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VII. LAS CRISIS Y LA EMERGENCIA

DE LAS TEORÍAS CIENTÍFICAS

 

TODOS los descubrimientos examinados en la Sección VI fueron causas de cambio de paradigmas o contribuyeron a él. Además, los cambios en que estuvieron implicados esos descubrimientos fueron tanto destructivos como constructivos. Después de que el descubrimiento había sido asimilado, los científicos se encontraban en condiciones de explicar una gama más amplia de fenómenos naturales o de explicar con mayor precisión algunos de los previamente conocidos. Pero este avance se logró sólo descartando ciertas creencias y procedimientos previamente aceptados y, simultáneamente, reemplazando esos componentes del paradigma previo por otros. He insistido ya en que los cambios de este tipo están asociados a todos los descubrimientos logrados por la ciencia normal, exceptuando sólo los no sorprendentes, previstos en todo, con excepción de los detalles. Sin embargo, los descubrimientos no son las únicas fuentes de esos cambios, tanto destructivos como constructivos, de los paradigmas. E esta sección comenzaremos a estudiar los cambios similares, pero generalmente muchos mayores, que son el resultado de la formulación de nuevas teorías.

Habiendo visto ya que en las ciencias, hecho y teoría, descubrimiento e invento, no son categórica y permanentemente diferentes, podemos esperar que haya coincidencias entre esta sección y la anterior. (La sugestión imposible de que Priestley fue el primero en descubrir el oxígeno y de que Lavoisier lo inventó más tarde, tiene sus atractivos. Ya hemos encontrado el oxígeno como descubrimiento; pronto lo veremos cómo invento). Al ocuparnos del surgimiento de nuevas teorías, es también inevitable que ampliemos nuestra comprensión de los descubrimientos. Sin embargo, coincidencia en ciertos puntos no es lo mismo que identidad. Los tipos de descubrimientos estudiados en la sección anterior no fueron responsables, al menos por sí solos, de los cambios de paradigmas que se produjeron en revoluciones tales como la de Copérnico, la de Newton, la química y la de Einstein. Tampoco fueron responsables de los cambios de paradigma algo menores (debido a que fueron más exclusivamente profesionales) producidos por la teoría ondulatoria de la luz, la teoría dinámica del calor o la teoría electromagnética de Maxwell. ¿Cómo pueden surgir teorías como ésas de la ciencia normal, una actividad todavía menos dirigida a ellas que a los descubrimientos?

Si la percepción de la anomalía desempeña un papel en la aparición de nuevos tipos de fenómenos, no deberá sorprender a nadie que una percepción similar, aunque más profunda, sea un requisito previo para todos los cambios aceptables de teoría. Creo que en este punto, las pruebas históricas son absolutamente inequívocas. El estado de la astronomía de Tolomeo era un escándalo, antes del anuncio de Copérnico.[1] Las contribuciones de Galileo al estudio del movimiento dependieron estrechamente de las dificultades descubiertas en la teoría aristotélica por los críticos escolásticos.[2] La nueva teoría de Newton sobre la luz y el color tuvo su origen en el descubrimiento de que ninguna de las teorías existentes antes del paradigma explicaban la longitud del espectro, y la teoría de las ondas, que reemplazó a la de Newton, surgió del interés cada vez mayor por las anomalías en la relación de los efectos de difracción y polarización con la teoría de Newton.[3] La termodinámica nació de la colisión de dos teorías físicas existentes en el siglo XIX, y la mecánica cuántica, de una diversidad de dificultades que rodeaban a la radiación de un cuerpo negro, a calores específicos y al efecto fotoeléctrico.[4] Además, en todos esos casos con excepción del de Newton, la percepción de la anomalía había durado tanto y había penetrado tan profundamente, que sería apropiado describir los campos afectados por ella como en estado de crisis creciente. Debido a que exige la destrucción de paradigmas en gran escala y cambios importantes en los problemas y las técnicas de la ciencia normal, el surgimiento de nuevas teorías es precedido generalmente por un periodo de inseguridad profesional profunda. Como podría esperarse, esta inseguridad es generada por el fracaso persistente de los enigmas de la ciencia normal para dar los resultados apetecidos. El fracaso de las reglas existentes es el que sirve de preludio a la búsqueda de otras nuevas.

