CIE EXORDIO CERO MAYA LIBRO LIBRE HUATAPERA PROFESOR ESCRITOR
                          












 



 


     

 

 

 

 

 










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Capítulo I

 La Ilustración Europea y sus aspectos médicos

 

¿Qué es la Ilustración?

 Con el nombre de Ilustración se conoce un movimiento científico, cultural, social y político que tuvo lugar en algunos países europeos en el siglo XVIII, centuria a la que por tal razón se le denomina Siglo de las Luces. Para algunos historiadores, dicho movimiento se inició en el siglo XVII.

Lo que entonces sucedió, fue que ciertos hombres se decidieron a usar su propia cabeza para analizar y juzgar prácticamente todo lo establecido y para inventar métodos que disiparan sus incertidumbres; que los llevaran al conocimiento de la verdad de los hechos.

Se trataba de identificar y separar todos los elementos de que estaba constituido el hecho bajo estudio y una vez conseguido esto, volverlos a integrar. El resultado de esta doble operación era el conocimiento de qué era, de cómo estaba constituido estática y dinámicamente el hecho analizado. Era hasta después de obtener estos resultados cuando el investigador podía formular principios, leyes y otro tipo de conceptos.[1]

Este método se aplicó prácticamente a todo y por supuesto a la Medicina, cuya razón de ser era el conocimiento de la enfermedad, de la manera de identificarla, evitarla y curarla.

A este método fue sometida la Medicina heredada de los siglos pasados; y también, siguiendo este método, se emprendieron nuevas investigaciones. Se estaba construyendo la Medicina Científica Moderna.

Se dice de algo que es un hecho “cuando tiene un carácter innegable, cuando ha ocurrido u ocurre efectivamente. En este sentido se dice que la ciencia debe basarse en hechos; esto es, en existencias que se desenvuelven en el tiempo y en el espacio o bien, como los hechos psíquicos, solamente en el tiempo”.[2]

La enfermedad humana es un hecho o más bien un conjunto de hechos, tanto de los que se desenvuelven en el tiempo y el espacio, como de los que solamente lo hacen en el tiempo.

Para los médicos del siglo XVIII, la enfermedad era un hecho que se desenvolvía en el espacio del cuerpo humano. A él o hacia él debía el médico dirigir su razón, entendida entonces, según el filósofo Ernst Cassirer (1874-1945), “como una fuerza espiritual radical que nos conduce al descubrimiento de la verdad’: La razón no es “un contenido de conocimientos, de principios, de verdades, sino más bien una energía, una fuerza que no puede comprenderse plenamente más que en su ejercicio y en su acción’ Agrega Cassirer que “lo que la razón es y puede, no cabe apreciarlo íntegramente en sus resultados, sino tan solo en su función. Y su función más importante consiste en la capacidad de juntar y separar. Separa lo puramente fáctico, lo sencillamente dado, de lo creído por testimonios de la revelación, de la tradición o de la autoridad”.[3]

Ya ocupada la razón en lo puramente fáctico, “no descansa hasta que no lo resuelve en sus componentes simples (...). Pero después de este trabajo comienza el de reconstrucción (...). Es menester construir con estos componentes una nueva estructura, un todo verdadero” Al crear la razón ese todo, “al acomodar las partes según una regla que ella misma dispone, se le hace completamente transparente la estructura del edificio que así surge’: Entonces la razón comprende esta estructura porque ha sido capaz de reconstituirla, de copiarla en la totalidad y en la secuencia ordenada de cada uno de sus momentos”[4].

Por su parte, Immanuel Kant (1724-1804), uno de los grandes personajes de la Ilustración, considera a la razón como el más alto bien que hay sobre la tierra: “Amigos del género humano y de lo que este considera como lo más sagrado! Aceptad lo que después de un examen cuidadoso y sincero, os parezca más digno de fe, ya se trate de hechos o de fundamentos racionales, pero no despojeis a la razón de lo que la convierte en el más alto bien que hay sobre la tierra; del privilegio de ser la última piedra de toque de la verdad”.[5]

En su ensayo que lleva por título “Contestación a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?’ Kant dice que este acontecimiento “es el término de la minoría de edad del hombre debida a su propia culpa. Llamamos minoría de edad a la incapacidad para servirse del propio entendimiento sin ayuda de otro. Y esta minoría de edad se debe a la propia culpa del hombre si su causa no reside en la falta de entendimiento, sino en la falta de decisión y de valentía para servirse de él sin la ayuda de nadie. ¡Sapere aude! Ten el valor de servirte de tu propia inteligencia: tal es, por tanto, el lema de la Ilustración”[6].

 

La enfermedad del hombre es un conjunto de hechos que tienen lugar en su cuerpo

Desde Hipócrates —siglo y antes de Cristo— hasta el siglo XVIII, la enfermedad era considerada como un conjunto de hechos que tenían lugar en el cuerpo humano. Por eso conviene que recordemos los principales conocimientos y creencias acerca de este y sus enfermedades con los que se encontraron los médicos de la Ilustración; que veamos cuánto de este material fue interpretado bajo las luces que daban las ciencias como la Física y la Química, así como la manera como aquel material fue el motivo, o sirvió de base, para plantear hipótesis y desarrollar diversas investigaciones.

Empecemos ocupándonos de los conocimientos sobre la estructura y configuración del cuerpo humano.

 

Las ciencias morfológicas

Las ciencias morfológicas del cuerpo humano comprenden la anatomía, la histología y la citología. El nivel molecular es hoy el puente que nos conduce de la Morfología a la Fisiología.

La Anatomía, la Anatomía Patológica y la Anatomía General según la entendió Xavier Bichat (1771-1802), con su investigación sobre los tejidos que componen al cuerpo humano, son los tres asuntos de los que enseguida nos ocuparemos.

 

La Anatomía. Al mismo tiempo que los anatomistas del siglo XVII habían venido corrigiendo los errores de la anatomía de Galeno, que no eran pocos, ahondaban y precisaban sobre lo descrito en la monumental obra “De Humanis corporis fabrica” de Andrés Vesalio (1514-1564) publicada en 1543.

