poderosa al mismo tiempo que llena de inefable ternura; la baño con un destello purísimo de magnética unción, y colocando en su cabeza entrambas manos la acercó al manantial, y bañó sus sienes con el agua del bautismo.

Inchátiro estaba envuelta en las invencibles mallas de una red sobrehumana y se sentía arrastrada por la fuerza de una extraña sugestión.

 

XII

Turí Achá mordió el polvo de la tierra al exhalar el último aliento: los guerreros de la montaña, diezmados y despavoridos, huyeron como aves perseguidas por el cazador.

Tacamba se apresuró a regresar al sitio en que había dejado a Inchátiro.

 

XIII

Pero Inchátiro se había desvanecido como sombra y el extranjero no aparecía en la extensión del llano.

Tacamba sintió que su corazón se extraviaba. Su mirada recorrió el desierto.

El desierto estaba vacío.

Tacamba entonces despidió a sus soldados. Inclinó hacia el suelo el semblante, y no volvió a pensar en su reino.

 

 

SEPTIMA PARTE

El día de Corpus

 

I

Había transcurrido algún tiempo.

Tacamba, errante en los más profundos bosques, se dirigía, de cuando en cuando, a las desiertas ruinas de Curíncuaro: encaminaba luego sus pasos a la peña del manantial: sus ojos buscaban algo que no existía allí. Mojaba su frente con el agua milagrosa, y otra vez volvía a perderse entre las obscuras selvas.

Le sobresaltaba el ruido vago de las hojas movidas por el viento. Llamaba en voz alta a lnchátiro, y se estremecía al escuchar el grito de los pájaros espantados.

Un día que bajaba de una montaña divisó a lo lejos una extensa y populosa ciudad.

Como atraído por mágico poder caminó en dirección del caserío: vio calles alineadas, habitaciones que no eran parecidas a las que construían los indios; arroyos artificialmente encauzados; frutas desconocidas y hombres y mujeres de su propia raza, pero vestidos con extraños trajes.

 

II

De repente escucha el estampido de millares de truenos que estallan en los aires, y oye timbres sonoros cuyo eco alegre y bullicioso repetían las montañas.

Una fuerza irresistible atrae más y más a Tacamba hacia el centro de la ciudad: el pavimento de las calles está tapizado de huinumo, y a la altura de los aleros hay verdes enramadas. En cada esquina de las calles se levantan rusticas capillas adornadas con arcos de tus patas, de ninfeas y de infinita variedad de parásitas y el incienso impregna el ambiente ya perfumado con el aroma de las flores. Luego se ven pasar en confusión cien y cíen danzas en que se mezclaban los bailes primitivos de los indios con las costumbres de los españoles en sus fiestas religiosas.

 

III

Cierra la marcha de abigarrada muchedumbre una procesión de imágenes de santos.

En seguida, bajo la rica tela de un palio, un sacerdote de semblante austero y de mirada apacible conduce en sus manos la áurea custodia, semejante al disco del sol, ante la cual doblan la rodilla los espectadores.

Pero lo que más llama la atención del guerrero es un brillante palanquín cubierto de azucenas, llevado en hombros de las guanánchecha. Va en él la imagen de una virgen ingenua con el casto esplendor de madre soberana. Tiene la sien orlada de estrellas, y huella n sus plantas la media luna de suave luz de perla.

Llega frente al guerrero este espléndido cortejo, precedido por una hermosa doncella que tremola un pendón azul; y una exclamación de indecible sorpresa se exhala de los labios de la joven, dominando el rumor de la muchedumbre.

¡Tacamba!", dice la doncella. "¡lnchátiro!", grita la robusta voz del guerrero.

 

IV

Un mes después los dos jóvenes se desposaban en la iglesia parroquial de Uruapan, recibiendo la bendición nupcial de manos de Fray Juan de San Miguel.

 

 

EPILOGO

 

No se contentó Fray Juan de San Miguel con que sus trabajos apostólicos se limitasen a la conversión de los indios de la Sierra de Uruapan, en la extensa comarca que corre desde los montes de San Gregorio hasta los de Tancítaro y Paracho, comprendiendo los valles de los Reyes y Peribán. La índole dulce y dócil de los tarascos, y el temor que en aquellos días los tenía subyugados, habían hecho que la simiente sembrada por Fray Juan de San Miguel fructificase, hasta cierto punto, sin gran dificultad. Otras gentes, broncas y feroces por su ignorancia, presentaban no sólo mayor resistencia a admitir las nuevas creencias religiosas, sino que amenazaban con grandes peligros la vida de los misioneros que se atrevían a ir a predicar entre los chichimecas errantes, o los crueles e indomables otomites.