Examinemos primeramente un caso particularmente famoso de cambio de paradigma, el surgimiento de la astronomía de Copérnico. Cuando su predecesor, el sistema de Tolomeo, fue desarrollado durante los dos siglos anteriores a Cristo y los dos primeros de nuestra era, tuvo un éxito admirable en la predicción de los cambios de posición tanto de los planetas como de las estrellas. Ningún otro sistema antiguo había dado tan buenos resultados; con respecto a las estrellas, la astronomía de Tolomeo es utilizada todavía en la actualidad, con bastante amplitud, como manual de aproximación de ingeniería; con respecto a los planetas, las predicciones de Tolomeo eran tan buenas como las de Copérnico. Pero para una teoría científica, el tener un éxito admirable no es lo mismo que tener un éxito completo. Con respecto tanto a la posición planetaria como a la precesión de los equinoccios, las predicciones hechas con el sistema de Tolomeo nunca se conformaron por completo a las mejores observaciones disponibles. La posterior reducción de esas pequeñas discrepancias constituyó, para un gran número de los sucesores de Tolomeo, muchos de los principales problemas de la investigación astronómica normal, del mismo modo como un intento similar para hacer coincidir la observación del cielo con la teoría de Newton, proporcionó en el siglo XVIII problemas de investigación normal a los sucesores de Newton. Durante cierto tiempo, los astrónomos tenían todas las razones para suponer que esos intentos tendrían tanto éxito como los que habían conducido al sistema de Tolomeo. Cuando se presentaba una discrepancia, los astrónomos siempre eran capaces de eliminarla, mediante algún ajuste particular del sistema de Ptolomeo de los círculos compuestos. Pero conforme pasó el tiempo, un hombre que examinara el resultado neto del esfuerzo de investigación normal de muchos astrónomos podía observar que la complejidad de la astronomía estaba aumentando de manera mucho más rápida que su exactitud y que las discrepancias corregidas en un punto tenían probabilidades de presentarse en otro.[5]

Debido a que la tradición astronómica fue interrumpida repetidamente desde el exterior y a que, en ausencia de la imprenta, la comunicación entre los astrónomos era limitada, esas dificultades sólo lentamente fueron reconocidas. Pero se produjo la percepción. Durante el siglo XIII, Alfonso X pudo proclamar que si Dios lo hubiera consultado al crear el Universo, hubiera recibido un buen consejo. En el siglo XVI, Doménico da Novara, colaborador de Copérnico, sostuvo que ningún sistema tan complicado e inexacto como había llegado a ser el de Tolomeo, podía existir realmente en la naturaleza. Y el mismo Copérnico escribió en el Prefacio al De Revolutionibus, que la tradición astronómica que había heredado  sólo había sido capaz de crear un monstruo. A principios del siglo XVI, un número cada vez  mayor de los mejores astrónomos europeos reconocía que el paradigma astronómico fallaba en sus aplicaciones a sus propios problemas tradicionales. Este reconocimiento fue el requisito previo para que Copérnico rechazara el paradigma de Tolomeo y se diera a la búsqueda de otro nuevo. Su famoso prefacio es aún una de las descripciones clásicas de un estado de crisis.[6]

