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CONCLUSIONES

 

El modelo económico mexicano caracterizado por el papel rector del Estado en la economía, bajo el cual éste empleó los recursos para sustituir la inexistencia o compensar la debilidad de la iniciativa privada en la industrialización del país, entró en crisis a fines de la década de los años sesenta. Con el fin de fortalecerlo, se puso en marcha en 1970 el esquema conocido como "desarrollo compartido", el cual, en aras de reivindicar al Estado paternalista surgido de la Revolución Mexicana, implicaba una fuerte dosis de populismo. Este programa logró dicho objetivo, pero llevó a la economía nacional a un callejón sin salida. La bonanza petrolera le dio un respiro, pero a partir de 1982, bajo el esquema de un Estado sustitucionista, la economía mexicana ha seguido deteriorándose de manera incontenible.

     Ante la quiebra del modelo sustitucionista, desde 1984 el Estado mexicano se propuso reestructurar el capitalismo en el país. Para lograrlo, puso en práctica un programa económico de corte neoliberal en el que su propio aparato burocrático debía ser más eficiente y limitar su intervención en la economía. Redujo el volumen de las empresas paraestatales y procedió a reprivatizarias, con lo que dio paso a un esquema de libre confrontación de las fuerzas económicas.

     Podemos afirmar, por tanto, que de 1966 a 1986, la Universidad Michoacana se insertó en una etapa histórica de transición para el país, durante la cual el Estado buscó instrumentar un nuevo modelo económico para remplazar al llamado "desarrollo estabilizador", que había entrado en crisis.

             En la búsqueda de un nuevo modelo económico, y con el fin de reconciliar al Estado con las universidades tras el rompimiento ocurrido en 1968, el gobierno de Luis Echeverría Álvarez inició una política de apertura que se expresó básicamente en un tratamiento preferencial a las Casas de Estudio, el cual se manifestó a través del aumento sin precedentes en su financiamiento; simultáneamente, a partir de 1970 implementó una reforma universitaria, la cual, si bien fue redefinida por sus sucesores: José López Portillo y Miguel de la Madrid Hurtado, mantuvo su objetivo estatal fundamental: modernizar a las universidades para hacerlas funcionales y acordes con las exigencias de la nueva etapa de desarrollo económico del país. Se consideraba que la universidad debía ser el motor del desarrollo industrial, al formar los recursos humanos necesarios para éste. Esto significaba estructurar el currículo universitario a partir de las necesidades del aparato productivo, dejando atrás el modelo de universidad tradicional, de cultura humanista y conocimiento enciclopédico.

    Para lograrlo, el Estado se propuso introducir en las universidades mexicanas el modelo de educación superior departamental estadounidense. En nuestra Universidad, a partir de 1971 se puso en marcha un proceso de reforma tendiente a reproducir ese modelo. Con ese fin recibió un apoyo financiero extraordinario que provino especialmente del gobierno federal.[1]

    La comunidad universitaria no opuso resistencia a ese modelo, al menos no por sus implicaciones de fondo. Algunos grupos magisteriales se opusieron, pero sus objeciones tocaban un aspecto formal. Se resistían al sistema departamental más que nada porque con él perderían el control que como grupos políticos ejercían al interior de las escuelas y de la propia institución.

    De igual manera, otros grupos magisteriales y estudiantiles impugnaron este modelo por academicista y apolítico, pero no enfocaron su crítica a aspectos específicos. Su cuestionamiento era en términos generales al sistema educativo de tipo "burgués". Concretamente el sector estudiantil de tendencia socialista, que se agrupaba básicamente en torno a las Casas del Estudiante, consideraba que la Universidad Michoacana ejercía la función de preparar a los jóvenes como cuadros técnicos, científicos y profesionales que contribuían a desarrollar y consolidar la sociedad capitalista, por medio de una educación que ese sector consideraba dogmática, memorística y antidemocrática. Por esto, en oposición, el mismo pregonaba una Universidad crítica, democrática y popular. Sin embargo, estos conceptos no llegaron a expresarse en un proyecto académico alternativo que preparara el advenimiento del socialismo. Si observamos, no dejaban de ser principios reformistas y democratizadores, inspirados en el fondo en un nacionalismo revolucionario. Se cuestionaba a la Universidad por preparar "cuadros para la burguesía" pero no proponían un modelo educativo viable y realista que modificara al vigente, pues pugnar porque la Universidad, que vive inmersa en una sociedad burguesa, dejara de formar profesionistas, técnicos e investigadores para socavar el sistema social del que forma parte, era simplemente una idea fundada en el anarquismo.

     De esta forma, sin un proyecto general de transformación del modelo educativo vigente, su propuesta se concentró en reproducir la teoría marxista sobre el desarrollo dialéctico de la naturaleza, y la del Materialismo Histórico acerca del desarrollo de la sociedad humana. Sin embargo, la introducción de estas teorías en algunas escuelas como Economía, Filosofía e Historia se tradujo en posturas y prácticas ideologizantes y sectarias, contrarias a los propios principios marxistas, lo cual ocasionó la pérdida del rigor científico y sumió a estos y a otros planteles en una crisis académica que tardarían bastante tiempo en superar.[2] Además, se dieron casos extremos, como el de la Escuela de Economía, cuyo plan de estudios, con el argumento de que tenía una orientación formadora de profesionistas para la iniciativa privada y el Estado capitalista, fue sustituido por otro donde la columna vertebral era la teoría económica marxista, orientada a la planeación del desarrollo económico de beneficio social, lo cual tuvo, entre otros efectos, que sus egresados no encontraran cabida en un sistema económico movido por los principios del mercado.

