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IV. EL AMBIENTE CULTURAL.

 

Durante el gobierno de Obregón y como resultado de la postguerra hubo un resurgimiento del alma nacional. Por tradición de siglos había existido una enorme distancia entre lo que oficialmente (virreyes, emperadores, presidentes federalistas, jefes de amotinados, presidentes centralistas, gobernantes impuestos por naciones extranjeras, dictadores) se llamaba «cultura nacional» y el sentir real del pueblo, es decir la verdadera cultura.

En la época de Ramos se habían visto los efectos de una imposición cultural. La élite gobernante vivía endiosada con lo extranjero, que se consideraba superior a todo lo nuestro. Todo lo procedente de fuera era admirado, tanto en lecturas como en modas de vestir y en costumbres, lo cual era sólo una máscara vana que se ponía al rostro de la patria. No era, desde luego, la relación normal que debe existir con otras culturas, sino la imitación extralógica de lo externo para ocultar lo  propio. Una vana sustitución. Vano fue también el pretender imponer los valores de la cultura francesa en una época en que la política de Porfirio Díaz favoreció los intereses económicos de Francia y de Inglaterra, particularmente, con la idea de oponer una barrera a las ambiciones expansionistas de los Estados Unidos de Norteamérica. En las décadas de los ochentas y los noventas del siglo XIX y en la primera del XX, el gusto por lo francés predominó en todo: lenguaje (en las clases acomodadas y en algunos sectores de la clase media era de buen gusto usar términos franceses por lo menos, si no se dominaba la lengua); en los planteles de enseñanza superior, los libros de texto estaban en francés, por lo que la enseñanza del idioma era primordial para maestros y alumnos), las modas en el vestido, la comida, las diversiones (la música y el teatro, la ópera), la literatura, la pintura, la escultura y hasta formas menores de la vida cotidiana, eran afrancesadas.

El pueblo se expresaba de modo diferente. Había canciones, música, pintura y escultura que expresaban la realidad de la vida mexicana, pero eran vistas con desdén por los círculos de la “gente de bien”. Aquellas manifestaciones eran juzgadas de inferior calidad y de un pésimo gusto. Música «de huarache», cosas de léperos, ofensa a las buenas costumbres, eran los términos que adjudicaban a lo autóctono, a lo que el pueblo practicaba y amaba.

Con la Revolución, por el contacto de los combatientes de diversas regiones, afloró el habla, la música, las costumbres, el ser propio de los mexicanos, y empezó a aflorar ese México oculto que los extranjerizantes se empeñaban en ignorar, y que, favorecido por la política oficial, se impuso hasta formar una corriente vigorosa, lo que llamamos la cultura nacional.

El viejo mundo, sede de la metrópolis coloniales y de los países que, en nuestro siglo habían decidido hacer un nuevo reparto del mundo, ahora con la táctica de la dominación económica, desataron un conflicto armado que, por la intervención de algunas naciones asiáticas y los Estados Unidos de Norteamérica, se le llamó la Primera Guerra Mundial o «guerra de bandidos», como la llamó Lenin, quien aprovechó aquella circunstancia para romper el orden establecido y crear la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, cuya historia tiene páginas brillantes y momentos sombríos. El establecimiento del socialismo en esa extensa parte del mundo es uno de los hechos más importantes de la centuria que está por concluir, y tal vez uno de los acontecimientos sociales más apasionantes del milenio que también termina.

La tradición del pueblo mexicano en su lucha por la libertad y la justicia y la presencia de personajes que históricamente pueden considerarse precursores del socialismo, creó el ambiente para que, en la Constitución Política de 1917, quedaran plasmados principios que tenían la finalidad de crear un Estado con amplia participación de los obreros y los campesinos. Esto alarmó a los regímenes capitalistas recalcitrantes, principalmente a nuestros vecinos del Norte que, como ha sido su costumbre, presionaron a los primeros presidentes del período revolucionario, con el manejo del «reconocimiento», artilugio mediante el cual han intervenido en los asuntos internos de todos los países de nuestro Continente, sobre todo México, por su colindancia geográfica.