Por supuesto, el derrumbamiento de la actividad técnica normal de resolución de enigmas no fue el único ingrediente de la crisis astronómica a la que se enfrentó Copérnico. Un estudio más amplio revelaría también la presión social en pro de la reforma del calendario, presión que volvió particularmente apremiante al enigma de la precesión. Además, una explicación más completa tomaría en consideración la crítica medieval a Aristóteles, el ascenso del neoplatonismo en el Renacimiento, así como también otros elementos históricos significativos. Pero el desbarajuste técnico seguiría siendo todavía el centro de la crisis. En una ciencia madura —y la astronomía había llegado a serlo ya en la Antigüedad— los factores externos como los que acabamos de mencionar tienen una importancia particular en la determinación del momento del derrumbamiento, en la facilidad con que puede ser reconocido y en el campo donde, debido a que se le concede una atención particular, ocurre primeramente el trastorno. Aunque inmensamente importantes, cuestiones de ese tipo se encuentran fuera de los límites de este ensayo.

Si todo esto está claro ya con respecto a la revolución de Copérnico, pasemos a un segundo ejemplo bastante diferente, la crisis que precedió a la aparición de la teoría de Lavoisier sobre la combustión del oxígeno. En los años de la década de 1770, se combinaron muchos factores para generar una crisis en la química y los historiadores no están completamente de acuerdo ya sea respecto a su naturaleza o a su importancia relativa. Pero se acepta generalmente que dos de esos factores tuvieron una importancia de primera magnitud: el nacimiento de la química neumática y la cuestión de las relaciones de peso. La historia del primero se inicia en el siglo XVII con el desarrollo de la bomba de aire y su utilización en la experimentación química. Durante el siglo siguiente, utilizando esa bomba y otros numerosos artefactos neumáticos, los químicos llegaron a comprender, cada vez mejor, que el aire debía ser un ingrediente activo de las reacciones químicas. Pero con pocas excepciones —tan equívocas que pueden no ser consideradas como excepciones— los químicos continuaron creyendo que el aire era el único tipo de gas. Hasta 1756, cuando Joseph Black demostró que el aire fijo (C02) se distinguía claramente del aire normal, se creía que dos muestras de gas eran sólo diferentes por sus impurezas.[7]

Después del trabajo de Black, la investigación de los gases se llevó a cabo rápidamente, principalmente por Cavendish, Priestley y Scheele quienes juntos, desarrollaron una serie de técnicas nuevas, capaces de distinguir una muestra de gas de otra. Todos esos hombres, desde Black hasta Scheele, creían en la teoría del flogisto y la empleaban a menudo en el diseño y la interpretación de sus experimentos. En realidad, Scheele produjo oxígeno por primera vez, mediante una cadena compleja de experimentos destinados a deflogistizar el calor. Sin embargo, el resultado neto de sus experimentos fue una variedad de muestras de gases y de propiedades de estas tan complejas, que la teoría del flogisto resultó cada vez menos capaz de hacer frente a la experiencia de laboratorio. Aunque ninguno de esos químicos sugirió que era preciso reemplazar la teoría, fueron incapaces de aplicarla de manera consistente. Para cuando Lavoisier inició sus experimentos con el aire, durante los primeros años de la década de 1770, había casi tantas versiones de la teoría flogística como químicos neumáticos.[8]  Esta proliferación de versiones de una teoría es un síntoma muy usual de crisis. En su prefacio, Copérnico se quejaba también de ello.

Sin embargo, la vaguedad creciente y la utilidad cada vez menor de la teoría del flogisto para la química neumática no fueron las únicas causas de la crisis a que se enfrentó Lavoisier. Estaba también muy interesado en explicar el aumento de peso que experimentan la mayoría de los cuerpos cuando se queman o se calientan, y éste es un problema que también tiene una larga prehistoria, Al menos varios químicos del Islam habían reconocido que algunos metales aumentan de peso cuando se calientan. En el siglo XVII varios investigadores habían llegado a la conclusión, a partir de ese mismo hecho, de que un metal calentado toma algún elemento de la atmósfera. Pero en el siglo XVII  esa conclusión les pareció innecesaria a la mayoría de los químicos. Si las reacciones químicas podían alterar el volumen, el color y la textura de los ingredientes, ¿por qué no podían modificar también el peso? No siempre se consideraba que el peso era la medida de la cantidad de materia; además, el aumento de peso mediante el calentamiento continuaba siendo un fenómeno aislado. La mayoría de los cuerpos naturales (p. ej. la madera) pierden peso al ser calentados, como diría más tarde la teoría del flogisto.