Una vez conocida la forma, el volumen y la colindancia de los distintos órganos del cuerpo humano, los anatomistas del siglo XVIII fueron descubriendo pequeños pero importantes detalles. Solamente mencionaremos a Jacobo Benigno Winslow (1669-1760), estudioso de la pupila y del iris —este nombre es de su invención-, así como de otros órganos y tejidos. Aún se llama hiato de Winslow a una “ventana” del epiplón.

Recordamos a Winslow porque su libro de Anatomía fue el texto que debía estudiarse en la Real Escuela de Cirugía que se estableció a mediados del siglo XVIII en el Hospital Real de Naturales en la ciudad de México y que se considera una expresión del movimiento ilustrado novohispano, por lo que más adelante nos ocuparemos de ella.

Es necesario recordar que entonces se consideraba que el elemento morfológico o estructural era la “fibra”, la que según veremos adelante era también el elemento funcional.

Estaba ya finalizando el siglo XVIII cuando Xavier Bichat identificó a los “tejidos” como los elementos estructurales de los órganos y demás partes del cuerpo humano.

 

Fig. 1. Galeno

 

Fig. 2. Andrés Vesalio inicio la anatomía moderna

 

Fig. 3. Los instrumentos que usó Vesalio en sus investigaciones anatómicas

 

 La Anatomía Patológica. En el siglo XVIII ya era bastante bien conocida la Anatomía normal para diferenciarla de la anormal o patológica. Su importancia para el conocimiento de la enfermedad se expresa en varias publicaciones y en la creación de los famosos museos con piezas anatomopatológicas: Londres (1780), Ámsterdam (1789), Leyden (1793), Berlín (1796). La cátedra se estableció en París hasta 1837[7].

Enfocaremos nuestra atención al papel que la Anatomía Patológica jugó en el conocimiento de la enfermedad y en el ejercicio de la Medicina.

En este asunto sobresalen dos libros: el “Sepulchretum seu Anatomia práctica” publicado en 1679 por Teófilo Bonet (1620-1689) y el “De sedibus et causis morborum per anatomen indagatis” que publicó en 1761 Giovanni Battista Morgagni (1682-1771).

En el “Sepulchretum” están reunidas todas las observaciones clínicas, con el informe anatomopatológico respectivo, publicadas en el curso de los siglos XVI y XVII, cada una con el comentario de Bonet. Cabe aclarar que en esta obra sobresale el relato de los síntomas, y que es el síntoma más importante el que se toma para la ordenación de las observaciones[8].

Lo opuesto sucede en el libro de Morgagni; aquí lo más importante es la alteración anatomopatológica. Adoptando la forma epistolar —cartas a un amigo— , Morgagni relata setecientos casos anatomoclínicos, o sea comprendiendo los síntomas y las alteraciones anatomopatológicas encontradas en la autopsia.[9] Considera a estas como la sede y causa de la enfermedad y afirma que si los médicos la ignoran, sus intentos curativos no tienen ninguna base.

 

 

Fig. 4. Portada del volumen II de la obra de Morgagni “De sedibus et causis morborum per anatomen indagatis”

 

Fig. 5. Otro libro de Morgagni, “Adversaria anatómica omnia”

 

El diagnóstico de la alteración anatomopatológica

De Morgagni saltamos a las aportaciones a la clínica de Leopold Auenbrugger (1722-1809) y René Théophile Hyacinthe Laennec (1761-1826) porque son los inventores de dos de las técnicas más importantes de la que hoy llamamos exploración física del cuerpo del enfermo, que son la percusión y la auscultación mediata por medio del estetoscopio, aparato inventado por Laennec; y porque gracias a estos recursos el médico obtiene ciertos datos que Laennec llamó signos físicos, que le permiten saber dónde está, en el interior del cuerpo del enfermo, la sede de su enfermedad y conocer sus características.

Los médicos llamamos percusión al acto de golpear con los dedos (salvo en la llamada puño-percusión) diferentes lugares del cuerpo del enfermo, en especial el tórax y el abdomen, para inferir, según los caracteres del sonido que se produce, si en el interior del lugar percutido hay gas, un líquido o algo sólido.

Dicen que el médico Auenbrugger aplicó al tórax de los enfermos lo que los vinateros hacían para saber cuánto vino contenía un barril: lo golpeaban con sus dedos y aguzando el oído, sabían hasta donde estaba lleno.

En el mismo año en que Morgagni publicaba “De sedibus”, Auenbrugger daba a conocer su invento, relacionando el carácter del sonido que provocaba con los datos encontrados en la autopsia.

La obra de Laennec es aún más importante en la Historia de la Medicina, porque recogiendo las enseñanzas de algunos de sus antecesores, entre ellos Morgagni, establece el razonamiento llamado anatomo-clínico, el cual será la base de la práctica médica en el siglo XIX y siguientes.

En efecto, desde los inicios del siglo XIX, la tarea del clínico orientada al diagnóstico de la enfermedad y al conocimiento de su evolución, tenía por fundamento la reflexión anatomo-clínica, o mejor dicho clínico-anatomopatológica. Interrogando al enfermo obtenía los datos llamados síntomas que no eran, según se les definía, sino las funciones alteradas del órgano atacado por la alteración anatomopatológica. Terminado el interrogatorio, el médico procedía a la exploración física del cuerpo del enfermo, es decir, a la búsqueda de signos físicos que indicaban sitio y caracteres de la alteración anatomopatológica.[10]

 

 

Fig 6. Dos inventos que fueron como ventanas para que el médico pudiera ver lapatología del interior del cuerpo humano

 

 Esta preocupación por parte de los médicos de descubrir la alteración anatomopatológica en vida del enfermo, solamente —o sobre todo— la tenían los doctores que siguiendo a Morgagni, consideraban que el hecho aflatomopatológico era fundamental en la enfermedad, del que dependían las manifestaciones clínicas de esta, o sea los síntomas; fenómenos que eran considerados —repitámoslo- como las funciones propias del órgano afectado, pero alteradas precisamente por su patología.

Pero a finales del siglo XVIII y principios del siguiente había médicos que no consideraban a la alteración anatomopatológica como la sede y causa de la enfermedad, sino algo así como una consecuencia descubierta postmortem. Por supuesto a ellos no les interesaba descubrir el hecho anatomopatológico en vida del paciente, por lo que el estudio clínico de este poco o ningún uso hacía de los signos físicos.