Los perfiles de la cultura nacional del período constitucional y de la postguerra mundial estuvieron teñidos de matices radicales, que pronto se convirtieron sólo en máscaras para ocultar el sometimiento y la claudicación de la soberanía nacional, a cambio de que los gobernantes y sus cómplices se enriquecieran escandalosamente.

El cuadro del primer mestizaje se alteró a medida que llegaban al país gentes de otras nacionalidades, ya fuera por las invasiones, los negocios o la necesidad de trabajo. El mexicano fue entonces más abierto a otras culturas y a otras formas de vida.

Ignacio Chávez, en uno de sus escritos, señaló una fecha como la inicial de la gran transformación del país, y esa fecha fue la de 1920. En los años cercanos a esa fecha surgió vigoroso el México subterráneo que la cultura afrancesada del porfirismo no había permitido manifestarse.[1] Un renacimiento de la música, avasallada hasta entonces por lo exterior; y no es que esto fuese malo, pues las obras de la música clásica forman el patrimonio invaluable de la humanidad, y siempre serán un deleite para el ser humano; pero lo malo era que no se escuchaba lo que nosotros teníamos que decir o expresar musicalmente. Nuestra sensibilidad carecía de voz, tanto en la música sinfónica como en la canción y la música popular, que sólo se escuchaba en los suburbios de las ciudades, en las pulquerías, en los palenques, en fin donde podía reunirse el pueblo y vibrar con sus danzas, sus bailes tradicionales, sus canciones tiernas y llenas de añoranza, esas que jamás podían llegar a los salones de “la gente de razón”. Durante el movimiento armado revolucionario surgieron cantos en que afloraba la sensibilidad de nuestras gentes, sus alegrías, angustias, anhelos y desilusiones. Las obras de Mañuela M. Ponce, de Ignacio Fernández Esperon Tata Nacho, Miguel Lerdo de Tejada y Alfonso Esparza Oteo elevaron la canción y la música mexicana con la fidelidad de quien es depositario de un legado valioso y lo entrega íntegro a los sucesores.

            Por otra parte, se popularizó el corrido, forma antigua de canciones que tuvieron un origen remoto en España pero que pertenecen totalmente a nuestra tradición musical. La “gente culta” comenzó a gustar de los corridos, de las poleas y de los jarabes que antes sólo eran del gusto de las clases bajas de la sociedad. Manuel M. Ponce, Carlos Chávez, Silvestre Revueltas, Calderon Guisar, miguel Bernal Jiménez, Carlos Jiménez Mabarak, José Pablo Moncayo y Blas Galindo dieron a conocer al mundo la calidad de la música sinfónica mexicana, parte esencial de nuestra expresión artística.

            A partir de 1920 los muros de los edificios públicos empezaron a cubrirse de imágenes que plasmaron allí las figuras, costumbres, tradiciones, flores, frutos, la fauna, el colorido, la arquitectura, el alma de una nación que había permanecido oculta. Fue una revelación la pintura mural en los corredores de la Secretaria de Educación Pública, del antiguo Colegio de San Ildelfonso, de la capilla de la ex-hacienda de Chapingo, del Palacio de Gobierno y del Hospital Cabañas, de Guadalajara. Los nombres de Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Sequeiros adquirieron dimensiones internacionales como representantes de una nueva forma de entender el arte pictórico, abierto a la luz pública como un manifiesto, una proclamación, un grito.