Fray Juan de San Miguel tomó su cayado y encaminó sus pasos a las tierras ocupadas por aquellas tribus.

Permaneció algún tiempo de guardián en el convento de Acambaro, y dirigiéndose en seguida a Querétaro, llevó luego la palabra del Evangelio a los intrincados montes de Xichú, recorriendo las márgenes del río Verde. Fundó después a San Miguel el Grande (hoy de Allende), y recorriendo el país que forma en la actualidad el estado de Guanajuato, predicó la buena nueva en la total extensión del territorio que, antes de la conquista, comprendía el dilatado imperio de Michoacán.

Anciano ya, inclinado su cuerpo al doble peso de los años y de las fatigas, volvió a Uruapan, habitó la celda que en ruinas se conserva todavía sobre la capilla del Santo Sepulcro en el edificio del hospital.

Una tarde las campanas soltaron su voz de bronce desde lo alto de las torres.

Los indios, al oír la alegre llamada, abandonaron sus poéticas cabañas, ocultas entre los árboles frutales, y acudieron al lado de su pastor.

¿Qué palabras salieron de los labios del anciano? ¿Por qué se pinto tan vivo entusiasmo en el semblante de los concurrentes?

Se hablaron éstos entre sí con inusitada animación, y en seguida se retiraron a su hogar, marchando a toda prisa.

Sonaron más tarde las solemnes campanadas que anuncian la oración, en esos instantes en que el astro del día desaparece por completo en el horizonte, y en que la naturaleza entera como que se recoge para bendecir a Dios.

A cada campanada que vibra en la torre de la parroquia responde en voz más baja otra sonora en lo alto del hospital, y más tenues y más finas, como un eco lejano, van sonando también las campanas de los barrios.

Se oyen esos tañidos como el concierto religioso de Ulla salmodia que se eleva a los cielos.

Desde el centro de la ciudad hasta sus más remotas chozas se alzan a cada toque de campana las voces tiernas y limpias de los niños, exclamando unas veces: "¡Santa María, madre de Dios!" y otras sencilla, pero sublimemente: "¡Ave María purísima!"[31]

¡Cuántas veces, de niño, escuché estas santas plegarias que hacían palpitar el corazón! Veía a mi padre a mi lado con la cabeza descubierta y el sombrero en la mano; a mi madre, murmurando llena de unción: "El ángel del Señor..." y yo buscaba entre las primeras estrellas, que lánguidas brillaban en la bóveda, aquel ángel mensajero de paz y de ventura.

¡Qué lejanas están ya de mis recuerdos, siempre vivos, aquellas dulces impresiones!

Rayaba el alba en la mañana del día siguiente.

Era uno de esos tibios días del mes de marzo en que una polvareda de oro se levanta en el camino de la aurora.

Allí en el país en que pasan las últimas escenas de esta historia, no esperan los árboles a la primavera para estrenar su nuevo traje de esmeralda.  Las flores se anticipan también, y cuando la estación ingente se presenta, la vegetación de Uruapan sale a su encuentro, engalanada ya con sus más vistosas pompas.

En medio de tan espléndido espectáculo, Fray Juan de San Miguel, seguido de millares de indios, encamina sus pasos en dirección del Norte. Su agobiado cuerpo apenas si se apoya en el nudoso báculo, pero le dan fuerza la alegría y el alborozo que iluminan su semblante.

 Los numerosos indios que lo acompañan, también llenos de entusiasmo, llevan en las manos primorosos ramilletes. De cuando en cuando las músicas impregnan el aire de dulces melodías.

¡Qué hermosa la mañana! ¡Cómo brilla el sol en las enhiestas copas de los pinos! ¡Qué risueños los angostos valles que interrumpen la espesa serranía!

El rumor de las gentes se confunde con ese vago y misterioso ruido de la naturaleza que parece el latir potente del corazón de la selva.

Allá en el cielo, algunas nubes como gasas rasgadas del manto de la aurora, hacen que resalte más limpio y más brillante el azul del firmamento.

Cuatro horas llevaban de camino nuestros peregrinos, cuando de improviso, en medio de un encantador grupo de colinas, que más bien parecen ondulaciones del terreno, se presenta a sus ojos incontable muchedumbre de habitantes de los cien pueblos de la Sierra. El clamoreo de aquella gente ensordece el espacio.

Fray Juan de San Miguel y sus compañeros atraviesan por entre aquella multitud compacta, en medio de la cual se distingue un anciano, en cuyos ojos hay mirada de autoridad, y en cuya frente espaciosa se adivina la luz de serena y grande inteligencia. Es el obispo Don Vasco de Quiroga.

Fray Juan de San Miguel se arrodilla a sus pies y estampa un ósculo en el anillo pastoral.