John Brown (1735-1788), del que más adelante hablaremos porque su sistema fue seguido por algunos médicos mexicanos de finales del siglo XVIII y principios del siguiente, fue uno de los doctores que no consideraban a la lesión anatomopatológica como la sede y causa de la enfermedad. Lo mismo pensaba Víctor Broussais (1772-1838) cuya “Medicina Fisiológica” también fue conocida y practicada en México, después del brownismo.

 

La Anatomía General aplicada a la Fisiología y a la Medicina

Marie Francois Xavier Bichat (1771-1802) fue sin duda uno de los médicos más representativos de la ciencia de la Ilustración. Con su obra fundamental, la “Anatomie Génerale appliqué a la physiologie et a la médecine” publicada en París en 1801,[11] culmina el Siglo de las Luces en lo que toca a la Medicina.

Gracias a las investigaciones de Bichat, el conocimiento morfológico del cuerpo humano avanzó hasta la identificación de los tejidos, elementos constitutivos de los “sistemas’ término que más adelante se aclara.

Usando medios físicos y químicos —no el microscopio— Bichat identificó veintiún tejidos simples que forman los diversos sistemas orgánicos de la “máquina del cuerpo humano’ expresión de Bichat que veremos ampliamente desarrollada en la obra del médico La Mettrie.

Hay sistemas que se encuentran en todo el cuerpo como el celular, el arterial, el venoso y el nervioso. Otros solamente integran determinados órganos, como el óseo y el muscular.

La obra morfológica de Bichat, que hoy llamaríamos Histología, es el puente que nos permite pasar de las ciencias morfológicas a la Fisiología. Pero antes conviene recordar los principales conocimientos o las creencias más influyentes en este campo que se manejaban antes de Bichat.

Fig. 7. Bichat. “Vida es el conjunto de funciones que se oponen a la muerte”

 

 

Fig. 8. Por razones que desconocemos, Bichat no usó el microscopio en sus investigaciones sobre los tejidos. Este es un microscopio de lujo según una ilustración de 1716

 

 Conocimientos y creencias sobre Fisiología anteriores a Bichat

En los siguientes puntos resumimos este material: 1°. El pneuma y los espfritus de origen hipocrático-galénico. 2°. El alma (La Mettrie). 3°. La concepción fisicista o mecanicista de las funciones del cuerpo humano (Borelli, Boerhaave, La Mettrie). 4°. La explicación química de algunas funciones (Réamur, Spallanzani), 5°. La sensibilidad, excitabilidad y contractilidad de la materia animal (von Haller, Cullen, Brown).

 

Fig. 9. El anatomista, fisiólogo, botánico y poeta Albrecht von Haller

 

Fig. 10. Las arterias mesentéricas según Albrecht von Haller

 

 1.- El pneuma y los espíritus hipocrático-galénicos. El pneuma es el aire inspirado convertido en el interior del cuerpo en espíritu vital, el cual da origen al espíritu animal y al espíritu psíquico. El primero es el responsable de todas las funciones del cuerpo salvo las mentales, que dependen del segundo.

Al correr de los siglos estos conceptos sufrieron diversas interpretaciones, denominaciones, adiciones, etcétera. Por ejemplo, el espíritu que corría por el interior de los nervios, que se consideraban huecos como tubos, vino a llamarse fluido nervioso. En 1791 y 1792 Luigi Galvani (1737-1798) publicó su “De Viribus electricitates in moto musculares” donde daba cuenta de su descubrimiento de la electricidad animal demostrada en sus investigaciones en ranas. Entonces el fluido nervioso se entendió como estímulo eléctrico.

Fig. 11. Los conductores de la electricidad

 

 

Fig. 12. Los experimentos del médico con la electricidad

 

Fig. 13. Ya por 1784 se usaba la electricidad como medicina

 

 En el siglo XVIII el pneuma y el espíritu vital vinieron a ser el oxígeno que respiramos, y que es indispensable para que nos mantengamos vivos. El actor de dicho momento histórico fue Joseph Priestley (1733-1804). Él vio cómo se entristecían y marchitaban las flores encerradas en una campana de cristal a la que no entraba ni pizca de aire. Calentando el óxido de mercurio se desprendió un gas que al inhalarlo le causó un desconocido bienestar. Dijo que dicho gas intervenía en la respiración y le llamó aire desflogisticado. Antoine Laurent Lavoisier (1743-1794) lo identificó perfectamente y le nombró oxígeno. Entonces se inventaron también los nombres de hidrógeno y nitrógeno, para otros tantos gases.

 

2.- El alma. El médico y filósofo Julien Forey de La Mettrie (1709-1751) publicó en 1745 la “Histoire naturalle del ‘ame” —“Historia natural del alma”— y un año más tarde “L ‘Homme-machine” —“El hombre máquina”.[12]

La Mettrie sigue fiel al concepto de alma dividida en vegetativa, sensitiva y racional.[13]

El alma vegetativa “es la causa que guía y dirige” la generación, organización, nutrición y desarrollo de los vegetales y los animales, incluido el hombre. A este respecto recuerda a su maestro el gran médico holandés Herman Boerhaave (1668-1734) —el que por sus dotes clínicas fue apodado el Hipócrates de Batavia— quien había dicho que el proceso de “la formación de los cuerpos vivientes no puede concebirse sin una causa que lo presida, sin un principio que lo regule y lo conduzca todo a un fin determinado”.

El alma sensitiva es “el principio material, o la forma sustancial, que siente, discierne y conoce”. Llámense sentidos “a los órganos particularmente destinados a hacer nacer estas sensaciones del alma”.

Para explicar el funcionamiento de los sentidos, La Mettrie recurre a nuestro conocido espíritu animal: “Estos órganos actúan mediante la extremidad de los nervios y una materia que fluye en el interior de su imperceptible cavidad, y que es de tal sutilidad que se le ha dado el nombre de espíritu animal (...). Cuando los órganos de los sentidos son impresionados por algún objeto, los nervios que pertenecen a la estructura de estos órganos se alteran, y el movimiento de los espíritus modificado se transmite al cerebro’ el cual es “el asiento del alma”.

El alma sensitiva posee dos tipos de “facultades”. Al primer tipo corresponden la memoria, la imaginación y las pasiones. Al segundo pertenecen las sensaciones, las percepciones, los conocimientos y un “etcétera” que agrega La Mettrie.