     De la misma manera, en varias de estas escuelas se impuso la identidad doctrinal por encima de la capacidad intelectual y los méritos académicos de su profesorado, lo que ocasionó no sólo el estancamiento educativo, sino incluso su debacle, al determinar aquélla la contratación y permanencia de los docentes en la cátedra.

              La sobre-ideologización marxista, y al mismo tiempo la pobreza teórica en este campo, ocasionaron una serie de desviaciones, como el asambleísmo democratizante, que junto con el "paro" académico constante, promovido por los estudiantes e incrementado hacia el final de la década de los setenta y principios de los ochenta por demandas sindicales de profesores y empleados, volvieron hasta inoperante el sistema vigente de transmisión del conocimiento. Mientras esto ocurría en la Universidad, a nivel mundial la ciencia y la tecnología avanzaban a un paso vertiginoso.

     En relación con el movimiento social, la convicción de que la sociedad mexicana se encontraba en camino a un proceso de ruptura, originó que la línea marcada para la actividad de los miembros de las Casas del Estudiante consistiese en preparar a los sectores obrero, campesino y urbano popular para el enfrentamiento con el Estado y su pilar: la burguesía.

     Bajo esta premisa, el propósito último del movimiento estudiantil era transformar la universidad de una institución reproductora del sistema capitalista a un instrumento de lucha para la sociedad. Para esto, las casas debían formar los "cuadros" necesarios que organizaran y prepararan política e ideológicamente a esos sectores. Se llegó, inclusive, a planear la creación de un "partido revolucionario" de la "clase trabajadora", a partir de la corriente política denominada la "nueva izquierda mexicana".[3]

     No obstante, visto desde otra perspectiva, debemos reconocerle al movimiento estudiantil de esta etapa su contribución en el mantenimiento del sistema asistencial para la educación popular, así como su intervención en la reforma a la Ley Orgánica y el papel que jugó en el movimiento social, coadyuvando en su organización, orientación y dirección.

     Igualmente cabe destacar el grado de organización y madurez política que alcanzó el movimiento hacia el final del período estudiado, mismo que le permitió crear órganos más o menos estables de coordinación y dirección gracias a los cuales pudo establecer las alianzas que, a su vez, le permitieran articular sus luchas con organizaciones populares del movimiento social. De esta manera, sus acciones, tanto al interior de la Universidad como fuera de ella, le dotaron de cierta presencia y peso político.

              El grado de organización alcanzado por el movimiento estudiantil le permitió a su dirigencia sustraerse, relativa y brevemente, de las prácticas de mediación, control y cooptación empleadas por la burocracia estatal y universitaria.

    En el período estudiado se pensaba que la transformación de la Universidad Michoacana sólo sería posible con un cambio radical del sistema económico y social vigente. Hoy, a dos décadas de distancia, las condiciones han cambiado profundamente:

    El agotamiento del desarrollismo y la consecuente crisis del Estado benefactor, así como la puesta en marcha de uno de los procesos más a fondo de reorganización del capitalismo mundial, han alterado el proceso educativo, particularmente el de nivel superior. Para la Universidad pública, que hasta ahora ha sido la institución fundamental del mismo, se cerró una etapa.

    En estos momentos no es posible que la Universidad Michoacana se mantenga anclada en un modelo rebasado por la realidad. No se puede seguir oponiendo totalmente a los ajustes liberales que el Estado mexicano ha emprendido, porque esto significa condenarse a su desaparición. Lo que se requiere es integrarse al proceso, pero con propuestas propias. Hoy la única forma "revolucionaria" de defender a la Universidad es contribuir a su transformación.

     La Universidad Michoacana debe transformarse porque no puede ni debe quedar atada al modelo populista bajo el cual se exigía al Estado cubrir la demanda educativa de todos los sectores sociales, sobre todo los populares, como un derecho adquirido, sin que éstos tengan obligación alguna de rendir cuentas de ningún tipo, ni siquiera de su rendimiento académico.

    El carácter popular de la Universidad, que de por sí es más un mito que una realidad, no puede seguir basado sólo en el aspecto cuantitativo al permitir el ingreso de una gran mayoría de alumnos de escasos recursos económicos a la institución, sino fundamentarse también en el aspecto cualitativo. La Universidad debe, no solamente garantizar su ingreso y permanencia escolar, sino, sobre todo, que adquieran una educación de calidad, ya que el rezago y el deterioro que hoy padece van en detrimento de la impartición de una capacitación adecuada para competir en un mercado de trabajo cada vez más exigente y selectivo. Resulta forzoso encontrar mecanismos que garanticen una educación popular que sea, a la vez, eficiente y de calidad.