Sin embargo, durante el siglo  XVIII, esas respuestas inicialmente adecuadas para el problema del aumento de peso se hicieron cada vez más difíciles de sostener. En parte debido a que la balanza se utilizaba cada vez más como instrumento ordinario de química y en parte porque el desarrollo de la química neumática hizo posible y conveniente retener los productos gaseosos de las reacciones, los químicos descubrieron muchos otros casos en los que el calentamiento iba acompañado por un aumento de peso. Simultáneamente, la asimilación gradual de la teoría gravitacional de Newton condujo a los químicos a insistir en que el aumento de peso debía significar un incremento de la cantidad de materia. Esas conclusiones no dieron como resultado el rechazo de la teoría del flogisto, debido a que esta teoría podía ajustarse de muchas formas diferentes. Era posible que el flogisto tuviera un peso negativo o que partículas de fuego o alguna otra cosa entrara al cuerpo calentado, al salir el flogisto. Había otras explicaciones, además. Pero si el problema del aumento de peso no condujo al rechazo, sí llevó a un número cada vez mayor de estudios especiales en los que dicho problema tenía una gran importancia. Uno de ellos "Sobre el flogisto considerado como una sustancia con peso y [analizado] en términos de los cambios de peso que produce en los cuerpos con los que se une", fue leído ante la Academia Francesa en 1772, el año que concluyó con la entrega que hizo Lavoisier de su famosa nota sellada a la Secretaría de la Academia Francesa. Antes de que se escribiera esa nota, un problema que había estado al borde de la percepción consciente de los químicos durante muchos años, se había convertido en un enigma extraordinario y no resuelto.[9] Se estaban formulando muchas versiones diferentes de la teoría del flogisto para responder a él. Como los problemas de la química neumática, los del aumento de peso estaban haciendo que resultara cada vez más difícil saber qué era la teoría del flogisto. Aunque todavía era creído y aceptado como instrumento de trabajo, un paradigma de la química del siglo XVII  estaba perdiendo gradualmente su status único. Cada vez más, la investigación que guiaba se iba pareciendo a la llevada a cabo por las escuelas en competencia del periodo anterior al paradigma, otro efecto típico de la crisis.

Examinemos ahora, como tercer y último ejemplo, la crisis de la física a fines del siglo XIX, que preparó el camino para el surgimiento de la teoría de la relatividad. Una de las raíces de esta crisis puede remontarse en el tiempo hasta el siglo XVII, cuando una serie de filósofos naturales, principalmente Leibniz, criticaron la retención por Newton de una versión modernizada de la concepción clásica del espacio absoluto.[10]  Eran casi capaces, aunque no completamente, de demostrar que las posiciones absolutas y los movimientos absolutos carecían de función en el sistema de Newton y lograron adivinar el atractivo estético considerable que llegaría a tener, más adelante, una concepción plenamente relativista del espacio y el movimiento. Pero su crítica era puramente lógica. Como los primeros seguidores de Copérnico que criticaban las pruebas proporcionadas por Aristóteles sobre la estabilidad de la tierra, no soñaban que la transición a un sistema relativista pudiera tener consecuencias en la observación. En ningún punto relacionaron sus opiniones con los problemas que se presentaron al aplicar la teoría de Newton a la naturaleza. Como resultado, sus opiniones murieron al mismo tiempo que ellos, durante las primeras décadas del siglo XVIII, resucitando sólo en las últimas décadas del XIX, cuando tenían una relación muy diferente con la práctica de la física.