Importa detenernos un poco para decir qué son para este médico la memoria, la imaginación y las pasiones. La memoria “es la facultad del alma consistente en las modificaciones permanentes del movimiento de los espíritus animales, excitados por las impresiones de los objetos que han actuado vivamente o muy a menudo sobre los sentidos. De manera que estas modificaciones recuerdan al alma las mismas sensaciones que las mismas circunstancias de lugar, tiempo, etcétera, que las han acompañado en el momento en que las han recibido a través de los órganos que sienten”.

Respecto de la imaginación, “la definiremos —dice La Mettrie— como una percepción de una idea producida por causas internas, y semejantes a alguna de las ideas que las causas externas tenían por costumbre hacer nacer. Así, cuando unas causas materiales, ocultas en cualquier parte del cuerpo, afectan a los nervios, a los espíritus y al cerebro, nace una disposición física perfectamente parecida a la que produce una causa externa, debe formarse la misma idea, aunque no haya ninguna causa presente en el exterior. Por eso se dice que los objetos de la imaginación son espectros o fantasmas’:

Hay personas con imaginación fuerte y otras que la tienen débil. La imaginación fuerte es una bendición en los artistas, o más bien es la que hace de un hombre un poeta, novelista o pintor. En cambio, en el hombre común es una verdadera maldición. El delirio, la manía, la melancolía, la locura, son productos de una imaginación desbordada, ya no sujeta a la razón, otra cualidad del alma. Pero sin que lleguemos a locos, todos tenemos manías o “pequeños delirios’ La Mettrie cita al respecto a Miguel de Montaigne quien en un capítulo sobre la imaginación dejó dicho qué “incluso el ser más inteligente tiene un objeto de delirio, como se dice, de locura”.

Las pasiones son otras de las propiedades del alma sensitiva. Bajo este nombre La Mettrie incluye el amor, el odio, el temor, la audacia, la ferocidad, la cólera, la dulzura y “tal o cual inclinación o ciertas voluptuosidades”.

Importa subrayar que para este autor “el amor y el odio son dos pasiones de las que dependen todas las demás’ que “en el hombre todo respira pasión” y que “cada edad tiene la suya”.

Pasamos de largo sobre lo escrito por La Mettrie acerca de la voluntad, el gusto, el dormir y el soñar, para detenernos en las propiedades del alma racional. Estas son la libertad, la atención, la reflexión, el orden de la disposición de las ideas, el examen y el juicio.

En este campo entran en juego las percepciones, que para el autor “son las relaciones que el alma descubre en las sensaciones que la afectan”.

La libertad es “la facultad de deliberar para decidirnos a actuar o no actuar razonablemente”.

La reflexión es “una facultad del alma que recuerda y reúne todos los conocimientos que le son necesarios para descubrir las verdades que busca, que necesita para deliberar, o para apreciar los motivos que deben determinarla a actuar o no actuar”.

La atención, que no es sino “la mirada fija del alma” en una o varias percepciones o ideas, es la que nos permite formar juicios, los cuales no son sino “combinaciones de ideas’ por supuesto con congruencia interna.

Para La Mettrie —y este fue el motivo por lo que los religiosos se le echaron encima— “el alma es un principio de movimiento o una parte material sensible del cerebro, que se puede considerar, sin temor a equivocarnos, como el resorte principal de toda la máquina, el cual tiene una influencia visible sobre todos los demás”.[14]

Ciertamente, para La Mettrie el cuerpo humano es “un conjunto de resortes” que si estos difieren entre sí sólo se debe a su situación y su fuerza, y nunca a su naturaleza”.

Ese “conjunto de resortes no es más que un reloj, cuyo relojero es el quilo. El primer cuidado de la naturaleza, cuando éste entra en la sangre, es excitar una especie de fiebre que procura una mayor filtración de espíritus que maquinalmente van a animar los músculos y el corazón”.[15]

Julien-Offray de La Mettrie fue un médico con buen conocimiento de la anatomía del cuerpo humano gracias a sus lecturas y a las numerosas disecciones de cadáveres humanos que personalmente llevó a cabo. Por haber sido discípulo de Boerhaave, posiblemente fue un buen clínico, aunque muy crítico sobre las ideas y las prácticas médicas del momento y por lo tanto inconforme y hasta “retobón”.

 

  

Fig. 14. Un modelo de anfiteatro anatómico que ilustró un libro de Anatomía de Leyden, centro de enseñanza de Boerhaave

 

Ejerció la medicina en su natal Saint-Malo, en París, Leyden y Berlín. Su materialismo dio lugar a un conflicto religioso que determinó su salida de Leyden. Lo acogió Federico II de Prusia y llegó a Berlín en febrero de 1748. Tuvo ahí importantes puestos como médico y excelentes relaciones sociales. Ejemplo de esto último fue la cena que tuvo en la embajada francesa en Prusia la noche del 10 de noviembre de 1751. La historia dice que nuestro médico se dio un atracón de pathé de faisán con trufas, a consecuencia de lo cual murió al día siguiente. Tenía cuarenta y dos años.

 

3. La concepción fisicista o mecanicista de las funciones del cuerpo humano. Se ha considerado a Giovanni Alfonso Borelli (1608-1679) como la gran figura de la fisiología mecanicista del siglo XVII; dijo que los músculos y los nervios están compuestos por «fibrillas” —huecas los de estos últimos— y que el agente del movimiento y la sensibilidad es el succus nerveus spirituosus. Le atribuyó al estómago una acción trituradora de los alimentos y pretendió reducir todos los movimientos del cuerpo a la tensión de las partes sólidas y a la densidad de las líquidas.[16]

Por su parte, el famoso médico Herman Boerhaave (1668-1738) consideraba, más o menos cien años después, que las vísceras son cribas o filtros, resortes los músculos y todos los órganos instrumentos mecánicos; que tanto los sólidos como los líquidos del cuerpo humano están sujetos a leyes mecánicas, hidrostáticas, hidráulicas.[17] Al terminar el siglo XVIII, la concepción mecanicista del funcionamiento del cuerpo humano estaba muy extendida; en unas corrientes mezclada con algunos conceptos químicos y en ambos casos, a veces aceptando la existencia de un “principio vital”.

 

4. La explicación química de algunas funciones. En el siglo XVIII pocas funciones del cuerpo humano se explicaban por la Química, ciencia que apenas databa del siglo anterior.