El pueblo presencia aquella escena sencilla, en que un anciano se inclina ante otro anciano, los dos tan venerables, los dos tan llenos de dulzura y tan amados de los indios.

Entretanto algunos de los concurrentes habían erigido una cruz al pie de ail0sa encina que cubría con sus ramas aquel sitio.

A la sombra del árbol gigantesco se ofreció un frugal almuerzo al obispo, humilde ofrenda de tribus semisalvajes. Fr. Juan de San Miguel bendijo los manjares, y durante la comida se oyeron los cantos de las doncellas, acompañados de la música melancólica de los tarascos.[32]

Después los dos ancianos emprendieron su camino hacia Uruapan: Don Vasco de Quiroga montado en humilde mula; Fray Juan de San Miguel a pie y descalzo, apoyado en su nudoso báculo.

El obispo iba a hallar su sepultura en la ciudad de las flores.

Y cuando más tarde llegó el supremo momento en que el alma de Fray Juan de San Miguel se desprendió del cuerpo para elevarse al cielo, rodeaban su lecho los inconsolables indios que se sentían huérfanos y abandonados. ¡Cuántas lágrimas regaron el camino del sepulcro! ¡Cuántas flores sobre el ataúd, esparcían purísimos aromas! ¡Qué triste y plañidero el doblar de las campanas! ¡Qué espantosa soledad en las calles de Uruapan!

¿Cuándo se verificó el glorioso trance? Ninguna crónica lo dice; la tradición misma lo ha olvidado. Sólo existen en la inscripción que hemos venido citando las siguientes líneas:

"Falleció en el cuarto de la convalecencia que se halla cercano a la capilla del Santo Sepulcro desde donde se le dio sepultura eclesiástica en la Parroquia des te Pueblo, en donde descansa su cuerpo". El Padre La Rea dice que está enterrado al lado del Evangelio.

Los habitantes de Uruapan conservan su memoria y le tributan aún el culto de su amor. La historia bendice su nombre, y la tradición lo repetirá como un eco tierno, transmitiéndolo de generación en generación.

 

[1]Yurísquiri (la que tiene íntegra su sangre), es el nombre tarasco de las doncellas.

[2]Significa el señor negro.

[3]Es el nombre de cierta especie de palmas de la tierra caliente.

[4]El  valle de Tacámbaro.

[5] Viene de Turí, negro, y dé huato o huata, cerro, -Es uno de los más fértiles pueblos de la tierra caliente.

[6] Significa campo iluminado. Era el nombre primitivo de Santa Fe, evangelizado por el obispo Quiroga, quien se aprovechó de la semejanza de la pronunciación del nombre tarasco con el castellano.

A un kilómetro de distancia de Santa Fe, hacia el Noroeste, está el paraje de Guayameo, residencia de Sicuir Achá, segundo rey de los purépecha.

[7] Esta inscripción está en la información testimonial levantada con motivo del juicio de residencia de D. Vasco de Quiroga, en la que Fr. Juan de San Miguel fue uno de los testigos.

[8]"Que tiene nieve en la cima". Es el nombre tarasco del cerro conocido hoy por de San Andrés.

[9]Lo que cantaba la voz desconocida era el Cántico de las criaturas de San Francisco de Asís.

[10]Era el color del hábito que usaban los franciscanos. Cuando en México se acabaron esas vestiduras por el uso, los frailes enseñaron a los indios a tejer la lana; pero no pudieron dar el mismo color, y entonces lo sustituyeron por el azul. -Véase Beaumont.

[11] Beaumont, Crónica de la Provincia de los Santos  Apóstoles San Pedro y San Pablo de Michoacán. Tomo III, cap. XIV.

[12] Crónica de la Orden de N. Seráfico P. San Francisco. En el antiquísimo retrato de Fr. Juan de San Miguel que posee la parroquia de Uruapan y del que hay una copia en la Secretaría del Ayuntamiento de la misma ciudad, se lee en la inscripción que está al pie del cuadro lo siguiente: "Fue uno de los doce primeros religiosos obreros que vinieron a la conversión de este reino".

Nada se dice sobre la fecha de su venida en el magnífico retrato suyo que existe en el Colegio de San Nicolás de Morelia, también pintura muy antigua, y sólo es de llamar la atención que este retrato representa a Fr. Juan siendo joven, como de treinta años, mientras que el de Uruapan lo representa ya en la senectud. Anduvo, pues, muy equivocado el Sr. Canónigo D. J. Guadalupe Romero en su Estadística del Obispado de Michoacán, cuando afirmó, en la pág. 93, que ni Morelia, ni Uruapan, ni otras poblaciones conservan algún retrato de tan esclarecido varón.