Los problemas técnicos con los cuales, en última instancia, iba a relacionarse una filosofía relativista del espacio, comenzaron a entrar a la ciencia normal con la aceptación de la teoría ondulatoria de la luz, después de 1815, aproximadamente; aunque no produjeron ninguna crisis hasta los años de la década de 1890. Si la luz es un movimiento ondulatorio que se propaga en un éter mecánico gobernado por las leyes de Newton, entonces tanto la observación del cielo como la experimentación terrestre se hacen potencialmente capaces de detectar el desplazamiento a través del éter. De las observaciones del cielo, sólo las de la aberración prometían una exactitud suficiente para proporcionar información importante y el descubrimiento del desplazamiento en el éter por medio de mediciones de la aberración se convirtió, por consiguiente, en un problema reconocido para la investigación normal. Se construyó cantidad de equipo especial para resolverlo. Sin embargo, ese equipo no detectaba ningún desplazamiento observable y, así, el problema fue transferido de los experimentadores y los observadores a los teóricos. Durante las décadas de la mitad del siglo, Fresnal, Stokes y otros inventaron numerosas articulaciones de la teoría del éter destinadas a explicar el fracaso para observar el desplazamiento. Cada una de esas articulaciones suponía que un cuerpo en movimiento arrastra consigo una fracción del éter. Y todas ellas tenían un éxito suficiente para explicar los resultados negativos no sólo de las observaciones celestes, sino también de la experimentación terrestre, incluyendo el famoso experimento de Michelson y Morley.[11] No había todavía conflicto, salvo el que existía entre las diversas articulaciones. A falta de técnicas experimentales pertinentes, ese conflicto nunca se volvió agudo.

La situación volvió a cambiar sólo con la aceptación gradual de la teoría electromagnética de Maxwell durante las dos últimas décadas del siglo XII. Maxwell mismo era un seguidor de Newton, que creía que la luz y el electromagnetismo en general se debían a desplazamientos variables de las partículas de un éter mecánico. Sus primeras versiones de una teoría sobre la electricidad y el magnetismo utilizaron directamente propiedades hipotéticas que atribuía a ese medio. Todo ello fue excluido de su versión final; pero continuó creyendo que su teoría electromagnética era compatible con alguna articulación de la concepción mecánica de Newton.[12] El desarrollo de una articulación apropiada constituyó un desafío, tanto para él como para sus sucesores. Sin embargo, en la práctica, como ha sucedido repetidas veces en el desarrollo científico, la articulación necesaria resultó inmensamente difícil de lograr. Del mismo modo como la proposición astronómica de Copérnico, a pesar del optimismo de su autor, creó una crisis cada vez mayor de las teorías existentes del movimiento, la teoría de Maxwell, a pesar de su origen newtoniano, produjo en última instancia una crisis para el paradigma, del que surgió.[13] Además, el punto en el que la  crisis se hizo más aguda fue proporcionado por los problemas que acabamos de considerar, los del movimiento con respecto al éter.

La discusión hecha por Maxwell del comportamiento electromagnético de los cuerpos en movimiento no se refirió al arrastre del éter y, además, resultó muy difícil introducir en su teoría dicho arrastre. Como resultado de ello, toda una serie de observaciones destinadas a detectar el desplazamiento a través del éter se hizo anómala. Por consiguiente, los años posteriores a 1890 conocieron una larga serie de intentos, tanto experimentales como teóricos, para detectar el movimiento con respecto al éter y para introducir el arrastre del éter en la teoría de Maxwell. Los primeros carecieron uniformemente de éxito, aun cuando algunos analistas consideraron sus resultados como erróneos. Los últimos produjeron una serie de puntos de partida prometedores, sobre todo los de Lorenz y Fitzgerald; pero descubrieron también otros enigmas y finalmente dieron como resultado precisamente esa proliferación de teorías en competencia que hemos visto previamente como síntoma de crisis.[14] Fue en medio de ese momento histórico cuando surgió, en 1905, la teoría especial de la relatividad, de Einstein.