Fue la respiración el primer asunto de la Fisiología humana explicada por la Química. Ya dijimos algo al respecto cuando hablamos del pneuma y los espíritus.

Los primeros años de la historia de la Química se conocen como el período del flogisto o flogístico por la teoría entonces dominante cuyo fenómeno central es la combustión.

Si le prendemos fuego en un ambiente de aire libre a la madera y al azufre, después de producir luz y calor la madera desaparece —solo deja cenizas— y el azufre se convierte en un ácido. Se comprobó que la presencia del aire era indispensable para que la combustión se produjese, nombre que se le dio a este fenómeno. Se dijo que el flogisto o flogístico era el principio que existía en todos los cuerpos combustibles.

En su “Tractatus quimique medico physici,” el médico inglés John Mayow (1645-1679) llamó espíritu nitroaereo a algo existente en el aire que era indispensable para la combustión. Al observar que la sangre cambiaba de color al exponerse al aire, supuso que la respiración era algo semejante a la combustión y que el objeto de los movimientos respiratorios era tomar del aire el espíritu nitroaereo, el cual hacía que la sangre negra se tornara en sangre roja.[18]

Por su parte, ya Jean Baptiste van Helmont (1577-1744) y Francis de la Boe Sylvius (1614-1672) habían demostrado que si introducimos una vela encendida a un ambiente privado de aire, la dicha vela se apaga; y que los animales puestos en tal ambiente acaban muriéndose. El aire era indispensable para la combustión pero también para la vida, concluyeron.

Llegó el siglo XVIII y con él Joseph Priestley (1733-1804) y Antoine Laurent Lavoisier (1743-1794) cuyas investigaciones culminaron, entre otras cosas, en la identificación del oxígeno. En esto vino a parar el pneuma y el espfritu vital de los antiguos.

Lavoisier dijo que el aíre vital —así llamó inicialmente al oxígeno— era indispensable en la combustión y en la restes a los de Réamur: ingirió ciertos alimentos y después se provocó el vómito para ver lo que había pasado con ellos. También tragó bolsitas con alimentos que después recuperaba per anum. Con estos experimentos demostró que la “trituración” de la que había hablado su paisano Giovanni Alfonso Borelli (1608-1679) solamente era un paso físico o mecánico para que actuaran químicamente los jugos digestivos.[19]

 

5- La excitabilidad, incitabilidad o irritabilidad. Los médicos conocemos el nombre de Francis Glisson (1597-1677) por la “Cápsula de Glisson” nombre del tejido fibroso que envuelve al hígado. Nosotros lo mencionamos aquí porque fue uno de los primeros que dijo que todas las partes del cuerpo humano tienen la facultad que llamó Irritabilidad. La vida se debía a esta propiedad, o consistía en esto.[20]

La excitabilidad, incitabilidad o irritabilidad de las partes del organismo animal fue demostrada experimentalmente por el suizo Albrecht von Haller (1708-1777) llamado desde en vida el Gran Albrecht por sus conocimientos en casi todas las ramas del saber humano y por su sensibilidad de artista (era poeta).

Si tuviéramos a la mano su “Primae linae physiologiae’ obra publicada en 1747; pero sobre todo los ocho volúmenes de sus «Elementa physiologiae corporis humani” que salieron a la luz en 1766, conoceríamos todo lo que hasta esas fechas se había recopilado sobre la Fisiología humana.

Pero nuestro tema es su demostración experimental de la excitabilidad de las partes del organismo animal; y para exponerlo copiamos a la letra lo escrito por Haller al respecto, que reproduce Ruy Pérez Tamayo en su libro “El concepto de enfermedad”.[21]

Para descubrir qué partes [del organismo] son sensibles realicé los siguientes experimentos. Tomé animales vivos de clases y edades diferentes y después de exponer la parte que deseaba examinar esperé hasta que el animal había dejado de forcejear o de quejarse. Entonces irritaba la parte por medio de soplidos, calor, vino, el bisturí, lapis infernalis, aceite de vitriolo y grasas de antimonio. Examiné con atención si al tocarlo, cortarlo, quemarlo o lacerarlo en la parte estudiada el animal se ponía inquieto, hacía ruidos, luchaba o retraía la extremidad, si la parte se contraía, o si nada de esto sucedía. Anoté fielmente las observaciones repetidas de estos experimentos, independientemente de lo que hubiera sido. Porque ¿a mí qué me importa de qué lado decide el problema la naturaleza?

La excitabilidad de las partes del cuerpo humano, que el médico escocés John Brown (1735-1788) llamó incitabilidad en sus “Elementos de Medicina’ libro que tradujo al español el médico mexicano Luis Montaña,[22] es tema que volveremos a tratar en el segundo capítulo de este libro, el cual está dedicado a la Ilustración Médica Mexicana.

 

 

Fig. 15. Investigaciones de Albrecht von Haller y colaboradores sobre la irritabilidad del cuerpo animal.

 

La Fisiología según Bichat

Después de haber pasado revista muy por encima de los principales temas fisiológicos que se ventilaban antes de Bichat, nos ocuparemos de sus ideas y conocimientos sobre esta materia, que expone en su “Anatomía General aplicada a la Fisiología y la Medicina’ que aunque publicada en 1801, bien se puede considerar como la exposición del estado de los conocimientos fisiológicos al finalizar el Siglo de las Luces.

Es muy necesario señalar que a Bichat se debe el conocimiento del tejido como el elemento estructural de órganos y aparatos del cuerpo humano; que los tejidos forman sistemas divididos en generales y especiales. Los primeros están en prácticamente todas las partes del cuerpo y los segundos solamente en un o unos órganos.

Bichat saca a colación la división de los seres en vivos e inertes y la existencia de dos ciencias: la Física, que se ocupa de los últimos, y la Fisiología, que lo hace de los primeros. La Fisiología es pues la ciencia de los seres vivos. La Medicina, dice en otra parte, es Fisiología.

La Física y la Fisiología son ciencias diferentes porque son distintas las propiedades de los cuerpos u objetos que estudia cada una de ellas, lo que a su vez determina que sean distintos los fenómenos a que dan lugar las dichas propiedades.