[13] ltzí tarimu, que significa en tarasco sauce de agua.

[14]Espadañas.

[15] Las ninfeas.

[16]Por corrupción Guayangareo, significa loma de semblante aplastado, y por esto algunos

lo traducen loma chata.

[17] Teatro Americano, del padre Villaseñor y Diccionario de América, de Alcedo. Valle de Olid fue el primitivo nombre español de Gueyángareo. Después fundó allí una ciudad el Virrey D. Antonio de Mendoza, poniéndole el nombre de su patria Valladolid, siendo de advertir que ya existían allí algunas familias de españoles, al amparo del convento de San Francisco. (Beaumont, crónica citada, tomo IV, cap. XV).

[18] El colegio fundado por Fr. Juan de San Miguel en Guayángareo llevó el nombre de "Colegio de San Miguel". Fue el primero que se estableció en toda la América. Más tarde fundó el Obispo D. Vasco de Quiroga, en Pátzcuaro, el colegio de San Nicolás Obispo: y cuando se trasladó a Valladolid (hoy Morelia), la silla episcopal, se refundieron ambos colegios con el nombre de San Nicolás. El establecimiento cuenta entre sus alumnos al cura D. Miguel Hidalgo y Costilla, que más tarde fue su rector; a Morelos, Rayón, CIavijero y otros muchos hombres ilustres. Clausurado por el gobierno virreinal en la época de la insurrección, fue restablecido el 17 de enero de 1847 por el Gobernador Don Melchor Ocampo, quien le dio el nombre que lleva ahora de "Colegio Primitivo y Nacional de San Nicolás de Hidalgo". Los estudiantes de este plantel han sido siempre amantes de la libertad, por la que muchos de ellos han combatido en los campos de batalla. Los déspotas han perseguido siempre a sus alumnos y clausurado dos veces el instituto.

[19] La tradición y las crónicas refieren que en el mismo día decía misa en Uruapan y en San Jerónimo, pueblo situado en la Sierra Madre.

Al pie de retrato de Fr. Juan que existe en Uruapan, se leen los siguientes versos:

“Pobre, humilde y religioso

 “A Fr. Juan de San Miguel

“Lo presenta aquí el pincel

 "Por ser pastor tan celoso

"Y más cuando prodigioso

"La tierra que transitaba 

"Pareciendo que volaba

"Decía misa en San Gregario

"Y en este pueblo es notorio

"Que la mayor la cantaba".

 

[20] La Rea, crónica citada.

[21] Antes estaba en el llano, barrio y cerrito de la Magdalena; pero el caserío se extendía hasta la Quinta.

[22] La cascada, cuyo nombre es Tzaráracua, que significa cedazo en tarasca.

[23] Eran, cuando se fundó Uruapan, nueve barrios llamados: San Francisco, La Magdalena, La Trinidad, San Juan Evangelista, San Pedro, Santiago, San Miguel, San Juan Bautista y Los Reyes. Este último se trasladó más tarde a la Sierra y formó el pueblo de San Lorenzo.

[24] Nombre tarasca del salto de Camela. Significa agua convertida en espuma.

[25] Este nombre tiene el primer manantial del Cupatitzio. En la roca de donde sale hay marcada una hoquedad que tiene, en efecto, la figura de una huella de rodilla.

[26] Beaumont, tomo V, cap. XX.

[27] Lejarza, Análisis estadístico de Michoacán. Beaumont, Crónica de Michoacán.

[28] Portentosa ciudad que existía antes de la conquista, al Sur de Uruapan, en los terrenos que se llaman de Jicalán Viejo; subsisten aún las ruinas en un extenso campo.

[29] Traje talar que descendía desde el cuello hasta los pies. Usábanlo solamente las mujeres de la nobleza.

[30] Hay en aquella peña, al alcance de la mano del hombre, una oquedad que conserva agua

sin derramarse ni agotarse. "El agua santa" la llaman los habitantes del país.

En el antiquísimo retrato de Fray Juan de San Miguel que existe en la parroquia de Uruapan,

se lee en la inscripción:

"Dejó en testimonio fiel de sus virtudes la agua del Copalito (nombre de aquel paraje),

la que inagotable e incorrupta se preserva en una piedra viva sin estiladero ni manantial ninguno".

[31] Queda todavía en algunos pueblos de la sierra esta costumbre introducida por Fray Juan de San Miguel.

[32] No ha muchos años que se veía en el camino de Paracho aquella vieja encina, a la que faltaban ya muchas ramas, Aún se erguía la cruz, dejando ver la huella de los siglos en sus brazos carcomidos por los insectos.

El sitio conserva el nombre que desde aquel remoto tiempo se le impuso: se llama Obispo tirécuaro, que significa: donde comió el obispo.