            Con la fuerza de ese espíritu renovador, la recién creada Secretaria de Educación Pública se dio a la tarea de multiplicar escuelas elementales en todo el territorio nacional. En un año se crearon 1,169 escuelas y 671 bibliotecas. Se contrataron 2,500 profesores, la mayoría de ellos improvisados; como la dictadura no había creado Escuelas Normales había carencia de profesionales en ese ramo; entonces, el espíritu creador del Secretario de Educación y de sus consejeros en educación elemental, recurrieron a los niños recién salidos de las escuelas primarias o con estudios hechos en Seminarios o en escuelas particulares o bien: cualquier persona que supiera leer y escribir, y fueron nombrados maestros en las comunidades rurales o en las ciudades pequeñas que carecían de escuelas. Se crearon Escuelas Industriales para enseñar oficios útiles a los niños y jóvenes. También Escuelas Indígenas, con maestros bilingües, muchos también improvisados, para atender las comunidades indígenas, que durante siglos habían sido marginadas. Se publicaron en grandes cantidades libros de lecturas elementales y las lecturas clásicas para llevar el pensamiento de lo más selecto de la humanidad a todos los mexicanos, incluso las comunidades rurales; se editó la revista El Maestro, y otras actividades editoriales a las que habremos de referimos al hablar del promotor de este gran movimiento transformador de la cultura, don José Vasconcelos.

Mención especial merecen las Misiones Culturales, integradas por maestros, artistas, enfermeras y artesanos que recorrían la República como auxiliares de los maestros. Permanecían los misioneros por algún tiempo en un lugar y enseguida marchaban a otro con el fin de que la mayoría alcanzara los beneficios de su trabajo, que consistía en desarrollar campañas de alfabetización, antialcoholismo y desfanatización. Las Misiones Culturales fueron la fuerza que mantuvo las Escuelas Rurales Mexicanas, que por desgracia desaparecieron para dar paso al caos presente.

Las antiguas profesiones liberales fueron orientándose hacia las especializaciones. Empezaron a crearse las instituciones que habrían de ser modelo para otros países, como el Instituto Nacional de Cardiología, el de la Nutrición, el de Neumología y Neurología, y otros que fueron surgiendo del esfuerzo, visión y talento de los médicos mexicanos.

La misma dinámica transformadora siguieron las letras mexicanas. Ramón López Velarde, Francisco González León, Alfredo Ortiz Vidales y Miguel N. Lira penetran la esencia de su provincia con amorosa devoción. Aquello que se encontraba perdido en los pueblos humildes, y era ignorado por los vates citadinos, empezó a verse con deleite. En el México porfiriano se decía que «fuera de México (la capital) todo era Cuatlitlán», apenas puntos oscuros en la geografía de una patria que aún estaba orgullosa de su «mutilado territorio». Paralelamente surgía la novela de la Revolución y cobraban relieve los hombres del pueblo que habían tomado las armas para derrocar el régimen opresor. Aunque de las páginas de estas novelas no se desprendía una ola de optimismo por los logros de aquel movimiento, allí quedaban como testimonio de una lucha heroica por un conjunto de ideales, a veces inconexos o mal expresados, pero que eran la voluntad de un pueblo. Las obras de Mariano Azuela, de Gregorio López y Fuentes, de José Rubén Romero, de Martín Luis Guzmán y de José Vasconcelos se divulgaron por todo el mundo, con traducidas a diversas lenguas y atrajeron hacia nuestro país la atención de los críticos e historiadores de la literatura.

Este fue el ambiente cultural que respiró Samuel Ramos. En él formó su personalidad y pudo elaborar su gran obra, su interpretación, la suma, el balance, de toda una época. Como veremos, se adentró de tal modo en esta realidad que pudo contribuir al proceso de renovación. Sus reflexiones filosóficas resultaron de ese proceso pero fueron a la vez la culminación del mismo. Sin la interpretación de Ramos, esa época histórica, apenas veinte años de la vida mexicana carecería de unidad, de un sentido unitario, de conjunto, como una de las etapas más fascinantes del México contemporáneo.

 


 

[1] Ignacio Chávez. México en la cultura médica en México la Cultura. Secretaría de Educación Pública. México, 1961. Segunda edición. Vid. Raúl Arreola Cortés. Infancia y juventud de Ignacio Chávez. Universidad Michoacana. Morelia, 1997, p.170.