Las propiedades de la materia inerte son “la gravedad, la elasticidad, etcétera’ Las de los seres vivos —propiedades vitales— son la sensibilidad y la contractilidad. Aquí, como en el caso de la Física, los fenómenos observables son el efecto de las propiedades, o sea que estas actúan como la causa.

En consecuencia, todos los fenómenos que estudia la Fisiología tienen por causa estas propiedades, las cuales en cada tejido tienen características especiales que se expresan en las funciones que desempeñan.

La sensibilidad se divide en sensibilidad orgánica y sensibilidad animal. Igual división tiene la contractilidad.

De la sensibidad orgánica no se da cuenta el individuo, ni por supuesto interviene en ella su voluntad. Es una sensibilidad que “está en el órgano, sin pasar de sus límites’ Así, “el estómago es sensible a la presencia del alimento y el corazón al de la sangre”.[23]

En cambio la sensibilidad animal es consciente, en ella interviene el cerebro y la voluntad.

Casi lo mismo le pasa a la contractilidad animal: está sometida a la voluntad, tiene su principio en el cerebro, de él recibe las indicaciones que la ponen en juego; cesa de existir cuando se cortan los nervios del órgano respectivo; existe en los músculos llamados “voluntarios” e interviene en la locomoción, la emisión de la voz, en los movimientos de la cabeza, del tórax y de los miembros.

El cuerpo humano está compuesto por sólidos y líquidos. Las propiedades vitales radican esencialmente en los sólidos y estos son el sitio de casi todos los síntomas morbíficos, aunque los líquidos también pueden afectarse.

Además de las propiedades vitales, los tejidos tienen otras dos que no dependen de la vida; estas son la elasticidad y una especie de encogimiento que observó Bichat al ponerlos en contacto con ciertas sustancias o al someterlos al calor. Lo llamó contractilidad no vital.

La Fisiología de Bichat es el estudio de las funciones por las que se expresan las propiedades vitales de los tejidos, pero también es el estudio de las funciones de los órganos como el estómago. En este caso se trata de un estudio integral, para después precisar cuál es la actividad propia de cada uno de los tejidos que forman a dicho órgano.

Una fuente para conocer, siquiera por encima, la Fisiología de Bichat, es su “Tableau de la Physiologie”,[24] el cual está dividido en dos grandes partes: “Prolegomenes” y “Des Fonctions”.

Los prolegómenos[25] comprenden dos temas fundamentales: “Consideraciones generales sobre la textura orgánica” y “Consideraciones generales sobre la vida”.

El desarrollo del primer tema se inicia con la afirmación de Bichat de que el tejido es el elemento estructural del cuerpo humano; que los órganos son generalmente una combinación de tejidos y que los aparatos son conjuntos de órganos que concurren a determinada función. Se señalan como propiedades de los tejidos la elasticidad y la contractilidad.

El gran tema “Consideraciones generales sobre la vida” le da oportunidad a Bichat a que saque a relucir su definición de la vida como “las funciones que se oponen a la muerte” y que de paso hable de cuáles son estas funciones, así como de su clasificación.

Las “propiedades vitales’ que ya conocemos, son las generadoras de las funciones. Bichat se ocupa de su división, de sus características, de las causas que las modifican, de las diferencias según los distintos tejidos y de las “simpatías” de estas propiedades vitales.

En la sección “Las Funciones” del Cuadro de la Fisiología de Bichat, se tratan las “Funciones relativas al individuo” y las “Funciones relativas a la especie”. Las primeras se dividen en funciones de la vida animal y funciones de la vida orgánica. Las primeras comprenden las sensaciones, las funciones cerebrales, la locomoción, la voz y la transmisión nerviosa. En el capítulo “Intermitencia de las funciones de la vida animal” Bichat trata del sueño natural, del “contra natura” de los sueños y el sonambulismo. Bajo el rubro “Funciones de la vida orgánica” Bichat se ocupa de la digestión, la respiración, la circulación, las exhalaciones y las absorciones.

Tal vez lo más sobresaliente de la Fisiología de Bichat es que todo, o casi todo, está apoyado en conocimientos anatómicos e histológicos, en experimentos u observaciones propios y ajenos, sin recurrir a conceptos metafísicos. Contentémonos con dejar asentado este carácter pues no está en nuestros planes entrar en detalles.

 

La enfermedad y los nosógrafos

Los médicos de la Ilustración vieron a la enfermedad con la misma mirada que sus antecesores, pero con un criterio diferente. La suya fue una mirada doble: una dirigida hacia los síntomas y otra hacia la interioridad del cuerpo humano.

Atenta y fructífera mirada hacia los síntomas fue la de Hipócrates (siglo y a. C.). Igualmente fue la de Thomas Sydenham (1624-1689) tal vez por eso (pero no solamente por eso) apodado el Hipócrates inglés. Para ilustrar lo que decimos vaya este fragmento de su descripción del sarampión publicada en 1692: “La enfermedad ataca sobre todo a niños. En el primer día tienen escalofrío, un rato están calientes y otro fríos. En el segundo día aparece francamente la fiebre con inquietud, sed y falta de apetito. La lengua está blanca pero no seca. Hay algo de tos, sensación de pesadez en la cabeza y en los ojos y somnolencia. La nariz escurre constantemente y los ojos lagrimean, y este es el signo seguro de sarampión’: Un día después aparecen las lesiones cutáneas.[26]

Sydenham dio un importante paso en lo que se llamó la Nosografía que ya en el siglo XIX se entendería como “la distribución metódica de las enfermedades por clases, órdenes, géneros y especies” (Littré). No la confundamos con la Nosología que era “la rama de la medicina que se ocupa de imponer nombre a las enfermedades, de definirlas, de estudiar todas sus circunstancias en el ser vivo y sus huellas en el cadáver; de caracterizarlas y clasificar las distintas especies y de indagar sobre su naturaleza” (Littré).

Está claro que para hacer Nosografía hay que saber Nosología. No sabemos hasta qué medida cumplieron con este requisito los grandes nosógrafos del siglo XVIII como fueron Francois-Boissier de la Croix de Sauvages (1706- 1767) y Phillippe Pinel (1745-1826), cuya vida productiva se prolongó durante las dos primeras décadas del siglo XIX.

En la introducción a su libro “Nosographie philosophique” publicado en París en 1789, Pinel nos ofrece un excelente cuadro de cómo un médico ilustrado veía en ese tiempo la Medicina y qué era lo que se debía hacer para mejorarla.