Esos tres ejemplos son casi completamente típicos. En cada caso, sólo surgió una nueva teoría después de un fracaso notable de la actividad normal de resolución de problemas. Además, excepto en el caso de Copérnico, en el que ciertos factores exteriores a la ciencia desempeñaron un papel muy importante, ese derrumbamiento y la proliferación de teorías, que es su síntoma, tuvieron lugar no más de una o dos décadas antes de la enunciación de la nueva teoría. La teoría nueva parece una respuesta directa a la crisis. Nótese también, aun cuando ello pueda no parecer tan típico, que los problemas con respecto a los que se presentan los derrumbamientos, eran todos de un tipo reconocido desde mucho tiempo antes. La práctica previa de la ciencia normal había proporcionado toda clase de razones para creerlos resueltos o casi resueltos, lo cual contribuye a explicar por qué el sentimiento de fracaso, al producirse, pudo ser tan agudo. El fracaso con un problema nuevo es, a veces, decepcionante; pero nunca sorprendente. Ni los problemas ni los enigmas ceden generalmente ante los primeros ataques. Finalmente, esos ejemplos comparten otra característica que puede contribuir a hacer que el argumento en pro del papel desempeñado por la crisis, resulte impresionante: la solución de todos y cada uno de ellos había sido, al menos en parte, prevista durante un periodo en que no había crisis en la ciencia correspondiente; y en ausencia de crisis, esas previsiones fueron desdeñadas.

La única previsión completa es también la más famosa, la de Copérnico por Aristarco, en el siglo III a. c. Se dice frecuentemente que si la ciencia griega hubiera sido menos deductiva y menos regida por dogmas, la astronomía heliocéntrica habría podido iniciar su desarrollo dieciocho siglos antes.[15] Pero esto equivale a pasar por alto todo el contexto histórico. Cuando Aristarco hizo su sugerencia, el mucho más razonable sistema geocéntrico no tenía necesidades de las cuales pudiera concebirse que sólo un sistema heliocéntrico pudiera satisfacer. Todo el desarrollo de la astronomía de Tolomeo, tanto sus triunfos como su quiebra, corresponde a los siglos posteriores a la proposición de Aristarco. Además, no había razones evidentes para tomar en serio a Aristarco. Ni siquiera la proposición más completa de Copérnico era más simple o más exacta que el sistema de Tolomeo. Las pruebas de la observación disponibles, como veremos más claramente a continuación, no proporcionaban una base para la elección entre los dos sistemas. En esas circunstancias, uno de los factores que condujeron a los astrónomos hacia Copérnico (factor que no podía haberlos llevado a Aristarco) fue la crisis reconocida que, en primer lugar, fue responsable de la innovación. La astronomía de Tolomeo no había logrado resolver sus problemas y había llegado el momento de que surgiera un competidor. Nuestros otros dos ejemplos no proporcionan previsiones tan completas. Pero, seguramente, una de las razones por las que las teorías de la combustión por absorción de la atmósfera —desarrolladas en el siglo XVII por Rey, Hooke y Mayow— no lograron hacerse escuchar suficientemente, fue que no entraron en contacto con ningún punto en conflicto en la práctica de la ciencia normal.[16]Y el prolongado desdén mostrado por los científicos de los siglos XVIII y XIX hacia las críticas relativistas de Newton, debe haber tenido como causa principal una similar falta de confrontación.

Los filósofos de la ciencia han demostrado repetidamente que siempre se puede tomar base más que en una construcción teórica, sobre una colección de datos determinada. La historia de la ciencia indica que, sobre todo en las primeras etapas de desarrollo de un nuevo paradigma, ni siquiera es muy difícil inventar esas alternativas. Pero es raro que los científicos se dediquen a tal invención de alternativas, excepto durante la etapa anterior al paradigma del desarrollo de su ciencia y en ocasiones muy especiales de su evolución subsiguiente. En tanto los instrumentos que proporciona un paradigma continúan mostrándose capaces de resolver los problemas que define, la ciencia tiene un movimiento más rápido y una penetración más profunda por medio del empleo confiado de esos instrumentos. La razón es clara. Lo mismo en la manufactura que en la ciencia, el volver a diseñar herramientas es una extravagancia reservada para las ocasiones en que sea absolutamente necesario hacerlo. El significado de las crisis es la indicación que proporcionan de que ha llegado la ocasión para rediseñar las herramientas.