     Considerar a la Universidad Michoacana como una Universidad popular no tiene porque significar una Universidad mediocre, de tal manera que alcanzar niveles de excelencia académica resulta una de las principales reivindicaciones que debe plantearse la lucha de los sectores estudiantiles populares, pues sólo será una educación de calidad la que les abra las puertas de las empresas, que hasta hoy se les han cerrado por un nivel educativo deficiente.

     La Universidad Michoacana debe incorporarse a la nueva dinámica nacional e internacional. Para esto son necesarias una reforma académica y una reforma administrativa, desarrolladas bajo un programa propio que permita a la institución articularse con su entorno social y económico, del cual hoy se encuentra desarticulada.

     Esta desarticulación provoca que muchos de sus egresados no tengan colocación en el mercado de trabajo, tanto del sector público como del privado, que se mantenga aislada y hasta insensible a los requerimientos de los sectores populares. La mayoría de las actuales carreras universitarias fueron diseñadas en función de los requerimientos de un Estado paternalista, cuyo aparato gubernamental, de gran peso en la economía, absorbía amplio número de cuadros profesionales universitarios. Actualmente el modelo neoliberal, que promueve el adelgazamiento del Estado, ha llevado al estancamiento y el agotamiento de la oferta de empleo público.

     Resulta impostergable crear carreras adecuadas al nuevo modelo de desarrollo económico, pero sin abandonar, desde luego, la esencia de la Universidad humanista, y mucho menos los proyectos para el desarrollo social. No se trata de priorizar todas aquellas disciplinas científicas y tecnológicas vinculadas directamente con la esfera económica, ni minimizar o marginar las otras áreas, por considerarlas poco o nada redituables, según la lógica imperante del mercado.

     Urge la transformación de la Universidad Michoacana, pero es necesario que el proceso de cambio se dé desde adentro, es decir, a partir de la iniciativa de los propios universitarios, ya que, de otra manera, estaremos expuestos a que la transformación se nos imponga de manera vertical y autoritaria desde el Estado, o bien, que la Universidad muera de inanición ante el elemento coercitivo que significa el condicionamiento del presupuesto.

     Para llevar a cabo esta reforma, el problema consiste en la ausencia de los sujetos susceptibles de promoverla desde el interior. En general, las fuerzas impulsoras de los cambios han sufrido una debilidad muy marcada a lo largo de los últimos tres lustros. Específicamente, en el sector estudiantil ya no se puede hablar de movimiento, pues éste se encuentra desmembrado. Las organizaciones estudiantiles, antes instrumentos de lucha y con cierto grado de independencia, se han convertido en instrumentos del poder burocrático estatal y universitario para controlar y utilizar a los estudiantes con fines eminentemente políticos.

    El premio que se destina a los dirigentes estudiantiles una vez concluida su formación académica viene a ser su incorporación al aparato burocrático del Estado y de la Universidad, así como a los partidos políticos, donde cumplen el triste papel que cuestionaban cuando eran alumnos: controlar, mediatizar y utilizar no solamente al sector estudiantil, sino a las organizaciones populares.

Irónicamente, no se incorpora a los universitarios más capaces académicamente hablando, sino a los más avezados en el terreno político, ya que aquella capacidad no garantiza a los partidos y al gobierno el mantenimiento de su poder ni la ampliación de su "clientela". De esta forma, su ejemplo ha influido negativamente en amplios sectores estudiantiles. Actualmente prevalece en los jóvenes la idea de que las relaciones políticas, más que la preparación académica, constituyen el factor que les puede garantizar un empleo público, lo cual ha contribuido al crecimiento de la mediocridad escolar.

Por todo lo anterior, una vez que el sector estudiantil despierte de su letargo, deberá tener claro que la lucha ya no podrá brotar únicamente de la reforma a la Ley Orgánica para la elección democrática de rector y de las autoridades universitarias, ni de la defensa del sistema asistencialista -el cual, por lo demás, debe ser reglamentado y supervisado para garantizar que realmente sirva a los sectores populares y no a otros, como las clases medias que hoy habitan en gran número las Casas del Estudiante-[4] sino que, además, deberá erradicar las prácticas corruptas que han convertido este sistema en un gran negocio para ciertos funcionarios encargados de administrar los recursos asignados, quienes, en contubernio con las dirigencias de los albergues, abultan las listas de moradores y "otorgan" partidas a Casas del Estudiante "fantasmales" o inexistentes.[5]

 


 

[1]En 1982, cuando la crisis económica se agudizó, la Universidad Michoacana era marcadamente dependiente del presupuesto federal, por lo que la estrategia de reducción del gasto público la impactó a profundidad.

[2] Con esto no pretendemos negar la contribución de la teoría marxista al desarrollo de las ciencias sociales en la Universidad Michoacana. Nuestra crítica está centrada, más bien, en la tergiversación que sufrió por causa de posturas dogmáticas.

[3] Véase Luis Sánchez Amaro, Universidad y Cambio...Op. Cit., p. 226.

[4] Véase Juan Manuel Salceda Olivares. Op. Cit., p. 304.

[5] Ibid., p. 310.