Antes de entrar en detalles recordemos que “Nosografía filosófica” quiere decir nosografía científica porque entonces el termino Filosofía era prácticamente sinónimo del vocablo Ciencia.

Pinel inicia su libro con esta pregunta: “¿No debe ser uno de los primeros objetos indicados por el título de esta obra el separar por una especie de abstracción los conocimientos vagos y superficiales, o antes bien la gerigonza científica de la Medicina Humoral y popular que circula entre el trato civil, y que ha producido millares de libros siempre ansiosamente recibidos por una exagerada credulidad?”.[27]

Son los médicos, salvo honrosa excepción, los que tienen y propagan estas ideas. En vez de ejercer una Medicina científica, pregonan ligerezas, conjeturas y se enfrascan en disputas “llenas de altercados; luchas eternas de amor propio’ No sin razón han sido objeto de las sátiras de Montaigne, Moliere y Rousseau, dice el doctor Pinel.

Para Pinel, “la verdadera Medicina consiste más en el profundo conocimiento de las enfermedades que en la administración de remedios’ Para conocerla y ejercerla hay que seguir el “método hipocrático”: observación atenta de las manifestaciones de las enfermedades y de su evolución así como “sagacidad sublime y habilidad para aprovecharse de los esfuerzos conservadores y recursos saludables de la naturaleza, aproximándose en una gran multitud de casos al método de expectación”.[28]

Más adelante, y entre signos de admiración, Pinel escribe:

¡Cuán puro es el gusto de Hipócrates, su abdicación a toda teoría yana y a toda explicación frívola y su método filosófico tan digno de seguirse y el tan pocas veces imitado!

¡Qué enorme y abominable cúmulo de escritos publicados desde Galeno hasta nuestros días respecto a los desordenes producidos por la cólera, pituita, sangre y atrabilis, como si la acción de estos fluidos se dirigiera perennemente a atormentarnos y destruirnos! ¡Y cuán despreciable ese agregado de saburra, de impureza gástrica, de humores pútridos, de sangre diluida y otras opiniones que no son más que juguetes frívolos de la imaginación, que desde las escuelas se han introducido en el ambiente familiar y que se encuentra también en las obras.

 

Después de estos elogios al método hipocrático y del rechazo a sus deformaciones, Pinel se va acercando a su tema que es el de la Nosograf fa. Recuerda que Sauvages, William Cullen (1712-1790), Karl von Linné o Linneo (1717-1783) y otros, “han hecho esfuerzos laboriosos para distribuir las enfermedades conocidas en clases, ordenes, géneros y especies, como los botánicos; y el resultado ha sido siempre una gravísima sobrecarga, una clasificación arbitraria y vacilante, síntomas tomados por enfermedades primitivas (...) y una imposibilidad confesada unánimemente de no poder lograr un conjunto regular, que se base solamente en algunos puntos fundamentales y que pueda retenerse en la memoria”.[29]

Por su parte, lo que nos ofrece Pinel es una Nosograf fa resultante de la aplicación del “método analítico”. Y como otros médicos de la época, recurre al filósofo Etienne Bonnot de Condillac (1715-1780), el filósofo francés del sensualismo, de quien toma la definición de la operación de analizar. Analizar, dice Condillac, “no es otra cosa que observar en orden sucesivo las cualidades de un objeto, para darles en la mente el orden simultáneo en que existen. ¿Cuál es ese orden? La misma naturaleza lo indica: es aquel con el que presenta los objetos. Unos atraen más particularmente la vista, hieren más los sentidos, dominan. Los restantes parecen colocarse alrededor de ellos y para ellos”.[30]

Otra regla de Condillac que sigue Pinel es aquella que dice que con la información resultante de la atenta aplicación de los sentidos, la mente debe formar lo que el filósofo llama ideas simples y con estas, las ideas complejas o compuestas.

Con este bagaje intelectual Pinel leyó las Epidemias de Hipócrates y las historias clínicas publicadas por numerosos autores. Con toda esta información escribió Las historias clínicas de los enfermos que él y sus alumnos habían atendido durante seis años “en los dos más numerosos hospitales de París, y quizás de Europa”.

Al someter al “análisis” este enorme acopio de documentos clínicos, Pinel dividió a las enfermedades el Clases, estas en Ordenes y estos a su vez en Géneros.

Tomaré la clase Calenturas para adentramos un poco en la Nosografía Filosófica de Pinel y así precisar su lugar en la evolución del conocimiento de las enfermedades y en el desarrollo de la clínica.

Aquí el síntoma central y que le da nombre a la Clase, es la calentura. Por las diferentes características de esta, por los distintos síntomas que la acompañan y el lugar corporal de su asiento o sede, la Clase Calenturas se divide en seis Ordenes, los que a su vez se dividen en Géneros.

El primer orden de calenturas es el de las angioténicas o inflamatorias que “se distinguen por una irritación de los vasos saguíneos”. El segundo orden es el de las calenturas meningo-gástricas «cuyo asiento primordial está en las membranas del estómago, del duodeno o de sus adyacentes”. El tercer orden de calenturas es el de las adeno-meningeas «en las que todos los síntomas indican una irritación de las membranas mucosas que cubren ciertas cavidades”. El cuarto orden corresponde a las calenturas adynamicas “que consisten en un estado de atonía, de la que parecen acometidas todas las fibras musculares’: El orden quinto es el de las calenturas atáxicas “que manifiestan un daño hecho en el origen de los nervios por una causa cualquiera, tanto física como moral’ El sexto y último orden corresponde a las adeno-nerviosas “en las que un principio contagioso y destructor ha dirigido su daño a los nervios y glándulas, como en la Peste de Oriente”.

Los datos que directamente recogen los sentidos del médico y los que le informa al paciente atacado de calentura angioténica o inflamatoria son: “grosor del cuerpo o estado pletórico, rostro colorado, pulso fuerte y levantado, sudores copiosos al menor movimiento pero sin fetidez, sensación general de pesadez, cansancio espontáneo y sin motivo conocido, miembros entorpecidos, ejercicio corporal penoso y difícil, propensión al sueño”.        