 

REFERENCIAS:


 

[1]A. R. Hall, The Scientific Revolution, 1500-1800(Londres, 1954), p. 16.

[2]Marshall Claget, The Science of Mechanics in the Middle Ages ( Madison, Wis., 1959), Partes   II-III. A. Koyré muestra una serie de elementos medievales en el pensamiento de Galileo, en sus Etudes Galiléennes (París, 1939), sobre todo el Vol. I.

[3]Sobre Newton, véase "Newton's Optical Papers", en Isaac Newton's Papers and Letters in Natural Philosophy, de T. S. Kuhn. ed. I. B. Cohen (Cambridge, Mass., 1958). pp. 27-45. Para el preludio de la teoría de las ondas, véase: A History of the Theories of Aether and Eleciricity, I, de E. T. Whittaker (2ª  ed.; Londres, 1951), 94-109; y History Of  the Inductive Sciences, de W. Whewell (ed. rev.; Londres, 1847), II, 396-466.

[4]Sobre la termodinámica, véase: Life of William Thomson Barón Kelvin of Largs, de Silvanus P. Thompson (Londres, 1910). Sobre la teoría cuántica, véase: The Quantum Theory, de Fritz Reiche, trad. H. S. Hatfield y H, L. Brose  (Londres, 1922), caps. I-II.

[5]J. L. E. Dreyer, A History of Astronomy from Thales to Kepler (2ª ed.; Nueva York, 1953), caps, XI-XII.

[6]The Copernican Revolution, T, S. Kuhn (Cambridge, Mas., 1957), pp. 135-43

[7]J. R. Partington, A Short History of CHemistry (2ª ed.; Londres, 1951), pp. 48-51, 73-85, 90-120.

[8] Aunque su principal interés se concentra en un periodo ligeramente posterior, hay mucho material importante diseminado en la obra de J. R. Partington y Douglas McKie, "Historical Studies on the Phlogiston Theory" Annals of Science, II (1937),  361-404; III (1938), 1-58,337-71; y IV (1939), 337-71.

[9]H. Guerlac, Lavoisier; The Crucial Year (Ithaca, N. Y., 1961). Todo el libro documenta la evolución y el primer reconocimiento de una crisis. En la página 35 puede verse un enunciado claro de la situación con respecto a Lavoisier.

[10] Max Jammer, Concepts of Space: The History of Theories of Space in Physics (Cambridge, Mass., 1954), pp. 114-24.

[11]Joseph Larmor, Aether and Matter... Including a Discussion of the Influence of the Earth's Motion on Optical Phenomena (Cambridge, 1900), pp. 6-20, 320-22.

[12]R. T. Glazebrook, James Clerk Maxwell and Modern Physics (Londres, 1896), cap. IX. Sobre la actitud final de Maxwell, véase su propio libro: A Treatise on Electricity and Magnetism (3ª ed., Oxford, 1892), p. 470.

[13]Sobre el papel de la astronomía en el desarrollo de la mecánica, véase Kuhn, op. cit., cap. VII.

[14]Whittaker, cp. cit., I, 386-410; y II (Londres, 1953), 27-40.

[15]Sobre el trabajo de Aristarco, véase: Aristarchus of  Samos: The Ancient Copernicus, de T. L. Heath. (Oxford, 1913), Parte II. Para un enunciado extremo sobre la posición tradicional con respecto al desdén por la posición de Aristarco, véase: The Sleepwalkers: A History of Man's Changing Vision  of the Universe (Londres, 1959), p. 50.

[16]Partington, op. cit., pp. 78-85.