Este es lo que hoy llamamos el cuadro sintomático. Pero Pinel también se ocupa de las causas, que divide en remotas y próximas. Las omitimos para no cansar al lector y porque nuestro propósito es la descripción de las enfermedades y su clasificación.

Pinel llama angio-ténicas a este orden de calenturas porque tanto las causas como los síntomas indican “a más de una distención causada por la plenitud o superabundancia de la sangre, una exitación primitiva de las fuerzas orgánicas del sistema vascular”.[31]

Como se ve, lo que hace Pinel es deducir a partir de los síntomas y de la constitución del paciente (que hemos omitido) una alteración del organismo humano más bien fisiopatológica que anatomopatológica.

 

 

Fig. 16. Pinel, autor de una “Nosografía Filosófica”

 

 Otra clasificación de las enfermedades. El médico de Edimburgo John Brown (1735-1788) fue el creador de un sistema médico que nos interesa a los estudiosos de la Historia de la Medicina Mexicana porque fue el que siguió Luis José Montaña, uno de los médicos ilustrados novohispanos de quien después hablaremos.[32]

Basado en la incitabilidad, propiedad vital de la “fibra” y en la afirmación de que la tal incitabilidad podía estar aumentada o disminuida, y que esto era la causa de las enfermedades, Brown las dividió en dos grandes grupos: las asténicas y las sténicas. Cuando la incitabilidad de las “fibras” estaba disminuida, aparecían las primeras y cuando estaba aumentada, las segundas.

Tal vez por su sencillez —la terapéutica se reducía a administrar estimulantes o “tónicos’ o bien atenuantes de la excitabilidad— el sistema browniano tuvo buena aceptación en Europa. En México vino a desplazarlo el sistema de Francois Joseph Víctor Broussais (1772-1838) conocido como la “Medicina Fisiológica” La “gastroenteritis” era el punto de partida de prácticamente toda la patología, y la sangría el recurso terapéutico por excelencia, ya por aplicación de sanguijuelas o por la sección de una vena.

 

Volvamos a Bichat

Según Bichat, la alteración o anormalidad de las propiedades vitales de los tejidos, que se expresan en cada uno de ellos en determinadas funciones, es la causa de las enfermedades; que estas no son más que los efectos de aquellas anormalidades. “Inflamación, formación de pus, induración, resolución, hemorragias, aumento o supresión de las secreciones, exhalación adquirida como en las hidropesías, o bien disminuida o nula como en las adherencias; absorciones alteradas, nutrición alterada en más o en menos o bien presentando fenómenos contra natura como en la formación de quistes, tumores, cicatrices, etcétera, he ahí una serie de síntomas físicos que indican evidentemente una lesión, una alteración cualquiera en las dos propiedades vitales’ dice Bichat.[33]

Como se ve, para Xavier Bichat la enfermedad propiamente dicha es un síntoma o un conjunto de síntomas; la causa es una alteración de las propiedades vitales de los tejidos.

¿Las alteraciones anatomopatógicas son a su vez la causa de las alteraciones de las propiedades vitales de los tejidos, o son su consecuencia?

 Con estas interrogantes por aclarar se inició el siglo XIX.

 

 

Fig. 17. La “Anatomía General” de Xavier Bichat

 

NOTAS:


 

[1]  Cassirer, E. La Filosofía de la Ilustración. Fondo de Cultura Económica. México, 2002. pp. 30-40

[2] Ferrater Mora, J. Diccionario de Filosofía. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1958

 

[3] Cassirer, E. La filosofía de la Ilustración. PCE, México 2002, pp. 30-4.0

[4] Ibid. pp. 28-29

[5] Cassirer, E. Kant. Vida y doctrina, Fondo de Cultura Económica, México, 1948, p. 429

[6] Ibid, pp. 269-270

[7] Dictionnaire Encyclopedique des Sciences Medicinales- Asselin y Masson. París 1870, Serie 1 Tomo 4. pp. 278-295

[8] Laín Entralgo P. La Historia Clínica. Historia y teoría del relato patográfico. Salvat, Barcelona, 1961 pp. 155-57.

[9] Krumbhaar, E. B. Pathology. Hafner, Nueva York, 1962. pp 58-62.

[10] Martínez Cortés F. Mirar por el oído; la invención del estetoscopio y la auscultación mediata. La Prensa Médica Mexicana, México, 1986

[11] Bichat X. Anatomie Generale appliqué a la physiologie eta la médecine. Brosson, Gabon et cje, París, 1801

[12] La Mettrie J. O. Obra filosófica, Editora Nacional, Madrid, 1983

[13] Ibid pp. 99-156

[14] Ibid

[15] Ibid

[16] Laín Entralgo P. Historia de la medicina moderna y contemporánea. Editorial Científico-médica, Madrid, 1963, pp. 162- 176

[17] Boinet E., Les doctrines medicales. Leur evolution Flammarion, París, s/f p.

[18] Ibid, p. 561

[19] Castiglione A. A Hístory of Medecíne. Alfred A. Knopf, Nueva York 1947, pp 612-613

[20] Ibid p544

[21] Pérez Tamayo R. El concepto de enfermedad. Su evolución a través de la historia, Fondo de Cultura Económica, México, 1988. Tomo II pp. 16-17.

[22] Izquierdo J. J. El brownismo en México. UNAM, México, 1956

[23] Dictionnaire Encyclopedique des Sciencies Médicales. Masson y Asselin. París, 1868, Serie 1, Tomo 9 pp 255-258

[24] Bichat X. Anatoniie Generale appliqué a la Physiologie eta la médecíne. Brosson, Gabon et cje. París, 1801 entre páginas cvj y cxj

[25] Prolegómeno: “tratado que se pone al principio de una obra o escrito para establecer los fundamentos generales de la materia que se ha de tratar después’:

[26] Rappaport S. Y Wright H. (editores) Great adventures in Medicine. The Dial Press, New York, 1956 pp 153-154.

[27] Pinel, E Nosografía filosófica o aplicación del método analítico a la medicina. Traducción al castellano de Luis Guarniere. Imprenta Real, Madrid 1803. Tomo 1 p. 102

[28] Ibid, p 18

[29] Ibid pp 20-21

[30] Ibid pp 26-28

[31] Ibid,ppl-15

[32] Izquierdo J. J. El brownismo en México, UNAM México, 1956

[33] Bichat, p. XLV